El elegido de los dioses

Segunda actividad del plan lector, realizada a finales de febrero coincidiendo con el Día de las letras Canarias.

Continúan las aventuras de Añaterve, el primer guanche con colesterol.

Han pasado ya cuatro lunas desde que visitó al curandero, pero sigue perdiendo cabras…

 

Dos cabras famélicas llegaron aquella mañana al caboco donde permanecía sentada Dácil, mirando los primeros rayos de luz tras el Teide. El sol empezaba a iluminar la ladera y parecía que sería un bonito amanecer, pero la llegada de aquellas cabras moribundas le estropearon la mañana. Un mal augurio, pensó. Una de las cabras subió tambaleándose a una piedra en el margen izquierdo del barranco y se echó plácidamente como quien ve irremediable su destino. Nunca volvió a levantarse. La otra no fue capaz de subirse a la piedra. Al intentarlo, resbaló y cayó por la ladera. A Dácil no le quedó claro cuál de ellas murió primero, pero la escena le revolvió el estómago y acabó vomitando hasta tres veces.

Habían transcurrido cuatro lunas desde la visita de Añaterve al viejo curandero y en ese tiempo había perdido otros tres animales. Ahora quedaba claro cuál había sido el destino de dos de ellos. Quizá el tercero habría sido víctima de Iruene, pero no estos dos.

Cuando Añaterve salió de la cueva, Dácil vomitó por tercera vez. Él la miró, entre sorprendido y preocupado. Ella estaba pálida, pero henchida de rabia y le dirigió a Añaterve una mirada acusadora. Añaterve, inconsciente, encogió el cuello bajando levemente la cabeza al tiempo que levantaba los hombros en un deseo de desaparecer. De poco le sirvió. Cuando terminó de vomitar, Dácil se pasó el antebrazo por la boca sin dejar de mirar a su esposo a los ojos. Se incorporó y se dirigió hacia él. En cuestión de segundos, Dácil se recompuso y su tez recuperó su color habitual: “Así que Iruene se las llevó, ¿verdad? ¡Ahí las tienes, muertas ante tu puerta!

Añaterve quiso defenderse. “Las habrá mordido y consiguieron escapar para venir a morir aquí”. Pero ella, o no lo escuchó o lo ignoró, y continuó: “Hoy mismo vas a volver al curandero para que te dé un remedio y arranque de ti la estupidez”.

– “No es estupidez, mujer, es que ya no salto ni corro como antes, y además, Iruene…”

Pero las palabras parecían rebotar en la frente de Dácil sin que llegaran a sus oídos, ella no le escuchaba. “¡Ve ahora mismo! y vuelve con una solución”.

Al atardecer, Añaterve subía por la vereda abatido. Regresaba de ver al curandero cargado con toneladas de pesadumbre, le costaba mover los pies. No era cansancio, era pura desdicha.

-”¿Qué te dijo el curandero? ¿Qué vas a hacer?”

– “Dice que no puedo visitar más a mi amigo el portugués, que su tocino, su vino y sus rones de caña me nublan el sentido”.

-”Bien”, contestó Dácil. “¿Eso es todo?”

-”También dice que debo coger cada mañana mi lanza y subir al pico de El Cabrito al menos dos veces”.

-”¡Vas a seguir su consejo!”, sentenció Dácil. “y además, vas a empezar ahora mismo, y le entregó la lanza al tiempo que señaló hacia lo alto de El Cabrito.

Añaterve se fue refunfuñando: “El elegido de los dioses, menudo privilegio este, el Primer Guanche con colesterol. “¡Vaya timo!”

Texto de David Hernández Díaz.

Primera lectura de «El elegido de los dioses».

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