Donde nunca se pierde la esperanza

     Me remonto a ocho años antes de esta guerra, cuando el mundo era, digamos, normal y todo estaba tranquilo. Una tarde de verano la encontré, hermosa, esplendorosa como una rosa, la chica más bonita que he visto. Yo, sin perder un segundo, no dejé pasar el momento, me levanté y le hablé. Estuvimos toda la tarde juntos como dos niños, jugando a quererse.  Después de esa tarde no la volví a ver porque ella se marchó a Alemania con su familia y, si les digo la verdad, me dolió no volverla a ver en mucho tiempo.

Hoy, 25 de diciembre de 2021, vivimos la misma guerra mundial. Yo, un boina roja del Segundo Batallón de los Marines de Estados Unidos, y ella, ayudante general del mismísimo diablo reencarnado,el despreciable Adolf Hitler.

     Al principio no me di cuenta, pero era ella: una rubia de pelo hasta los hombros, ojos verdiazules, alta y con una cara de ángel. Estaba allí, con el enemigo del mundo, y yo, sin poderla tener, metido en una trinchera pensando en ella y mirando el cielo estrellado con mi fusil cargado y preparado para adentrarme en el ojo del huracán solo para salvarla.

      Es de locos verdad pero da igual,  muchos, y entre ellos yo,  le llamamos amor. Sinceramente, mi mayor temor es que ya casi estamos acabando la guerra y no tengo un compañero que me guarde las espaldas. Solo mi corazón y yo esperando a que el amor de mi vida me reconozca.

     Yo me metí por unos conductos de ventilación en la base general. Encontré un soldado alemán durmiendo en el suelo y con un golpe en el cuello logré arrebatarle su uniforme. Después le puse mi ropa y lo dejé allí. Me metí por un pasillo, que me llevaba directo al camarote de mi amada, pero antes tenía que pasar por delante de unos soldados alemanes. Pasé por delante y ni se inmutaron.  Justo, cuando iba a entrar en su camarote, abrió ella por su lado, me miró y en voz baja me preguntó qué hacía allí. Me metió en su camarote y empezamos a hablar.

     Ella era un espía, de pequeña la habían destinado a Alemania para que se convirtiera en la máxima confianza de Hitler y por eso se marchó. También me contó que nunca se había olvidado de mí y me seguía recordando, pero no podíamos estar juntos porque la guerra todavía no había terminado.

      Pasaron dos años más y la guerra terminó con el triunfo de nuestra armada con ayuda de ella. Al pasar una semana nos volvimos a encontrar. Teníamos mucho que contarnos y nos fuimos a tomar una taza de café. Tras  muchas citas terminamos juntos y mis hijos hoy la llaman mamá.

 

Relato escrito por Anthony Braggio (2º Eso, Curso 2013-14)

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