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LA ESCUELA SOÑADA

Rincón de la asamblea

ESCUELAS QUE CUENTAN HISTORIAS.

Cuento lo cromos rescatados del álbum de los recuerdos escolares. Algunos repetidos, otros sin abrir. Cuento los momentos desde aquel año en que comencé mi carrera profesional en este apasionante oficio de educar. Cuento las escuelas y cuento las historias vividas porque todas ellas suman, convencen, atrapan y construyen. Cuento los fascinantes momentos vividos porque en educación los días son del color del arco iris, alegres, cooperativos, creativos, oscilantes, diferentes, sorprendentes, emotivos, ruidosos, alentadores, estresantes y apasionantes.

Y lo cuento a modo de relato, como ocurrió, lo viví y sentí en cada escuela. ¿Me acompañas?

La primera escuela

Colegio Adonai

(Santa Cruz de Tenerife)

  Mi primera escuela con vista al mar coronaba la parte alta de una urbanización de casas unifamiliares y jardines en cascada que miraban al horizonte. Al Océano Atlántico. Ese mar que nos contemplada desde las grandes cristaleras de las aulas. Mi primer contacto con la isla de Tenerife (llevaba pocos días en la isla) fue en ese colegio de grandes ventanales y maestros excepcionales.

Tan solo estuve un trimestre, sustituyendo una baja maternal, pero ese primer contacto con el aula, lejos de mis raíces y de mi familia, ahuyentó el miedo a la soledad y contagió mi amor por la profesión docente. Un reto que asumía con la mejor de las voluntades, con actitud positiva y unas enormes ganas de aprender el oficio que había elegido.

El reto era ciertamente difícil. Nunca había pisado un aula, salvo en el período de prácticas, allá en mi tierra natal, donde tuve la fortuna de conocer dos realidades bien distintas: Un colegio en la ciudad, cerca de la Escuela de Magisterio (en Oviedo) y una escuela rural en un municipio cercano (El Carbayu, en Lugones). Conservo aún los dibujos que de los niños y las niñas de Educación Infantil de 4 años me hicieron cuando finalizó el período de prácticas. Mi primer tesoro.

  En la isla comencé como maestra de una clase de 4º de Primaria. Afortunadamente conté con la ayuda de mi compañero de curso (yo estaba en la clase de 4º A y él en la de 4º B). Sin él, sin su experiencia, su generosidad y su empatía nada habría sido igual. Fueron cuatro intensos meses de aprendizajes, mudanzas, confidencias, reuniones, lecturas, aventuras, comidas, conversaciones, dudas, inquietudes, risas, abrazos y despedidas.

 Allí conocí a compañeras, que hoy en día siguen siendo amigas. Amigas para toda la vida. Aprendí a valorar la soledad, la amistad, la añoranza y la esperanza. Aprendí que la vida te sorprende cada día. Un nuevo comienzo en mi nueva vida. Un comienzo nuevo en mi tierra de adopción.

La segunda escuela.

Colegio Hispano

(Santa Cruz de Tenerife)

   Mi segunda escuela con vistas ocupaba una esquina de una empinada calle en el barrio alto de la ciudad. Barrio popular y populoso ese de La Salud, de gentes sencillas y clase media. Era la maestra, la única tutora, de un grupo mixto de Educación Infantil  de 3, 4 y 5 años. Un grupo amplio en una clase de proporciones medias. Ni muy grande, ni muy pequeña. Una de las paredes la ocupaba un ancho ventanal con vistas a una calle estrecha de edificios emparejados e indiscretas ventanas. Se trataba de un espacio rectangular pintado de blanco y mobiliario antiguo de diferentes formas, colores y tamaños. El típico mobiliario escolar. Dispuse las mesas formando grupos de 5 o 6 niños y niñas del mismo nivel.

 Por aquel entonces la intuición ganaba la batalla a la formación y, aunque había asistido a algún curso de reciclaje profesional (sobre todo relacionado con la psicología, mi segunda profesión) aún no tenía la experiencia necesaria para enfrentarme a una clase de cuarenta niños y niñas de edades diferentes. Como era de esperar eché mano de las propuestas editoriales y elegí, de una gran variedad de ellas, la que, a mi juicio, sería la más adecuada para el propósito educativo que me ocupaba. Es decir, tres centros de interés por trimestre, uno para cada nivel.

  Los días, trimestres y años fueron transcurriendo entre el reparto de fichas, materiales, instrucciones y restricciones. Las tareas propias de una numerosa clase con enormes ansias de aprender.

  Esa clase fue mi hogar, nuestro hogar, durante tres cursos escolares en horario de mañana y tarde. Paralelamente, sobre todo los fines de semana, acudía a cursos de formación, leía libros sobre la práctica docente, ensayos educativos y experiencias de otros maestros y maestras. Una de mis referencias por aquel entonces era Mari Carmen Díez Navarro. Si busco en mi biblioteca creo que tengo todos sus libros, o casi todos.

Me empapé de las vivencias de otros docentes que, como yo, amaban el oficio. Poco a poco, paso a paso, fui transformando el aula, introduciendo metodologías más activas y añadiendo espacios para el uso y disfrute de los niños y las niñas, para mi propio disfrute y aprendizaje. No en vano era nuestro espacio, el espacio de todos, aquel en el que convivíamos veinticinco horas semanales.

  Recuerdo muy bien los dos primeros rincones que diseñé para el aula: una biblioteca y una cocina. Ambas a la medida de los niños y las niñas. Espacios creados desde mi interés por el interiorismo, por los libros, por la decoración, el arte y la literatura infantil en particular.

Forramos  una vieja estantería, desvencijada por el uso, con papel brillante de color rojo. Rojo pasión. Rojo carruaje. El color del corazón. Ese fue el hilo conductor del resto de la decoración de la cocinita. Añadimos a la estancia una mesa redonda con cuatro sillas, manteles de estampado  vichy  en rojos y blancos y cojines a juego. Cenefas en las estanterías, vajillas, utensilios de cocina y comida de juguete. Toda una declaración de intenciones. Se convirtió en un espacio muy solicitado, sobre todo para el juego simbólico.

Para la biblioteca de aula buscamos unos estantes metálicos y dispusimos los álbumes ilustrados de pie, apoyados en las estanterías con las portadas a la vista de todos y todas. Dispuestos para ser elegidos, ojeados o leídos. Dispuestos para disfrutar del placer de la lectura. Se añadieron peluches, marionetas, muñecos o complementos relacionados con los títulos de los cuentos: un osito, varios cerditos, una cestita, una corona, una varita mágica… Y así la primera biblioteca escolar entró en mi vida, en mi alma y en mi corazón para quedarse. Un romance que aún perdura. Una colección de cuentos que se ha hecho grande, que ha ido creciendo día a día. Que sigue creciendo.

 Esa primera cocinita y esa primera biblioteca se convirtieron, por arte de magia, como la función de un prestidigitador o de un mago de la ilusión en un elemento motivador del aula. Rincones de juego que, sin embargo, eran educativos. Es cierto que al principio los utilizamos solo como un juego, como un momento de la jornada escolar posterior al trabajo en mesa. Poco a poco fueron adquiriendo el protagonismo que se merecían pasando a formar parte, de pleno derecho, de la programación diaria. Se incluyeron las primeras normas de uso y disfrute de ambos rincones y dejamos que el gusto por jugar, descubrir, experimentar y compartir hicieran el resto.

La tercera escuela.

Colegio Público Puntagorda

(Puntagorda, La Palma)

 Mi primer destino como funcionaria en prácticas fue la isla de La Palma. Otra isla. Otra realidad. Otro estilo de vida. Otra escuela. Otro ilusionante reto. Nuevos caminos por recorrer, en plena naturaleza, con olor a almendros en flor.

  El avión aterrizó casi en el mar. La pista de aterrizaje se confundía con el azul marino y el pequeño aeropuerto palmero me daba la bienvenida a mi nueva vida de funcionaria, de compromiso adquirido con la Administración Pública, de compromiso adquirido con la infancia. Al servicio de los niños y las niñas. Al servicio de su futuro invirtiendo en su presente, preparándolos para la vida.

  Cogimos un taxi, mi familia y yo, que nos llevaría al otro extremo de la isla. Un largo viaje entre cumbres, verdes, barrancos, pueblos, curvas, rectas y túneles. La isla bonita se ofrecía ante nosotros en todo su esplendor, en todo su verdor. Isla mágica.  El cielo de un limpio inmaculado competía para ver cuántas estrellas se podían contemplar en noches limpias de bruma y nubes. Cielo protegido. Magia pura.

  Había alquilado una habitación cerca del colegio. Recordaré siempre ese primer fin de semana en la isla, sin teléfono, sin televisión. ¡Ah, esa primera noche en La Palma! El hechizo del cielo estrellado, el misterio del futuro inmediato, la incertidumbre del primer destino, el compromiso adquirido, las mariposas revoloteando en el estómago y, de repente, toda la seguridad adquirida al aprobar la oposición congelada en una fotografía en blanco y negro donde el miedo, la incertidumbre y la ansiedad ganaban la batalla a la hermosa fotografía en color que supone es ese primer, y fascinante, destino.

  Las aulas de Educación Infantil no estaban en el edificio principal del colegio sino que ocupaban sendos edificios a la entrada del pueblo, cuatro aulas separadas por un patio central. Tres aulas, una para cada nivel de tres, cuatro y cinco años. El aula restante, de uso común, como sala de psicomotricidad, video o exposiciones.

  Esos días el mundo entero andaba conmocionado por la muerte en París de la princesa del pueblo, Lady Diana Spencer, en un accidente de coche. Sin radio, sin televisión y sin periódicos permanecía ajena a las noticias que copaban los noticieros y los tabloides sensacionalistas. Viviendo mis propias noticias, mi propia realidad como maestra de pueblo. Tres palabras (maestra de pueblo) que producían en mí emociones contradictorias.

  Alquilé un pequeño apartamento próximo a la escuela, tan próximo que tardaba apenas cuatro minutos en recorrer los escasos metros que separaban mi nuevo hogar de mi nueva escuela. El apartamento liliputiense contenía lo justo para una persona y tenía incluso una pequeña terraza con vistas a un barranco. Me rodeaban los sonidos de la naturaleza, tan nuevos para mí.

 La escuela coronaba la parte alta de una cancha deportiva. Se accedía a través de una pequeña rampa que daba acceso al patio de recreo, de suelo rojizo y coloridas plantas. En una esquina del patio daba sombra un solitario almendro. Un único y solitario almendro que, en días de mucho calor, nos cobijaba bajo sus ramas. Recuerdo con cariño ese almendro al que dedicamos una colección de cuentos personalizados, un proyecto educativo conjunto y un premio en, por aquel entonces, Concurso de Contenidos Canarios, promovido por la Consejería de Educación.“Don Almendro” que así se llamaba nuestro árbol protagonista acompañó a los centros de interés globalizados que las maestras habíamos diseñado y ese primer premio nos dio alas para seguir creando juntas, aprendiendo de nuestro entorno cercano, de nuestros mayores y de nuestras costumbres. Nuevas aún para mí. Fueron momentos de descubrimiento mutuo del patrimonio cultural y natural que nos rodeaba, mimetizándonos con el paisaje y el paisanaje del lugar.

 En ese camino de aprendizaje conjunto nos matriculamos, mis dos compañeras y yo, en diferentes cursos ofertados por el Centro del Profesorado más cercano, en Los Llanos de Aridane, donde formamos grupos de trabajo, asistimos a cursos de formación e iniciamos proyectos conjuntos con otras escuelas y otros compañeros de profesión.

  A raíz de un curso de lectoescritura impartido por uno de los coautores del libro “Escribir y leer. Materiales curriculares para la enseñanza y el lenguaje escrito, de tres a ocho años” entró el constructivismo en nuestras vidas profesionales, en nuestras aulas y en nuestras prácticas educativas. Y lo hizo para quedarse. No habría marcha atrás. El trabajo con los diferentes tipos de texto (enumerativos, informativos, literarios, expositivos y prescriptivos) formó parte, de pleno derecho, de las propuestas para la adquisición y desarrollo de la lectura y la escritura.

Poco a poco fuimos abandonando los métodos tradicionales para el aprendizaje de la lectura y escritura y fuimos incorporando nuevas formas de acceder a la escritura, contrastadas a partir de las investigaciones de Emilia Ferreiro y Ana Teberosky. Se creó en el aula el rincón de lectura y escritura con materiales propios (alfabetos, letras móviles, máquina de escribir, etc.) y actividades cooperativas.

 Fueron tres cursos maravillosos donde las tres maestras de Educación Infantil hicimos piña. Planificamos y diseñamos proyectos conjuntos. Las reuniones de coordinación eran productivas, eficaces, amenas y creativas. Fruto del trabajo colaborativo organizamos exposiciones (en horario de tarde para que pudiera asistir todo el pueblo), encuentros, cuentacuentos y proyectos comunes. La complicidad, el respeto por las opiniones propias y ajenas, la empatía, el compromiso con nuestra escuela, la escucha activa y la admiración mutua crearon un clima de afecto y entendimiento, al margen de nuestras respectivas personalidades, donde las ideas fluían y se iban materializando en actividades conjuntas.

     Uno de nuestros proyectos más significativos y gratificantes fue la creación de un periódico escolar “Don Almendro” que tuvo una gran difusión y divulgación entre los vecinos del pueblo. De pronto nuestros pequeños periodistas se hicieron famosos, su trabajo se reconocía públicamente y eso nos dio alas para aventurarnos en otros proyectos, en otras sinergias.

  No olvidará jamás el día que cerré, por última vez, la puerta de mi clase. El día aquel en que me despedí de la isla bonita para incorporarme a mi nuevo destino en otra isla. Llevaba ese día un traje de color amarillo canario. El color del sol.

  La isla de La Palma forma parte, de pleno derecho, de mi biografía y de mi aprendizaje. Fueron muchos los aprendizajes y las emociones vividas. Aprendí de mis pequeños alumnos y alumnas, de sus familias y, sobre todo, de mis dos compañeras. Allí escribí mi primer cuento con finalidad educativa y de disfrute lector, un cuento que acompañaba la Unidad Didáctica que debía entregar para superar el periodo de prácticas. Un cuento que resumía mi amor por la isla. El título “Los Reyes Magos de Oriente y sus vacaciones en La Caldera de Taburiente”. Un cuento ilustrado por los niños y las niñas de cinco años. Un único manuscrito del que guardo los mejores recuerdos.

Ese primer cuento, ese álbum ilustrado y personalizado, simple, sencillo y hecho a mano con dibujos fascinantes y colores brillantes cumplió todos y cada uno de los objetivos por los que fue escrito:

  • Despertar el amor por la lectura y la escritura de cuentos.
  • Desarrollar la creatividad, la imaginación y la fantasía.
  • Contribuir a mejorar mi calificación en el periodo de prácticas.
  • Iniciar mi camino literario y mi amor incondicional a la literatura infantil.

La cuarta escuela.

Colegio Público El Fraile

(El Fraile, Tenerife)

  Estrené coche a la vez que estrené escuela. En el sur de la isla de Tenerife. Todos los días cogía la autopista para recorrer los kilómetros que separaban mi casa de mi tercera escuela como tutora. Si, pasé de caminar apenas unos metros a zambullirme, sin chaleco salvavidas, en el intenso tráfico de la autopista del sur. No compartía coche.

  Al igual que cuando me incorporé a mi aula en La Palma, comencé mis vivencias escolares en un aula del nivel de Educación Infantil de cinco años. Nuevos alumnos. Nuevas compañeras. Se trataba de un colegio de grandes dimensiones y el número de compañeras creció y, de no tener compañeras de nivel o ciclo, pasé a tener tres y ahora nueve compañeras de ciclo. En cada nivel había tres tutoras por lo que fundamentalmente me coordinaba con ellas.

  En esa clase de cinco años me aventuré a realizar mi primer proyecto de aula. El aprendizaje basado en proyectos había entrado en mi vida de la mano de Mari Carmen Díez Navarro y su libro “Proyectando otra escuela”. A partir de su lectura iniciamos todos los momentos y fases del desarrollo de un proyecto.

 ¿Se imaginan el tema del proyecto? Sí, un proyecto de investigación sobre la isla de La Palma.

Deseaba compartir con mi alumnado mi amor por la isla, las experiencias vividas y el conocimiento de sus costumbres, fiestas o  tradiciones. Y comenzó el proyecto donde, para recabar información de primera mano, nos carteamos con los niños y las niñas de otro colegio de La Palma. Cada carta era recibida con júbilo, alegría, sorpresa e ilusión por leerla y descubrir lo que nos habían enviado nuestros compañeros y compañeras de la isla bonita. Y mientras el proyecto iba cobrando vida nació también Tanausú, un personaje de cuento que tenía un sueño: bailar la danza de los enanos en la Bajada de la Virgen de las Nieves. Escribí el cuento que ilustraron los niños y las niñas y enviamos a nuestros amigos de la isla bonita.

El proyecto de investigación sobre la isla de La Palma se presentó al Concurso de Contenidos Canarios y ¡sorpresa! fue merecedor de un accésit. Compartimos la alegría por el premio en el aula con los auténticos protagonistas de esta hermosa experiencia a través de la correspondencia escolar. ¡Qué hermosos momentos vividos! ¡Qué emocionante escribir y recibir cartas! Cada carta despertaba una emoción y la alegría flotaba en el ambiente guiando nuestros pasos hacia nuevos y apasionantes proyectos.

 Al año siguiente, en otra clase, conocimos a Don Salvador González Alayón. Puede que el nombre no les suene. Puede que ese nombre les diga poco, pero Don Salvador, como le llamaban los niños y las niñas, como le llamaban todos, era uno de esos maestros de la vida, un pastor jubilado con alma de sabio y espíritu docente que cada año acudía a la escuela para compartir todo su saber, su sabiduría y humanidad. Su historia es la de un hombre hecho a sí mismo. Todo amor. Todo corazón. De manera altruista, con paciencia y humildad se colocaba debajo de un árbol, colocaba sus artilugios y nos mostraba la manera tradicional de mecer la leche de cabra. La mecida de la leche. Los niños y las niñas le observaban con deleite, curiosidad y admiración. El interés mostrado despertó las ganas de aprender más e iniciamos un nuevo proyecto. Lo recuerdo como uno de los proyectos más entrañables que tuve la suerte de desarrollar en el aula.

La quinta escuela.

Colegio Público Juan García Pérez

(San Isidro, Tenerife)

 Continuamos en el sur de la isla de Tenerife. Otra escuela pero de similares características y dimensiones que la cuarta. Luz de verano perpetuo con olor a virutas de lapicero y salitre.

Tras el concurso de traslados, un nuevo destino y nuevas compañeras.  Estaría en esa ciudad de medianías una larga temporada, primero como tutora de Educación Infantil y más tarde como asesora en el Centro del Profesorado Tenerife Sur-Abona, pero esa es otra historia, otra aventura.

En el nuevo colegio comencé en el aula de tres años, con tres compañeras de nivel maravillosas y curtidas en este nuestro oficio de educar. Con enorme experiencia, recursos y estrategias didácticas. Mi fuente de inspiración. Mi espejo y modelo educativo. Todo docente necesita un buen mentor, un referente en el que mirarse e inspirarse. Espejito, espejito mágico ¿quién es la mejor maestra? Y el espejo, que nunca miente, te devuelve la imagen de una maestra expectante, curiosa, motivada y deseosa de aprender con los otros y de los otros. No existen buenos y malos maestros. Existen docentes comprometidos con su profesión. Maestros de vocación y corazón.

 Allí viví, entre otros, un nuevo proyecto: conocer quién fue la persona que daba nombre al colegio (Juan García Pérez). Observar el devenir de mis pequeños alumnos y alumnas como si fueran héroes, valientes aventureros y caminar juntos para vivir cientos de aventuras y crecer, avanzar y aprender. Y como cada día, como cada mes proyectar nuevos retos y emprender nuevos caminos. Mirar la programación de aula e ir añadiendo páginas de actividades, de anécdotas, de descubrimientos y aprendizajes compartidos. Y una vez más contar con los testimonios de los más cercanos, escuchar sus palabras, aprender de ellos y plasmar sus vivencias en el desarrollo del proyecto. Una necesaria escucha activa que endulza nuestros oídos y encoge nuestros corazones invitándonos a pensar, meditar, cuestionar, preguntar, debatir y opinar.

  En ese nuevo destino iba, de nuevo, caminando al colegio, distante apenas diez minutos de la también nueva casa. Diez minutos de pensamientos, encuentros, conversaciones y silencios. Con paso certero y firme acudía cada día a mi clase. Abrir la puerta e iniciar el ritual de cada mañana: abrir las ventanas, bajar las sillas de las mesas, colocar el material del día, perfumar la estancia e ir a recoger a los niños y a las niñas a la fila de entrada. Saludar, uno a uno, una a una, con un apretón de manos acompañado de un “buenos días”. A cada cual por su nombre, con una amplia sonrisa de bienvenida y una frase de aliento. En estos últimos años se ha puesto de moda una costumbre de colocar un mural a la entrada de las clases con varios tipos de saludos. Y así el docente recibe a su alumnado con el saludo elegido, cada cual con el que se sienta más identificado, o más cómodo, ese día. Nosotros usamos siempre el mismo saludo. Confieso que a veces veía a mis compañeras extrañarse de aquella costumbre mañanera, de dedicar esos primeros momentos de la jornada escolar al saludo personalizado, al encuentro diario y a la afectuosa bienvenida. Pronto se convirtió en una sana costumbre, en un volver a las buenas maneras, a los buenos modales y, pasados los primeros meses, ya nadie se sorprendía.

  Fueron varios cursos de exploración, de ir engranando las vivencias, las formaciones, las experiencias pasadas y las expectativas futuras. Fueron años de proyectos vividos desde el corazón, la pasión y la motivación donde investigamos sobre la vida y la obra de  Pablo Ruiz Picasso o Salvador Dalí, investigamos el entorno cercano, las obras literarias y encuentros con sus autores, profundizamos en el desarrollo de la lectura y la escritura desde una perspectiva constructivista y las matemáticas activas.

 Todo iba encajando como piezas de puzle concretas perfectas y pulidas. Un perfecto engranaje de metodologías, situaciones de aprendizaje y propuestas didácticas que iban configurando mi modo de entender la educación, mi modo de vivir la escuela. En ese modo de hacer, sentir y entender la educación siempre tuvieron cabida las opiniones, los talentos, las ideas, los intereses, los dones y las potencialidades de mis pequeños alumnos y alumnas en una combinación de tolerancia, respeto y confianza mutua. Y añadiría autoevaluación y autocrítica. ¿Qué entiendo por educar? ¿Qué quiero conseguir de mi alumnado? ¿Cómo puedo ayudarles? ¿Qué puedo ofrecerles? ¿Tengo la energía suficiente?

 Estas y otras tantas preguntas bullían en mi cabeza. Sentía que podía hacer más, que debía hacer más. Contaba con el apoyo y colaboración de las familias, incluso habíamos hecho juntos una obra de teatro. Un regalo para nuestros niños y nuestras niñas de su maestra, de sus padres, de sus madres, abuelos y abuelas. Los propios niños y niñas construyeron el escenario, pintaron la casa  de la ratita presumida (el cuento elegido) y, expectantes, acudieron a la actuación donde se invitó a todo el alumnado de Educación Infantil del colegio. La representación fue un éxito. El perfecto tándem familia-escuela, de corresponsabilidad y objetivos comunes.

  Sin embargo yo seguía cuestionando mi papel en este oficio de educar. Buscando respuestas a las cuestiones que me perturbaban. Y la respuesta llegó la mañana en que me ofrecieron ser asesora en un Centro del Profesorado (CEP). Yo ya conocía el CEP, había impartido diferentes cursos de formación en la isla de Tenerife y El Hierro sobre el aprendizaje de la lectura y escritura desde una perspectiva constructivista y había participado también en cursos y seminarios formativos impartidos por Myriam Nemirovsky  en ese mismo CEP. Consideraron que yo podía ser la persona más idónea para asumir la asesoría de Infantil-Primaria.

  Fueron muchas las consultas con la almohada, las largas conversaciones con mis compañeras, con la familia, conmigo misma. Acepté el reto. Asumí el compromiso y, por unos años, abandoné la docencia directa para adentrarme en otro mundo igual de fascinante, el de la formación y asesoramiento al profesorado de los centros educativos del ámbito de referencia del CEP. Un nuevo viaje con los mejores compañeros posibles, con el mejor equipo de trabajo.

Aprendí con los mejores y me contagié de su entusiasmo, de su estilo educativo y  su forma de entender la educación. Me contagié de sus ganas de transformar la escuela, de provocar cambios, de innovar. Queríamos dar visibilidad a las buenas prácticas escolares. Diseñamos y ofertamos cursos de formación acordes a las necesidades formativas de ese momento, congruentes con los planes de formación de los centros educativos que asesorábamos. Pronto pusimos cara a las voces que, desde el otro lado de la línea telefónica, demandaban nuestros servicios. Fuimos conociendo a aquellos y aquellas que nos escribían correos electrónicos y visitamos colegios e institutos cuidando cada una de nuestras visitas y cada una de sus visitas a nuestro CEP. Queríamos que fuera su casa, como ya era la nuestra. Docentes, asesores y equipos directivos comprometidos con la formación permanente, con la innovación, con encontrar su propio método educativo, su propia manera de enseñar, desde el conocimiento y uso de la normativa vigente. Desde el conocimiento y respeto por su alumnado. Desde el conocimiento y el trabajo colaborativo. Participamos en Seminarios formativos, en  programas con otros CEP, en Jornadas Educativas, en encuentros y en otros tantos eventos o efemérides relacionados con nuestras funciones, con nuestras ansias por mejorar la educación.

 Tanausú, el personaje de cuento aventurero e inquieto, siguió su andadura por las islas y, en un hermoso trabajo de colaboración, con profesorado del colegio Parque La Reina (Arona)  y mi compañera del Centro del Profesorado (profesora de literatura) tomó forma en modo de proyecto: “Las aventuras de Tanausú por el Archipiélago Canario.”

 No fue nada fácil dejar el CEP y separarse de un equipo de trabajo que traspasaba sus fronteras. Más que compañeros, amigos. Pero tocaba recorrer otros caminos, seguir otros rumbos. Tocaba, de nuevo, cambio de domicilio y de colegio. Tiempo de cambios en la ciudad Patrimonio de la Humanidad, en el norte de la isla.

  La ciudad del Adelantado me recibió entre brumas, ilusiones renovadas y, de nuevo, emociones encontradas.

La sexta escuela.

Colegio Público Aguere

(La Laguna, Tenerife)

 Como digo la ciudad del Adelantado, San Cristóbal de La Laguna, me recibió con su peculiar climatología. Mi nuevo destino estaba, de nuevo, próximo a mi casa. Un verano expectante aquel en el que contemplaba, desde la ventana de mi dormitorio, los tejados y la silueta del edificio del colegio. Tan cerca estaba. Tan cerca que, con viento a favor, escucha el sonido de la sirena que anunciaba el cambio de hora. Tan cerca que las luces nocturnas de las farolas acompañaban la noche lagunera. Tan cerca que soñé que una tirolina de cables y poleas consistentes se deslizaba desde mi tejado al tejado del colegio. Por soñar soñé que sería feliz en mi nuevo destino y tanto y tanto soñé que el sueño se hizo realidad.

Fui muy feliz en ese colegio que ya conocía por ser la sede de mi distrito electoral. Poco imaginaba yo cuando introducía mi voto en la urna que algún día formaría parte del claustro. Un colegio muy arraigado en su entorno. Con un claustro estable, cohesionado, colaborativo, creativo, divertido, competente, formado y empático. El Colegio Aguere.

 Como profesora de apoyo y encargada de la biblioteca del colegio disfruté de momentos memorables en sus aulas, patios y pasillos.

 Donde más aprendí y disfruté fue en la biblioteca. Mi guarida. Me sentía una auténtica bibliotecaria pues tenía a mi cargo no solo el cuidado y orden de la biblioteca sino también, y eso fue lo más gratificante, la consulta y préstamo de los libros que albergaba. Ayudaba a elegir el que mejor respondía a los intereses de cada niño, de cada niña. Rellenaba su carnet de lectura. Decoraba la estancia según las efemérides del momento. Inventaba historias. Contaba cuentos. Ofrecía talleres. La biblioteca olía a vainilla. Había colocado una gran vela de ese olor en la mesa de entrada.

 En Navidad el olor a vainilla se mimetizaba con el sonido del carrusel que decoraba una esquina de esa mesa rectangular de la biblioteca, entre carnés de lectura, cuentos, cuadernos y lápices de colores. Los caballitos daban vueltas en ese carrusel al ritmo de los villancicos populares donde, pequeñas y diminutas luces acompañaban el sonido y el movimiento de los caballitos.  Pura estampa literaria. Pura inspiración para un relato.

 No escribí, sin embargo, relato alguno del tiovivo pero sí otro relato inspirada por la magia de esa biblioteca que llegué a amar. Leí el relato en una sesión de cuentacuentos y un taller de ilustraciones. ¡Ah, qué hermosos dibujos! Elegí uno de ellos y lo publiqué en mi blog junto con el relato ¡Vaya lío en la biblioteca!

 Escribí un artículo sobre la experiencia vivida que se publicó en la revista El Bucio del Centro del Profesorado Tenerife Sur, no podía ser de otra manera.

La séptima escuela.

Colegio Público Camino Largo

(La Laguna, Tenerife)

  Me gusta pasear. Descubrir rincones, escaparates, librerías, restaurantes, caminos y jardines. Cada vez que pasaba por delante del edifico de mi nuevo colegio pensaba la suerte que sería trabajar allí. Un colegio de relucientes tejados y grandes ventanales que emergía del verdor del parque de la Constitución. Un lugar donde solían ir los laguneros para pasear, hacer deporte, llevar su mascota, sentarse en la hierba o escuchar las risas y los juegos de los niños y niñas.

 Mi primer recuerdo (como jefa de estudios y profesora de apoyo a Infantil) fue la clase de tres años que compartía con mi compañera Pilar. Un curso escolar repleto de emociones contradictorias, aprendizajes, confidencias y nuevas experiencias.

 Al curso siguiente me incorporé como tutora en un aula de tres años. La clase ocupaba la primera planta de un edificio destinado íntegramente a la Educación Infantil. Un gran edificio de pasillos decorados, patio de juegos y humedades. Tras una minuciosa observación de la sala de clase y una buena dosis de imaginación comencé a diseñar los espacios del aula. El rincón de la casita, que ya estaba delimitado, ocupaba la parte derecha de la pared frontal. El resto de rincones se fueron creando en los espacios restantes. El rincón de la biblioteca, de leer y escribir, de lógica-matemática, de juegos y construcciones, etc. fueron ocupando los espacios destinados para ellos y, tras el periodo de acogida y adaptación, comenzó la aventura del saber, del sentir y acompañar a los niños y las niñas en su aprendizaje. Paso a paso el aula se convirtió en una pequeña comunidad de amigos, colegas y compañeros que convivían en paz y armonía respetando las normas establecidas y consensuadas en el grupo.  Elaboramos conjuntamente las normas de organización y funcionamiento del aula, las reglas de convivencia y comenzó la aventura.

 Se decoró cada rincón del aula acorde a la temática del mismo y se incorporaron los diferentes materiales en cada uno de ellos. Se eligió, de forma democrática, el nombre de la clase que, por mayoría, pasó a llamarse la “clase de los piratas”. Esa fue durante tres cursos escolares nuestra seña de identidad como grupo, nuestra bandera y nuestra insignia y así, juntos, navegamos por los mares del saber, del ser, del sentir y del querer. Querer aprender en un clima de cariño, afecto, entendimiento, aprendizaje y confianza mutua.

 Se iniciaron y desarrollaron diferentes y muy diversos proyectos de aprendizaje donde investigamos sobre temas de interés, de actualidad, de artistas, de paisajes, etc. Buscamos y contrastamos información. Jugamos. Bailamos. Cantamos. Reímos. Nos emocionamos. Aprendimos a conocer y gestionar nuestras propias emociones, y las ajenas.

 El comienzo fue una propuesta sobre los sueños, sobre los deseos y las expectativas de las familias al comenzar sus hijos e hijas en el colegio. “Manos pequeñitas, sueños grandes” donde cada familia anotada (en una cartulina con la mano de su hijo o hija impresa con témpera) lo que querían o deseaban que la escuela les enseñara a sus hijos e hijas. Qué querían que se llevaran en sus mochilas y corazones al finalizar la etapa de Educación Infantil para iniciar el tránsito a la etapa de Educación Primaria.

 Para mi sorpresa las aportaciones, deseos y sueños de las familias no tenían que ver estrictamente con la formación académica, los contenidos o temas a tratar sino, principalmente, con el ámbito personal, los sentimientos, las emociones, las expectativas y previsiones de futuro en torno a los valores humanos, a ser mejores personas y disfrutar de los años escolares.

 Tanto a mi compañera de nivel como a mí misma nos apasionaban los cuentos. Los álbumes ilustrados que coleccionamos con tanto entusiasmo y que llevamos al aula, para deleite y disfrute de todos, compartían protagonismo con otros cuentos, personajes e historias que merecen ser contadas.

En cada situación de aprendizaje o proyecto de investigación se incluía la lectura de un cuento relacionado con la temática a investigar y desarrollar.

 Para una de las situaciones de aprendizaje sobre “Las galletas” escribí e ilustré un cuento que fascinó a los niños y niñas. “El tiburón que comía galletas saladas”. Un cuento donde la mamá tiburón prepara una receta de cocina: una galleta para el pequeño tiburón que no quiere comerse a sus amigos los animales del fondo del mar. Al finalizar el cuento los niños y las niñas se preguntaron cómo era esa galleta que preparó la mamá tiburón. En el cuento no aparece ninguna imagen de ella.

 Se convocó entonces un concurso de ilustraciones, entre las dos aulas del nivel de tres años: “¿Cómo crees que es la galleta que la mamá tiburón cocinó para su hijo? Dibújala”. Se fueron colgando los dibujos presentados a concurso en un rincón del aula especial y como jurado se invitó a los niños y las niñas de Educación Primaria para que votaran su favorito. El dibujo más votado recibió un diploma y la incorporación de la ilustración al final del cuento.

 Escribí también un cuento sobre la biblioteca del colegio que fue merecedor de un premio en un concurso de cuentos convocado por el Ayuntamiento de la localidad. “Rebeca, el hada de la biblioteca” ocupa ya su lugar en la biblioteca del colegio. Una hermosa mascota de la que hicimos dibujos y marionetas de palo para contar, y contarnos, el cuento.

 Fueron tres maravillosos cursos juntos y la fiesta de graduación fue una explosión de emociones, canciones, bailes, diplomas y birretes. Nunca olvidaré las lágrimas, las palabras cariñosas, el discurso de despedida y los abrazos lentos. Nunca olvidaré las aventuras vividas en la “clase de los piratas”. Hoy me sigo encontrando a esos niños y a esas niñas por los pasillos del colegio, en el patio de recreo o a la salida de clase. Y las palabras siguen siendo cariñosas, y los abrazos siguen siendo lentos.

 Dejé el Colegio para incorporarme al Área de Infantil-Primaria de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias, para coordinar, junto a mis dos compañeras, el Programa Impulsa. Una medida de atención a la diversidad, de carácter preventivo e inclusivo, dirigida al Segundo Ciclo de Educación Infantil y 1º y 2º de Educación Primaria para favorecer, fundamentalmente, la adquisición y el desarrollo de la competencia en comunicación lingüística y la competencia matemática.

  Fueron dos cursos académicos dedicados, fundamentalmente, al diseño e impartición de cursos de formación para el profesorado de apoyo al Programa. Dos años de aprendizajes De viajes. De descubrimientos. De anécdotas. De trabajo en equipo. Dos años que dan para escribir un capítulo, o dos, o tres. Pero esa es otra historia que merece su propio relato, su propio libro. Tal vez algún día lo escriba.

  Lo que sí quiero escribir ahora es mi profundo agradecimiento por la oportunidad de formar parte de ese maravilloso proyecto donde aprendí de las mejores. No es fácil encontrar almas gemelas, y cómplices, en el amor por la profesión docente, por la infancia respetuosa, por la innovación, por las metodologías emergentes, por el respeto a los diferentes ritmos de aprendizaje de los niños y las niñas, por el descubrimiento de sus talentos, potencialidades e inteligencias, por el desarrollo de sus competencias y por la atención a la diversidad. No es fácil y, sin embargo, con ellas (mis compañeras de equipo) fue tan fácil. Me siento muy orgullosa de mi paso por el Programa Impulsa. Me siento muy orgullosa del equipo que formamos y de los docentes de apoyo al Programa.

 Confiamos en la magia de los nuevos retos, confiamos en los docentes de vocación y corazón, confiamos en los niños y las niñas y en sus propios talentos, confiamos en nosotras mismas y confiamos en el poder de la escuela para transformar el mundo.

 Nuestro paso por el Programa Impulsa llegó a su fin pero sus enseñanzas perdurarán para siempre en nuestros corazones. Y comenzó, de nuevo, otra etapa en el colegio Camino Largo.

 Regresé al colegio. Nuevos caminos por recorrer. No en vano su nombre es premonitorio de nuevas y expectantes aventuras educativas. En el Colegio Camino Largo continúa la aventura de la enseñanza con nuevas y antiguas compañeras de camino. Con la ilusión del primer día. Nuevos retos. Nuevas experiencias y vivencias. Nuevos tiempos. Nuevas clases y alumnado nuevo. Cada clase, no lo olvidemos, es única e irrepetible como los son los niños y las niñas que las habitan. Especiales, únicos y diferentes. Con sus propios talentos y ritmos de aprendizaje.

 Fruto del aprendizaje de mis años en el Programa Impulsa incluí nuevas ideas, métodos y estrategias didácticas.

  La clase de los corazones (como la llamamos familiarmente porque en sus paredes hay corazones brillantes, corazones rojos que, cuando luce el sol, refulgen en las blancas paredes)  es muy luminosa y amplia (aunque siempre falte espacio para crear rincones de aprendizaje). En ella se crearon seis rincones fijos en el aula que se dotaron de materiales específicos. Materiales para experimentar, manipular, crear, disfrutar y jugar.

 A los niños y las niñas de 5 años les gusta, especialmente, el rincón de la casita, el de las emociones y el de la calma. Con sus mascotas, sus luces, sus cojines, sus juguetes, sus muñecos, sus libros y su magia para provocar momentos inolvidables.

 La clase está ambientada para facilitar los aprendizajes y la autonomía. El ambiente de aprendizaje al que alude el psicólogo Loris Malaguzzi, es ese “tercer maestro” que debemos procurar que sea confortable, cálido, bonito, práctico, entrañable y bello. Ese espacio en el que apetece estar cada día. Espacios creados por los niños y para los niños, para que sean autónomos y responsables, para que sean felices y aprendan juntos. Espacios abiertos con materiales diferentes y actividades específicas que inspiren y provoquen nuevos aprendizajes, nuevas experiencias y vivencias a través de la manipulación, la experimentación, el trabajo colaborativo y la interacción entre iguales.

 Cuidamos cada detalle de cada uno de los rincones. Cuidamos la estética. Elegimos cada material en función del lugar que ocupará en ese espacio de aprendizaje, en función de su valor pedagógico, de su uso y manejo. Lo elegimos con mimo, con cariño, con criterio.

 Cada rincón es único y en todos ellos damos rienda suelta a la imaginación, a la creatividad, a la ayuda mutua, a la mirada del otro, al juego, al aprendizaje individual y colectivo, al sentimiento, a la duda, al error, al nuevo conocimiento, a la investigación, a la observación, a la emoción, a la calma, a las relaciones sociales, a la lectura, a la escucha, a la palabra, a la conversación, a las confidencias, a las sorpresas, al querer, al ser, al compartir y al sentir.

 Siento que este curso escolar (2019-2020) nos han robado un trimestre. Un tiempo de aprendizaje compartido y  juegos con nuestros compañeros y compañeras del último curso de Educación Infantil. Un valioso tiempo de compartir y despedirnos, como se merece, de nuestra etapa en la Educación Infantil.

  Habíamos planificado un plan de transición con visitas a las clases de Primero de Primaria y actividades conjuntas, con juegos compartidos en el patio o sesiones de cuentacuentos. Nos han robado estas vivencias. Y la incertidumbre por el paso a Primaria se mezcla con la incertidumbre de esta pandemia que, cada día que pasa, se hace más complicada para los niños y las niñas, para las familias y para los maestros y maestras que no sabemos muy bien qué va a pasar con la escuela que conocemos. Con la escuela soñada. Con ese modelo de escuela inclusiva, cooperativa e innovadora que, en tiempos de virus, se aleja de su esencia y se vuelve, si cabe, más tradicional, competitiva, individualista y favorecedora de la brecha social.

 La escuela del coronavirus.

¿Es esa la escuela que queremos?

¿Es esa la escuela que nos merecemos?

¿Es esa la escuela que se merecen nuestros niños y niñas?

La octava escuela.

La escuela del coronavirus. Una escuela por descubrir.

 Si tuviéramos que destacar dos factores clave del aprendizaje serían la emoción y la interacción. Sin emoción no hay aprendizaje. El ser humando necesita emocionarse para aprender, necesita de la interacción y el contacto con sus iguales para aprender. Y es precisamente en la escuela donde se concentran la inmensa mayoría de las relaciones sociales.

 En la escuela importan los niños y las niñas, importan las personas, seres humanos con nombre propio que son respetados, queridos, orientados y formados atendiendo a sus necesidades concretas, sus realidades, sus intereses, sus talentos e inquietudes.

  La escuela es una comunidad que aprende y construye desde el respeto, la tolerancia y la conciencia social. Un lugar donde las  formas de enseñar y de aprender están  al servicio del ser humano, al servicio de los demás y de la comunidad en que vivimos. Metodologías activas, participativas y dinámicas que nos enriquecen como personas y nos preparan para la vida. El uso de las tecnologías debe ir en esa línea, en la de provocar el aprendizaje a través de la interacción, el aprendizaje entre iguales y la construcción colectiva.

 En los primeros meses de la escuela del coronavirus se ha hecho uso y abuso de las tecnologías de la información y la comunicación. Se ha llevado la tecnología a los hogares e inventando una nueva forma de enseñar. Se ha descubierto la diversidad de circunstancias familiares y las carencias en los hogares. La brecha social se hacía cada vez más grande y el profesorado, con los medios de los que disponemos, hemos ido dando respuesta en la medida de nuestras posibilidades a las demandas del alumnado y de las familias. Y nos hemos dado cuenta del maravilloso poder de la escuela para paliar las desigualdades sociales, para compensarlas, para minimizarlas.

 En el confinamiento hemos vuelto a valorar las actividades, acciones y propuestas educativas que forman parte de pleno derecho de las aulas de Educación Infantil, y que aparecen reflejadas en sus currículos y en sus programaciones didácticas. Nos referimos a la psicomotricidad, el yoga, el movimiento, la música, los juegos, el arte, la literatura infantil, la creatividad o el uso de materiales reciclados. Nos referimos también a hacer. Se aprende haciendo, experimentando, creando, imaginando y arriesgando. Y así, en el aprendizaje, tienen cabida actividades y experiencias de cocinar, correr, saltar, bailar, cantar, dibujar, caminar, escribir, leer, sorprender o inventar.

  En Educación Infantil no hemos dedicado largas horas frente a las pantallas, no tiene sentido. En Infantil la escuela es presencial. Recuerden que se aprende haciendo, experimentando y relacionándose con los demás en un clima de respeto, cariño tolerancia y mutuo aprendizaje. Ni el profesorado ni las familias pueden sustituir la educación presencial por la educación virtual. Iríamos contra la infancia y no a favor de ella. Contra el currículo y  las características psicoevolutivas de los niños y las niñas de estas primeras etapas de la escolarización. Queremos  niños y niñas cooperativos, reflexivos, creativos, empáticos, comprometidos, cariñosos, tolerantes, solidarios, imaginativos, competentes, felices, resolutivos, autónomos, colaborativos y sociales. Y para eso, no podemos aprender en la distancia, no podemos aprender separados.

 La escuela del coronavirus está aún en fase de descubrimiento. En fase de análisis y reflexión colectiva. Utilicemos nuestra energía, nuestro conocimiento y nuestra experiencia para hacer de la escuela del coronavirus un lugar del que toda la comunidad educativa se sienta orgullosa. Un lugar donde se respeten las características de los niños y las niñas de estas edades. Un lugar donde todos podamos aprender en igualdad de condiciones. Un lugar donde todos podamos ser felices.

¿Iniciamos juntos el camino?