IV Premio Literario «Día del Libro»

El pasado viernes 22 de abril celebramos el Día del Libro. A quinta hora bajamos todos al Salón de Actos, donde cinco compañeros leyeron una selección de capítulos del Quijote, con motivo del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, que se cumpliría al día siguiente.

Después el jurado, compuesto por todos los profesores de Lengua Castellana y Literatura, hizo público el fallo del IV Premio Literario Día del Libro.

Aquí van los resultados y los textos premiados en cada categoría y género.

CATEGORÍA B-POESÍA (alumnos de 4º ESO y Bachillerato). Premio para el poema “Querer para sentir”, de Felipe Fariña Arocha (1º Bachillerato-B). El jurado ha valorado la viva espontaneidad y, a la vez, el misterio con que el autor ha expresado sus sentimientos amorosos.

 

QUERER PARA SENTIR

A veces siento que te quiero.
Sé que nuestras almas se conocen,
pero habré de pasar por muchas,
para que lo hagan mis ojos.

A veces siento que te quiero.
Miro en la noche al cielo
con la esperanza de ver la misma luna
y compartirla con un sueño.

A veces siento que te quiero.
Quiero saber dónde buscarte,
pero debo jugar hasta hallarte.

Es lo que el destino hace:
divertirse y hartarse
hasta que todo brille más
y al fin pueda tocarte.

Pero escribo estas letras sin miedo,
porque sé que algún día llegarán
a donde ahora no puedo.
Y es que a veces siento que te quiero.

FELIPE FARIÑA (1º BACHILLERATO-B)

CATEGORÍA B-CUENTO (alumnos de 4º ESO y Bachillerato). Premio para el cuento “¿Por qué, mamá?”, de Juan Agoney Bernal Zerpa (1º Bachillerato-A). El jurado ha destacado la originalidad a la hora de escoger el narrador y de emplear las técnicas narrativas, a la vez que muestra, con piedad y realismo, las consecuencias del desordenado consumo de alcohol.

¿POR QUÉ, MAMÁ?*

¡Cuánta razón llevaba Jean Jacques Rousseau en una de sus tantas frases célebres, que decía: «La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna»! Si se pudiese ser tan fuerte y no caer rendido ante ciertas costumbres o hábitos, muchas cosas habrían cambiado: entre ellas, mi vida.

Mi padre se llama Javi; mi madre, María. Mi padre es hijo de un importante político de la isla. Cursó los estudios básicos y posteriormente se dedicó, simplemente, a vivir de la renta que su padre le otorgó, dada la excelente posición económica que ostentaban. Mi madre, por su parte, creció en el seno de una familia trabajadora. Mi abuelo se ganó la vida trabajando en una zapatería que mantuvo hasta su jubilación, y mi abuela se dedicaba, como era costumbre antaño, al cuidado de la casa, su marido y su hija.

Mis padres se conocieron en una discoteca del Puerto de la Cruz, en una fiesta nocturna de blanco, que así se llamaba porque todos los asistentes debían acudir con indumentaria exclusivamente blanca. A partir de aquella noche yo conocería el amor y la desgracia como polos opuestos en el camino de la vida que recién iniciaba.

María, esta noche tenemos fiesta de lujo; así que ponte guapa.

¿Qué fiesta? preguntó mi madre, sorprendida.

Estamos invitados a una fiesta particular del hijo de un íntimo de mi padre. Ya sabes: no nos va a faltar de nada.

Vale, veré qué me pongo. Quiero que te sientas orgulloso de mí, cariño.

Esa es la mujer que yo quiero apuntó mi padre, satisfecho.

Aquella era la primera vez que mi madre acudía a una fiesta de alto nivel. El ambiente la fascinó, por una parte, pero, por otra, la hizo sentirse algo incómoda: era un mundo totalmente nuevo y desconocido para ella, que sólo había visto en algún programa de televisión que mi abuelo paterno disfrutaba mientras saboreaba su comida predilecta, pollo asado con papas fritas y un buen vino de Tacoronte. Por la noche, ya en casa, lo comentó con mi padre: se había sentido fuera de lugar y no estaba acostumbrada a este tipo de celebraciones. Las palabras de mi padre fueron, en resumen, que tendría que adaptarse, ya que él pertenecía a un elevado status social que le requería estar a la altura, y ella debía acompañarlo siempre.

Lo cierto es que mis padres se adentraban a pasos agigantados en aquellos oscuros ambientes de jóvenes desenfrenados, sin responsabilidades, de estrechas corbatas y selectas posiciones sociales. La siguiente fiesta ya estaba fijada para la próxima semana y se llevaría a cabo en el salón VIP de un lujoso hotel de Los Realejos. ¿Qué se celebraba? Pues nada más y nada menos que las diecisiete primaveras que cumplía un jovencito: al parecer, para sus padres era motivo más que suficiente para desembolsar la nada despreciable cantidad de 3000 euros.

Llegó el grandioso día, pero aquella noche, en cierto modo, definiría el destino de mis padres. Durante la velada mi madre se sintió indispuesta. Transcurridas unas horas, y al ver que no mejoraba, decidieron marcharse. Mi padre se lo achacó a un posible exceso en el consumo de alcohol, a una mezcla de bebidas o, incluso, al haber probado alguna sustancia estupefaciente. Al día siguiente mi madre continuaba con problemas y vómitos, razón por la que acudieron a un centro médico. Tras las pertinentes pruebas y analíticas de urgencia, se destapó una sorpresa: mi madre estaba embarazada, embarazada de mí, de Marta. Aquello les cayó como un jarro de agua fría. Ese cambio en sus vidas les iba a producir un freno en su escalada de diversión nocturna, ¿o no? Cuando volvieron a casa, mi padre mostraba cierta preocupación. Probablemente temiese que yo fuese un grave obstáculo en su buena vida. Mi madre, sin embargo, lo aceptó con alegría y esperanza.

Los días transcurrían con relativa calma, aunque las fiestas y los pretextos para organizarlas se sucedían cada vez con mayor frecuencia en el círculo de amistades de mi padre. En los próximos días habían quedado para la despedida de un sobrino de papá: se marchaba a Francia con un Erasmus. Aquella noche mi madre traspasaba la línea de los permisible. Yo contaba sólo con tres meses de existencia y ya había venido sintiendo, en mi apenas perceptible cuerpecito, los efectos de aquel maldito líquido que mi progenitora consumía con tanto placer. Yo percibía cómo me costaba cada vez más reconocer las cosas, los sonidos, los olores y, al mismo tiempo, notaba cómo aquel espacio en que me encontraba no se me hacía pequeño con el paso de los días: parecía como si el tiempo se hubiese detenido y, en lugar de avanzar en mi desarrollo, retrocediera.

El sábado de aquella misma semana, otra celebración: yo ya no podía soportar más. Aquella noche pensé que sería mi final. Mi madre no dejaba de consumir todo tipo de bebidas que le ofrecieran. No había transcurrido una hora cuando sentí que mis venas me ardían. Me costaba respirar, me sentía inquieta e irritable y ya ni podía dormir. Cuando noté cómo mi madre pasó de beber a consumir aquellos polvos blancos, grité con todas mis fuerzas: «Mamá, ¿por qué? ¿Por qué me haces esto? Por favor, déjame nacer, déjame ser parte de tu vida; te quiero.» Mis gritos rebotaban en aquella bóveda acuosa y me eran devueltos como burlones ecos. Era tal mi desesperación y desolación ante la evidencia de que mi madre me mataba sin ser consciente de ello, que empecé a llorar. Mis diminutas lágrimas se fundían en aquel transparente mar que me rodeaba.

Hoy ya cumplo cinco meses. Mi madre acude a una revisión rutinaria. Ahora, cuando el doctor la prepara para la ecografía, siento cómo desliza aquel extraño aparato una y otra vez sobre mi cabeza. Mi mami le pregunta: «¿Todo bien, doctor?» Se produce un silencio; siento cómo se intuye que algo va mal:

Escucha, María, te voy a hacer algunas preguntas, pero necesito que me respondas con total franqueza, ¿de acuerdo?

SSSí, dígame respondió mi madre titubeando.

Necesito que me digas si has consumido alcohol durante los meses de embarazo…

Bueno, sí, alguna copa me he tomado con mi marido. ¿Por qué?

¿Algunas copa? ¿Sólo alguna? ¿Y drogas?

¿Qué sucede, doctor?

El doctor mantiene unos segundos de silencio mientras continúa observándome.

María, por los síntomas que observo en la niña, has abusado de la bebida sin ningún tipo de control, aun sabiendo el estado en que te encontrabas.

¿La niña está bien?

María, te explico. Actualmente carecemos de estudios o datos objetivos sobre qué cantidad de alcohol puede ingerir una persona sin que afecte al feto, pero lo que sí está demostrado es que hay unos signos o síntomas que nos permiten hacer un diagnóstico de lo que llamamos síndrome alcohólico fetal. Estos signos suelen ser un surco nasolabial liso, un labio superior excesivamente fino o fisuras palpebrales pequeñas. También suelen detectarse deficiencias estructurales. Toda la toxicidad de lo que hayas consumido ha pasado desde tu sangre a la de tu hija a través de la placenta. La niña tiene estos claros síntomas; por eso te pregunté por tu consumo de bebidas. María, hay una lista interminable de posibles consecuencias, tanto neurológicas y funcionales como de retrasos. Cuando la niña nazca, nacerá con un síndrome de abstinencia similar al que puede tener cualquier adulto con problemas de adicción.

¿Pero no se le puede dar alguna medicación, doctor? Por favor, la niña no tiene culpa…

María, es muy difícil diagnosticar a un bebé con síndrome alcohólico, como te dije antes; sólo podemos basarnos en ciertas características comunes en estos casos, porque no existe ninguna prueba que pueda abarcar la cantidad de síntomas que pueden desarrollarse. Tampoco se ha logrado un tratamiento, porque los trastornos del espectro alcohólico fetal son diferentes de un niño a otro: son trastornos de por vida, para los que hoy por hoy no existe cura alguna. Cuando la niña nazca, habrá que poner en marcha un protocolo que abarque servicios médicos específicos, tanto sociales como educativos y conductuales, que hagan un exhaustivo seguimiento del desarrollo y atienda la necesidades y atenciones que la pequeña vaya requiriendo. Lo siento.

Cuando vi mi primer rayo de luz, me dejaron ingresada en el hospital unos días. Tenía muchos problemas, tan pequeñita, y me hicieron ya una resonancia magnética de mi cerebro, en la que descubrieron diferencias significativas en la estructura de ese órgano tan imprescindible, en comparación con la de otros niños; así como pequeñas deformaciones en mi cráneo. Problemas circulatorios, coordinación muscular deficiente, problemas para succionar y una interminable lista de alteraciones con las que he tenido que aprender a convivir para siempre.

Cuando me dieron el alta, me encontré con que mi padre se había marchado de casa. Ahora vivo sola con mamá; somos muy felices y tengo muchos profesores y amigos que me enseñan muchísimas cosas día a día. A mamá la quiero mucho y nunca le he guardado rencor alguno, básicamente porque se subió al tren de la vida en un vagón equivocado, un vagón que nadie debería pisar, porque las consecuencias son para nosotros, los hijos, y nos atacan en la etapa más frágil de nuestra vida, cuando carecemos de cualquier medio de defensa.

Te quiero, mami.

Marta

*El cuento, como tal, presenta un componente imaginario, pero no así los efectos y consecuencias del consumo de alcohol durante el embarazo. Datos, signos y síntomas, diagnósticos y criterios médicos han sido extraídos de páginas médicas oficiales y de estudios realizados por prestigiosos equipos en Atlanta, que ha sido actualizados en el año 2015.

JUAN AGONEY BERNAL ZERPA (1º BACHILLERATO-A)

CATEGORÍA A-POESÍA (alumnos de 1º, 2º y 3º ESO). Desierto, al no encontrarse ningún poema aceptable para este premio entre los trabajos presentados.

CATEGORÍA A-CUENTO (alumnos de 1º, 2º y 3º ESO). Premio al cuento “La prima Vera”, de Lucía Martín Ciriero (1º ESO-A). El jurado ha destacado la sencilla ternura de la narradora, así como el juego sutil e ingenioso con las palabras cotidianas.

LA PRIMA VERA

Todo empezó después de las vacaciones de verano. Todos nos volvimos a reunir en clase. Estábamos algo diferentes: unos más altos, otros con la voz cambiada, pero casi todos con la piel tostada. De nuevo empezaba el curso y, aunque no me apetecía volver a la rutina, sí tenía ganas de ver a los compañeros.

A tercera hora teníamos Lenguaje y, como ya era de esperar, el profesor nos mandó a hacer una redacción sobre el verano. Yo lo tenía claro: lo mejor del verano era la llegada de la prima Vera.

Detrás de esa cálida mirada se dibujó una mueca de asombro en el rostro del profesor, y dijo:

¿La primavera?

Sí –conteste–. La prima Vera siempre viene en verano, se queda los dos meses que el sol esta más tiempo despierto.

Vera viene de Olveiroa, un pueblo de Coruña, y es la alegría con piernas. Cuando ella viene, casi no hay horarios en casa y las normas no parecen normas. Mi hermano y yo esperamos su llegada contando los días, los minutos y los segundos para verla. Por cierto, mi hermano se llama Antonio, pero lo llamamos Toño… Ya les contaré una anécdota graciosa que tenemos en la familia.

Ya en casa, y después de organizarnos un poco, empiezan las preguntas y anécdotas. Queremos ponernos al día, aunque siempre hablemos por teléfono y nos mandemos cartas (Sí: he dicho cartas. Vera es de esas personas que, aunque cambie con el tiempo, siempre mantiene costumbres que le hacen la vida mas palpable, como dice ella). Salimos a dar un paseo, nos comemos uno de esos famosos helados caseros de la avenida y ya oficialmente ha empezado el verano.

Todas las mañanas el astro rey deja entrar sus rayitos por la persiana y se fusiona con el olor a pan tostado. Entonces empieza la jornada… Vera canta, mi padre y mi hermano cruzan palabras para ver quién entra antes al baño. Mi madre intenta organizar el día.

La anécdota que siempre surge en casa es que, cuando se acaba el helado de chocolate, preguntamos: «¿Quién se terminó el helado?». Y la respuesta siempre es la misma: «La prima Vera o Toño». Jajajá: ¡qué juego de palabras!

Es todo diferente. Los largos días de verano se nos quedan cortos. Me encanta cambiarnos alguna prenda de ropa, caminar ratos por la playa, coger conchitas y meterlas en el sombrero para no perderlas; ir saltando por la acera sin tocar las rayas que unen el pavimento, escribirnos notitas debajo de la almohada con frases bonitas…

Vera tiene veintiún años y es la hija de la hermana de mi padre. Donde vive es un pueblo precioso, pero casi siempre está lloviendo. Por eso, cuando pasa aquí el verano, nos dice que ella es como una placa solar: acumula todo el solecito que puede y se lo administra ella misma. Jajaja: me encanta su forma de ver las cosas.

Muchas veces pienso que todo el solecito que se lleva se mezcla con la lluvia tan abundante en el pueblo donde vive, y que de esa mezcla sale el arco iris, un fenómeno ambiental muy propio de la primavera. Así es la alegría que ella transmite: es todo color. Por eso lo mejor del verano es la prima Vera.

LUCÍA MARTÍN CIRIERO (1º ESO-A)

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