¡Por unos labios morí!

¡Qué gran felicidad cuando Carolina, la chica más guapa del instituto, me invitó a pasar el fin de semana con su familia y ella! Nada más llegar a  casa, y con el permiso de mi madre, preparé mi mochila: muda limpia, el juego de la Play y mis mejores modales.

Subo por el camino de entrada a la casa, la fachada está un poco desconchada, parece que le han puesto tiritas, reparaciones por partes. Me recibe Carolina con una gran sonrisa, con una mirada cómplice que le dedica a su madre,  una mujer muy bajita y delgada que pareciera que se fuera a romper. El padre es grande y fuerte, con una mirada oscura y penetrante, intimida,  pero tras dedicarme una amplia sonrisa, “por fin me relajo”.

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En el patio trasero veo jugar a un niño pequeño, de unos siete años, más o menos. No me lo presentan  porque él no se siente a gusto con extraños por un pequeño defecto físico que tiene:  pareciera que no tuviera labios en el rostro. El día transcurrió sin incidentes; reímos, jugamos, nos divertimos y hasta nos hicimos confidencias.

La cena se convirtió en algo extraño: mucho silencio y miradas raras. Antes de llegar al postre, mis párpados se cerraban, era incapaz de mantenerme despierto. Creo que me quedé dormido con pesadillas en las que el padre de Carolina me cortaba los labios con una tijera de podar, mientras su madre me sujetaba por el cuello con una cadena.

Ahora mi cadáver se encuentra sin labios y acompañado por más restos humanos a los que les faltan partes: eso sí, el hermanito de Carolina ya está completo: tiene unos labios maravillosos “que son los míos”. ¡Qué absurda fue mi muerte, que por unos labios morí!

 Narración escrita por ROQUE MENDOZA  (2º Eso, Curso 2013-14)

 

 

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