Palabras con sabor a nuestra tierra: guacal

GUACAL

RAE: HUACAL: En amplias zonas de América y de Canarias, “especie de cesta o jaula formada de varillas de madera, que se utiliza para el transporte de mercancías delicadas”; y también en América Central, “vasija hecha del fruto leñoso de un árbol tropical llamado huacal o jícaro”. Es igualmente válida la grafía guacal.

DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL MARÍA MOLINER: GUACAL: “Árbol cuyo fruto se utiliza para hacer vasijas”.” Especie de cesta de varillas de madera que se utiliza para el transporte de mercancías”.

DICCIONARIO DE CANARISMOS:  GUACAL: m.” Especie de cesta o jaula formada de varillas de madera, que se utiliza para el transporte de loza, cristal, fruta, etc.” Esas cajas donde se ponen las papas, las coles o eso, unos les decían cajas, otros, guacales.

Aquilino, al sol del mediodía

Bajo el parral que estaba en el patio situado delante de la casa, Aquilino intentaba coger las uvas que aquel año  la cepa se había empeñado en dar más que ningún otro. El sol abrasaba y se colaba por el entramado de hojas, racimos y sarmientos, haciendo que el sudor resbalara por todo el cuerpo de Aquilino. Por el ventanuco de la cocina, salía el sabroso olor a pescado salado, que seguro ya revoloteaba encima de las papas, y que le provocaba un tremendo rugir de tripas al muchacho que cada vez remoloneaba más en su tarea. Cortaba uno a uno los apretados racimos y los iba colocando lentamente, más por holgazanería que por delicadeza, en el guacal que tenía a sus pies.

Por la mañana, antes de salir a las viñas de la costa, el padre le había advertido que el parral tenía que estar vendimiado antes del almuerzo para que por la tarde lo ayudara con el resto. Esas palabras martillaban en la cabeza del muchacho, pero el calor le impedía acelerar el trabajo. A cada rato iba al porrón y tragaba un buen buche de agua, dejando incluso que algo se derramase por su camisa empapándola. En ese instante un escalofrío recorrió su cuerpo y evocó aquella tarde también de tórrido calor en la que junto con otros mozalbetes, se habían bañado en el pequeño estanque que tenía el padre de su amigo Federico. También allí estaba su hermana Verónica mojándose solo los pies, pues el recato y el pudor le impedían hacer otra cosa. Le llamó la atención la blancura de sus piernas y lo bonito que eran sus delicados dedos.  Del resto de aquel cuerpo no tuvo una noción clara porque no era cuestión de entretenerse haciendo una valoración general de la muchacha; pero en su mente el análisis quedó completo: ¡si los dedos de los pies eran tan hermosos, cómo sería el resto de Verónica!

Siguió con la faena de llenar el cesto con aquellas condenadas uvas y en el momento en el que cogía el guacal para seguir cortando racimos por otra parte, le pareció escuchar, en el silencio del sendero, que transcurría cerca de la casa, un rumor de pasos y alboroto de enaguas. Cuando alzó la cabeza con el ya pesado guacal, sus pies trastabillaron al ver acercarse a Verónica cargada con un cesto apoyado en su cadera, y al tiempo que esta le decía con cadenciosa y sensual voz, ¡hasta luego, Aquilino!, este caía derramando el contenido del guacal y con su cuerpo escachando la mayor parte de los racimos que con tanto esfuerzo y sudor había estado cortando. Aquellas uvas ya no servirían para elaborar  el ansiado vino.

Después de superar la vergüenza de la caída, precisamente ante aquella que su mente trajo con su recuerdo, faltaba aguantar el chaparrón, y no precisamente de agua fresca, que le caería encima por parte de su padre.

Mercedes Barrera Tabares

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