MÚSICA Y PALABRAS. VIOLENCIA DE GÉNERO

Nueva sesión de Música y Palabras con motivo de la celebración delo día Mundial contra la Violencia de Género a cargo del Departamento de Música y de Lengua.

IMÁGENES DE LA ACTIVIDAD

En el IES Guanarteme apostamos por concienciar a nuestro alumnado de la lacra que supone la desigualdad de géneros. Al mismo tiempo trabajamos para fomentar la expresión escrita. Aquí le dejamos los relatos ganadores del concurso en contra de la violencia de género.

El relato ganador:

SILENCIO

La brisa otoñal y pacífica inunda la habitación.

Las ventanas están abiertas de par en par.

Los pájaros silvestres cantan melodías perfectamente enarmonizadas.

Y Sofía se encuentra mirando el cielo amanecido desde el jardín.

Lucía hermosa e inmaculada.

Portaba un vestido blanco impoluto de fina seda junto a un collar minúsculo de puro diamante.

Sus facciones se encontraban relajadas y no tan tensas como hacía unas horas.

Atado a su dedo un anillo. Pero no uno cualquiera.

Era uno de compromiso. Un signo de unión, que se convertiría más tarde en una terrible maldición que la convertiría en lo que es ahora: una cosa tirada en el suelo.

Florecían rosas rojas de su cuerpo, como si de un manantial se tratara.

Su respiración no se apreciaba y su corazón había dejado de latir por su amor.

¡Cuánto amor, que ha podido arrebatar más que el corazón de la joven!

Esos ojos azul intenso cargados de tristeza por fin miraban hacia arriba y no hacia el cielo.

Supongo que Sofía no pudo evitar soltar una pequeña y despreocupada sonrisa al ver tal

paisaje celeste y hermoso.

O quizás era porque sabía que todo lo malo había terminado.

IRENE WEN LÓPEZ 4º C

Ella

Vivía en una de las casas cercanas al río y las sábanas se le pegaban al cuerpo cada mañana, quizá porque en sus sueños todo era mucho mejor.

De pronto, se oían unos gritos que venían de la cocina. Luego golpes. Se lavaba con agua fría, se miraba su cara color uva en el espejo. Además, no se ponía rímel porque sus ojos ya lucían demasiado cansados. Bajaba las escaleras y el desayuno no era especialmente apetitoso, ración doble de insultos amargos que de vez en cuando terminaban con un toque dulce de “no lo decía en serio, mujer” o “es que te lo tomas todo muy a pecho”. Después de eso volvía a subir las escaleras en silencio, a pesar de la tormenta de pensamientos que invadían su mente, tratando de tener sentido, pero en vano. Se preguntaba cuánto más tendría que subir y por qué, cada día más, aquella escalera le resultaba interminable.

Se tumbaba en la cama, ¿volvía a bajar? ¿O mejor se quedaba quieta donde estaba? Minutos más tarde se oía otro golpe, el de la puerta al cerrarse. Al fin se había marchado.

Ella se asomaba por la ventana antes de atreverse. Atreverse a quitarse aquel camisón y ponerse unos pantalones cortos. A soltarse el pelo y a hacer sonar “Toxic” de Britney Spears a todo volumen. Sin embargo, los momentos de felicidad no duraron todo lo que le hubiera gustado. Apenas unas horas más tarde la puerta volvía a abrirse y, con ella, los gritos, los golpes y los insultos. Para ella, a las seis de la tarde el cielo lo cubría ya un manto y, lo peor de todo, es que nunca sabía cuándo volvería a amanecer.

Y así pasaron los meses, un tachón más en el calendario, una herida más en su cuerpo. Consolándose con sus ratitos de música y de llorar. Sus lágrimas húmedas deslizándose por la mejilla, sus manos rotas de tanto esconderse y su corazón a punto de reventar.

Pero un día, todo cambió. Ella se había cansado. Ya no encontraba consuelo en la música y sus lágrimas se habían secado. Tan sólo le quedaba una costra en el costado pidiendo a gritos cicatrizarse.

Y se marchó, no muy lejos. Tan sólo caminó hasta la orilla del río. Pero fue suficiente. Para respirar el aire húmedo, para que el aire frío azotara su piel y, por fin, después de mucho tiempo, sentirse libre.

María Maeso Domínguez del Río

IES Guanarteme 1º F

Noviembre de 2018

 

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