Echedey Medina: “La poesía es una válvula de escape y un martillo de lucha, esperanza y futuro”

Echedey Medina, antiguo alumno del IES Doramas es entrevistado.

El Síndrome de Möbius o Diplejía Facial Congénita, es una enfermedad rara que impide mostrar su sonrisa a Echedey Medina Déniz, un joven moyense de veinte años, amante de la literatura y la poesía. Sin embargo, al escucharle hablar con tanta pasión de los autores, poemas y lugares que le sirven de inspiración para sus primeras creaciones, uno sabe que Echedey está sonriendo. Y luchando contra el conformismo y la apatía social, con versos cargados de fuerza y optimismo que deja volar al mundo desde el barrio de Carretería. Con la ilusión de que algún día no muy lejano, cuando finalice los estudios de Filología Hispánica en la ULPGC, sus alumnos le reciten como él recita hoy a su admirado convecino, Tomás Morales. A quien, además, ha dedicado una oda con motivo del Día Mundial de la Poesía, que se celebra este 21 de marzo.

Aunque no muestre una sonrisa por fuera, la llevo en el alma y todo lo que hago lo intento hacer con alegría. Creo que todo el mundo debería ser así, tenga o no discapacidad, pues si todos los seres humanos fueran capaces de plasmar en un papel sus sentimientos, el mundo desde luego sería más divertido y mejor.

A la hora de escribir, no existe minusvalía ni barreras…

La escritura en particular y la creatividad en cualquiera de sus variantes artísticas, no tienen fronteras ni barreras. Incluso me atrevería a decir que mi discapacidad me ha ayudado a tener una mirada más sensible y concienzuda de la sociedad. Uno se va formando con lo que le ha tocado vivir y es quien es con todo lo que tiene. Y si no me hubiese tocado tener esta enfermedad, quizá hubiera sido una persona diferente.

Una manera ejemplar de afrontar la vida…

Immanuel Kant decía: “actúa de manera que tus actos sirvan de ejemplo universal”. Yo creo que todo el mundo puede ser un ejemplo para los demás. Ayudar y ser más solidarios en este mundo de celdas, donde cada vez nos encasillan más en jaulas y nos guían como un rebaño para que sigamos el camino. Me gustaría promover la iniciativa, personal y colectiva; el movimiento de las masas y el compromiso con la sociedad. Si nos dejamos arrastrar por la rutina, nos estamos dejando arrastrar por el tiempo. En el caso de la cultura, animo a que la gente comparta cualquier cosa que haga bien. Compartida gana más que si se guarda. Si se guarda, se pierde.

¿Qué te aporta a ti la literatura y, especialmente, la poesía?

Para mí, escribir es descargar al mundo los sentimientos que llevo dentro. La poesía es una válvula de escape y a la vez es un martillo de lucha, de esperanza y de futuro. La expresión más pura del sentimiento humano, del momento que estás viviendo. Sobre todo en estos tiempos de tanto terremoto físico y psicológico, de tanto bombardeo mediático y tanto ruido.

Desde luego resultan esperanzadoras tus palabras, tan joven…

Desde pequeño tenía inquietud por la literatura. Cuando uno tiene pasión por lo que hace y por este mundo tan enorme que es el universo literario, te vas adentrando y adentrando, y cuanto más te sumerges, más pasión te invade. La literatura es así, nunca se termina de aprender. Es cuestión de pasión por compartir las cosas con los demás, independientemente de que la persona tenga o no alguna circunstancia especial.

¿Cómo germinó en ti esta pasión?

Empecé desde muy niño, leyendo cómics de Mortadelo y Filemón o Asterix y Obelix. Con el tiempo fui descubriendo más autores; empecé a leer novela negra, de aventuras… Y hace unos años me adentré en la poesía con Antonio Machado, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rubén Darío y, por supuesto, Tomás Morales. Y también me animé a escribir. Me presenté hace unos años a un concurso de relatos.

Y qué tierra más fértil que la Villa de Moya, cuna de tantos artistas, para que floreciera…

El ambiente bucólico y campestre de Moya ayuda a la inspiración. Esas noches de lluvia, el viento, el agua corriendo por el barranco… Quien tiene inquietudes intelectuales ve fácilmente en este entorno un lugar de recreación y creatividad poética. Además, tenemos un poeta que ya le escribía al mar y a la naturaleza.

Un poeta ilustre a quien ahora otro poeta dedica una oda…

La Oda a Tomás Morales fue una ráfaga de inspiración y creatividad. Cuando me llegan esos chispazos, esa llama, no puedo hacer menos que sacarla. La poesía no es algo estático, no es una estatua que permanece quieta por siglos y siglos, sino que uno la va moldeando como un jarrón de barro, dándole forma. La buena poesía está siempre en movimiento, como los ríos.

En tu caso, ¿cuál es el proceso para darle forma a una obra poética o literaria?

No es tarea fácil. El proceso es largo y tiene sus fases. Antes de sentarme a escribir, suelo leer muchos poemas. Muchas veces no sale lo quieres o no estás lo suficientemente inspirado y tienes que borrar y empezar de nuevo. Sólo con lo que he borrado, podría haber escrito un libro completo (risas). Sin embargo, cuando estoy inspirado, la poesía es algo que se expulsa de dentro, sueltas en el papel todas las imágenes que tienes en la mente.

Muchos autores confiesan que escriben para ser leídos. ¿Te gustaría llegar a publicar?

Sí, claro. Me gustaría publicar algún libro de poemas o relatos, ya se verá… Vivir de la escritura es muy difícil, pero la pasión por escribir siempre se lleva. Es algo que no se puede negociar, siempre está detrás… Al menos me gustaría que fuera un complemento al trabajo que llegue a tener, por ejemplo, dar clases de Lengua y Literatura.

¿Qué tipo de poesía?

Escribo de todo un poco. A veces poesía sentimental, de amor, tristeza. Otras, poesía más reivindicativa o social, que me ayude a buscar el significado de la existencia humana. Depende del momento. Hay momentos que escribo para evadirme y escapar de la realidad y momentos en los que adquiero mayor conciencia social.

Son tiempos convulsos para lo uno y lo otro, pero a la vez fuente de inspiración…

Tristemente son tiempos ricos para esa poesía reivindicativa. En este sentido hay mucha inspiración pero, sobre todo, mucha indignación. Apena ver que en nuestro país se quiere destruir día a día la cultura y la educación, pilares básicos de toda sociedad y el arma para cambiar el mundo. Pero siempre hay gente despierta y con compromiso que manifiesta su queja.

Como tú…

Tenemos muchos ejemplos de poetas reivindicativos que pueden servir de maestros para nosotros, aprendices. La poesía es un arma cargada de futuro y la poesía social merece un hueco más que nunca. Aunque tenga que abrirse paso a golpes, en el sentido poético de la palabra.

Aquí quedaría bien, a modo de colofón, un verso de uno de ellos…

De Gabriel Celaya. “Porque vivimos a golpes, porque apenas nos dejan decir que somos quienes somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno”. Aunque la poesía de Neruda también es un canto a la vida y a la lucha. Un hito que ha trascendido más allá de las palabras y el tiempo. Los poetas latinoamericanos en general tienen ese toque mágico.

Oda a Tomás Morales (Echedey Medina)

Yo, en la garganta sonora degollada de mi pueblo, te invoco compañero del horno. Grito tu nombre con una flauta profética que sin soberbia ni diatriba me regaló tu pueblo. Y la canción desciende por los barrancos llorosos, se detiene a beber en acueductos; se alimenta de viejos balnearios donde la vida ociosa deparó en la tiniebla más sombría, como deparan las cascadas de fuego al final de nuestras vidas.

La flauta de tu pueblo llora tu ausencia, ¡que no es tuya sola! sino de la voz de los poetas. Tus versos huyeron exiliados del paredón del verbo, y se refugiaron en la Atlántida, el viejo templo cósmico que inundaba el conocimiento.

Y sin embargo, Tomás, esta soledad aunque en gargantas ajenas, es tan mía, tan musical y propia; que la llevo ardiendo en mi piel a tal punto que me ha devorado un brazo. ¡Ah, pero me queda el otro!, me quedan cinco dedos, una lengua y dos ojos verdes, boscosos. Estos ojos lloran y explotan en la tranquilidad del desespero, dejan volar las gotas prisioneras y las deja escurrirse por los deshuesados techos.

En tardes como esta, de domingo ceremonial, me adentro en el espíritu de tu selva, en el pulmón de las ramas del laurel. Las ramas de los tilos estallantes, jubilosos, que algunas mañanas gimen ante las nubes, me lloran por tu crucifixión, me lloran por tu silencio de pelo ondulado y corbata roída. En mi consuelo, les hablo de la ola, les cuento del amor de la espuma que se apodera en la roca. De su poema de muros cayendo, de la violencia hambrienta de las manos azules… Quién sabe, quizás también te llaman.

Tus calles tan estatuarias en las noches de enero; levantan el cuerpo y escupen todo lo encadenado. Devuelven las piedras, los pasos y bastones, las botellas, los caballos y los infernales motores. Todas tus gentes llenas de amor y de brillo, parecen en cambio haber silenciado tu nombre. O quizás conjurados con las cenizas y con el polvo, te guardaron con amor maternal de loba que protege, pasando por tu casa, esa caracola cósmica de olor antiguo, (el verdadero santuario) sin enterrar el paso de las raíces de la sangre, sin santiguar tu matrimonio cultural.

Con una mirada de fusil o de miedo. Pero yo y algunos más, cincuenta, cienes, miles de voces dormidas en una garganta te gritamos, damos golpes a los árboles, sacudimos los cencerros en la letra de tu costa. También una carcomida letanía solloza en una barca de corales, un caballero de praderas redondas rema en el cuchillo una vieja canción, que reposa inyectada en tu templo elevado en el papel bordado de un ancestral nombre de ciudad fortificada: Villa de Moya.

Extraído de la página Web del Ayuntamiento de Moya. Publicado el 21 de marzo de 2015.