Archivo mensual: diciembre 2013

Un mal consejo

Cuando estaba desayunando me vino un recuerdo muy bonito de cuando era pequeña relacionado con mi mejor amiga Carla. Hacía trece años que no la veía así que, por un impulso, solté mi tostada y decidí llamarla. Justo cuando iba a marcar su número, vi el periódico abierto: Lamentándolo mucho para sus familiares y amigos, Carla Navarro ha fallecido.
     En ese mismo instante  se me partió el corazón. Rápidamente, como si no hubiera mañana, fui a su casa. Parecía una iglesia, con muchos cristales y con poca luz, llegué a  la cocina, donde encontré a sus padres llorando. Les pregunté qué había  sucedido, pero no obtuve respuesta.
     Me sentí en la obligación de averiguar porqué ella y no otra. Me fui con el forense a examinar su cuerpo que estaba pálido, sin vida. Encontramos un pelo rubio junto a restos de hierba. El pelo lo mandamos a examinar y en el análisis apareció un nombre: Luis Castillo.
      Así que volví a su casa, pero esta vez directa al patio. Allí encontré rstos de sangre y huellas de manos, como si la hubieran arrastrado. Cuando se terminó el rastro, en uno de los columpios, había un perro colgado. En el hocicó había una nota donde ponía: “La siguiente serás tú”. Salí corriendo.
     De pronto salió un hombre de detrás del coche que seguía sin poder arrancar. El hombre se acercaba cada vez más, apenas podía verle la cara ya que se la tapaba con un pañuelo negro. El coche por fin arrancó y me pude ir de allí.
     Volví con el forense y miramos el expediente de Luis Castillo. Descubrí que había estado seis meses en un manicomio en rehabilitación y que hacía tres días que había salido, así que decidí ir a buscarlo para preguntarle por Carla.
     Llegué a un hotel. Vivía  en el piso tres, toqué a la puerta pero nadie me abría. Decidí entrar por la  fuerza, dentro encontré un cuchillo y una maleta con ropa como si lo hubiera pillado por sorpresa. De pronto se cerró la puerta y yo seguía dentro, salió Luis de detrás de la puerta con el mismo cuchillo de antes.  Me atacó pero rápidamente cogí una cuerda y le amarré las manos, le pregunte si él había sido matado a Carla y me contestó que sí.
     Con lágrimas en los ojos le pregunté porqué. Él, sin pensarlo, me contestó que porque ella nunca le quiso y si a él no lo quería, a nadie más querría. Justo en ese mismo momento me acordé de cuando estábamos en sexto y Luis le pidió salir a Carla y yo le recomendé que le dijera que no porque no era buena influencia para ella y ella, haciéndome caso, dijo que no. Así que en teoría la culpable era yo, pero me mantuve callada.
     Cogí el teléfono y llamé a la policía y se llevaron a Luis y yo me quedé en el hotel arrepentida de haberla convencido de que dijera que no. Ahora yo podría haber estado con ella. Pero sé que ella siempre estará conmigo viva o muerta.
 
Relato escrito por Mariana   Estefanía  Zapata ( 2ºEso, Curso 2013-14)
 
 

Unas navidades diferentes

      Estaba en mi casa mirando el calendario ansiosa porque dentro de cuatro días sería Navidad y vendría Papá Noel.   Le había pedido un móvil nuevo, porque no me gustaba el que tenía: era viejo y de tantas veces que se me había caído ya estaba muy roto.
     Yo había terminado el instituto, mi madre estaba contenta porque las había aprobado todas. Pensé que por eso me iban a comprar el móvil mis padres por Navidad. Cuando mi madre llegó de trabajar, me dijo que ella y mi padre se habían peleado y que se iban a separar dentro de cuatro días, es decir, el día de Navidad.
     Yo me puse a llorar y fui corriendo a mi habitación. Ya no me importaba el móvil, solo quería que mis padres volviesen a estar juntos y celebrar las navidades de siempre.
     Pasaron los días y solo quedaba un día para Navidad. Mi madre y yo nos fuimos a casa de mi abuela. Allí supe que no se reconciliarían nunca. Estaba más triste que al principio.
     Ya había llegado el día de Navidad y estaba en casa de mi abuela celebrándolo mis primos, mis tíos, mi madre y mi abuela. Yo estaba apartada en una esquinita, sentada en el suelo. Llegó la hora de que viniera Papá Noel y de abrir los regalos.
     A mí me dejó el móvil que yo quería. Pero ya no me importaba el móvil, solo quería estar con mi madre y con mi padre todos juntos en familia. A partir de aquel día todas las Navidades fueron diferentes.
 
Relato escrito por Shaila Cabrera (2º Eso, Curso 2013-14)

Una foto causó mi desgracia

  Estaba en mi  casa viendo mi serie favorita cuando, de repente, sonó el timbre. Era el cartero, quien  me entregó una carta que iba a significar mucho en mi vida. En ese momento me vino un recuerdo a la mente de mi hija de pequeña, muy contenta, en un parque. Se me partió el corazón y empecé a llorar sin importar quien me mirara.

        Nunca pensé que volvería a recordar el día en que desapareció mi hija. Aquel día los investigadores me habían ayudado mucho e hicieron lo posible por encontrarla, pero no hubo resultados. En aquel entonces ya habían pasado dos meses y estaba yo allí, de pie, con aquella foto de mi hija.  

     – No puede ser, está viva-pensé.

     Rápidamente cogí el teléfono y llamé a Roque, un investigador que había hecho de todo por mí y nunca dejó de buscar a mi hija. No me contestaba el teléfono, así que fui a su casa y toqué el timbre. Después de un rato abrió y se asustó mucho al verme.

     Pasé a su casa y Roque me preguntó qué había pasado.Yo se lo expliqué todo y le enseñé la foto. Él se quedó paralizado. Él y yo la dábamos por muerta, pero me dolía mucho pensarlo. Roque, con ayuda del ordenador, escaneó la imagen. Al escanearla, salió una pequeña fecha en la que se había tomado la foto. Roque y yo nos pusimos muy contentos, ya que la foto se había tomado hacía una semana.

      Roque reconoció el parque que aparecía en la foto y fuimos allí. Había cuerdas con sangre, como si hubiera sido maltratada. No quise pensarlo, así que miré hacia otro lado para no imaginarlo. Roque tomó una foto de todo lo sucedido y lo envió a algunos de sus compañeros para no llamar la atención. Al cabo de una hora más o menos llegó una llamada. Habían encontrado un cadáver lejos del parque.

      Empecé a ponerme muy nerviosa, esperando que no fuera mi hija, pero así fue: aquella niña contenta era mi hija.  Aún hoy sigo recordando el último día que la vi, porque es el último recuerdo que tenía de mi hija. Nunca dejaré de lamentar haberla dejado en aquel parque y no estar con ella.

Relato escrito por Gloria Estefany Zapata (2º Eso, Curso 2013-14)

Donde nunca se pierde la esperanza

     Me remonto a ocho años antes de esta guerra, cuando el mundo era, digamos, normal y todo estaba tranquilo. Una tarde de verano la encontré, hermosa, esplendorosa como una rosa, la chica más bonita que he visto. Yo, sin perder un segundo, no dejé pasar el momento, me levanté y le hablé. Estuvimos toda la tarde juntos como dos niños, jugando a quererse.  Después de esa tarde no la volví a ver porque ella se marchó a Alemania con su familia y, si les digo la verdad, me dolió no volverla a ver en mucho tiempo.

Hoy, 25 de diciembre de 2021, vivimos la misma guerra mundial. Yo, un boina roja del Segundo Batallón de los Marines de Estados Unidos, y ella, ayudante general del mismísimo diablo reencarnado,el despreciable Adolf Hitler.

     Al principio no me di cuenta, pero era ella: una rubia de pelo hasta los hombros, ojos verdiazules, alta y con una cara de ángel. Estaba allí, con el enemigo del mundo, y yo, sin poderla tener, metido en una trinchera pensando en ella y mirando el cielo estrellado con mi fusil cargado y preparado para adentrarme en el ojo del huracán solo para salvarla.

      Es de locos verdad pero da igual,  muchos, y entre ellos yo,  le llamamos amor. Sinceramente, mi mayor temor es que ya casi estamos acabando la guerra y no tengo un compañero que me guarde las espaldas. Solo mi corazón y yo esperando a que el amor de mi vida me reconozca.

     Yo me metí por unos conductos de ventilación en la base general. Encontré un soldado alemán durmiendo en el suelo y con un golpe en el cuello logré arrebatarle su uniforme. Después le puse mi ropa y lo dejé allí. Me metí por un pasillo, que me llevaba directo al camarote de mi amada, pero antes tenía que pasar por delante de unos soldados alemanes. Pasé por delante y ni se inmutaron.  Justo, cuando iba a entrar en su camarote, abrió ella por su lado, me miró y en voz baja me preguntó qué hacía allí. Me metió en su camarote y empezamos a hablar.

     Ella era un espía, de pequeña la habían destinado a Alemania para que se convirtiera en la máxima confianza de Hitler y por eso se marchó. También me contó que nunca se había olvidado de mí y me seguía recordando, pero no podíamos estar juntos porque la guerra todavía no había terminado.

      Pasaron dos años más y la guerra terminó con el triunfo de nuestra armada con ayuda de ella. Al pasar una semana nos volvimos a encontrar. Teníamos mucho que contarnos y nos fuimos a tomar una taza de café. Tras  muchas citas terminamos juntos y mis hijos hoy la llaman mamá.

 

Relato escrito por Anthony Braggio (2º Eso, Curso 2013-14)

Una tarde entre rosas

     El amor que por ti siento
  no se puede marchitar,
contigo, alma gemela,
la vida   quiero pasar.
 
Cógeme  entre tus brazos,
 que no pueda escapar,
y  que tus besos  me atrapen
 en un amor sin final.
 
Tus  caricias he de sentir
cada mañana al despertar
y tus ojos iluminados
 me volverán  a enamorar.

 

ESCRITO POR HAIZEA CARNELL Y NAYARA QUINTANA

Curso 2013-14, 1º Eso

Unas navidades excelentes

     Siempre soñé pasar unas navidades excelentes con mi familia en París. Comer en un restaurante todos juntos pasándolo bien, reírnos, hablar, etc.

       Siempre me ha gustado abrir los regalos juntos a mi familia, aunque no esté  la persona que quieres. Casi todos los años en navidad me regalan ropa y dinero, después voy a casa de mis familiares y me regalan otras cosas. Aunque la navidad no es solo los regalo, también es felicidad, amor, en fin,  pasarlo bien con tus seres más apreciados.

Relato escrito por Yarely Gopar (1º Eso, Curso 2013-14) 

Unas navidades familiares

      A mí me gustaría pasar estas navidades con mis abuelos pero, como siempre, mis tías vienen de Tenerife a pasar las navidades con nosotros.  Desde pequeño he querido estar con mis abuelos o con mis tíos  que viven en Las Palmas. El día 6 de enero voy a casa de mis abuelos a partir el roscón de reyes, yo siempre lo parto porque soy el nieto preferido de ellos.

Relato escrito por Fernando Ruiz (1º Eso, Curso 2013-14)

Unas navidades diferentes

 
     A mí me gustaría tener unas navidades en mi casa de Uruguay, comiendo comidas típicas de allí, y disfrutando de mis familiares de Uruguay.
       Me gustaría cenar en la mesa de mis abuelos, frente al árbol de navidad lleno de luces, decoración y regalos. Después de cenar, subir a la azotea a lanzar fuegos artificiales y petardos. Después de lanzar los fuegos artificiales, comprados en la tienda de nuestro barrio, bajar al salón y abrir los regalos que estén debajo de nuestro de árbol.  Para terminar la noche, acabamos todos enseñando nuestros regalos de navidad, que este año fueron muchos.
 
  Relato escrito por Nahuel Pereyra (1º Eso, Curso 2013-14)

El pasado y el presente de mi abuelo

    Mi abuelo nació en 1927 en una familia pobre y humilde, por eso no pudo estudiar y tuvo que trabajar. Cuando empezó a hacerse mayor, llegó la radio, algo que para él era increíble. ¿Cómo era posible escuchar voces y música a través de un  trozo de metal, de madera, con cables y botones? Se quedó boquiabierto. ¿De dónde venían esas voces y esa música? ¿Qué eran las ondas?

     Siguió su vida pensando que el mundo estaba cambiando, cuando llegó la televisión. ¡Otro palo para mi abuelo! ¿Cómo le explicaban qué era la televisión? Un aparato donde se veía  a personas  en blanco y negro, como si estuvieran. Mi abuelo, la primera vez que vio una televisión, le dio vueltas para ver dónde estaban escondidas las personas que estaban dentro. Extrañado intentó que  alguien le explicara cómo era posible ver gente a través de la tele. Y le volvieron a decir que eran las ondas.

     Mi abuelo no se enteró de nada. Lo único que hacía era trabajar y trabajar  para sacar a su familia a delante, pues quería comprarse una tele, para saber cómo funcionaba. Transcurridos varios años creyendo que este mundo no iba a cambiar más, le aparecen en casa con un ordenador, con el que sus nietos jugaban con unos machanguitos y les preguntó ¿qué es eso? Los nietos le contestaron que era un videojuego. Mi abuelo, perplejo, le preguntó que era un videojuego. Y le dijeron que era un juego que estaba dentro del ordenador.

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     Un año en reyes, sus hijos le regalaron un teléfono móvil. Mi abuelo exclamó ¡dónde está el cable para enchufarlo a la pared!, ¡esto está roto! Él estaba acostumbrado al teléfono fijo, que estaba enchufado a la pared. Entonces sus hijos tuvieron que explicarle qué era un móvil, que existía una cosa que eran las ondas. Y que los móviles no iban por cable, iban por satélite, donde había una cosa llamada internet. Cosa que ahora,  cuando nacemos, ya tenemos. Es algo normal. No nos preguntamos, el porqué, el dónde y el cuándo. Mientras  que mi abuelo, con 86 años, todavía se preguntaba cómo puede hablar desde los tomateros, hasta Gran Canaria donde vive su hija. A veces lo he escuchado gritar, él cree que gritando lo escuchará antes.

Ésta es la historia de mi abuelo y sus tecnologías. Para nosotros es tan simple como ver la tele, jugar al ordenador, llamar por el móvil, meterse en internet, pero si tengo que explicarle a mi abuelo qué es el facebook, el tuenti y el WhatsApp me voy a cargar a mi abuelo. Y yo no quiero, quiero que siga viviendo feliz con sus cabras.

Belmar Cabrera Cabrera ( 2ºEso,  Curso 2013-14)

Las repisas de los trofeos

     

     Hace 10 años mi madre trabajaba en una frutería del Charco. Como mi madre es única, vio unas cajas de madera y, como mi abuelo era carpintero, tuvo la idea de dárselas para que con ellas hiciera unas repisas originales y modernas.

     Mi abuelo tardó 2 meses, era mayor, pero consiguió hacer dos repisas preciosas para mi cumple y, aunque ha pasado tiempo, esas repisas siguen en mi cuarto con mis mejores trofeos, medallas, diplomas y fotos. No hay día que pase, que no me acuerde del cariño que él puso en hacerlas.

    Una de las repisas es grande y verde, en ella tengo mis trofeos y medallas;  y la otra, pequeña y amarilla en la que tengo mis fotos y diplomas. Cada vez que lo veo me acuerdo de mi abuelo.

         Hace poco envié todos mis trofeos, fotos, medallas y diplomas a Madrid porque aquí no tenía hueco. Mi abuelo también me hizo percheros, puertas, coches y skate: todo lo que él me hizo lo envié a Madrid, menos la casita pequeña que me hizo cuando yo tenía 3 años,  la cual tengo en la finca y dentro de ella tengo fotos de mi abuelo. 

Relato escrito por Marta Martínez (2º Eso, Curso 2013-14)