Ganadoras en el concurso literario de microrrelatos 2019

Algún delirio nos hará volver.


Y después de mucho pensarlo, decidí introducirme en la máquina del tiempo. Lo había dudado
mucho, no sabía si sería buena idea pero no perdía nada por intentarlo. Tampoco sabía si
funcionaría, ni si realmente volvería a aquel lugar, con él. No dejaba de pensar en el ahora de varios
años atrás. Deseaba con todas mis fuerzas volver a sentir el calor del sol sobre mi piel bronceada los
últimos días de verano. Deseaba volver y detener el tiempo justo ahí, para siempre. Sentir las notas
que dejaban las olas en la inmensa arena como pentagrama, tocar con mis pequeños pies frágiles el
agua salada que escondía todos los momentos de ese agosto de 2010 que ya acababa. Crucé los
dedos y cerré los ojos, apretándolos tanto y tan fuerte que centré mi consciencia en ese dolor, para
evadirme de la inquietud que me generaba el volver a abrirlos. Pero lo hice. Fue entonces cuando a
lo lejos lo vi, dándole la espalda al precioso atardecer testigo de nuestra historia. Lo primero que
pensé fue que quizá solo era un sueño. ¿Cómo iba a creerlo? Era más fácil pensar que tan solo era
producto de mi imaginación, una vez más. Entonces estaba tan sumergida en el caos de mi cabeza al
que suelen llamar pensamientos que el tacto de unos dedos sobre mi espalda me hizo despertar.
Asustada giré la cabeza y me sorprendió con un beso en los labios. Último día de vacaciones. Sí,
recordaba a la perfección ese momento. Entonces, ¿era verdad que había viajado en el tiempo? Si
era así y mis cálculos no fallaban, quedaban apenas unas horas para irnos, por siempre. Todavía
tenía la posibilidad de cambiarlo todo. Y es que, a veces, cuando sabemos que algo se acaba,
intentas aferrarte, pero otras, es tanto el dolor que sentimos que te obliga a soltar sin apenas poder
impedirlo. Cuando sus manos soltaron mi cara, mis ojos se clavaron en los suyos y sonreí. Esas
pupilas color café habían sido las únicas capaces de arrancarme el sueño noche tras noche . No
sabía qué pasaría, y de saberlo, probablemente no podría haber hecho nada para evitarlo, y era por
eso que pensaba hacer del tiempo que nos quedara, lo mejor. Pero algo pasaba. Algo iba mal.
Intenté cogerle la mano, quería decirle todo lo que siempre había callado, pero no podía. Eran sus
ojos. Tenía las mismos rasgos faciales. El mismo pelo dorado por el sol de ese eterno verano, los
mismos labios. Era él, era el mismo, nada había cambiado. Nada, excepto nosotros. Cuando levanté
la vista, él ya no estaba. Y entonces comprendí que estábamos hechos el uno para despedir al otro y
que, como vivimos en constantes ojalás, mejor me quedo con la sonrisa de la última vez que nos
vimos. Porque soñar, se hace despierto. Porque, cómo pasa el tiempo, y cómo pasamos nosotros con
él. Volvíamos a ser extraños de nuevo, con un pasado común.


Martina Romero Clada. Valle Gran Rey, La Gomera.

Amor, Un Par De, Pareja Joven, Beso, Estado De Ánimo


OLVIDO EN PROCESO

Y después de mucho pensarlo decidió introducirse en la máquina del tiempo. Para él, eso era volver a pisar el pueblo de su infancia, Güímar.

Necesitaba ayuda y la buscaría en el sacerdote que conoció cuando era niño. Esperaba que los años no le hubieran tratado mal, que estuviera lúcido para que sus recuerdos aportaran algo de luz a la situación que vivía.

Últimamente no era él mismo, se comportaba como un ser amargado y espeso, no aportaba nada positivo a su entorno y de seguir así, se vería como una persona oscura.

Don Salvador, así se llamaba el sacerdote que le apoyó en su infancia. Él fue lo más parecido a un guía que encontró, no tenía padre ni abuelo, ambos desaparecidos en una noche cuando la Guardia Civil irrumpió en su casa y se los llevó en plena guerra civil. Este hecho marcó toda su vida llenándola de miedos, rabia e impotencia.

Recuerda a su familia esperando una noticia que nunca llegó. Su madre veía la vida pasar sin participar y así año tras año. La amargura y el odio se instalaron en su casa y en el pueblo, porque esa maldita noche la lista de desaparecidos afectó a doce personas.

Fueron años muy duros, llenos de dolor en los que no se podía hablar ni expresar sentimientos. El pueblo estaba dividido en dos bandos, nada nuevo cuando se vive una guerra.

La única persona que compartía ambos bandos era Don Salvador, el sacerdote. Él conocía todos los secretos, daba consejos, consuelo y apoyo a todos los que por alguna razón lo estaban pasando mal.

Era por eso que se encontraba allí, quería que le facilitara información sobre el hecho que marcó a su familia y a su entorno.

En la iglesia le dieron una dirección de una residencia en la que el sacerdote estaba ingresado. Cuando llegó, encontró a un anciano sentado a la sombra en una silla y que parecía ensimismado en la lectura de un libro.

Don Salvador advirtió su presencia, alzó la mirada y le sonrió preguntándole cómo se encontraba. Fue muy raro, parecía que el tiempo se había parado. No hubo forma de suavizar las preguntas que le hizo. Quiso saber porqué les tocó a ellos, quién señaló a su padre y a su abuelo como traidores, y lo más duro, quería saber si conocía dónde se encontraban sus restos.

El anciano no le dio nombres. Él, como sacerdote, promulgaba la paz asentada sobre el edificio y el perdón, pero le señaló un lugar donde estaban enterrados los doce detenidos de aquella noche.

Esa información le aportó algo de esperanza. Fue como un rayo de luz que iluminó su oscura existencia. Al fin sintió que podía cumplir la promesa que le hizo a su madre, en su despedida de esta vida.

Traería de regreso a su padre y a su abuelo, y también daría paz a los familiares de los otros desaparecidos.

Descansaría de tanto sufrimiento y el olvido comenzaría a pegar en él, quedando el perdón en suspenso.


Realizado por: Elena Montesino Marichal.

Curso: 3ºESO.

Materia: Lengua y Literatura.

Sacerdote, Europa, Medieval, Piedra, Cristiano


Y después de mucho pensarlo, decidí introducirme en la máquina del tiempo.

Una hora antes…

  • Harry, en unas horas estará todo listo – dice Charles.

  • Para eso te hemos pagado- dice mi hermana Hayley con un tono arrogante.

  • Gracias, Charles, estamos muy agradecidos – digo con una sonrisa falsa, a la vez que le doy un codazo a Hayley para que cierre la boca.

Hayley decide irse a dar un paseo para despejarse… la llamaré cuando Charles termine. Yo me quedo con él en su laboratorio, bueno, es el sótano de su casa al que él llama su laboratorio.

  • ¿Por qué tu hermana es así conmigo? – me pregunta Charles después de estar un rato en silencio.

  • Simplemente está desesperada por conseguir lo que quiere, además piensa que no lo vas a conseguir y que nos mientes – contesto cansado del comportamiento de Hayley.

Charles me mira y asiente. Mi hermana ha sido muy dura con él desde que nos prometió algo que, según ella, es imposible, pero yo confío en Charles. Además, ¿qué puede salir mal? Mi vida no puede empeorar más.

  • ¿Cómo sabes tanto sobre estos trastos? – pregunto con bastante curiosidad.

  • Llevo investigando cómo construir máquinas del tiempo varios años, pero no hay ningún libro de instrucciones para ello – sonríe tímidamente. Por eso yo he diseñado una propia y espero que funcione.

De verdad espero que esta máquina funcione y Charles me ayude a volver dos meses atrás para cambiar el peor error que he cometido en mi vida y por el cual estoy muy arrepentido.

  • ¿Te puedo preguntar por qué quieres volver al pasado con tantas ansias? – me pregunta Charles un poco vergonzoso.

Yo sabía que esa pregunta me la tendría que hacer en un momento o en otro, pero no me la esperaba ahora.

  • Mi madre murió por mi culpa y quiero cambiarlo. – suelto sin más.

  • Lo siento mucho, no debería haber preguntado. – a Charles le cambia la cara, realmente se siente mal por la pregunta que me acaba de hacer y me doy cuenta.

  • Tranquilo, yo…- de repente se ilumina la máquina y Charles me mira atónito.

  • ¡Creo que ha funcionado, Harry, ha funcionado! – grita Charles con mucho entusiasmo.

En ese momento llamo a Hayley y le digo que venga urgentemente, la máquina parece funcionar y no sabemos por cuánto tiempo será así. Todo está pasando muy rápido y sin más, me meto en una especie de tubo con una puerta de cristal. No sé muy bien qué pasará a continuación, pero cuando abro los ojos me encuentro minutos antes de la muerte de mi madre.

Era un día soleado y estábamos jugando los tres en el jardín de nuestra casa a baloncesto. Hacía poco que habíamos puesto una canasta y nos lo estábamos pasando muy bien. Entonces, se me escapó el balón por encima de la valla y mi madre fue a buscarlo. En ese momento un coche a mucha velocidad debería atropellarla, pero esta vez no será así, no lo permitiría. En el momento que mi madre pisa la carretera me dirijo hacia ella corriendo para impedir que el accidente se produzca. Lo consigo, pero no todo sale como yo pensaba. Sí, salvo a mi madre. Pero ahora es otra persona la que muere …

En ese momento Charles pulsa un botón porque ya ha pasado bastante tiempo y teme que algo malo haya sucedido. En el tubo aparecen dos personas, son … ¡Harry y su madre! Todo ha salido perfecto, Hayley corre hacia su madre y llora de la alegría, no se cree que ella esté de nuevo con ella. A continuación, se gira hacia Charles y se funden en un apasionado beso, Harry no comprende la situación: ¿que habrá pasado mientras él no estaba? Todavía no sabe quién ha muerto en el accidente, pero ya lo averiguará.


Davinia Negrín García

Steampunk, Engranajes, Tuberías, Latón, Puerta, Tiempo


LAS SOMBRAS TAMBIÉN HABLAN

Y después de mucho pensarlo decidió introducirse en la máquina del tiempo. Despertó en un lugar extraño para ella, la rodeaba un circulo perfecto de tulipanes y tumbada en el suave césped, miró hacia arriba y contempló aquellas hermosas gotitas de plata que destacaban tanto en aquel enorme e infinito manto azul. Donde Elena vivía no se apreciaban bien las estrellas, por eso, en ese momento lo único que se le pasaba por la cabeza era coger cuantas estrellas pudiera y meterlas todas en un bote de cristal. Elena iba caminando sola por la calle, y de repente escuchó un ligero silbido, como si la llamara el viento, segura de sí misma pero con un poco de miedo siguió la misteriosa llamada. Llegó al cementerio, un sitio tranquilo pero a la vez oscuro y tenebroso.

La chica empezó a contemplar todo a su alrededor con una extraña sensación de ser observada. Se giró hacia una tumba sobre la que había una especie de ángel y un cuervo posado sobre él, de repente todo se empezó a llenar de niebla y apenas pudo distinguir una borrosa figura que se escondía tras el ángel de piedra. Elena intrigada fue corriendo a ver que era aquello que vio, pero cuando llegó, eso ya había desaparecido. Decepcionada prosiguió su camino, pero siempre poniendo la vista atrás. Regresó al círculo de tulipanes, pero justo antes de introducirse en la máquina del tiempo tuvo la curiosidad de mirar hacia el bosque, al fijarse bien volvió a contemplar la figura del cementerio pero con más claridad. El ser era humano, pero había algo misterioso en él; su piel era pálida como la nieve, iba vestido de negro y gracias a la luz de la luna se apreciaban dos ojos como bolas de cristal azul. Los dos se miraron durante unos minutos y de repente desapareció, Elena, confusa, no sabía quién era pero había algo en él que la atraía. Ella sabía que se tenía que ir, pero estaba segura de que volvería, tarde o temprano, porque necesitaba saber quién era ese hombre y que hacía en aquel mágico lugar.

Tulipanes, Primavera, Tulipanes De Colores


Malena Paz Fuertes

2º ESO – A


EL PIANISTA DEL FUTURO

Y después de mucho pensarlo, decidí introducirme en la máquina del tiempo. Corre el año 2041, en la ciudad de Nueva York. Me hospedo en una modesta pensión. Con mis pocos ahorros intentaré conseguir entradas para el maravilloso concierto del Metropolitan. Mi objetivo es conocerle. ¿Quién mejor que yo? Mañana me levantaré temprano e iré conociendo esta magnífica ciudad.

Ocho y media de la mañana. Ya es la hora de levantarse, desayunarse y vestirse. Antes de tocar el manillar de la entrada del hostal, me dije a mí mismo: ¡Venga, a dar un paseíto, a ver qué tal! Entonces, al abrir esa puerta me dije una vez más: ¿Qué…? Pues sí: coches volando, calles con energía electromagnética, obreros transformados en robots… ¡Aquello era un mundo en el futuro! ¡Madre mía! Bueno, pues tras ir a varios locales, conocer a gente y alucinar por aquel paisaje, las horas pasaron volando, se acercaba el gran momento. Volví al hostal y me arreglé como tenía que ser: traje elegante, peinado adecuado, zapatos limpios… Ya estaba listo. Salí del piso y caminé por la inmensa acera durante diez o quince minutos. Cuando llegué a mi destino deseado no había colas y entré directamente. Una especie de persona robótica me indicó la fila de asientos en la que me correspondía sentarme. Aquellas butacas tenían luces, y como estaban encogidas se abrían cada vez que notaban la presencia de una persona. Entonces, todo el lugar se llenó de gente rápidamente, se apagaron las luces y lo único que permaneció encendido fue el escenario, donde se encontraba un piano de cola construido por espejos, sin incluir las teclas y los pedales. A continuación, apareció el aplaudido, formidable y genial pianista por el medio del escenario; según mis cálculos, debía rondar los cuarenta años, por su pequeña barba y su estatura. Se sentó al piano, miró al público y a las teclas del maravilloso instrumento. Esperó dos o tres segundos e hizo sonar aquella maravilla musical. Tras las primeras notas, ocurrió algo que no me lo esperaba en absoluto: se podían observar colores que sobresalían de las cuerdas del piano. Aquello significaba las emociones del músico; todo el afecto, el amor y la majestuosidad que ponía sobre dicho instrumento y sobre la pieza que interpretaba y merecía ser escuchada. Tras una hora de felicidad, se dio por finalizada la actuación. El anteriormente nombrado músico recibió cientos de flores en el escenario. El público había hecho lo mismo miles de veces, aunque la gente conociera al “mago musical” como yo lo llamo. Al salir del gran teatro, solo me faltaba dedicarle unas palabras, y esas palabras fueron: “Estoy orgulloso del hombre que llegaré a ser”.

Música, Teclado, Piano, Concierto, Instrumento, Teclas


Héctor Barreiro Vera

2º ESO – B


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