La formación permanente

Los tiempos que corren, tan acelerados y cambiantes, hacen que cada vez tengamos que dar respuestas más inmediatas a los nuevos retos que se presentan. Esto hace que la formación permanente adquiera, tanta o más importancia, que la que se recibe en la carrera. Esta primera ha de ser como la infraestructura del edificio y la permanente la que hace que el mismo cambie paredes, distribuya espacios, diseñe instalaciones, use nuevos materiales, etc., que permitan amoldarlo a las transformaciones que los nuevos tiempos van requiriendo. Urge, por tanto, en mi opinión, cambiar el modelo de formación permanente hacia otro que ha de cumplir como mínimo estas cinco características: minuciosamente planificado, obligatorio, evaluable, aplicable y bonificable.

Diego Arrebola Gómez

CEIP Guenia

Nuestro modelo actual (si no ha cambiado significativamente desde que me jubilé en septiembre) responde a lo que yo llamaría modelo pulserita. Es decir, se parece a un hotel de todo incluido donde oferta de comida y demanda pueden estar muy distantes, hay comida que nadie quiere, otra falta, alguna está mal cocinada y nadie controla que cada comensal haga uso de ella adecuadamente tomando su dieta idónea.
El modelo que yo propongo sería el modelo hospital, donde la dirección decide lo que hay que comer y cada paciente recibe la dieta adecuada según su estado de salud que previamente ha sido analizado.

Así pues, el primer paso sería evaluar in situ, pateándose centros y aulas, la situación en que se encuentra de forma general e individual. Tenemos que olvidarnos de papeles que no reflejan las realidades y afrontar el estado actual de la situación, paso imprescindible para poder curar al paciente. Este análisis lógicamente ha de ser hecho por personal ajeno al centro, con experiencia docente y al tanto de todas las novedades, al que se le puede llamar planificadores de formación, coordinadores o como quieran. La planificación adecuada, entre otras muchas ventajas, reporta una gran optimización de los recursos y respeta más la igualdad, pues el alumnado no puede estar a merced del voluntarismo y las ganas de trabajar del profesorado que le tocó en suerte.

Hecha la evaluación se anotan las buenas prácticas que se llevan a cabo por si pueden extenderse a otros centros y las necesidades de formación concretas para poder planificarla adecuadamente.

El segundo paso sería obligar a todo el profesorado necesitado de formación a hacerla. Lógicamente este paso puede requerir cambios en el sentido de llevarla a cabo en horario lectivo o siendo remunerada (hablaré de ello en el cuarto punto).

Como ejemplo diría que no entiendo cómo se puede exigir la competencia digital a un alumnado sin que se haya obligado antes a adquirirla a todo el profesorado. Además, y entre otras muchas ventajas, la formación básica en nuevas tecnologías reportaría enormes beneficios para la teleformación.

La mera asistencia a la formación no es garantía de su aprovechamiento, por lo cual necesitaría ser evaluada para poder dar el siguiente paso que sería el de su incorporación a la práctica del docente (ningún saber que no modifica conductas sirve para nada). Por supuesto que no solo hablamos de la evaluación del alumnado, sino también del curso y ponente.

Cuando estos dos últimos pasos se han dado ha de venir el reconocimiento del interés que muestra ese docente por la mejora arbitrando un sistema que premie de alguna manera este logro. Podrá ser, por ejemplo, con remuneración económica específica o con sueldos que se diferencien, no por el hecho de cumplir años y acumular trienios, sino por el de demostrar ser un profesional competente y vanguardista con su esfuerzo y práctica adecuada. Hablamos de motivar al alumnado y sin embargo nuestro sistema depende más del voluntarismo personal que de la motivación.

Sé que este sistema que esbozo no va a ser del agrado de todos, pero quiero decir un par de cosas en las que podríamos estar de acuerdo:

Llevamos mucho tiempo haciendo lo mismo y no mejoramos, por tanto, habrá que buscar otros caminos.
El único mal de la educación no es la formación, pero nosotros somos piezas claves y tenemos una gran responsabilidad. No somos jardineros que podemos estropear una planta, estamos, queramos o no, confeccionando cerebros y ésta es la herramienta que transforma el mundo. Esto implica que debemos ser profesionales muy cualificados.

Por último, y para quienes no me conozcan, decirles que estas opiniones no me han venido milagrosamente cuando me he jubilado. Llevo mucho tiempo expresando lo mismo en reuniones y memorias y aunando teoría y práctica docente.

Compañeros/as, con el deseo siempre de que la educación mejore (y de que no me peleen mucho), les envío a todos/as un afectuoso saludo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *