Recuperar el humor en las clases. El placer de enseñar y de aprender

Carlos Magro. Vengo leyendo últimamente muchos aportes dentro de esta línea: la necesidad de recuperar el humor en la enseñanza. La verdad es que siempre pensé más intuitiva que fundamentadamente que las clases tienen que tener una alta dosis de humor, e intenté ponerlo en práctica, pero me doy cuenta de que no resulta tarea sencilla.

En primer lugar, el humor no es igual para todos: lo que a los profesores nos puede resultar gracioso, para los estudiantes puede sonar críptico o bien no entrar ni siquiera en su registro de comprensión. El humor tiene que ver con pautas culturas, con trayectorias, con historias que no siempre conocemos. Claro que existen algunos tipos de humor más “universal”, pero el riesgo de que no provoque gracia también se corre.

Recuerdo que cuando comencé a trabajar como docente tenía muchos temores. Cuando trabajaba con niños, una de mis “escenas temidas” era el “descontrol” del grupo. Nos enseñaban a mantenerlos lo más callados y quietos posible, claro que eso se contradecía totalmente con las formas en que yo entendía que ellos podrían aprender. Así que de a poco, mientras me sentía más segura, fui abandonando la búsqueda del control y para ello comencé a recurrir al absurdo y al humor. Empecé a darme  cuenta de que los chicos disfrutaban mucho de ese registro y que como respuesta la dinámica de las actividades era organizada y hasta mucho más placentera para todos. No era necesario gritar, bastaba con recurrir a una imagen o frase graciosa para lograr la escucha.

Unos años después comencé a dar clases para adultos: profesionales que querían formarse como docentes y estudiantes de profesorado que comenzaban su carrera como futuros maestros. Y en ese contexto comprobé cuánto más difícil era trabajar utilizando el humor: los códigos de cada uno eran bien diferentes y se generaban lecturas a veces incluso contrapuestas con el sentido del humor que yo intentaba imprimir. Observando el poco efecto que tenía, me propuse regular la dosis de humor para que no se malinterpretara el sentido, pero al tiempo me dí cuenta que eso hacía mucho más rígidas las clases y por qué no también mi rol.

Así fue que comencé a pensar que el uso del humor en las clases debía ser más una construcción colectiva que una trabajo propio del docente. Si bien no resulta tarea fácil, crear un espacio para que podamos reírnos y disfrutar de una clase es quizás la clave.

Disfrutar una clase, sentir el placer en ella… ¿cómo hacemos para que docente y alumn@s logren esto tan difícil? Doy por sentado que no todas las clases pueden producir lo mismo, pero al menos generar las ganas de estar en ellas ya sería un logro fundamental.

He observado muchas veces cómo maestros y profesores toman el humor de sus alumn@s como agresión o burla, en vez de capitalizarlo y retormarlo para comprender su sentido. Un grupo que se ríe en una clase no resulta una afrenta a la enseñanza: por el contrario, muchas veces significa que encontraron el clima adecuado para expresarlo. ¿Por qué juzgarlo negativamente entonces?

Existe un mito bastante extendido acerca de la alta cuota de “seriedad” que requiere la enseñanza. La fórmula secreta pareciera ser “cuánto más seria la clase, más aprendizaje produce”. Y estoy convencida de que es exactamente contraria a la fórmula que deberíamos probar. Divertirse, contar una anécdota, traer ejemplos no es algo que se riña con la profundidad del aprendizaje.

En los último tiempos veo reflotar con nuevos bríos el discurso del “aprendizaje con esfuerzo” entendido como un aprendizaje que DEBE tener una alta cuota de sufrimiento para constituirse como tal. Las teorías cognitivas del aprendizaje, muchas ellas más cercanas a los principios neoconductistas, castigan fuertemente el reconocimiento de factores emocionales en el aprendizaje y los juzgan casi como “charlatanería”. El propio concepto de inteligencia emocional resulta la manera más amigable de “cognitivizar” aquello que encuentra una explicación más ligada a factores sociales que individuales. Imaginemos entonces a donde queda el placer y el humor dentro de estos discursos…

Una cuestión importante a tener en cuenta es que el humor en una clase genera en cierta manera una “pérdida de control” e incertidumbre por parte del docente: por eso también es difícil pensar en su implementación, cuando una de las principales fantasías vinculadas a las “buenas clases” están ligada al orden.

Suelo decir a los padres que me consultan por situaciones escolares que observen cuando tratan con un docente que carece de sentido del humor. Contrariamente a lo que suele considerarse -que los “buenos profesores” son los más serios- creo que aquellos que manejan el humor con respeto, que traen la diversión y la risa a las aulas (nunca humillando a otros) son quienes logran la mejor conexión con sus alumnos.  Sin embargo, los factores emocionales son vistos hoy como “un factor de segunda” en la enseñanza y dentro de ellos la alegría, la diversión y el humor son de los que peor “rankean”.

Finalmente, uno de los mayores obstáculos que encuentro últimamente a la puesta en escena del humor es que cuando trabajamos con adultos muchos lo han perdido. A lo largo de su biografía escolar han aprendido muy bien que se aprende con “sufrimiento” y con “seriedad” y que todo lo que salga de registro puede ser identificado con “perder el tiempo”. Así es como por ejemplo los propios estudiantes adultos presionan por la perpetuación de las clases conservadoras, tradicionales y carentes de humor: han aprendido bien la lección y no quieren revisar su historia.

Cuando formamos a futuros maestros, esto se vuelve aún más grave: si no toleran para ellos el humor en la enseñanza y el aprendizaje, ¿cómo pretender que luego lo consideren como parte de su tarea docente?

Fuente: http://pensarlaescuela.wordpress.com/2014/10/10/recuperar-el-humor-en-las-clases-el-placer-de-ensenar-y-de-aprender/

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