EL PAPEL DE LA MUJER EN LA ANTIGUA ROMA

La vida de la mujer romana no era sencilla. Aunque es cierto que gozaba de mayor libertad que la mujer de la Antigua Grecia, su existencia estaba predefinida por el rol que debía cumplir para satisfacer a la sociedad de su momento.
Lo cierto es que cuanto más alto era el rango social de la mujer, de menos libertad gozaba. Aunque donde más presencia tenía era en lo doméstico, la familia romana se estructuraba en torno al hombre. El paterfamilias era la autoridad en la domus (la casa romana). La mujer, por su parte, podía supervisar el funcionamiento de las gestiones de la casa y ejercer de administradora, pero su papel se reducía al ámbito privado y doméstico.
EL MATRIMONIO ROMANO
El punto más alto de su trayectoria vital era el matrimonio. Se consideraba una herramienta para preservar el estatus y la herencia familiar gracias a los hijos que en él se engendraban. Así, tras el primer hijo, la mujer se convertía en matrona y se dedicaba a la educación y el cuidado de este y los que tuviera a continuación.
El matrimonio romano estaba lleno de ritos y formalidades que anticipaban la vida a la que se consagraría la mujer. Por ejemplo, tras el banquete de bodas, un cortejo acompañaba a la novia a casa de su marido. Ella debía llevar un huso y una rueca como símbolo de la actividad doméstica a la que se consagraría, pues, en un principio, se dedicaban al hilado o el tejido, aunque a principios del siglo I d.C. esta actividad cayó en desuso. En estas procesiones se solía escuchar, también, un grito festivo que hacía referencia a un episodio de carácter vejatorio para la mujer, esto es, el rapto de las Sabinas: cuando los primeros romanos se asentaron en su nueva ciudad, estos se dieron cuenta de que no tenían apenas mujeres que les diesen descendencia. Ante dicha problemática, decidieron raptar a las mujeres del pueblo vecino, los sabinos. Rómulo organizó un banquete, invitó a los sabinos y, cuando llegó el momento adecuado, mandó echar a los hombres y raptar a las mujeres.

El Rapto de las sabinas. Nicolás Poussin, 1633-1634. En este cuadro vemos a Rómulo en la parte superior izquierda, vestido con una capa roja.
El matrimonio legal se reservaba a los ciudadanos libres y, en función del sometimiento de la mujer, podía ser de dos maneras:
  • Ad manus: la mujer se somete a la tutela del marido o a la de su suegro. Los romanos justificaban el sometimiento argumentando que la mujer sufría de fragilidad de ánimo, por lo que necesitaba una fuerte tutela masculina.
  • Sine manu: más habitual entre los plebeyos. Servía para proporcionar hijos por consentimiento de ambos pero sin unión de sangre y sin el sometimiento de la mujer a la familia del hombre.
Bodas de Aldobrandini, fresco en el que se representa una escena de boda, Museos Vaticanos.
Así, el divorcio en un matrimonio cum manu debía pedirlo el esposo, mientras que en el caso del sine manu ella misma podía solicitarlo siempre y cuando careciese de parientes varones cercanos, ella misma podía solicitarlo. Sin embargo, era mejor vista socialmente la mujer que sólo se había casado una vez, e, incluso, recibía ciertos privilegios y libertades. En el caso de la muerte del marido, la viuda debía mantener luto durante varios meses, mientras que el hombre podía volver a casarse cuando quisiera.
Entre los plebeyos también se daba la figura de la concubina; aquella que establecía una unión lícita con un hombre (en muchas ocasiones casado) pero siendo ambos personas libres. Era una unión de menor nivel que las nupcias y, por ello, no tenían ni los mismos privilegios ni el reconocimiento de legitimidad de los hijos engendrados. Además, las concubinas no gozaron siempre de muy buena consideración social. Por supuesto, aunque el hombre estuviera casado, no era a él a quien se le cuestionaba su moralidad. Ella era la adjetivada, la culpabilizada, la que estaba “poniendo en peligro” a la familia del hombre en cuestión.
Por su parte, las esclavas frecuentemente debían complacer a sus dueños en sus relaciones extra matrimoniales y no podían casarse, aunque sí podían unirse a otro esclavo en la llamada contubernium.
La violencia física era común en la convivencia. Se percibía como signo masculino de pasión y deseo sexual, pero el estupro de muchachas casaderas y menores era una vergüenza. Sin embargo, los atentados contra la mujer en el ámbito doméstico se consideraban más un ataque hacia la unidad familiar y matrimonial que un ataque hacia la mujer en sí misma.
EL IDEAL DE LA MUJER ROMANA
Las mujeres debían seguir un ideal de comportamiento basado en la figura de la matrona. Debían ser virtuosas, castas y pías, vestir de manera modesta y cubrir sus partes íntimas, aunque se sublimaba la belleza identificada con las ninfas.
La toga, por otra parte, era un elemento reservado a las prostitutas o las adúlteras. Poco a poco las ropas utilizadas fueron siendo más complejas y los peinados de las mujeres romanas llegaron a ser verdaderas obras arquitectónicas.

Tocador de una matrona romana. Juan Giménez Martín, siglo XIX.
Si los éxitos del ciudadano romano se basaban en los triunfos militares y cívicos, los de la mujer se adscribían a la fecundidad y a la castidad. No se le reconocía el derecho a la sexualidad fuera del hecho reproductivo para evitar descendencia ilegítima y, además, se esperaba que tuvieran todos los hijos posibles para perpetuar el nombre familiar.
Con el tiempo, las mujeres comenzaron a trasgredir los códigos morales que se les imponía y a exigir una mayor libertad. Ya en el siglo I d.C. las mujeres de alta clase social se podían instruir y cultivar, y gozaban de mayor libertad, tanto sexual como económica. Las relaciones amorosas y extramaritales se consagraron como símbolo de liberación femenina y, por ello, proliferaron los métodos anticonceptivos: el uso de ungüentos, la oclusión vaginal, o el aborto y el infanticidio eran considerados métodos anticonceptivos y no tenían consecuencias legales. Aun con ello, el adulterio femenino se seguía castigando por ley y el marido podía matar impunemente a la mujer adúltera y a su amante
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Rómulo y Remo, Peter Paul Rubens, 1614-1616. Hijos del dios Marte y de la Rea Silva, al ser engendrados fueron arrojado al río Tiber. Una loba llamada Luperca les recogió y amamantó en su guarida del Monte Palatino.
Pero, como es de suponer, este era solo el caso de las mujeres de alta alcurnia. El acceso a la cultura y educación de las plebeyas era muy limitado y solamente contaban con la abstinencia sexual, el uso de amuletos o el coitus interruptus como métodos anticonceptivos.
El alcohol también estaba mal visto, porque creían que enajenaba a la mujer y adulteraba su pudor, pues, como decía Plinio el Viejo en su Historia Natural: “El próximo paso, desde la falta de moderacion en la bebida a un amor ilícito, acostumbraba a ser muy corto”.
 LA VEJEZ FEMENINA
Cuando la mujer llegaba a la menopausia y no podía cumplir su función social, la de engendrar ciudadanos romanos, se consideraba que había alcanzado la vejez. Su papel entonces se centraba en la educación y la esfera pública. Uno de los estereotipos vinculados a la vejez femenina era la de la viuda rica, a la que se veía como libidinosa, que seducía jóvenes que buscaban obtener beneficio de su fortuna. En términos generales, solo las mujeres jóvenes eran dignas del amor, pues la sexualidad femenina fuera del ámbito reproductivo se relacionaba con la idea de la mujer independiente, empoderada, que rompe con la tradición familiar. Por ello, las alusiones a la sexualidad en esta etapa vital fueron frecuentes en los textos clásicos, normalmente con un tono despectivo.
Uno de los mayores ataques hacia la vejez femenina lo encontramos los Épodos 8 y 12 de Horacio, que por considerarse obscenos han sido eliminados sistemáticamente de las traducciones de la obra horaciana hasta hace poco.