8 de marzo

Cabe preguntarse si aún es necesario seguir celebrando el Día Internacional de la Mujer. En una sociedad en la que las universidades están llenas de mujeres, en la mayor parte de los hogares las tareas domésticas se comparten, las listas electorales están ocupadas en un número considerable por ellas, quizás hay quien crea que esta lucha ya no es necesaria. Pero si rascamos un poco detrás de esta pátina de derechos realmente conseguidos, nos damos cuenta de que no en todos los sectores, ni en todas las capas de la sociedad, ni en todas las edades, ni en todas las actividades esto es así de sencillo y por parte de muchos hombres, e incluso algunas mujeres, la igualdad sigue siendo un capricho innecesario porque piensan que realmente la mujer es un ser inferior. Es más, para algunos sectores que hace un tiempo ni se les ocurría decirlo en voz alta, ahora se sienten con la permisividad suficiente de proclamarlo, si no abiertamente, sí de forma indirecta cuestionando, por ejemplo, el dinero y el esfuerzo que se invierte en la Ley contra la Violencia de Género. No olvidemos que uno de los principios básicos de nuestra Constitución y de cualquier democracia sana es el de la igualdad entre todos los seres humanos, por lo que no creer en la igualdad entre hombres y mujeres es no ser democrático.

Ha habido otras leyes que han servido para visibilizar el problema como la Ley de Paridad. Si la sociedad por sí misma no es capaz de permitir que las mujeres accedan a puestos de responsabilidad, está muy bien que una ley obligue a equiparar en esos puestos. Una vez que la situación se haya normalizado y las mujeres puedan llegar a ellos sin ningún tipo de techo que se lo impida, la ley se puede flexibilizar para que sean la valía y la capacidad las que decidan las ocupaciones de mucha responsabilidad. La triste realidad es que a pesar de ser ley, en casi ningún sector se lleva realmente a cabo.

Pero quizás todo no se ha hecho bien, aun por quienes apuestan decididamente por la igualdad. El llamado lenguaje inclusivo si bien en un principio tenía un sentido lógico y moderado, pues también la forma de hablar cala en los receptores y utilizar, por ejemplo, el colectivo alumnado para no dejar fuera a nuestras alumnas, se considera quizás necesario o al menos conveniente. Sin embargo, se ha llegado a un nivel que raya más en lo grotesco que en el sentido común. Y lo grotesco banaliza y resta verdad y crédito. Decir miembras o portavoza o términos por el estilo es más ridículo que reivindicativo o justo. Aunque ya se ha explicado muchas veces, volvemos a hacer hincapié en esta cuestión lingüística: el femenino, rasgo gramatical de los sustantivos, es el término marcado; esto quiere decir que si lo usamos solo nos referimos a sustantivos que lo sean, mientras que el masculino, término no marcado, se puede referir a ambos; igual ocurre con el número, otro rasgo gramatical, ya que el plural es el marcado y si lo usamos nos referimos a más de un sustantivo, mientras que podemos utilizar el singular para referirnos o bien a uno o bien a varios sustantivos; por ejemplo, en la oración El alumno debe respetar al profesor, evidentemente nos referimos a todos los alumnos y por supuesto a todos los profesores. Si bien esto es así también son ciertos los usos machistas del lenguaje en los significados connotativos. Por ejemplo, el sustantivo zorro, utilizado como adjetivo no tiene el mismo valor si se aplica a un hombre, persona astuta, que a una mujer, prostituta. Por otro lado, muchos políticos utilizan el lenguaje inclusivo convirtiendo sus discursos y alocuciones en textos engorrosos y pesados, pero con ello creen cumplir su dosis de feminismo necesaria para atraer el voto, cuando realmente no están legislando para hacer posible la igualdad efectiva.

Tampoco han ayudado a la causa feminista aquellas mujeres que acusan falsamente a sus parejas o exparejas de maltrato, simplemente para hacer daño o sacar cualquier tipo de beneficio. Nadie ha dicho que ser mujer implique necesariamente ser buena persona. Son los casos que, aunque se den en contadas ocasiones, los que no creen en la igualdad utilizan para justificar su postura.

Mientras haya una mujer maltratada por su pareja, mientras haya una mujer violada o forzada, mientras haya una adolescente cuestionada por su novio en su forma de vestir, mientras haya una mujer violada a la que un juez le pregunte cómo iba vestida, mientras haya una mujer que por serlo gane menos o no pueda acceder a un puesto de trabajo o de más responsabilidad, mientras haya una sola mujer que se estremezca de terror por escuchar que su marido llega a su casa porque no sepa si ese será su último día de vida, habrá que celebrar el 8 de marzo, cada día del año.

Mercedes Barrera Tabares

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