Águeda

   La muchacha se llamaba Águeda y tenía otras dos hermanas.

   La madre era la dueña absoluta de la casa, y con ella compartía su dominio Luisa, la hermana mayor.

   Águeda sufría y se resignaba. No entraba nunca en las combinaciones de sus dos hermanas para las fiestas y los teatros. Las dos mayores, con su madre, iban, en cambio, a todas partes.

   Águeda tenía esa timidez que dan los defectos físicos cuando el alma no está llena de rebeldías. Se había acostumbrado a decir que no a todo lo que trascendiera a diversión.

   -¿Quieras venir al teatro? -le decían con cariño, pero deseando que dijera que no.

   Y ella, que lo comprendía, contestaba, sonriendo:

   -Otra noche.

   La familia tenía muchas relaciones, y se pasaban los días, la madre y las dos hijas mayores, haciendo visitas, mientras la pequeña disponía lo que había que hacer en casa.

   Entre los amigos de la familia había un abogado joven, de algún talento. Como era más amable o menos superficial que los otros, le gustaba hablar con Águeda, que cuando le daban confianza se mostraba tal como era: llena de ingenuidad y de gracia.

   El abogado no advertía que la muchacha ponía toda su alma cuando le escuchaba; para él era un entretenimiento hablar con ella.

   Águeda estaba más alegre, solía cantar por las mañanas, y se adornaba con más coquetería.

   Una noche, el abogado le preguntó a Águeda, sonriendo, si le gustaría que él formase parte de su familia. Águeda, al oírlo, se puso nerviosa.

   -He pedido a tus papás la mano de Luisa -dijo el abogado.

   Águeda se puso muy pálida y no contestó.

   Se encerró en su cuarto y pasó la noche llorando.

PÍO BAROJA, de Águeda (adaptación).

¿Qué harías si fueras Águeda?

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