Archivo diario: 23 diciembre, 2013

Un mal consejo

Cuando estaba desayunando me vino un recuerdo muy bonito de cuando era pequeña relacionado con mi mejor amiga Carla. Hacía trece años que no la veía así que, por un impulso, solté mi tostada y decidí llamarla. Justo cuando iba a marcar su número, vi el periódico abierto: Lamentándolo mucho para sus familiares y amigos, Carla Navarro ha fallecido.
     En ese mismo instante  se me partió el corazón. Rápidamente, como si no hubiera mañana, fui a su casa. Parecía una iglesia, con muchos cristales y con poca luz, llegué a  la cocina, donde encontré a sus padres llorando. Les pregunté qué había  sucedido, pero no obtuve respuesta.
     Me sentí en la obligación de averiguar porqué ella y no otra. Me fui con el forense a examinar su cuerpo que estaba pálido, sin vida. Encontramos un pelo rubio junto a restos de hierba. El pelo lo mandamos a examinar y en el análisis apareció un nombre: Luis Castillo.
      Así que volví a su casa, pero esta vez directa al patio. Allí encontré rstos de sangre y huellas de manos, como si la hubieran arrastrado. Cuando se terminó el rastro, en uno de los columpios, había un perro colgado. En el hocicó había una nota donde ponía: “La siguiente serás tú”. Salí corriendo.
     De pronto salió un hombre de detrás del coche que seguía sin poder arrancar. El hombre se acercaba cada vez más, apenas podía verle la cara ya que se la tapaba con un pañuelo negro. El coche por fin arrancó y me pude ir de allí.
     Volví con el forense y miramos el expediente de Luis Castillo. Descubrí que había estado seis meses en un manicomio en rehabilitación y que hacía tres días que había salido, así que decidí ir a buscarlo para preguntarle por Carla.
     Llegué a un hotel. Vivía  en el piso tres, toqué a la puerta pero nadie me abría. Decidí entrar por la  fuerza, dentro encontré un cuchillo y una maleta con ropa como si lo hubiera pillado por sorpresa. De pronto se cerró la puerta y yo seguía dentro, salió Luis de detrás de la puerta con el mismo cuchillo de antes.  Me atacó pero rápidamente cogí una cuerda y le amarré las manos, le pregunte si él había sido matado a Carla y me contestó que sí.
     Con lágrimas en los ojos le pregunté porqué. Él, sin pensarlo, me contestó que porque ella nunca le quiso y si a él no lo quería, a nadie más querría. Justo en ese mismo momento me acordé de cuando estábamos en sexto y Luis le pidió salir a Carla y yo le recomendé que le dijera que no porque no era buena influencia para ella y ella, haciéndome caso, dijo que no. Así que en teoría la culpable era yo, pero me mantuve callada.
     Cogí el teléfono y llamé a la policía y se llevaron a Luis y yo me quedé en el hotel arrepentida de haberla convencido de que dijera que no. Ahora yo podría haber estado con ella. Pero sé que ella siempre estará conmigo viva o muerta.
 
Relato escrito por Mariana   Estefanía  Zapata ( 2ºEso, Curso 2013-14)
 
 

Unas navidades diferentes

      Estaba en mi casa mirando el calendario ansiosa porque dentro de cuatro días sería Navidad y vendría Papá Noel.   Le había pedido un móvil nuevo, porque no me gustaba el que tenía: era viejo y de tantas veces que se me había caído ya estaba muy roto.
     Yo había terminado el instituto, mi madre estaba contenta porque las había aprobado todas. Pensé que por eso me iban a comprar el móvil mis padres por Navidad. Cuando mi madre llegó de trabajar, me dijo que ella y mi padre se habían peleado y que se iban a separar dentro de cuatro días, es decir, el día de Navidad.
     Yo me puse a llorar y fui corriendo a mi habitación. Ya no me importaba el móvil, solo quería que mis padres volviesen a estar juntos y celebrar las navidades de siempre.
     Pasaron los días y solo quedaba un día para Navidad. Mi madre y yo nos fuimos a casa de mi abuela. Allí supe que no se reconciliarían nunca. Estaba más triste que al principio.
     Ya había llegado el día de Navidad y estaba en casa de mi abuela celebrándolo mis primos, mis tíos, mi madre y mi abuela. Yo estaba apartada en una esquinita, sentada en el suelo. Llegó la hora de que viniera Papá Noel y de abrir los regalos.
     A mí me dejó el móvil que yo quería. Pero ya no me importaba el móvil, solo quería estar con mi madre y con mi padre todos juntos en familia. A partir de aquel día todas las Navidades fueron diferentes.
 
Relato escrito por Shaila Cabrera (2º Eso, Curso 2013-14)

Una foto causó mi desgracia

  Estaba en mi  casa viendo mi serie favorita cuando, de repente, sonó el timbre. Era el cartero, quien  me entregó una carta que iba a significar mucho en mi vida. En ese momento me vino un recuerdo a la mente de mi hija de pequeña, muy contenta, en un parque. Se me partió el corazón y empecé a llorar sin importar quien me mirara.

        Nunca pensé que volvería a recordar el día en que desapareció mi hija. Aquel día los investigadores me habían ayudado mucho e hicieron lo posible por encontrarla, pero no hubo resultados. En aquel entonces ya habían pasado dos meses y estaba yo allí, de pie, con aquella foto de mi hija.  

     – No puede ser, está viva-pensé.

     Rápidamente cogí el teléfono y llamé a Roque, un investigador que había hecho de todo por mí y nunca dejó de buscar a mi hija. No me contestaba el teléfono, así que fui a su casa y toqué el timbre. Después de un rato abrió y se asustó mucho al verme.

     Pasé a su casa y Roque me preguntó qué había pasado.Yo se lo expliqué todo y le enseñé la foto. Él se quedó paralizado. Él y yo la dábamos por muerta, pero me dolía mucho pensarlo. Roque, con ayuda del ordenador, escaneó la imagen. Al escanearla, salió una pequeña fecha en la que se había tomado la foto. Roque y yo nos pusimos muy contentos, ya que la foto se había tomado hacía una semana.

      Roque reconoció el parque que aparecía en la foto y fuimos allí. Había cuerdas con sangre, como si hubiera sido maltratada. No quise pensarlo, así que miré hacia otro lado para no imaginarlo. Roque tomó una foto de todo lo sucedido y lo envió a algunos de sus compañeros para no llamar la atención. Al cabo de una hora más o menos llegó una llamada. Habían encontrado un cadáver lejos del parque.

      Empecé a ponerme muy nerviosa, esperando que no fuera mi hija, pero así fue: aquella niña contenta era mi hija.  Aún hoy sigo recordando el último día que la vi, porque es el último recuerdo que tenía de mi hija. Nunca dejaré de lamentar haberla dejado en aquel parque y no estar con ella.

Relato escrito por Gloria Estefany Zapata (2º Eso, Curso 2013-14)

Donde nunca se pierde la esperanza

     Me remonto a ocho años antes de esta guerra, cuando el mundo era, digamos, normal y todo estaba tranquilo. Una tarde de verano la encontré, hermosa, esplendorosa como una rosa, la chica más bonita que he visto. Yo, sin perder un segundo, no dejé pasar el momento, me levanté y le hablé. Estuvimos toda la tarde juntos como dos niños, jugando a quererse.  Después de esa tarde no la volví a ver porque ella se marchó a Alemania con su familia y, si les digo la verdad, me dolió no volverla a ver en mucho tiempo.

Hoy, 25 de diciembre de 2021, vivimos la misma guerra mundial. Yo, un boina roja del Segundo Batallón de los Marines de Estados Unidos, y ella, ayudante general del mismísimo diablo reencarnado,el despreciable Adolf Hitler.

     Al principio no me di cuenta, pero era ella: una rubia de pelo hasta los hombros, ojos verdiazules, alta y con una cara de ángel. Estaba allí, con el enemigo del mundo, y yo, sin poderla tener, metido en una trinchera pensando en ella y mirando el cielo estrellado con mi fusil cargado y preparado para adentrarme en el ojo del huracán solo para salvarla.

      Es de locos verdad pero da igual,  muchos, y entre ellos yo,  le llamamos amor. Sinceramente, mi mayor temor es que ya casi estamos acabando la guerra y no tengo un compañero que me guarde las espaldas. Solo mi corazón y yo esperando a que el amor de mi vida me reconozca.

     Yo me metí por unos conductos de ventilación en la base general. Encontré un soldado alemán durmiendo en el suelo y con un golpe en el cuello logré arrebatarle su uniforme. Después le puse mi ropa y lo dejé allí. Me metí por un pasillo, que me llevaba directo al camarote de mi amada, pero antes tenía que pasar por delante de unos soldados alemanes. Pasé por delante y ni se inmutaron.  Justo, cuando iba a entrar en su camarote, abrió ella por su lado, me miró y en voz baja me preguntó qué hacía allí. Me metió en su camarote y empezamos a hablar.

     Ella era un espía, de pequeña la habían destinado a Alemania para que se convirtiera en la máxima confianza de Hitler y por eso se marchó. También me contó que nunca se había olvidado de mí y me seguía recordando, pero no podíamos estar juntos porque la guerra todavía no había terminado.

      Pasaron dos años más y la guerra terminó con el triunfo de nuestra armada con ayuda de ella. Al pasar una semana nos volvimos a encontrar. Teníamos mucho que contarnos y nos fuimos a tomar una taza de café. Tras  muchas citas terminamos juntos y mis hijos hoy la llaman mamá.

 

Relato escrito por Anthony Braggio (2º Eso, Curso 2013-14)