DÍA DE LA POESÍA

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El 21 de Marzo se celebra en todo el mundo el DIA DE LA POESÍA, un día especial para regalar hermosas palabras a nuestros alumnos de la clase de los piratas. ¿Cómo encontrar esos poemas más adecuados para los más pequeños? A mi gusta empezar con un poema de Federico García Lorca, continuar con Gloria Fuertes y rebuscar en las antologías poéticas para niños esos versos que nos irán acompañando en cada proyecto de trabajo, en cada efemérides, en cada día especial.

Mariposa del aire
¡que hermosa eres!
mariposa del aire
dorada y verde.

Luz de candil…
mariposa del aire,
quédate ahí, ahí, ahí.

No te quieres parar,
pararte no quieres…
mariposa del aire,
dorada y verde.

Luz de candil…
mariposa del aire,
quédate ahí, ahí, ahí.
quédate ahí.
Mariposa ¿estás ahí?
(Federico García Lorca)

Leemos el poema con la entonación adecuada. Lo recitamos en pequeño grupo. Lo musicalizamos. Lo bailamos al ritmo del tambor. Coloreamos las mariposas y las pegamos por las paredes. Cada niño en el lugar que elija. Inventamos coreografías y volamos como mariposas por la clase. Festejamos la llegada de la ansiada primavera pero, sobre todo, nos emocionamos con la belleza de un poema. Y sonreímos.

Y como estamos en pleno reconocimiento y valoración de nuestro propio nombre hacemos rimas y pareados con ellos. Es un regalo especial en forma de palabras que nos acompañará a lo largo del curso escolar. Cada pequeño poema es diferente para cada niño y en ellos procuramos destacar una afición, un juego, una vivencia, un deseo o un sueño que les caracteriza y les hace especiales y únicos.
La profe también tiene el suyo:

María Jesús
lee cuentos en el autobús,
un buen día comió cuscús,
y de postre un chupachús.

Cuando del cole salió,
el sol la iluminó,
y una canción inventó,
que a todo el mundo gustó.

Laralá, laralé
Laralí, Laralú
me gusta esta canción,
y me gustas tú.

Se prepara la clase para la ocasión y vamos leyendo, uno a uno, sus pequeños pareados. Sus primeras rimas. Después las decoramos, las dramatizamos, las colocamos en el rincón de la biblioteca y cuando se van a casa, se los llevan envueltos en papel de celofán.

 

Y un poema para la clase

Era el viejo Malas Pulgas,
un pirata muy molón,
tenía arena en las canas,
y salitre en el cinturón.

Y un parche color violeta,
y un gorro color limón,
y una pipa muy coqueta,
y una espada de centurión.

Y una enorme cicatriz,
y una verruga en la nariz,
y un loro muy gracioso,
que le hace muy feliz.

¡Viva el viejo Malas Pulgas!
¡Viva la clase de los piratas!

Elegiremos los poemas con sumo respeto, con delicadeza y deleite. Aquellos que merezcan la pena ser leídos. Aquellos que lleguen al corazón, que provoquen una sonrisa, que profundicen en un tema de interés. Aquellos que han de cimentar el gusto por la poesía. A nosotros, en la clase de los piratas, nos sirven también para iniciar rutinas, para sortear, para contar, para inspirarnos cuentos o para regalar a la profe, a un compañero o a mamá.

Mamá,
yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá,
yo quiero ser de agua.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá,
bórdame en tu almohada.
¡Eso sí!
¡Ahora mismo!
(Federico García Lorca)

Y así, el lenguaje poético se alía con el de los cuentos (también hemos escuchado cuentos en verso) y, juntos, nos trasladan al universo mágico de la literatura infantil. A ese cotidiano acto de aproximarnos a los textos literarios.

EL TIBURÓN QUE COMÍA GALLETAS SALADAS

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En el fondo del mar, en una gran casa de coral con hermosas cortinas de algas multicolor, vivía una familia de tiburones azules. Ningún pez se acercaba a la casa por temor a ser devorado.

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Al papá tiburón, que era el más comilón de  la familia, le gustaba mucho el atún. Cada vez que un atún se cruzaba en su camino ¡ÑAM! se lo zampaba de un solo bocado.

 

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La comida favorita de la mamá tiburón eran los cangrejos así que cada vez que un cangrejo se cruzaba en su camino ¡ÑAM! se lo zampaba de un solo bocado.

 

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A la hermana mayor tiburón le gustaban mucho, mucho, mucho las langostas. En cuanto veía una se lanzaba a cazarla y ¡ÑAM! se la zampaba de un solo bocado.

 

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El hermano mediano tiburón prefería comerse una jugosa y brillante merluza de plata. Nadaba y nadaba hasta encontrar tan exquisito manjar para ¡ÑAM! zampársela de un solo bocado.

 

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La familia estaba algo preocupada porque el pequeño tiburón azul  no había encontrado aún su alimento preferido. En sus juegos se había hecho amigo de los animales marinos.  Su mejor amigo era el pez espada  pero también se lo pasaba GENIAL jugando con los calamares que le hacían cosquillas en las aletas dorsales o con los caballitos de mar. ¡Cómo iba él a comerse a sus amigos!

 

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Una tarde que estaba jugando con sus amigos al escondite el pequeño tiburón azul fue arrastrado por una poderosa corriente marina hasta el otro lado del arrecife de coral.  Estuvo dando vueltas y más vueltas hasta que su cola tropezó con el casco de un barco encallado en el fondo del mar. El pequeño tiburón azul nunca había visto un barco de cerca así que se metió dentro a investigar.

 

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Estaba oscuro y todo cubierto de algas pero encontró un hueco por donde nadar sin peligro y llegó hasta la bodega del barco. Allí había un montón de cajas metálicas corroídas por el salitre. Su instinto y su olfato le animaron a abrirlas. Dentro había unas cosas extrañas que se deshacían en contacto con el agua. Algunas eran cuadradas, otras eran redondas y otras alargadas. En el agua se fue formando una especie de masa marrón que el pequeño tiburón azul ¡ÑAM! se zampó de un solo bocado. Había descubierto, por fin, su alimento favorito ¡LAS GALLETAS!

 

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El pequeño tiburón azul nadó y nadó siguiendo el rastro de la masa marrón justo hasta la entrada de su casa y le contó a su mamá lo que había encontrado. La mamá, contenta de que, por fin, el pequeño tiburón azul encontrara su alimento favorito cogió una lata y leyó los ingredientes para hacer la receta. Pero en el fondo del mar no hay azúcar, ni harina, ni mantequilla, ni huevos, ni sal, ni leche. Y aunque los hubiera quedarían diluidos en el agua salada.

 

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Así que la mamá ideó un plan. Salió en busca de los ingredientes para su exclusiva receta. Y se puso manos a la obra. O mejor dicho, manos a la masa. En un bol hecho con conchas de vieiras mezcló cuidadosamente caparazón de cangrejo triturado, algas marinas, plancton, cola de langosta y fino polvo de guijarros. Con todo ello hizo una masa, como de chicle, que puso al horno durante una media hora aproximadamente.

 

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El resultado fueron unas sabrosísimas galletas saladas que el pequeño tiburón azul ¡ÑAM! se zampa de un solo bocado.

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 y colorín, colorado este cuento se ha acabado

¿ Cómo te imaginas que son las galletas saladas que la mamá tiburón cocinó para el pequeño tiburón azul?

¡DIBÚJALAS!

Esa es la propuesta que hacemos a los niños y las niñas al finalizar la lectura del cuento. Entre todos los dibujos elegimos, por votación, el que más nos gusta de todos. El ganador recibe como premio la inclusión de su obra en la última página, convirtiéndose así en otro ilustrador del cuento “El Tiburón que comía galletas saladas”