Archivo diario: 13 noviembre, 2013

Por culpa de una olla…

Tenía 64 años, era un domingo soleado, mis hijos y sobrinos vinieron a comer un rico asado a mi casita… Comimos hasta no poder más, después, me senté a tomar mate con mi vieja prima a quien le caían las arrugas por todas partes. Cuando me quise dar cuenta,  se me había pasado la hora de la siesta y estaba anocheciendo, entonces empecé a hacer la cena.

 Estábamos solos mi marido y yo, todos se habían ido ya. Recuerdo que esa noche estaba cocinando pasta casera qué buena estaba. De pronto fui a poner la salsa casera calentita  en la fuente y, sin querer,  agarré  la olla por el otro lado. Entonces grité y vi la olla volando por los aires ensuciando todo el piso. En ese momento pensé ¡AYYY no, después voy a tener que limpiar todo y no me queda mucho friegasuelos! Entonces la olla cayó al suelo y rebotó en mi pie descaradamente, y así resbalé.

Sentí que mi cabeza golpeaba contra la basura y ya está, me vi yo ahí, tirada en el suelo con el delantal y despeinada. Mi marido, al verme, no se imaginan qué disgusto se llevó el pobre, pero igualmente no me hacía mucho caso: estaba  todo el día en el sofá mirando fútbol, no sé si eso se llama vida. Entonces veo que llama a la ambulancia y después de 30′ llegaron. Me levantaron en una camilla y yo le decía a mi marido que por lo menos me peinara un poco, pero como siempre no me hacía ni caso, como si estuviera muerta  para él.??????????????????????

Después del velatorio me fueron a enterrar, la verdad, tengo que admitirlo, tenía mucho miedo, ya que tenía terror a pasar la noche en el cementerio. Entonces pasó una chica caminando y me miró, fui corriendo a hablarle, ya que era la única que me veía, escuchaba y esas cosas. Se llamaba Luisa.  ¡Oh Luisa, Luisa!, por casualidad hoy es su cumpleaños, ya 234 ¡qué mayor estás! Hablando de cumpleaños, no quiero ni pensar en el mío: ya cumplo 110. ¡Quién lo hubiera dicho! Yo, escribiendo mi muerte, con 109 años.

Relato escrito por Candela Diz (2º Eso, Curso 2013-14)

¡Por unos labios morí!

¡Qué gran felicidad cuando Carolina, la chica más guapa del instituto, me invitó a pasar el fin de semana con su familia y ella! Nada más llegar a  casa, y con el permiso de mi madre, preparé mi mochila: muda limpia, el juego de la Play y mis mejores modales.

Subo por el camino de entrada a la casa, la fachada está un poco desconchada, parece que le han puesto tiritas, reparaciones por partes. Me recibe Carolina con una gran sonrisa, con una mirada cómplice que le dedica a su madre,  una mujer muy bajita y delgada que pareciera que se fuera a romper. El padre es grande y fuerte, con una mirada oscura y penetrante, intimida,  pero tras dedicarme una amplia sonrisa, “por fin me relajo”.

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En el patio trasero veo jugar a un niño pequeño, de unos siete años, más o menos. No me lo presentan  porque él no se siente a gusto con extraños por un pequeño defecto físico que tiene:  pareciera que no tuviera labios en el rostro. El día transcurrió sin incidentes; reímos, jugamos, nos divertimos y hasta nos hicimos confidencias.

La cena se convirtió en algo extraño: mucho silencio y miradas raras. Antes de llegar al postre, mis párpados se cerraban, era incapaz de mantenerme despierto. Creo que me quedé dormido con pesadillas en las que el padre de Carolina me cortaba los labios con una tijera de podar, mientras su madre me sujetaba por el cuello con una cadena.

Ahora mi cadáver se encuentra sin labios y acompañado por más restos humanos a los que les faltan partes: eso sí, el hermanito de Carolina ya está completo: tiene unos labios maravillosos “que son los míos”. ¡Qué absurda fue mi muerte, que por unos labios morí!

 Narración escrita por ROQUE MENDOZA  (2º Eso, Curso 2013-14)