REGALO DE NAVIDAD

Se acerca la Navidad, y por este motivo, nuestro amigo Merlín (la mascota del CEIP Galicia) regala a nuestros niños y niñas  lo que más le gusta en el mundo: un cuento o un poema.

Cada día, un curso diferente, recibe una carta del mago invitándoles a disfrutar de estos días tan especiales y a incluir libros en sus cartas a los Reyes Magos y Papa Noel.

Como respuesta a este regalo, los niños y niñas están realizando unos trabajos espectaculares.

El primero que ha llegado a la Biblioteca es el que ha elaborado la clase de 4ºA a partir del cuento “El náufrago de Navidad” de Bruno Muscat.

Era Nochebuena. En mis diez años de piloto nunca había visto un cielo tan amenazador. Coloqué el correo para la isla de San José en la bodega de mi avioneta y me acomodé en la cabina. No era prudente despegar, pero había prometido a mi hija que pasaría la Navidad en casa, al otro lado de la montaña…

Al final de la pista, tiré de la palanca de mano. La avioneta despegó y enseguida se elevó hacia las nubes negras. Arriba, el viento soplaba en violentas ráfagas. La avioneta daba tumbos en todas direcciones y la nieve me impedía ver. De pronto, vislumbré un muro de hielo delante de mí. Choqué. Me golpeé la cabeza con el cuadro de mandos y caí redondo, desmayado.

-¿Señor?- oí decir de pronto.

Alguien me daba golpecitos en el hombro. Abrí un ojo. Una sombra se inclinaba sobre mí.

Era un hombre con un abrigo de piel. No era joven y llevaba barba blanca.

-¿Se encuentra bien?- me preguntó el desconocido.

-¿Dónde estoy?- quise saber.

-En el glaciar de Ortiz. Su aterrizaje ha sido un poco brusco.

Salí del avión. Me dolía la cabeza. Di la vuelta al aparato. Parecía que no se había roto nada. Aproveché para mirar a mi salvador. Entonces, pensé que soñaba. ¡El hombre iba disfrazado de Papá Noel! Le pregunté intrigado:

-Oiga, ¿qué hace usted aquí?

-Mmm… Un descancito. Ya sabe lo que es trabajar de noche…

Luego miró mi avión y añadió:

-No va a ser tarea fácil volver a despegar, amigo.

Seguro que ese hombre acababa de hacer de Papá Noel en un supermercado y ahora iba de regreso a su casa. Pero ¿cómo había ido a parar a un glaciar a 4000 metros de altitud cuando el supermercado más cercano estaba en el fondo del valle? Desde luego, no parecía tener mucho sentido de la orientación. Pero yo me cuidé de decir nada.

-La verdad es que no hace precisamente buen tiempo para volar- me dijo el hombre.

Yo le contesté:

-¡Y que lo diga! Si creyera en Papá Noel, le pediría que me llevara a pasar el invierno a las Antillas.¿Qué, sacamos el avión de ahí? Voy a por los animales para que tiren de él.

¿Los animales? ¿Estaría aquel hombre atravesando la montaña a lomos de mulos? Desapareció unos minutos y volvió… ¡con unos renos! No se podía negar que se tomaba su trabajo muy en serio.

El hombre se enfurruñó. Daba la impresión de que mi comentario lo había molestado y gruñó:

-Voy a atarlos al tren de aterrizaje. Usted empuje, ¿de acuerdo?

Seguí sus órdenes y el avión salió de la gruesa capa de nieve.

-Ahora habrá que despegar. Espero que el glaciar sea lo bastante largo. Recojo mi material y nos vamos- me dijo mientras se alejaba.

El hombre regresó con… ¡un auténtico trineo de Papá Noel! ¿Cómo había llegado hasta aquel lugar? La verdad es que no era el momento para ese tipo de preguntas. Había que despegar y la niebla era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Entonces le dije:

-Estaríamos mejor en las Antillas, ¿no le parece?

Se rió y luego me indicó con un gesto que me subiera a la cabina.

-Voy a poner en marcha su motor. Luego siga las luces de mi trineo, ¿de acuerdo?

El hombre giró la hélice y el motor arrancó. Luego saltó a su trineo y se alejó lentamente. Yo aceleré y el avión despegó. Las luces desaparecieron en la noche. No sabía quién era ese hombre, pero le debía mucho, muchísimo, tal vez la vida… Y ni siquiera le había preguntado su nombre.

Empezaba a amanecer cuando aterricé en San José. Mi mujer y mi hija me esperaban. Nada más saltar del avión, mi hija corrió hacia mí con una muñeca preciosa en las manos:

-¡Mira lo que me ha traído Papá Noel! También dejó esta carta para ti.

-¿Una carta? Abrí el sobre. Dentro había tres billetes de avión para las Antillas.

-¿Qué te ha dejado a ti?- me preguntó mi hija. 

Yo sonreí. Desde luego, aquella noche Papá Noel me había colmado de regalos…

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