El ojo de la anciana

   Mi padre llegó a Auburn una noche, hambriento y agotado, y se alojó en casa de una anciana que alquilaba habitaciones. La mujer le dio de comer y una cama donde reposar. Mi padre agradeció sus servicios a la anciana y, a cambio, le ofreció ayudarla en lo que pudiera necesitar.

   Pues bien, casualmente la anciana tenía un solo ojo. El otro, que era de cristal, se lo quitaba de noche y lo metía en una taza de agua colocada en la mesilla de noche.

   Y, casualmente, unos días antes de la llegada de mi padre, unos chavales se habían colado en casa de la anciana y le habían robado el ojo; por eso la mujer le dijo a mi padre que le quedaría muy agradecida si encontraba su ojo y se lo devolvía.

   Mi padre consiguió averiguar quiénes habían robado el ojo. Poco a poco, fue ganándose su confianza y formar parte de la pandilla.

   Habían acordado que cada noche uno de ellos se encargaría de guardar el ojo, al que atribuían poderes mágicos. Cuando llegó el turno de mi padre, les dijo a sus nuevos amigos que, para mantener a salvo el secreto, les devolvería el ojo al día siguiente en un granero a las afueras del pueblo.

¿Has traído el ojo? —le preguntaron al día siguiente.

Sí —respondió mi padre—. El ojo está aquí.

   Mostró una cajita que llevaba en la mano.

Dánosla entonces —dijeron.

   Mi padre les entregó la caja y se agolparon a su alrededor para verla bien; el jefe la abrió.

   La contemplaron durante largo rato y, al cabo, todos se volvieron hacia mi padre.

No está aquí. ¡El ojo no está aquí! —chilló el jefe.

   Todos a una se abalanzaron sobre él, pero mi padre levantó la mano y dijo:

Os he dicho que el ojo estaba aquí. No he dicho que estuviera en la caja.

   Los seis chicos se pararon en seco.

¡Dánoslo! —Dijo el jefe—. ¡No tienes derecho! El ojo nos pertenece.

¿Cónque sí, eh?

   Fue entonces cuando la puerta emitió un leve chirrido al abrirse; todos se volvieron a mirar mientras la anciana, con el ojo recién recuperado, se dirigía hacia ellos. Los seis la miraron fijamente, desconcertados.

Aquí tenéis el ojo. Os dije que estaba aquí —dijo mi padre.

   Y cuando la anciana se acercó más comprobaron que así era en efecto; el ojo no estaba en la caja, pero sí en el sitio que le correspondía en la cabeza de la anciana.

   Y aunque habrían querido correr, no podían. Y aunque habrían querido volverse de espaldas, no podían, y mientras ella los miraba uno a uno, todos observaban a su vez el ojo de la anciana, atentamente, y se dice que en el fondo del ojo cada uno de ellos vio su futuro.

   Uno pegó un alarido al ver lo que allí vio, otro se echó a llorar, pero otro simplemente lo escudriñó, atónito, y luego alzó la vista hacia mi padre y lo miró como si supiera de él algo que antes no sabía.

   Cuando la anciana al fin terminó de mirarlos a todos, los chicos se precipitaron fuera del granero hacia la luminosa mañana.

DANIEL WALLACE, de Big Fish (adaptación).

¿Mirarías en el ojo de la anciana? ¿Por qué?

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