A ALFREDO PÉREZ RUBALCABA

UNA SEMANA DESPUÉS, TIEMPO DESPUÉS

Que el tiempo pasa, y rápido, es un hecho del que cada vez somos más conscientes. Aunque a lo que viene cada vez más próximo intentamos estar ajenos, siempre hay momentos, de mayor o menor fugacidad, pero de inequívoca humanidad, en los que esa doble voz con la que monologamos nos recuerda lo irremediable. La vida transcurre, y llega a discurrir sin algunos familiares, sin algunos amigos, sin algunos amores, pues nos dejan o dejamos de ser algo de eso, o todo. Así se configura el relato, el de los unos y el de los otros: con algún que otro párrafo borroso por el efecto devastador de alguna furtiva lágrima sobre la tinta.

Los mitómanos solemos añadir a nuestro guion un elenco de estrellas que nos han deslumbrado bajo sus focos. Así la historia pasa a iluminar la luz tenue de nuestra intrahistoria. En la mía, una mañana inesperada del mes mayo de hace ya tres años, ocurrieron dos acontecimientos emocionalmente relevantes: en aquella página del que aún es un borrador, almorcé, por primera vez, con mi admirado Jerónimo Saavedra, quien apareció en mis años jóvenes destacando por su personalidad y su autoridad. Asimismo, pocas líneas después (en tiempo, transcurridas pocas horas) pude conversar telefónicamente con mi también idolatrado Alfredo Pérez Rubalcaba, presidente in pectore, a quien un desconocido como yo, una persona local, atrevida como un loco, le pidió que grabara un vídeo en el que pronunciara unas palabras dirigidas a su antiguo compañero de Gabinete: Jerónimo Saavedra era nuestro nombre. Le añadí que no dejara de nombrar palabras como estas: Carmen Quintana, Copherfam, Divina Pastora, El Risco de San Nicolás, San Francisco. Voces desconocidas para alguien lejano. Y así lo hizo. Le dije lo que no debemos dejar de decirles, si cabe la oportunidad, a quienes, de uno u otro modo, queremos o amamos: en este caso, tú tenías que haber sido nuestro candidato, nuestro presidente. Su enorgullecimiento y su humildad me escucharon, bajo unas leves palabras titubeantes. A los pocos días, llegó su vídeo, grabado convenientemente en la sede de un partido al que se desplazó sin mayor interés que el agradecimiento.

La bondad, la inteligencia, la reflexión, la pausa, la espera, el rigor, el decoro, la filantropía… nos convierten, asombrosamente, en alguien especial. Quizás sea más común de lo que parece, pero no lo parece. Su ministerio es, pues, otro. Más profundo.

Se deja de ser. Pero la luz de los focos no abandona. Destella en mi pupila.

Tras su humanidad se puede descansar un poco más en paz.

Un abrazo.

17/05/2019

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