III.1.- ¿De dónde partimos?

Sabemos que

Cuando estamos emocionados se activan unos neurotransmisores en el cerebro que facilitan un aprendizaje más profundo y a largo plazo.

  • En nuestro cerebro existe un tipo de neuronas, las neuronas espejo, que se activan cuando un individuo realiza una acción, o cuando observa una acción similar realizada por otro individuo, lo que supone que una gran parte de nuestro aprendizaje se realice por imitación (juego o simulación).
  • El aprendizaje colaborativo entre iguales, mejora los canales de comunicación y facilita el acceso a los aprendizajes nuevos.
  • Cada niño, cada niña, es diferente en su ritmo y su forma de aprender. Por ello es necesario acompasar, respetando el ritmo de aprendizaje de cada cual.
  • El juego es la manera en que el cerebro del niño reacciona ante su entorno. Jugar no es una actividad gratuita y carente de sentido, es el camino del aprendizaje, la forma en que organiza y desarrolla su mente.

Partimos, pues, de sus intereses, necesidades y emociones, para ponerlos en situación de aprendizaje, creando desafíos en los que es preciso leer , escribir , calcular, investigar, danzar, moverse, pintar, … para llegar a la solución o el producto planteado

Ambientes educativos

Sabido esto, solamente nos queda adecuar nuestra actuación docente a estos parámetros. El juego como elemento vehicular del aprendizaje, requiere de ambientes lúdicos. Tomarse en serio la necesidad del juego como el espacio en el que el niño o la niña son capaces de enhebrar conceptos de una manera más significativa y profunda, requiere de un cambio radical en el ambiente de aprendizaje. Es contradictorio promover una enseñanza lúdica sin movimiento, con aulas donde el protagonismo lo tienen muebles para permanecer sentados, donde la activación mental se produce únicamente o fundamentalmente por la presencia de estímulos visuales. Es ilógico pensar que las propuestas de actividades ajenas a sus intereses o sus descubrimientos, pueden tener la fuerza necesaria para conseguir estimular sus cerebros, con la intensidad suficiente como para que se de el aprendizaje.

Los juegos tienen un componente de simulación de la vida real. Para ello, se envuelven en un entorno especial que les da sentido. Cuando se juega, se juega en un espacio definido, los elementos pasan a transformarse en herramientas propiciadoras del juego. El espacio y sus elementos pasan a formar parte del mismo juego.

Por ello damos mucha importancia al ambiente en el que se desarrollan las diferentes actividades educativas. Las situaciones de aprendizaje no lo son si no están situadas en el ambiente propicio. De este modo, los aprendizajes serán mucho más significativos para el alumnado, si se realizan envueltos en ambientes apropiados, con los elementos que le acerquen lo más posible a la “realidad” simulada del juego. Aprender a escribir una carta, un poema, una redacción, a contar monedas, o resolver problemas matemáticos, cobran sentido si es para hacer una petición a la alcaldesa, para escribir un libro que acabará en las estanterías de la biblioteca del centro, o si hacemos cuentas para comprar y vender en la tienda de la clase, o en el mercadillo que se hace en la visita de las familias a las fiestas del centro. Se aprende cuando se consigue centrar la atención en aquello que se quiere aprender. El juego o la realidad simulada facilitan esa concentración en las habilidades y procesos que el niño y la niña han de demostrar para conseguir su finalidad: escribir el libro, comprar o vender en la tienda, construir un decorado o realizar un programa de radio.

De aquí la necesidad de cuidar el ambiente del aula. Al entrar en ella, el alumno debe sentir que entra en un lugar especialmente diseñado para hacer aquello que se le va a proponer, mediante retos, juegos o simulaciones. El aula se convierte así en laboratorio, en plató de cine, en estación de radio, en tienda, en zumería-pastelería, en centro de investigación de la naturaleza, en lugar de juego con palabras, sílabas y textos, en teatro,…

Justificación del modelo

Queremos darle protagonismo al espacio donde se desarrolla la educación, más allá de un simple decorado. La decoración tiene como objeto el embellecimiento, algo que está bien y tiene su importancia, porque la estética también juega un papel importante en la educación. Es importante que el aprendizaje se produzca en ambientes estéticos, bellos, armoniosos. Sin embargo, creemos que el ambiente ha de ser además inductor y facilitador de los procesos educativos. Para ello ha de ser variado, estructurado, organizado y estable.

Consideramos que circunscribir el espacio educativo a un aula empobrece la educación. El actual modelo educativo entiende la escuela como un lugar donde se compartimenta el espacio en aulas que se asignan a estudiantes agrupados por un único criterio común: la edad. El espacio escolar se convierte así en cajones donde ordenar personas por edades para poder enseñarles aquellos conocimientos que, también compartimentados por sus niveles de dificultad, se consideran propicios para sus mentes según la cronología de cada grupo. El aula se llena de pupitres donde los niños y las niñas esperan que se les enseñe y donde la maestra o el maestro se esfuerza en ofrecer experiencias de aprendizaje adecuadas a sus edades. Un aula para todos los aprendizajes posibles (si excluimos algunas áreas como la educación física, o la música y el inglés cuando existen aulas específicas) que se van sucediendo en el mismo espacio y que solo cambia cuando lo hacen algunos elementos, como el libro de texto o algún mural que se aporta al decorado de las paredes.

Las aulas, por polivalentes, se vuelven confusas y el espacio se privatiza. Cada alumna-o posee su pupitre, su lugar en el aula desde donde accede al conocimiento. En las paredes conviven carteles de animales, con otros de sílabas y números, ofreciendo un impacto visual a menudo recargado e incoherente. Nuestra propuesta es la de ir convirtiendo los espacios del centro en lugares especializados para el desarrollo de competencias. Crear diferentes escenarios que envuelvan al alumno-a en un ambiente específico, de forma que cada uno de esos espacios acojan las herramientas, materiales y decoración necesarias para el trabajo de la competencia que se quiere trabajar en él. Desaparecen las aulas como espacio privado de un grupo (aula de 1º, de 2º, de 3º…) y surgen las aulas dedicadas (habitaciones de lectura y escritura, aulas matemáticas, laboratorios de investigación). El alumnado accede a diferentes espacios que han sido creados para un fin específico, adentrándose en un lugar donde todo propicia el acercamiento a una competencia determinada. Las maestras y maestros se especializan en una competencia; preparan, organizan el espacio y reciben a los grupos para orientar un trabajo adaptado al grupo que recibe.