Ir a la barra de herramientas

TANAUSÚ Y LA CUEVA DEL OSO PARDO

Una aventura en Asturias

Texto: María Jesús Cano

Tanausú y el pais de las flores 020

Ya era de noche en la isla de La Palma y el cielo estaba cubierto de estrellas cuando Tanausú, el gnomo aventurero, descubrió un folleto entre los matorrales del bosque donde vivía. Lo cogió con ambas manos,  lo dobló y lo guardó en su bolsillo. Tana, como llaman sus amigos a este trotamundos, detective y aprendiz de brujo acaba de regresar a la isla después de viajar por todo el Archipiélago. Observa de nuevo el folleto y nota ese cosquilleo tan familiar como si un ejército de hormigas estuviera caminando por su estómago. Es la señal inequívoca de un sentimiento más profundo que la profundidad del océano. Es la señal de la aventura. Del deseo de recorrer  mundo. El folleto, que tiene el sello de una agencia de viajes de Los Llanos de Aridane, está doblado por la página “rutas de montaña y senderismo por el norte de España”.  Su mirada se posa en una fotografía del bosque de los Oscos, Reserva de la Biosfera, que se encuentra en el Principado de Asturias. Le llama la atención la Ruta de los Bosques y ni corto ni perezoso se dirige a la agencia. Sin pensarlo dos veces, ni tres, ni cuatro, compra un billete para Asturias. El avión le parece enorme y las azafatas muy simpáticas. Aterriza en el Aeropuerto de Asturias una tarde de intensa lluvia. Por la ventanilla observa las gotas que chocan contra el cristal. Huela a tierra mojada, a bosque y salitre. La cercanía del mar le recuerda su isla bonita y los árboles su hogar. El camino hasta la ruta de los bosques es largo y peligroso pero Tana está más que acostumbrado a las inclemencias del tiempo y las largas caminatas. Tras varios días de recorrido llega a Villanueva de Oscos y se hospeda en una típica casona asturiana. Los dueños son muy amables y le instalan en una habitación muy confortable. Una cama grande y con dosel velará sus sueños de aventura. Desde el enorme ventanal contempla el paradisíaco paisaje astur. Bosques de abedul, roble y castaño se mecen al compás del viento componiendo una hermosa canción de cuna. Cansado del largo viaje se duerme pronto. No escucha las pisadas ni la socarrona risita del duende que habita en su misma habitación. Que se mete en su misma cama. Que registra su mochila y mordisquea un pedacito de queso de almendra que trajo de La Palma. Un duendecillo travieso y juguetón que viste una camisa roja y un gorro del mismo color. Tiene un agujero en la mano izquierda y cojea de una pierna. Aunque, normalmente, vive en el trastero o en los sótanos de las casas suele meterse en las habitaciones de los huéspedes para cambiarles las cosas de sitio, hacer ruiditos extraños, despertarles con cosquillas o robar comida. Pero Tana está tan cansado que no oye nada de nada. El trasgu, que así se llama este travieso gnomo, cansado también de que no le haga caso, regresa al desván de la casa.

– Mañana será otro día- piensa el trasgu- y entonces este gnomo intruso sabrá de mí.

A la mañana siguiente Tana se levanta temprano para desayunar. En la mesa le están esperando los manjares de la tierra. Pan, mermelada casera de manzana, un gran tazón de leche y un surtido de quesos asturianos. Su favorito es el queso de la peral que unta con sumo cuidado en el pan de maíz recién salido del horno y que allí se llama “boroña”

– ¡Ummmmmmmm! Este pan está riquísimo- comenta Tana en voz alta.

– Gracias- le responde Telva, la dueña de la casona- lo hacemos nosotros mismos aquí en la cocina de carbón.

– ¿Cuántos kilómetros tiene la ruta de los bosques?- le pregunta Tana a Telva.

– Son sólo ocho kilómetros- dice Telva- Hay que ir dirección Santalla y coger el camino que sale a la derecha. Verá una fuente. Y siga la ruta. No tiene pérdida.

– Gracias- responde Tana- cogiendo su mochila color canelo. Esa mochila que le ha acompañado en tantos viajes por sus queridas islas y que ahora vivirá una nueva aventura en tierras asturianas. Aunque él aún no lo sepa.

Y lo que tampoco sabe Tana es que unos ojos vivarachos están observando sus pasos desde el ventanuco del desván. El trasgu vigila cada paso de Tana que ahora se aleja de la casa en dirección a la ruta de los bosques. Avanza despacio por una carretera bordeada por  castaños, abedules y robles. En Santa Eufemia visita una pintoresca capilla y cruza el puente de Castañeira con una enorme sonrisa en la cara. Está feliz, relajado y tranquilo. No se imagina lo que se avecina. La ruta se hace más empinada y, fatigado, llega a un frondoso bosque de abedules. Tana está extasiado con la belleza del lugar.

– ¡Qué hermosos los oscos!, ¡qué tierra tan singular!- piensa Tana- y esos prados verde esmeralda, y esos brezos, y esos tojos enmarañados, y esos….¿osos?

Tana se queda inmóvil en mitad de la ruta. Justo enfrente, a pocos pasos, un enorme oso camina pausadamente por la senda justo en su misma dirección.

– ¿Y ahora qué hago?- se lamente Tana.

El oso pardo, ajeno a las inquietudes de Tana, come tranquilamente los frutos y bayas silvestres que encuentra al borde del camino. Tana da uno, dos, tres y hasta cuatro pasos atrás y vuelve, sigiloso, por el mismo camino. En cuanto pierde de vista al oso pone pies en polvorosa. Nervioso y fatigado llega a la casona.

Telva escucha sorprendida el relato de Tana.

– No es frecuente encontrar osos por estos lugares- explica Telva- y menos ahora que el invierno está cerca y se refugian en sus oseras a hibernar.

– Pues le digo que era un oso pardo enorme- replica Tana- y allí estaba en medio de la ruta.

– Habrá que avisar a los guardas forestales- se aleja murmurando Telva camino de la cocina. Y siguió hablando de un potaje de berzas que iba a preparar y que Tana no había probado aún. Poco se imaginaba Tana lo que le esperaba en su habitación. Ni la nueva aventura que le aguardaba.

Cuando entró en su habitación lo encontró todo desordenado y cambiado de sitio. Durante varios minutos se mantuvo inmóvil. Indeciso. Casi acobardado. Temía la presencia de un ladrón en la habitación. De pronto dio un grito al descubrir saliendo del armario un ser diminuto vestido de rojo. Y se acordó de las largas charlas con su padre sobre los gnomos y duendes del bosque que vivían en otras tierras. Recordó que su padre le había hablado de unos duendes muy traviesos que vivían en las casas asturianas y que, en ocasiones, causaban grandes destrozos.

El diminuto duende al ser descubierto por Tana, se acercó a él y le tendió la mano.

– Hola colega- mi nombre es Pelayo, pero todos me llaman Pelayín.- Y tras una breve pausa añadió-: soy el trasgu de esta casa y tú ¿quién eres?

Sus palabras sorprendieron a Tana que no estaba acostumbrado a tanto descaro. Comprendió que tenía que echar a ese intruso de su habitación pero de su boca no salía palabra alguna. Justo en ese preciso instante Telva avisaba para la cena.

– Baja a cenar- y no digas a nadie que me has visto….- ordenó el trasgu con voz firme. Después de cenar, vuelve aquí y espérame….

– ¿Qué tengo que esperar?- Tana se sorprendió de su pregunta

– Pues a que todos estén dormidos. Y luego……

– ¿Y luego qué?- otra vez Tana se sorprendió de su pregunta.

– Luego, vuelve. Te estaré esperando. Y te contaré una historia.

Tana estaba intrigado y con ganas de saber más pero bajó al comedor a cenar. Seguía sorprendido por lo ocurrido. Pero sobre todo por no haberse enfadado con el trasgu, a pesar de haber entrado en su habitación sin permiso.

Después de una suculenta cena Tana regresó a su habitación. El trasgu había dejado la ventana abierta del par en par. El olor del bosque inundó la estancia y Tana se sintió como en casa. No había rastro del trasgu. Llegó a pensar que todo había sido fruto de su imaginación. Pero no. La habitación seguía desordenada, sus cosas tiradas por el suelo y en la colcha podían verse restos de comida.

– Hola colega- ¿estaba buena la cena?. Telva es una gran cocinera- gritó Pelayín desde el otro extremo de la habitación- . Se había escondido en el cuarto de baño. Tenía pasta de dientes en la boca y un peine en la mano izquierda.

– ¿Tú no sabes respetar las cosas de los demás?- le preguntó con cara de enfado Tana.

– Bueno, bueno… no estamos aquí para que me sermonees. Vine a contarte una historia pero si quieres que me vaya….- replicó Pelayín.

Tana comprendió que con este trasgu no se podía razonar. De momento seguiría la corriente a ese duende impertinente. Ya le daría su merecido más adelante.

Pelayín, al que le gustaba contar sus historias y travesuras, se sentó en el borde de la cama. Tana cerró la persiana de su habitación no sin antes echar un vistazo al espectacular paisaje. Sin duda un auténtico paraíso natural (como decían las agencias de viaje)  El trasgu carraspeó hasta tres veces y comenzó su relato.

-¡Ay, colega!, no te vas a creer la historia que te voy a contar- empezó diciendo Pelayín

– Todo empezó el día en que me crucé con un oso en mitad de la ruta de los bosques y lo seguí hasta su cueva.

– ¿Así que tú también viste el oso?- interrumpió Tana

Pelayín soltó un taco y, furioso, saltó de la cama con tan mala fortuna que acabó de bruces en el suelo. Tana no pudo evitar soltar una carcajada que enfureció aún más al trasgu que salió cojeando de la habitación.

Tana se quedó pensativo y solo. Aquel trasgu era impredecible, insolente e impertinente. Durmió toda la noche de un tirón al arrullo del viento del norte. Soñó que soñaba sueños. Sueños de osos.

Dispuesto a recorrer, por fin, la ruta de los bosques Tana salió temprano esa mañana. El paisaje le pareció aún más espléndido y espectacular. Cuando llegó al punto donde se había topado con el oso sintió un ligero retorcijón en el estómago pero al comprobar que nada ocurría siguió el itinerario trazado. Abandonó el bosque y se encontró con un caserío abandonado. Más adelante enfiló un empinado sendero donde  encontró una piedra singular con forma humana. Se subió  a lo alto de la piedra para contemplar las vistas y entonces fue él quien se quedó petrificado. Ahí estaba el oso. Cabizbajo y meditabundo. Desde luego no se parecía en nada a la fiera salvaje que había imaginado. Su oscuro pelaje brillaba con cada pequeño rayo de sol que se filtraba en el gris del cielo. Sus ojos tristes miraban el horizonte. Y sus gruñidos eran casi imperceptibles.

Tana, que había perdido el miedo por completo, llamó al oso.

– Acércate oso. Ven aquí.

El oso se dio la vuelta y miró a Tana con asombro. Se quedó pensativo. Avanzó unos pasos, muy despacio, dibujando huellas en el suelo mojado. Moviendo su gran cabeza de un lado a otro. Indeciso. Se acercó a Tana. Nunca había visto el oso un gnomo. Le pareció un ser pequeño y frágil. Pero valiente, muy valiente. Lo olisqueó como se olisquea una flor. Con ternura. Con amor. Le miró a los ojos y, así, sin más se dio media vuelta y con su andar pesado regresó al bosque. A su cueva. Tana comprendió al instante que el oso quería que lo siguiese. Sus dotes detectivescas no le habían fallado nunca. Había resuelto varios misterios en sus islas afortunadas. Y esta extraña situación era, sin ninguna duda, un misterio. ¿Desde cuándo huía él de los misterios? Siguió las huellas del oso hasta la cueva. Vio cómo se sentaba delante de la osera y cómo, con sus patas, iba arañando el cemento que tapiaba su morada. Su refugio. El invierno no había hecho más que comenzar. Las primeras nevadas estaban próximas y el oso tenía que entrar en la cueva para su sueño invernal. La hibernación anual de los osos. Su vida corría peligro si no entraba pronto en la cueva. Con su hocico olisqueaba el cemento. Con sus garras dibujaba caminos a la entrada de la cueva. Algún desalmado había tapiado la cueva. El oso buscó entonces la mirada de Tana que prometió buscar ayuda. Atravesó un frondoso bosque de robles y regresó a la ruta. Siguió el camino pensativo, imaginando las posibles soluciones.

En la casona le estaba esperando Pelayín a quien ya se la había pasado el enfado. Tana empezó a contarle la triste historia del oso que no podía entrar en la osera. Cada vez que Tana relataba algún detalle la cara de Pelayín se iba volviendo del color de su camisa. Parecía que el gorro se había desteñido en su cara de lo colorado que estaba. Tana empezó a sospechar que el trasgu tenía algo que ver con el misterio de la cueva tapiada. Como el duende no decía nada y su cara se ponía cada vez más colorada Tana dedujo que el trasgu era el culpable. Esta vez sí que se había pasado de la raya con las travesuras. Había que darle un buen escarmiento.

Tana habló con Telva de la cueva tapiada y que sospechaba del trasgu. Como Telva estaba harta de los destrozos que Pelayín hacía en la casa se alió con Tana y entre los dos planearon la forma de deshacerse de él. Querían darle un escarmiento y así, de paso, ayudar al oso. Telva, que había probado ya todos los trucos para deshacerse del trasgu sin resultado alguno, pensó en un nuevo reto. En el concejo todos saben que el truco para deshacerse definitivamente de los trasgus es retarles a hacer tareas que le sean imposibles de realizar. Así se enfadan y se van.

Telva y Tana trazaron un plan infalible para deshacerse del trasgu y salvar al oso de una muerte segura.

– Mira Pelayín- dijo Tana- ya sabes que Telva está harta de tus travesuras y que está deseando echarte de esta casa. Incluso pensó en mudarse pero la última vez que lo intentó tú fuiste con ella.

– Si van todos de casa mudada voy yo también con la mía gorra encarnada- sentenció el trasgu-. No se pueden librar de mí tan fácilmente.

– Pues ayer escuché cómo Telva ingeniaba una nueva prueba para deshacerse de ti. Tienes que dormir toda la noche en la cueva de un oso pardo sin que te haga ningún rasguño.

– Qué bobos estos humanos…. Este desafío es muy fácil. ¿Acaso no sabe Telva que los osos hibernan en las cuevas y que no hay nadie que los despierte? En una cueva estoy más a salvo de los osos que en mitad del bosque.

Pelayín aceptó el reto. Sólo había un problema. En la única cueva que había por los alrededores no se podía entrar porque él la había tapado con cemento. Nunca una broma se había vuelto contra él. Tenía que quitar el muro de cemento. Tenía que entrar en la cueva. El trasgu habló con los duendes de las casas vecinas prometiéndoles que si le ayudaban ellos también se quedarían para siempre a vivir en las casas que habitaban. Entre todos cogieron picos y palas y corrieron al bosque. Cuando llegaron a la cueva el oso no estaba. Entre todos, en pocas horas, despejaron la entrada de la cueva y se metieron dentro a pasar la noche. Cuando el oso volvió  vio la cueva despejada entró y se durmió. Faltaban solo unas horas para el amanecer cuando el trasgu fue a la entrada de la cueva para salir victorioso del reto. Saltó por encima del oso que roncaba escandalosamente. Pero cuando Pelayín quiso salir de la cueva  la encontró tapiada otra vez. Entre maldiciones, tacos y gritos no oyó el trasgu unas carcajadas al otro lado del muro.

– Hasta la próxima primavera en la cueva te quedarás- gritaron Tana y Telva desde el otro lado- y así un buen escarmiento recibirás. Y travesuras no volverás a hacer jamás.

Y se alejaron por el sendero dejando al trasgu encerrado en la cueva del oso hasta la primavera. Sólo entonces abrirán la cueva y liberarán a Pelayín de su encierro y escarmiento.

Y colorín, colorado este cuento de osos, trasgus y escarmientos se ha acabado. Y hasta la verde Asturias te ha llevado.

Deja una respuesta

Tu email nunca se publicará.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.