Filomena

   Filomena era una niña que tenía tanta imaginación que cuando explicaba alguna cosa, la gente mayor no la entendía porque hablaba de manera diferente y todos se hacían un verdadero lío al oírla.

   Cuando Filomena se ponía a hablar, todos acababan diciendo lo mismo:

¡Ay, Filomena, Filomena!

   Pero ella no les hacía ni caso, puesto que su lenguaje era secreto y solo se lo había enseñado a los otros niños, y así toda la pandilla acabó hablando como Filomena.

   Todo empezó un buen día en que Filomena se puso a pensar mucho y, pensando, pensando, se le iba poniendo la cara de sabia, y entonces dijo:

El lenguaje que han inventado los mayores me aburre y me fastidia. Nos hacen aprender nombres y más nombres como si fuésemos papagayos: el libro es un libro, la silla es una silla…

   Ya estoy cansada de repetir siempre lo mismo y quiero inventar un nuevo lenguaje para que todo sea más divertido.

   Y así, un día que estaba en la clase de matemáticas quiso probar el invento y cuando el maestro le preguntó:

Dime, Filomena, ¿cuántas son diez más doce?

   Filomena, de forma muy extraña y sin pensarlo dos veces, le soltó:

Culo y cola. (Al número veintidós ahora le llamarían «culo y cola»).

   Los niños de su clase se partían de risa. Pero el maestro se puso hecho una fiera.

Filomena —le gritó—, ¿por qué has contestado eso de «culo y cola»?

   Filomena, con cara de inocente, explicó:

Pues porque he estirado la cabeza de los camellos. («Estirar» quería decir cambiar, «cabeza» quería decir nombre y «camello» quería decir número.)

   Pero el maestro creyó que Filomena estaba riéndose de él, y no era así, la verdad sea dicha.

   Aquel mismo día escribió un texto de tema libre que escandalizó al maestro:

   «Ayer, al anochecer, abrí la ventana de mi mejilla y penetró una silla de todos los colores que le costaba un poco volar. Tenía un ala medio rota, pobrecita, y la puse dentro de una bañera llena de algodón».

   («Mejilla» quería decir habitación, «silla» quería decir mariposa, y «bañera» quería decir caja.)

   Cuando Filomena llegó a su casa, dijo a su madre:

¡Hola, carpeta! Tengo mucha hambre. ¿Qué podría cantar?

   Su madre la miró de reojo tres o cuatro veces y no sabía qué responder.

Y lápiz, ¿no ha llegado todavía?

¿Qué lápiz y que historias son esas, nena? —le contestó su madre.

Ya sé —dijo Filomena como si tal cosa—, cantaré pan y chocolate y después dormiré un rato.

¿Qué dices de dormir ahora? ¿Te has vuelto loca? Lo que tendrías que hacer es lavarte las manos, comer algo y ponerte a estudiar.

   Aquella misma tarde, los compañeros de Filomena hablaron de forma parecida a sus respectivas familias, y unos se lo tomaron mejor que otros.

   Al final, todos los niños hablaban un lenguaje diferente al de los adultos.

   De ahí viene que, en aquella ciudad, los pequeños y los mayores no se entiendan nada.

MIQUEL OBIOLS, de ¡Ay, Filomena, Filomena! (adaptación).

¿Qué crees que podemos aprender de esta historia?

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