Nunca es tarde para aprender

APRENDER A CUALQUIER EDAD

De pequeña jamás supe lo que era coger un lápiz y hacer garabatos en u papel. Un buen día se me presentó la oportunidad y no quise desaprovecharla.
Desde que era pequeña he debido llevar a cuestas un gran pesar del que me he descargado hace poco. Hay personas que nacen con una ilusión y mueren con la tristeza de no verla realizada, por eso yo me considero una mujer con suerte.
Mi nombre es maría y nací en Arocah, un pueblo de Huelva, hace ahora exactamente 60 años. Durante todo ese tiempo sólo he ansiado una cosa; aprender a leer y escribir. Para mí, lograrlo era ver realizada la mayor ilusión de mi vida.
Mis padres trabajaban en el campo, ya qu de eso vivíamos, y fue en ese entorno donde me crié y pasé  los primeros años de mi existencia. Como es de suponer, todos debíamos ayudar de alguna forma par que la casa saliera adelante. Nunca supe, durante aquellos años de mi infancia, lo que era coger un lápiz y rayar en un pape, es más, jamás tuve en mi poder ninguna de esas cosas. Mis ratos libres los pasaba distraída con juguetes que yo misma fabricaba a base de bellotas, trapos y pelotas.
Cuando contaba con 15 o 16 años tuve que buscar trabajo al igual que mism hermanos para pagarme las cosas que iba necesitando, ya que mis padres no podían cargar con más gastos. Encontré trabajo como sirvienta en una casa y allí fue donde me acostumbre a ver papeles escritos por todas  partes. Aquello despertó mi curiosidad por saber que significaban los garabatos que veía sobre hojas de papel.
Pero fue al conocer al que es hoy mi marido cuando me di cuenta de que ser analfabeta era un verdadero problema. El me mandaba cartas que yo no podía leer y tenía que pedir a una compañera de trabajo que lo hiciera por mí y que escribiera las respuestas. Aquella situación hacía que sintiera cierta vergüenza de mí misma y al mismo tiempo me daba cuenta de que no podía decirle en las cartas las cosas que realmente sentía. Lamenté más que nunca el error que habían cometido mis padres al no llevarme a una escuela en la que aprender, al menos, lo más sencillo como poner mi nombre.
Un buen día se me presentó la oportunidad de mi vida. Unos profesores querían abrir un centro de educación para adultos y visitaban las casas  informando del proyecto e intentando saber quién podía estar interesado: al principio, el hecho de estar ya casada y con cuatro hijos me frenó las ansias de apuntarme, porque creí que sería el hazmerreír de todo el pueblo. Pero me armé de valor y di el gran paso. Con esfuerzo debido a mi edad, pude aprender y dejar de ser analfabeta.
Gracias a ese cambio de decisión hoy sé leer y escribir perfectamente. Incluso he tenido la oportunidad de ganar un concurso literario.
Pero lo más importante es que nada más aprender lo básico, a deletrear las palabras, ya pude disfrutar de la lectura, de cosas que tenía verdadero interés, a conocer mil y una experiencias diferentes e incluso, identificarme con alguna de ellas.
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