Archivo por meses: abril 2013

En busca de un reflejo (Cuento de Marina Colasanti)

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De repente, una mañana, buscándose en el espejo para tejerse las trenzas, no se encontró. La luz de plata, ciega, nada le devolvía. Ni trazos, ni sombra, ni
reflejos. Inútil pasar un lienzo por el espejo. Inútil pasar las manos por el
rostro. Por más que sintiese la piel bajo los dedos, allí estaba ella como si
no estuviese, presente el rostro, ausente lo que del rostro conocía.

-Imagen mía. -murmuró afligida,- ¿dónde estás?

¿Y si se hubiese quedado olvidada en el lago, donde todavía el día anterior se
estuviera mirando? En un susto corrió por los jardines, temiendo por el rostro
abandonado, ondulando entre los nenúfares.

-Lago, lago, ¿qué hiciste con la imagen que ayer acosté en tus aguas?
-preguntó. Y dos lágrimas quebraron la lisura de la margen.

-¿Cómo quieres que yo lo sepa, si tantos vienen a buscarse en mí?- respondió el
lago, desdeñoso-. Tal vez haya sido llevada por el arroyo, con otras
menudencias, -añadió. Y con la hidalguía de quien se acomoda un manto, ondeó la
superficie bordada de reflejos.

Imposible para la moza encontrar su imagen en la espuma que el arroyo batía de piedra en piedra. Imposible aceptar que estuviese despedazada. Más fácil creer
que había descendido la corriente.

Descalzó los zapatos y, con los tobillos trenzados en tantos nudos de agua,
siguió por el arroyo. En cada remanso, en cada reflujo, en cada remolino buscó
rostro o rastro. Sin que sin embargo nada le dijese: estuve aquí. Juntos
atravesaron un campo, rodearon en curvas los primeros árboles del bosque,
descansaron en el claro. Juntos entraron en la caverna.

Apenas percibió que entraba, tan grande era la boca, tan verde el musgo que la
cubría. Anduvo todavía un poco allá adentro, titubeante entre tantos rumbos.
Pero luego hizo frío. Y la oscuridad alrededor. Gotas caían de lo alto,
gimiendo en las pozas en que el arroyo parecía deshacerse. El miedo, entre
rocas, batió sus alas. ¿Por dónde había venido? Miró en torno, buscó detrás de
sí. Todo era tan semejante que no conseguía reconocer los caminos. Sólo allá
delante, más allá de los arcos formados por la piedra, vio brillar la claridad.

-Tal vez por ahí, -pensó reconfortada.

Sin embargo, superado el primer arco, y el segundo, llegando en fin a la luz,
la moza se halló frente a un inmenso salón de gruta donde centenas de espejos
cubrían las paredes, centenas de velas brillaban encendidas. Y delante de cada
espejo, sobre pedestales, reposaban vasijas de plata.

Atraída por aquel extraño lugar, descendió dos peldaños, caminó hasta el primer pedestal y ya se levantaba en la punta de los pies para mirar dentro de la
vasija, cuando:

-¡Conque entonces viniste a visitarme!- rebotó estridente una voz, golpeando de
espejo en espejo.

Un susto, un salto. Sólo en ese momento la moza percibió a la Dama de los Espejos, tan bella y destellante que entre brillos se confundía. Por un instante, temiendo a aquella extraña señora, se disculpó: no sabía que allí morase alguien, no pretendía…

-Pero me gusta tu visita- cortó la  Dama con extraña sonrisa -Hace tanto que vivo aquí solita sin que nadie me venga a ver… ¡Hallo, incluso, que debes quedarte!

Y levantando la mano con gesto de centella, apuntó hacia la entrada de la
gruta. Sin ruido, un espejo descendió, bloqueando el camino.

-Y ahora, joven curiosa, -ordenó la voz cortante, -mira bien aquello que tanto
querías ver.

Asustada, asomase la moza sobre la vasija. Para descubrirla llena de agua,
clara poza donde un rostro de mujer flota. No el suyo. Pálido rostro sin
trenzas, que no la mira, encerrado en el círculo de plata.

-¿De quién es ese rostro, señora?- pregunta la moza intentando controlar la
seducción del espanto.

-¡Es mío -rompe en astillas la carcajada de la Dama.

Súbito, una de las velas se apaga. En el espejo detrás de ella, un rostro de
mujer aparece y se inclina, ofreciendo al peine sus cabellos. No ríe más la Dama. Exacta, avanza hacia el espejo y casi sin tocarlo coge en los dedos los bordes de la imagen, lentamente desprendiéndola del vidrio. Por un instante, se estremece en el aire aquel rostro, luego posado sobre el agua, donde nunca más peinará
cabellos.

-¡Entonces fue eso lo que ocurrió con mi reflejo! -con ansiedad, la moza corre
de vasija en vasija, llamando el propio nombre, buscando. Y en cada quieto ojo
de agua se enfrenta con una nueva imagen, sin que ninguna sea aquella que más
desea.

Hasta que:

-Allí -ordena la Dama indicando.

Inclinada al final sobre sí misma, trazo a trazo, hermana gemela, la moza se
reencuentra. Pero, ¿por qué no brillan de alegría los ojos que ella ve y no
parecen verla? ¿Por qué no le devuelve la sonrisa la boca tan seria?

Enderezase la moza, sin que el rostro en el agua le siga el movimiento. Ondulan las trenzas rubias, como algas. Y nada altera la expresión prisionera.

-Por favor, señora, devuélvame mi reflejo.

-¡Imposible!- lacera el grito de la  Dama. Y más calmada: -Ningún reflejo salió jamás de aquí.

Después, en el largo silencio que se hace:

-Antes de que la noche acabe, tú comprenderás por qué.

¿La noche? ¿Ya es noche, entonces? Trancada en la gruta entre velas encendidas, la moza no sabe del tiempo. Sabe, apenas, que no quiere apartarse de sí misma, dejar su rostro solo en el agua fría. Y allí, junto a él, sin osar acariciarlo con miedo de romperle los trazos, deja pasar las horas en silencio. Lejos, en un rincón sombrío, la dama parece ocultarse, mientras el tiempo se gasta con la cera.

Cabecea casi la moza cuando, de repente, la Dama se mueve, saliendo del rincón. Pero entre luz y sombra otro es su porte. Encorvados los hombros, la cabeza cuelga y mechas blancas escapan bajo la corona.

Trémula, jadeante, la Dama anda entre espejos y pedestales. Delante de cada vasija para casi ahorrando fuerzas, mira y sigue. Ninguna la detiene largamente. Hasta que un reflejo parece atraerla más que los otros. Y ella rodea la plata con las manos, en un último esfuerzo la levanta encima de su cabeza, derramando lentamente el agua sobre el rostro.

Rostro que la moza boquiabierta ve transformarse poco a poco, hacerse joven,
dueño de las facciones que antes flotaban en silencio.

Ríe la Dama, triunfante: -¡Un reflejo es de quien sabe tomarlo!- desafía.

Sube la rabia por la garganta de la moza, arrastrando el miedo:

-¡Tome el mío entonces! -responde en furia y gesto. Y agarrando la vasija donde
su rostro flota, la lanza contra el espejo.

El agua salta. Astillase la luz. Retumba la gruta, mientras de los cristales la
plata se fracciona. El aire estalla, extingue toda llama. Verdoso el rostro,
las manos arañando el pecho, la  Dama se estremece, se descarna, se desvanece. Un grito se estrangula. Y destrozada en el suelo, da estertores.

De repente, silencio y oscuridad. Cotas caen de lo alto. Un murciélago
revolotea. Asustada, la moza huye sobre escombros y pozas, tropieza, se
levanta, corre pisando leve al fin el suave musgo.

Allá fuera, en la claridad de la mañana que apenas se anuncia, el arroyo
mantiene el antiguo trote, agua fresca y cantante que parece llamarla. Y la
moza se aproxima, se arrodilla, extiende el mentón, boca entreabierta para
matar la sed. Pero en el manso fluir de la margen otra boca la recibe. Boca
idéntica a la suya, que en el claro reflejo de su rostro de vuelta le
sonríe.

Una concha a la orilla del mar

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Regalos más ricos nadie tuvo jamás – dijeron todos los que habían sido invitados al cumpleaños del hijo del rey.  Y terminada la fiesta, mientras los músicos cansados guardaban sus instrumentos y el sol chismorreaba en los resquicios de los salones, se preparaban para volver a sus casas.

Sin embargo, ya a solas en su cuarto, el príncipe percibió que una única cosa llamaba su atención. Era la concha rosa, caracola entreabierta, ofrecida por el rey de un país distante.

– En mi reino – había dicho él – nada es más precioso que el mar. Y el mar le traigo. No las esmeralda de sus aguas frías, sino la voz con que las olas se mecen y las espumas se llaman. Cuando quiera oírla, basta apoyar la caracola de mar sobre el oído, y el sonido de una pasará al otro, inundando de vientos su cabeza.

Curioso, el príncipe cogió la concha y  se puso a escuchar. Un ligero canto soplado venía de allá dentro, brisa, alisio, jadeo, céfiro resbalando por el caracol de la abertura.  Contaba profundidades y corrientes, cantaba sobre peces, algas y tritones. Nada de lo que el príncipe conocía se parecía a aquel canto y a sus historias. Nada era más bonito. Escuchó durante horas. Después, cansado todavía por la fiesta, dejó la concha junto a la cama, y se adormeció.

A la mañana siguiente, estirando el brazo y acercando la concha a su oído para comenzar el día entre olas, le cayó en el rostro una salpicadura. Se sentó, sorprendido, y se pasó la mano por la piel. Sí, estaba mojada.

Entonces, lentamente viró la concha, y un hilo claro escurrió por la abertura, fino y breve, recogida en poza sobre la palma de la mano, poza que probó y que la punta de la lengua confirmó salada, de salado mar.

Más precioso aún le pareció el regalo. Al contrario de lo que había dicho el rey distante, le traía agua. No verde como la esmeralda, ni profunda. Apenas un dedal de océano suficiente para mojar sus labios o rociar la frente, disminuyendo la distancia que lo separaba del mundo cantado por la voz.

Pasó algún tiempo. Cada vez más el príncipe de desinteresaba de las diversiones de palacio. Cada vez más de apegaba a su concha, entregado durante horas a las crestas inquietas de sus historias. Y todas las mañanas, como si no pudiese comenzar el día sin ella, derramaba en la mano el agua y la aproximaba al rostro, aspirando el olor del arrecife.

Fue por tanto por la mañana, poco después de amanecer, que la trenza apareció. Una larga trenza rubia que, para su absoluto espanto, el príncipe vio escurrir por la abertura en el flujo del hilo, y allí quedarse, colgando y goteando, balanceándose levemente. Rápido, antes de que fuese recogida por su misteriosa dueña, la agarró con la punta de los dedos y con firme delicadeza comenzó a tirar.

Un gemido, una ínfima resistencia, un breve sollozo. De dentro de la concha, debatiéndose entre  un lucir de escamas y una rosada piel, poco a poco fue surgiendo una sirena.

Era pequeña, no mayor que un palmo, pero linda como todo lo que cantaba. Era tan linda que el príncipe, al verla, en seguida entendió su pasión por el mar, y todavía más bonito le pareció lo que no conocía.

Inmediatamente dio órdenes para que se instalase a la sirena con todo el confort. Minúsculos peines para sus cabellos se encargaron, así como un acuario de cristal.

Mas nada parecía hacerla feliz. La pobrecita lloraba, lloraba. Y viendo el hilo de lágrimas que corría por su rostro, el príncipe reconoció otro hilo, océano de dedal con que todos los días rociaba la mañana. No había ningún mar. El agua que él derramaba en la mano, vaciando la concha, eran lágrimas de sirenas, que en seguida con su llanto la volvía a llenar. Aquella que había sido su alegría no era sino la tristeza de ella. Y por haberla hecho sufrir, todavía la amó más.

Sin embargo, de nada servía todo su cariño. De nada servían los minúsculos muebles y el paso del tiempo. Sólo el mar era lo que ella quería. Sólo el mar podía hacerla sonreír.

Entonces el príncipe dijo a su padre: – Mande ensillar mi caballo. Voy a partir para un largo viaje.

Y colocada la sirena otra vez en la concha, guardada la concha en una bolsa de cuero que colgó de su cuellos, partió para el país salado de aquel reino distante.

Durante días cabalgaron por la planicie. Por las noches, junto al fuego, el príncipe desataba los cordones de la bolsa, sacaba la concha y, como antiguamente, la sirena cantaba para él. Durante días avanzaron por las veredas de la montaña. Cuando el viento soplaba violento y era preciso parar, el príncipe de refugiaba en una gruta, y con la voz de la sirena junto a él, ahogaba el ruido de la tempestad. Largamente anduvieron y anduvieron, atravesando el altiplano, mientras el canto se hacía más armonioso cuanto más avanzaban.

Hasta llegar por fin el día en que, desde lo alto de un peñasco, el príncipe vio a sus pies el vasto y profundo azul que sólo conocía en los ojos de su amada. Espoleó el caballo, se acercó a la orilla. Y ansioso sacó la bolsa para liberar a la sirena y descubrir su primera sonrisa. Mas la emoción le enredó los dedos entre los cordones y la concha resbaló, cayó desde lo alto del peñasco, mancha rosa cada vez menor en dirección al mar.

De rodillas, inclinado sobre el abismo, el príncipe llamó. ¿Era la voz de ella o el viento que le respondía? ¿Era el mar o su canto? Allá abajo el agua escondía en espumas su transparencia.

Descendió sujetándose a las rocas, apoyando los pies en los salientes, asustando a las gaviotas en sus nidos. Descendió desollándose los dedos y llegó a la arena. Entonces vio que en la orilla del mar, arrastrando sus encajes, la blanca enagua de las olas traía y llevaba tantas conchas rosadas, tantas conchas como aquella que escondía a su bien amada.

Cogió la primera. Procuró en vano su voz, llevándola al oído. Cogió la segunda, la tercera. La playa era grande, no se veía el final. Y él fue andando, recogiendo las conchas una por una, mientras en las marcas de sus pies el agua venía a recostarse en pozas y depositar otras conchas.

Tal vez él esté andando hasta hoy. Lo cierto es que quien acerque una concha al oído, escuchará apenas un murmullo distante, encubriendo para siempre la voz perdida de la sirena.

Las hadas (de Charles Perrault)

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     Érase una vez una viuda que tenía una hija y una hijastra:  la mayor, que era la suya, se le parecía tanto de carácter como de rostro, de modo que, quien la viese a ella, a la madre veía.

     Ambas eran tan desagradables y tan orgullosas, que nadie podía vivir a su lado. La pequeña,  el auténtico retrato del padre por la dulzura y los buenos modales, era una de las mejores hijastras que hayan existido.

     Pero, como suele amarse aquello que se nos parece, esa madre estaba encantada con su hija, y al mismo tiempo sentía una gran aversión hacia la pequeña, su hijastra, pues la obligaba a comer en la cocina y a trabajar sin cesar.

     Esto hizo, entre otras cosas, el que la pobre niña fuese, dos veces al día, a buscar agua a una fuente que se hallaba a media legua de casa, transportándola en una gran cantara.

     Una mañana que había ido a la fuente, vino hacia ella una pobre mujer que le suplicó le diese de beber.

-Si, buena mujer –repuso la muchacha y llenando el cántaro de agua, se lo ofreció, sosteniéndolo a fin de que la anciana bebiera con mayor comodidad. La anciana, habiendo bebido le dijo:

-Eres tan bella, tan buena y tan servicial, que  no puedo menos de concederte un don  -pues era un hada quien había tomado la forma de una pobre mujer de pueblo, para ver hasta donde llegaba la amabilidad de esta jovencita -.Yo te otorgo el don -prosiguió el hada-, de que a cada palabra que pronuncies, te salga de la boca o una flor, o una piedra preciosa.

     Cuando la hijastra llegó a casa, la madre la regañó por volver tan tarde de la fuente.

-Os pido perdón, madre mía -dijo la pobre muchacha-, al haber llegado tan tarde -y en diciendo estas palabras le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos gruesos diamantes.

 -¡Qué ven mis ojos -exclamó la madrastra sorprendida -; creo que le salen de la boca perlas y diamantes! ¿Qué ha sucedido, hija mía? -(Esta fue la primera vez que la llamaba hija suya.)

     La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin lanzar por la boca una infinidad de diamantes.

-Verdaderamente –se dijo la madre-, es preciso que yo envíe a mi hija… Mira que es lo que le sale de la boca de tu hermana cuando habla. ¿No estarías muy contenta si poseyeras el mismo don? Es bien sencillo, no tienes más que ir a buscar agua a la fuente, y, cuando una pobre mujer te la pida  para beber, se le das muy educadamente.

–¡No me apetece ir a la fuente! -respondió con grosería la hija.

–Pues yo quiero que vayas -repuso su madre-, y deprisa, ¡ahora mismo!

     Su hija fue, pero siempre refunfuñando. Había cogido el más hermoso jarro de plata que tenían en la casa y aún no había llegado a la fuente, cuando vio salir del bosque a una dama magníficamente vestida, que se acercó a pedirle agua. Era la misma hada que se le apareciera a su hermanastra, pero había tomado el aspecto y las vestiduras de una princesa, para ver hasta donde llegaría la mala educación de la muchacha.

-¿Es que yo he venido aquí -le dijo orgullosa la joven-, para daros de beber? ¡Justamente traigo un jarro de plata expresamente para calmar la sed de la señora! Os aconsejo que bebáis vos misma si queréis.

-Eres muy poco amable -repuso el hada sin encolerizarse- .Bien, puesto que de servicial no tienes nada, te otorgo como don, que a cada palabra que digas, te salgan de la boca o una serpiente o un sapo.

     Tan pronto la madre vio a su hija, le gritó:

-¿Y bien, hija mía?…

-¡Y bien, madre mía! -le respondió la maleducada echando por la boca dos víboras y dos sapos.

-¡Oh, cielos! -gritó la madre-, ¿qué es lo que veo? ¡Tu hermana tiene que ser la causante: me las pagará!

     Y dicho y hecho, corrió hacia ella para golpearla. Entonces la pobre niña huyó buscando refugió en un bosque cercano.

     El hijo del rey, que volvía de cazar, la encontró y viéndola tan bella, le preguntó que es lo que hacía sola en medio de la espesura y por qué lloraba.

-¡Ay de mí, Señor, mi madre me ha echado de casa!

     El hijo del rey, viendo surgir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, rogó que le dijera de donde venía, y ella le contó toda su aventura.

     El príncipe heredero se enamoró de  la joven, y considerando que tal don bien valía el hacerla su esposa porque era la mejor de las dotes, la llevó al palacio del rey su padre y se casó con ella.

     En cuanto a la mala hermanastra, se hizo tan odiosa, que su propia madre la arrojó de casa, y la desgraciada, después de haber ido de un lado para otro, sin encontrar a nadie que la quisiera acoger, fue a morir en un rincón del bosque.

Hoy leímos nuestros cuentos.

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Hoy día 25-04-2013, dentro del programa de la Semana Cultural, leímos nuestros cuentos en la «Cueva de los cuentos» de la biblioteca, junto con nuestros compañeros de Primero, de Tercero y de Cuarto. Nuestros cuentos también los sacamos de nuestro bloc de las historias que hemos ido escribiendo a lo largo de todo el curso. Esperamos que nuestros trabajos hayan sido del agrado de todo el alumnado y profesorado de Primaria de nuestro fantástico cole.

El libro de cuentos de la clase de Segundo de Primaria

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Durante el curso escolar los pitufos y pitufas de Segundo, cada vez que han tenido tiempo libre, cogían su bloc de los cuentos dejando en él escritas y dibujadas sus preciosas historias. Para la Semana Cultural cada uno escogió el que más le gustó, lo pasó a limpio, se fotocopió y el día 23-04-2013, lo usamos para felicitar el Día del Libro a todas las clases y profes del cole. Cada uno de nosotros nos quedamos con el nuestro y lo hemos ido coloreando durante toda la semana. ¡Nos han quedado muy bonitos!