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En cierta ocasión un discípulo se acercó a su maestro y le preguntó:
-” Todas estas montañas, los ríos y las estrellas…, ¿de dónde vienen?”.
A lo que el maestro respondió:
-“¿Y de dónde viene tu pregunta?”.

Las preguntas contienen dentro de sí su propia sabiduría, su propio conocimiento y consciencia, son como los soportes que velan las respuestas a las que no hay más que dejarles paso y permitirles que se expresen.

Es el contacto prolongado con una pregunta, sin ansiedad ni prisa, lo que nos abre al reconocimiento de las respuestas que en sí misma contiene.

Preguntar es como lanzar una semilla a la tierra profunda y fértil del alma.

Sólo si nos dejamos fecundar allí por ella la respuesta brotará como fruto nutritivo que nos hará crecer o como flor hermosa que embellecerá nuestra vida.

Cuando preguntamos no hacemos sino aportar el terreno propicio de la conciencia. Luego no nos queda más que permitir y permitirnos el tiempo que el sol de la vida precisa para hacer madurar los frutos.

A veces olvidamos que incluso a la tibia luz de las estrellas y con el suave calor de la luna, humildemente y en silencio, las respuestas, como las semillas, siguen creciendo.

Quien pregunta de veras y de corazón y no por mera curiosidad sino por amor, se interroga con la misma paciencia y devoción con la que el sembrador lanza el grano a la tierra.

Cada respuesta que vamos obteniendo, como cada espiga que vamos segando, va dejando el espacio vacío en el que surge una nueva pregunta, cada vez más honda.

Porque al igual que cada cosecha se lleva consigo un trocito de suelo, cada respuesta arrastra una parte de nuestra conciencia de manera que la siguiente, necesariamente, nos lleva más abajo, más adentro.

Por eso, el verdadero maestro no responde sino que interroga cada respuesta hasta que uno accede a ese lugar dentro de uno mismo donde un impresionante silencio alberga las respuestas incluso de las preguntas que ni tan siquiera han sido aún formuladas.

José María Toro
Del libro “La Vida Maestra”