IES Viera y Clavijo

Lectura del Alumnado

Acto de entrega de Orlas a alumnado de Bachillerato (2015)

Lectura del Alumnado de bachillerado

vierayclavijoPor fin. Lo hemos logrado. Estamos ya en esa temida recta final de 2º de Bachillerato. Qué lejos queda ese primer día en el que aterrizamos en este curso después de un verano en las nubes…

Desde entonces, nada más cruzar el umbral de la puerta de nuestras aulas, nos pusieron los pies en el suelo. Desde entonces, supimos que nos enfrentábamos a nueve meses que serían cruciales en cada una de nuestras vidas. Desde entonces, nos dimos cuenta de que iba a ser un proceso muy duro que requería esforzarnos al máximo.

Sin embargo, también nos dimos cuenta de que, normalmente, las cosas más complicadas son aquellas que de verdad merecen la pena, y decidimos comenzar a correr hacia nuestras metas. Y aquí estamos, después de todo, apenas nos quedan un par de metros. Durante todo este tiempo, nos hemos dado unos cuantos golpes. Fue difícil coger el ritmo. A veces nos caíamos por ir demasiado despacio, otras, por tratar de avanzar excesivamente rápido hacia esa línea de meta.

Es cierto que tropezamos más de una vez con la misma piedra, que el impacto fue doloroso, que quizá pensamos que era el momento de rendirse, que no podíamos más, que hasta ahí habíamos llegado. Pero no, fuimos valientes y nos atrevimos a ir más allá de esos límites que la mente nos imponía en ocasiones, y tenemos que dar las gracias a nuestros familiares por el apoyo constante. Gracias por ayudarnos a derribar los muros, a traspasar las barreras.

Ahí estuvo siempre la familia, para recogernos tras cada caída, para ayudarnos a levantarnos del suelo, dedicándonos una sonrisa capaz de iluminar de nuevo el camino que veíamos tan oscuro. Sí, estuvieron siempre ahí, curando nuestras heridas, convenciéndonos de que podíamos seguir adelante, de que éramos fuertes, de que los rasguños eran pasajeros, igual que los fracasos, igual que las decepciones. Y por eso, si ahora mismo seguimos en pie, si somos capaces de seguir avanzando con rumbo firme, con decisión, con determinación, se lo debemos en gran medida a esos familiares que confiaron en nosotros y apostaron por nuestro éxito. Aunque a veces la verdad no fuera agradable, aunque en su momento no entendiéramos algunas decisiones, aunque nos empujaran a hacer cosas en contra de nuestra voluntad, sabemos que lo hicieron todo pensando en lo mejor para nosotros, y que sin esas riñas para que nos pusiéramos a estudiar de una vez, sin esa insistencia para que diéramos lo mejor de nosotros mismos, sin esa preocupación por cómo nos iban las cosas, probablemente no hubiéramos llegado a donde hemos llegado. Por eso, una buena parte de nuestra felicidad se la debemos a ellos.

Durante todo este tiempo, hemos conocido a profesores que son galaxias particulares, cada uno con esos planetas girando siempre en sus cabezas, incansablemente, cada uno con su peculiar forma de ser y de enseñar, con rasgos tan diversos como enorme es el infinito.

Es cierto que al principio pensamos, acaso, que esos planetillas que también giran frenéticamente en nuestras mentes jamás girarían en las mismas órbitas que las de ellos, que pertenecían a universos paralelos, inaccesibles, demasiado alejados como para alcanzarlos con nuestros lentos pasos de astronauta. Pero no, conseguimos conquistar esos planetas, sin prisa pero sin pausa, y tenemos que dar las gracias también a ellos, a nuestros queridos profes (y no es peloteo). Gracias por los aterrizajes forzosos que eran tan necesarios, y por darnos luego el impulso que nos hacía falta para despegar.

Aquí estamos, orgullosos de poder decir que nos han dado clase, todos ellos. Esa profe de alma saltarina y ojos vivarachos que se apasiona por la literatura, que se emociona y nos emociona con cada verso que lee, que despierta nuestro espíritu crítico, el escritor que todos llevamos dentro, que no nos deja otra opción que enamorarnos de la poesía de Miguel Hernández, de las novelas de García Márquez o del teatro de Lorca.

Ese profe con el que es imposible llevarse mal, que tiene siempre una sonrisa en la boca, que nos echa piropos incluso para llamarnos la atención y nos hace creer que somos fantásticos, increíbles, estupendos, maravillosos, extraordinarios.

O ese otro, que podría ser nominado a pelo L’Oreal (porque él lo vale) o que, si un día se aburre de tanta provincia y Comunidad Autónoma, podría ganarse la vida de humorista, porque siempre consigue hacernos reír.

Luego están los que van sin freno, las locomotoras que echan humo, los trenes descarrilados, esos que se piensan que nuestros pensamientos viajan a la velocidad de la luz y nada más dictar un enunciado ya están pidiéndonos la solución, esos a los que no les hace falta calculadora ni fórmulas matemáticas, porque su cerebro lo trae todo incorporado de fábrica, cuyas manos parecen las de un pitufo al final de la clase porque ahorran tiempo hasta el punto de borrar con los dedos la tinta azul de la pizarra.

Otros (otras, más bien) con ordenadores táctiles demasiado avanzados para la tecnología del Viera, pero que después tienen que andar mendigando un pañuelo a sus alumnos para no mancharse con el borrador, con una energía infinita, y la promesa también eterna de que después de que haya tocado el timbre sólo le queda una frase.

Las hay jóvenes, que vienen cada mañana con las pilas recargadas, dispuestas a hacer de nosotros unos bilingües, a evitar que quedemos en ridículo al pedir una “relaxing cup of café con leche”, y también veteranas, que nos exigen un tipo de esfuerzo más bien físico, levantando pesas todo el día a lo Schwarzenegger.

Los que son de tipo “Duracell”, que se les queda corto el barranco de Masca, los Course-Navette y los Cooper y hasta el mismísimo pico del Teide, y los que no pueden más con su vida al llegar al tercer piso. Profes que lo mismo te deprimen con la crítica a la razón pura, que no la entiende ni el mismísimo Kant, que te cantan una canción de Serrat, con guitarra y todo.

También están los que inspiran con su conocimiento y hacen que cada clase parezca magistral, los que se preocupan por nosotros como si de sus hijos se tratara y se expresan mejor con las manos que con las palabras, los que con tan solo la lectura de un poema es suficiente para que su aparente armadura de dureza se rompa en pedazos, los que ambientan tus clases con música y se convierten en un alumno más. Por otro lado, están los verdaderos maestros en su materia, esos que despiertan nuestro interés con su entrega y pasión, y que, aunque no lo parezca, nos prestan atención en cada momento. Por último, están los que caminan sin descanso y conocen la isla de punta a punta, los que aun enfermos nos apoyan desde la distancia, esos que aman su profesión como muy pocos, o los que nos abren los ojos ante nuestro futuro, firman las pizarras y no paran de comprobar si estamos atentos. Eso sí, sean “bolos” o corazones, aquí paz y en el cielo gloria.

Durante todo este tiempo, aparte de sobrevivir a explicaciones filosóficas, matemáticas, económicas, literarias, históricas y un sinfín más, hemos tenido la suerte de vivir, vivir con letras mayúsculas, junto a unas personas que empezaron siendo compañeros y a los que hoy podemos llamar amigos.

Es cierto que nos hemos hartado de escuchar la palabra “PAU”, que nos han avisado de la importancia de ser exigentes con nosotros mismos, de ser competitivos para poder abrirnos camino en un mundo laboral incierto. Pero, a pesar de los problemas y objetivos personales de cada uno, hemos sabido crear una atmósfera en la que da gusto aprender, tendiéndonos la mano y tirando los unos de los otros en los mejores y peores momentos.

Allí estaremos, dentro de nada, en esa realidad a la que nos arrojan, como un Peter Pan al que expulsan de Nunca Jamás y se ve ante el deber de crecer, ante las posibilidades y responsabilidades que implica ser libre. Todos estos jovencitos que ven aquí tan arreglados, no necesitan capas de maquillaje, ni vestidos, ni trajes de chaqueta para deslumbrar. Ya brillan con luz propia, tienen toda la belleza de la juventud y todo lo necesario para ser felices. Sabrán encontrar el valor para adaptarse a esta nueva realidad, para ir poco a poco descifrando esta vida escrita con letra de médico, para atreverse a ser la mejor versión de sí mismos.

Por fin. Lo hemos logrado. Estamos ya en esa temida recta final de 2º de Bachillerato. Y qué lejos quedarán estos momentos dentro de unos años… Y aunque ahora mismo estemos hartos de los esfuerzos que hemos hecho y este último que nos queda, aunque parezca que nos estemos desgastando a ratos en este largo sprint final, aunque nos quedemos sin respiración de tanto correr, sé que un día echaremos de menos ser tan veloces, tan resistentes y tan valientes como ahora lo somos.

Aprovechemos ese coraje, sintamos la juventud fluyendo por nuestras venas, llenando nuestros pulmones, latiendo en el corazón. Corramos sin miedo a tropezar, sin miedo a caer, sin miedo a perdernos. Hagamos que nuestras metas de hoy se conviertan en nuestras salidas de mañana.