El estruendo del recuerdo

Pasaban los segundos y el armario se encogía. Amarrado a mis piernas luchaba por reprimir la angustia que me desgarraba el cuerpo. El pánico me asfixiaba, anulaba mi capacidad de eludir el flamante recuerdo de mi padre enloquecido, el fragor de los navajazos, su feroz aliento a alcohol y sus sucias manos ahogadas en sangre. Supe entonces que era preferible sucumbir ante el enemigo. No podía condenarme a rememorar
perpetuamente la escena de mi hermano desplomado sobre el quebrado abrazo de mi madre. Nunca podría resurgir de las ruinas de mi pasado. Abrí la puerta y sentí el peso de su mirada. Solo quería volver a casa.

Lucía Rubio Marcos. 2º de Bachillerato D.

GANADORA DE BACHILLERATO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR.

Los cuadros

Me había pasado todo el día en el bosque, recogiendo esas flores que tanto me gustaban. Sin darme cuenta, ya había oscurecido y las primeras gotas de lluvia empezaban a caer. Estaba muy lejos de casa, así que empecé a andar buscando algún lugar en el que pasar la noche. No pasó mucho hasta que divisé una pequeña cabaña. Me adentré en ella pensando que ya le explicaría a sus dueños por qué entré.

Me sorprendió ver que todas las habitaciones estaban vacías, excepto por unos horribles cuadros colgados en las paredes, criaturas deformes con una perturbadora mirada que parecían salidas de una pesadilla. Mirarlas me hacía sentir incómodo, así que me acomodé en un rincón y me quedé dormido.

A la mañana siguiente la luz del sol me despertó. Miré a mi alrededor extrañado para darme cuenta de que aquella extraña cabaña no tenía ningún cuadro, todo…. eran ventanas.

Bruno Menotti Sorrento. 4º de ESO B.

GANADOR DE LA ESO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR

Todo por el arte

La noche en la que el escritor tomó papel y pluma, la tenebrosa oscuridad había dejado las calles en soledad. La noche en la que el escritor terminaba su obra, aun sin quererlo, el sueño caprichoso se apoderó de él.

Despierta en la madrugada. Ha encontrado su final. El joven, para poder encontrar la respuesta, mata a su amada. El escritor suelta al fin la pluma, se tumba en el lecho y, antes de retomar el sueño, susurró: “siempre me ayudas cuando lo necesito”.

La noche en la que el escritor terminó su obra, feliz con el resultado, se tumbó junto al cuerpo sin vida de su esposa.

Azahara Sosa Lorenzo. 2º bachillerato D.

FINALISTA DE BACHILLERATO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR

El precio de la ilusoria libertad

La noche había caído horas atrás. El tráfico descendía drásticamente y, a pesar de la maldad silenciosa que caminaba y reía por las calles, la mayoría de los ciudadanos no la percibía.
Dos siluetas caminaban por una solitaria callejuela, directos a un almacén abandonado. Ambos miraban constantemente en todas direcciones para asegurarse de que no eran perseguidos. Nerviosos e inquietos, como si Dios los mirase para condenarlos al infierno, entraron al almacén sin hacer ruido. Caminaron hacia el interior, todavía con la impresión de que iban a descubrirlos.
No lo hicieron.
Por ello, suspiraron con una emoción de angustioso alivio. Uno de ellos sacó el móvil y lo dejó encima de un trozo de viga, encendió la linterna y el rostro de ambos quedó iluminado.
–Hoy tampoco ha pasado nada –susurró el chico de piel oscura y ojos negros, con un centelleo de impaciencia en la mirada. Sus labios esbozaron una sonrisa al ver que su acompañante no respondía.
–No hables muy alto; a veces, el destino tiene por capricho tocarte los cojones –contestó el chico de piel clara y ojos castaños, con un semblante endurecido. Él tenía la sensación de que esa noche era una de las últimas.
–Claro –dijo el chico moreno, y atrajo a su pareja hacia sus brazos, rodeándolo con ellos. El otro alivió su expresión malhumorada, de preocupación, de miedo… de un miedo ordinario y peligroso.
–Está todo bien, Oliver –habló de nuevo para tranquilizarlo. Oliver asintió, todavía turbado. El otro muchacho lo estrechó más y buscó su boca para compensar el sufrimiento que pasaban a diario y que, probablemente, seguirían sintiendo hasta… ¿que Dios los separase? O mejor dicho, el prójimo lo hiciese.
Los dos chicos se besaron con ansias infinitas, con la incertidumbre de si aquel día tendría un traumático final, o en cambio, escaparían por los pelos otra vez.
Sin embargo, en medio de sus gestos cariñosos y de amor, el ruido de varios intrusos interrumpió el momento. Oliver, con la cara cenicienta, corrió a apagar el móvil y lo introdujo en su bolsillo. Cogió de la mano a su acompañante y trataron de escapar de allí…

Calles más abajo, al mismo tiempo, una muchacha caminaba zozobrando las últimas dos manzanas que la separaban de su casa. Miraba su reloj cada dos minutos para controlar el tiempo y tratar de aumentar la velocidad de sus piernas caladas por el frío.
Maldecía una y otra vez por haberse dejado llevar en el café, riendo y bromeando con otra chica que era muy maja… A pesar de que aquel rato fue… maravilloso, llegar a casa en un barrio tan conflictivo, sola y sin ningún tipo de seguridad, era bastante semejante a pasar corriendo por delante de un tiroteo y esperar a que, estadísticamente, no le tocara el tiro a ella.
Las manos le temblaban, la sola idea de que sus zapatos hicieran demasiado ruido al caminar la perturbaba aún más. En consecuencia, miraba constantemente de atrás para delante, movía la cabeza con desesperación en todas direcciones buscando al próximo agresor.
Una miríada de ideas paranoicas y espeluznantes cruzaron su inestable cabeza a causa del terror que ya no la dejaba pensar.
Condujo la mayor parte del trecho con la impresión de que pronto tendría que salir corriendo mientras gritaba “auxilio”, sin saber en qué momento debía disparar la alarma. Puede que el pánico la llevara a reaccionar por contacto y no por una puesta en escena real.
Suspiró de alivio cuando a unos cincuenta metros vio su casa y, por un instante, el peso de todos esos perturbadores sentimientos cayeron al suelo; aun así, no duró demasiado.
Un coche pasó por el lado de ella y eso la devolvió a la realidad. De pronto, una mano la sujetó por detrás, tapándole la boca. El grito de auxilio quedó atorado en su garganta, escuchándose únicamente su gruñido de miedo sorpresivo. La muchacha se debatió agresiva y salvajemente de su agresor, quien se reía en voz baja, disfrutando del retorcido espectáculo. Pese al constante forcejeo, no le sirvió para mucho contra aquel cuerpo de acero que la doblegaba y arrastraba hacia un callejón oscuro y maloliente. Allí, la arrojó contra la pared y salió despedida a gran velocidad, por lo que el impacto del golpe que recibió en la frente la aturdió por momentos. Un dolor punzante le recorría la frente y parte del cráneo, aunque ya no sabía ubicar exactamente dónde le dolía más. Algo húmedo empañó sus pestañas, por lo que llevó la mano hacia su frente sangrante. Un gimoteo salió de entre sus labios al sentir un calambre aflictivo como respuesta a la agresión sufrida. Quedó de rodillas sobre el frío arcén al mismo tiempo que el pánico se comía toda su cordura, como iban a comérsela a ella.
–Pero… ¿por qué yo? –pensó, mirando con lágrimas en los ojos al hombre que ahora la atizaba de nuevo para someterla.
–Podría haber sido cualquiera… –se dijo a sí misma, conmocionada mientras escupía sangre. El dolor se extendió por todo su rostro. No opuso más resistencia por si esto le brindaba la posibilidad de salir con vida. Y entre sus egoístas y lastimosos pensamientos de supervivencia, el depravado la desvestía, escuchándose sus jadeos de vil excitación.

Al otro lado de la ciudad, un hombre recorría las calles en bicicleta. Recién había salido de trabajar de la fábrica, y trataba de tomar los atajos más transitados para no sufrir una repentina emboscada. Estaba acostumbrado a esa clase de cosas. Tras veinte años de integración en un país del primer mundo, la gente lo miraba con ojos monstruosos y asesinos. Nadie había perdido esa impresión destructiva que se tenía de los que vienen de fuera. Incluso si se pusiese a decir cuatro verdades, eso no cambiaría el pensamiento retorcido y maximalista que se pudiera conocer.
El hombre, reconfortado por llegar sano a casa una vez más, abrió la puerta de su casa y su mujer pasaba por delante con un bol de fideos en la mano. Él entró con cierto apuro y cerró la puerta tras de sí.
–¿Cariño? –preguntó ella nerviosa. El hombre supuso que algo no iba bien cuando ella ponía ese tono de voz. La inquietud lo perturbó tanto que corrió a zancadas hacia la cocina al tiempo que decía:
–Soy yo, mi amor, ¿qué sucede?
Entonces, la mujer de piel color chocolate, cabellera castaña y ojos verdes se dio la vuelta y el lienzo morado que salpicaba su cara impactó tanto al marido, que lo enmudeció. Recorrió con la mirada los moratones que destrozaban el rostro de su amada y un sentimiento de desesperada impotencia tensó sus músculos. La expresión de él se desencajó y solo pudo decir tartamudeando:
–Lewa, ¿qué te ha pasado? ¿Quién te hizo eso?
–Nadie, está bien, cielo –mintió ella con una pequeña sonrisa que más bien parecía una mueca ahogada.
–¿Estás bien? ¿Te han herido en otra parte? ¿Dónde ha sido? –siguió preguntando al mismo tiempo que sacaba el viejo móvil de su bolsillo. Antes de contestar, la mujer se sobresaltó y gritó:
–¡¿Qué haces?! ¡¿Pretendes que nos acribillen de nuevo?!
El hombre se sintió noqueado por sus palabras. ¿Cómo no iba a llamar a la policía? ¿Dejarlo así? ¿Quién no les decía que volvería a suceder…?
–Lewa…
–¡Somos negros! –chilló de pronto pillando a su marido por sorpresa, quien, obviamente, no recordaba en todo momento cuántos problemas absurdos les regalaba su color de piel–. ¡Nadie cree a los negros!
–Esta vez no se trata de mí, sino de ti –contestó él, bloqueado. Indefenso y desprotegido, no supo cómo solucionar lo que estaba pasando… La persona que amaba estaba…
El hombre, ligeramente mareado, puso la mano en su cabeza, metiendo el móvil de nuevo en el bolsillo para que su esposa se tranquilizara. Ella suspiró, aunque acabó transformándose en un gruñido de desasosiego.
–Estamos en 2019…
–¡Como si estamos en la prehistoria! ¿Sabes lo que ocurrió las últimas veces? ¡Si casi nos meten a nosotros en prisión! -histérica y al borde de las lágrimas, movió las manos de forma nerviosa. Tenía muchas cosas que decir, no había manera de explicar aquel tormento de horas atrás y, por mucho que lo intentase, su boca se cerraba y bloqueaba todas las emociones que la tenían al borde del suicidio-. Olvídalo, vamos a comer -logró decir tras un vano intento de recuperar el control.
–Marcus… –le suplicó Lewa; y él asintió, se quitó la chaqueta y silenciosamente, se sentaron a cenar.
En la mesa, Lewa susurró una disculpa. Sin embargo, Marcus contestó con voz apagada:
–No quiero acostumbrarme a la idea de que es posible que un día no estés.
Lewa alzó la cabeza y luego desvió la mirada.
–Tengo asumido que no sobreviviré todo el tiempo que querría –Marcus movió las piernas de manera intranquila, tratando de grabar cada parte de su cuerpo mientras tenía la oportunidad–. Pero no es lo que verdaderamente me importa… Pensar en qué pasaría si… yo no estuviese aquí…, pensar en cómo te sentirías… No me hago una idea…
Marcus no contestó al instante.
–¿Y si muero yo antes? ¿Qué harías tú?
Lewa abrió los ojos. Un tenso silencio recorrió la sala.
–No lo sé –contestó esbozando una pequeña sonrisa de disculpa–. No lo había pensado.
Marcus rio de pronto contagiando a su pareja. Luego, se bajaron del taburete para darse un cálido abrazo…
Pero la paz se vio arruinada por un número desconocido que llamó a la familia…

03:06
Comisaría del condado.
Un aura retorcida y pesada erraba de un lado a otro. Daba la impresión de que allí dentro caminasen demonios caníbales de sentimientos oscuros y sádicos, que quisiesen alimentarse de la agonía de sus víctimas.
El policía, con un semblante neutro e impaciente, tomaba declaración a Oliver, quien no era capaz de decir cosas en un orden coherente.
Oliver todavía sentía los nudillos de sus agresores en diferentes partes del cuerpo, la punta de los zapatos contra las costillas y peor aún, la visión de cómo cogían a su… y…
El muchacho puso las manos en su cabeza abriendo los ojos con desquicio y comenzó a gritar. Se agitó y convulsionó de tal manera que tuvieron que venir varios agentes para sostener a Oliver, quien continuaba pataleando, tratando de golpearse la frente contra cualquier cosa para no despertarse nunca más.
Sangre salpicando el arcén, carne bajo sus uñas, saliva en su ropa, suspiros de agonías en el silencio de la noche, acusaciones religiosas…
Tenía la impresión de que aquello era su culpa… si no hubiera…
–¡Es culpa mía! –rugió fuera de sí siendo sostenido por los guardias. Un nombre escapó de entre sus labios, sobresaltando nuevamente a parte del personal.
Al otro lado de la comisaria, la muchacha de aspecto dantesco oía vagamente los chillidos de un muchacho que no parecía estar bien de la cabeza… Su lamento era un melodrama sarcástico que terminaba en un silbido irreconocible. El ruido que emanaba el ambiente se perdía entre la confusión de la joven conmocionada.
Tenía la cara destrozada, cardenales por todo el cuerpo y una mancha de sangre en el pantalón blanco. Desgreñada, sollozó inconscientemente, oliendo la manta vieja que los policías le habían prestado. Sostenía entre las manos una pequeña taza de chocolate.
Aun así, sentía como si una vara la hubiese atravesado el coxis y le estuviese saliendo por la boca. Su estómago no estaba muy bien tras soportar una marea negra de emociones intensas, y menos aún todo lo que le hicieron…
–Iba a morir… –dijo con los ojos entornados–. ¿Estoy muerta…? Solo siento vacío y mucho, mucho… dolor –se dijo a sí misma, poniendo los ojos en blanco.
–Si tan solo no hubiese… salido… –su pensamiento se desvaneció mientras la taza resbalaba entre sus manos. El cuerpo de la joven se desplomó sobre el asiento, incapaz de continuar soportando la atrocidad que estaba grabada en su cuerpo y mente.
Mientras tanto, los enfermeros ingresaron a Oliver y llevaron al hospital a la otra muchacha.
Lewa y Marcus identificaron a la última víctima: su hijo Klaus, de dieciocho años…

Meses después, Oliver se suicidó tirándose de un décimo piso tras su destrucción mental y la presión que recibía de su entorno, hostil, agresiva, hiriente y satírica. Nadie pudo saber qué terminó con sus ganas de vivir, pero su “condición” como humano había sido desvalorizada por “creencias” que condenaban la libertad y el derecho de amor.

Laura, ese era su nombre, aunque el mundo solo la llamaba como “la víctima de una violación”, se quedó embarazada y tuvo el bebé por obligación, pues la ley no apoyaba su decisión de aborto. Semanas después también decidió quitarse la vida gracias a una sobredosis de ansiolíticos mezclada con alcohol, dejando a un hijo huérfano y una pregunta sin respuesta: ¿Qué le iban a decir a ese niño cuando preguntara por sus padres?

Lewa y Marcus no soportaron la pérdida de su único hijo. Ambos peleaban y se echaban la culpa mutuamente de la muerte de Klaus, y tomaron caminos distintos cargando con la culpa y la desesperación que la pérdida les había impuesto.
Era una deuda.
Una deuda con la vida.

Y tú, ¿qué derecho real como humano crees que tienes?

Sara Real León. Bachillerato Nocturno.

Escrito con motivo de la celebración del Día de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre de 2019

No mires ahí

Llegué a casa cansado tras un largo día de trabajo, listo para disfrutar de una relajante noche en soledad. A oscuras alcancé el interruptor de la luz,pero ya había otra mano sobre él.

Lo último que vi fue mi reloj marcando las 11:05 de la noche, mientras algo me rozaba el cuello con su mano y utilizaba la otra para callar mis gritos. Tras apuñalarme, el asesino escapó y yo me arrastré hasta el teléfono para pedir ayuda.

Empapado en sudor, desperté de mi pesadilla mientras el teléfono sonaba incesantemente. Lo descolgué y me oí a mí mismo jadear pidiendo auxilio hasta la muerte. El reloj marcaba las 11:04 cuando la puerta de mi armario comenzó a abrirse.

Sentí una punzada de terror, mis pupilas se dilataron y mis músculos se tensaron, listos para que pudiera salir huyendo. Pero el miedo, a veces, corre más que tú.

Zaira Reyes Herrera. 4ª ESO D.

FINALISTA DE LA ESO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR

¡Nosotras también podemos!

Érase una vez una niña llamada Diana. Tenía doce años y vivía junto con su familia en Panamá.

Diana quería jugar al fútbol porque le gustaba y además se le daba bien, pero había un impedimento: como en Panamá las niñas no tenían el mismo derecho que los niños, pues a ella no la dejaban jugar. Diana, que nunca se rendía, seguía intentándolo e insistía para poder tener el mismo derecho que los niños y así poder jugar al fútbol.

Un día, Diana quiso entrar en el equipo del colegio, pero para desgracia de Diana, la rechazaron y el entrenador del equipo se lo dijo muy claro:

-Las niñas no pueden jugar al fútbol.

Diana se llevó tal disgusto que no pudo decir nada y simplemente se fue.

A los pocos días, Diana seguía pensando en por qué las niñas no podían jugar al fútbol y en que a ella no le parecía bien, pero en su país era de esa manera y ella difícilmente podía hacer algo para cambiarlo.

El padre de Diana la apoyaba y decía que ella, si quería, podría jugar sin ninguna barrera, y que así podría también luchar por los derechos de la mujer.

Al cabo de un año, Diana escuchó en las noticias que en España las mujeres tenían una liga y que se le daba tanta importancia como a la liga de los hombres. Después de escuchar esa noticia, Diana se sobresaltó y grito de alegría:

-¡Qué bien! Si en España se ha cambiado la forma de pensar de la gente, aquí también puede cambiar.

Diana, con el apoyo de esa noticia, se reunió con todas las niñas y mujeres del barrio a las que les gustaba el fútbol y les dijo:

-Yo propongo manifestarnos y decir que nosotras también podemos jugar.

Y así se hizo. Al día siguiente de la reunión, todas la mujeres y niñas del barrio se manifestaron y este era su grito:

-¡Nosotras también podemos!

Durante ocho años se estuvo intentando cambiar las barreras que no dejaban jugar a las mujeres y niñas. Cuando al final se cambiaron las normas y las niñas y mujeres ya podían jugar, Diana no dudó en apuntarse e intentar llegar a ser una jugadora profesional.

A día de hoy, Diana es la mejor jugadora de todo Panamá.

Javier Patrocinio Vázquez. 1º ESO C.

El pintor de las almas

Hace unos mil años, un niño que perdió a su familia en una guerra originada por un pueblo que se enfrentó por estar en contra de su rey, fue rescatado por una señora anciana de quien campesinos del poblado creían que era una bruja con poderes de vida eterna.

Tras algunos años de convivencia en casa de la señora, se fijó en unos cuadros que había en la planta más baja de la casa. Eran de una procedencia que él desconocía, pero al fijarse en una marca que le resultó muy familiar y que todas aquellas pinturas tenían, quiso saber más. Sin pensarlo dos veces, le cuestionó a la señora sobre quién o quiénes pintaron aquellos retratos. Ella le dijo que no lo sabía, que eran unos cuadros que ya estaban en la casa mucho antes de que ella la adquiriera, así que no le dio nada de importancia.

El día que la anciana falleció por un golpe fuerte en la cabeza, ese niño recordó lo que era perder a las personas que más le importaban: el dolor y la rabia que producen ganas de llorar. Pero él era un chico muy fuerte, así que, un día por la mañana, decidió ponerse a investigar sobre los cuadros, ya que la intriga cada vez era mucho más fuerte.

Salió de la casa y, con los cuadros en una alforja que puso sobre el burro de la anciana, cabalgó hacia el horizonte a ver si descubría de qué le sonaban esas extrañas marcas de las pinturas.

Tras una noche de búsqueda, encontró a un soldado que parecía herido. Lo habían dejado atrás porque los demás soldados pensaron que no sobreviviría y que no les serviría para la siguiente batalla. El chaval se sintió mal por él, así que con un trapo que tenía para limpiarse, lo utilizó para taparle los cortes de los sables de los rebeldes.

–Muchísimas gracias, niño; eres muy amable. Lo tendré en cuenta toda la vida -le dijo el soldado entrecortando las palabras que parecía que le costaba pronunciar.

El niño le ofreció subirse en el asno y el caballero aceptó dándole las gracias por segunda vez. Después de unas horas de camino, encontraron al grupo de soldados que se estaba preparando para el siguiente asalto de los rebeldes. A cambio de ofrecerle su ayuda, el niño le preguntó al soldado herido si conocía qué podrían ser esas marcas en las pinturas y el soldado le respondió muy rápidamente:

–Esas marcas fueron utilizadas por los mejores pintores del rey.

–¡Oh!, muchas gracias -exclamó el niño tomando camino hacia el palacio del rey.

Al llegar al palacio, los defensores del rey le prohibieron el paso, pero el niño, astuto, les enseñó el símbolo e inmediatamente los dos caballeros con lanzas le permitieron entrar. Se dirigió hacia el trono del rey.

–¿Qué haces aquí, niño, te has perdido? –preguntó el imponente rey.

Mientras el niño pensaba una respuesta convincente, sacó de la alforja uno de los tres cuadros y le contestó firmemente:

–Mi rey, ¿podría contestarme por qué me encontré estos cuadros en mi casa?

El rey asombrado le dijo.

–Estas pinturas son de un viejo amigo, un gran pintor que trabajaba para mi. Él murió en esta maldita guerra hace unos cuantos años.

El niño, decepcionado, pues esperaba algo más interesante, volvió con el burro y se fue a su casa, pero sabía que había algo más, aunque no quería darle mayor importancia. Tras el paso de los años, él aprendió a pintar y dibujar. Extrañamente, sus dibujos eran de rostros desconocidos, como si fuera un déjà vu.

No lo comprendía, pero tampoco lo necesitaba, ya que sus retratos se vendían muy bien; tanto, que ganó mucho dinero y decidió arreglar lo que antiguamente fue la casa de la anciana, quien lo cuidó con todo el amor que pudo darle.

Mientras recogía una de las cajas de la parte más profunda de la casa, se encontró una muy familiar. Era la caja en la que su madre lo metió cuando era solo un niño, antes de que ella muriera, con el fin de protegerlo y de que algún superviviente del asalto a su poblado lo encontrase o al menos lo salvara. Dentro vio el amuleto de su madre, hecho por su padre; cuando lo cogió, a la velocidad del rayo se apagó todo y en frente vio unos rostros, dio un paso adelante y entrecortando las palabras dijo:

–¿Quién está ahí? Si alguien intenta asustarme no lo va a conse… –pero antes de terminar la última palabra se percató de que eran la anciana, su madre y su padre, nadie sabe cómo ni por qué.

Unos dicen que son historias inventadas para pensar que los muertos siguen en nuestro corazón. Otros, que es cierto, ya que les ha pasado; y otros dicen que la vida de ellos seguía, pero que la de él, no. En todo caso, estuvieron hablando un rato y, emocionado, Guzmán, que así era el perdido y solo pronunciado en el horizonte del tiempo el nombre del pintor, le preguntó a su padre:

–¿En qué trabajabas, padre?

Y sin dudarlo le contestó:

–Fui el pintor más importante de todo el reino.

Entonces el hijo, asimilándolo, le preguntó:

–¿Ah, sí? ¿Y cómo has muerto?

Su padre extrañado le contestó:

–El rey, un traidor, me asesinó por la espalda con un cuchillo, solo por dimitir; ya que, al abandonarlo, perdería una gran cantidad de dinero y por no tener competencia se libró de mí.

Después de esa frase todo se desvaneció. Guzmán esta vez se enfadó más de lo normal y a toda prisa fue hasta palacio, dispuesto a vengarse. Quiso asesinar al rey, pero por un momento pensó que su familia y quien no lo fue no querrían que hiciera semejante disparate, por lo que abandonó el lugar sin decir nada, pensando en seguir lo que desde un principio y por sorpresa le daría la vida: ser un pintor.

Miguel Ángel Pedregal Medina. 1º ESO C.

Campamento ancestral

Hace mucho tiempo, en un instituto de Gran Canaria, se organizó una excursión al campamento del Garañón.

Estaba muy nervioso porque iba a ir a un campamento durante tres días y dos noches.

Antes de salir de la guagua para dar por finalizado el trayecto, una profesora nos advirtió del frío.

Al salir, alrededor de mí había muchos pinos y el suelo estaba cubierto de pinocha. Vi una piscina, una cancha y un par de edificios más. Después de contemplar aquel paisaje, fui a recoger mi maleta con mis pertenencias. Pipo y Loly agruparon a todos los primeros y nos dirigieron al tagoror, un círculo de cemento con un hueco para encender hogueras. Al cabo de un rato, ya nos habían explicado las reglas, elegido las cabañas y nos habían dado el horario de las comidas, las actividades y los descansos.

Me fui con mis compañeros a la cabaña 9 (era la que me asignaron). Cuando llegamos, la cabaña estaba situada bastante lejos de los baños principales, el tagoror y el comedor. Al entrar se podían ver tres literas, dos estanterías y un montón de pintadas de algunos ignorantes de los institutos que vinieron antes que nosotros. Lo primero que hicimos fue elegir las literas.

Aridane escogió la cama de arriba de la litera del centro y, en la parte de abajo, se quedó Ángelo. En la litera de la izquierda, arriba, se puso Raúl; y abajo, Alejandro; en la litera derecha, arriba, estaba yo y, debajo, Miguel.

Nos instalamos y, al acabar, cada uno salió de la cabaña y se fue por su cuenta. Raúl, Alejandro y yo fuimos a las aulas para ver cómo eran. A continuación, fuimos a las máquinas y por último a la cancha.

Al llegar, Raúl y Ale se fueron a jugar al fútbol. Yo, al no poder jugar a causa del mareo del trayecto de la guagua al Garañón, no tuve más remedio que irme a visitar las cabañas de mis amigos. A la que me dirigí primero fue a la cabaña de Gael. Toqué en la puerta y me abrió él. Detrás estaban Aridane, Laura, María, Miguel, Elva, David y Bruno.

Al entrar vi el ambiente en la cabaña muy eufórico. Estaban hablando, riendo y jugando.

Después de un rato, Gael me pidió que me marchara porque David y Miguel no me conocían. Al final me fui, pero antes de marcharme, me dio un cómic de Batman y me puse a leerlo hasta la hora de almorzar.

Ya era de noche, había oscurecido y estábamos cenando. Raúl, Ale, Miguel, Sergio, Pablo y Ricardo se sentaron a comer conmigo. Después nos duchamos y nos lavamos los dientes.

Alrededor de las diez, Raúl vino corriendo e interrumpió la conversación que mantenía con Aridane. Nos dijo muy alarmado:

-¡Chicos!, he visto a un hombre vestido de negro y tenía una máscara blanca que le tapaba la cara.

Aridane le contestó con un tono burlón:

-Menuda estupidez. Aquí no puede entrar cualquier persona.

-Ari, te digo que lo vi –dijo Raúl mientras cerraba la puerta con cautela-. Y si no me crees, vete al baño.

Aridane ni se molestó en bajar para ir al baño y ver a ese extraño hombre. Raúl, ya más tranquilo, nos explicó lo que había pasado: “Yo iba caminando para ir al baño, pero cuando estaba llegando, vi a una persona vestida totalmente de negro excepto por la cara, que la tenía cubierta por una máscara blanca. En las manos blandía una guadaña totalmente negra”.

Los profes nos mandaron a la cama y todos estábamos durmiendo, cuando de pronto un sonido, como el de rascar la pizarra con las uñas, nos despertó. Yo, sobresaltado, bajé de la litera y, con mis amigos, salí fuera para ver qué sucedía. Cuando salimos, a mano derecha había una silueta negra y blanca, y por encima de la silueta había una hoja metálica. Al verla, todos entramos despavoridos dentro de la cabaña y cerramos. Hubo un violento forcejeo con la persona que intentaba entrar, pero al final conseguimos cerrar.

Todos, horriblemente asustados, estábamos temblando. Hubo un incómodo silencio durante unos instantes. Lo que acabó con aquel silencio fue el grito de nuestros compañeros.

Después de meditar un rato, decidimos salir. No había nadie, así que aprovechamos esa oportunidad y corrimos hacia el dormitorio de los profesores. Al llegar, tocamos en la puerta y esperamos que nos permitiesen pasar, pero al cabo de cinco minutos nadie nos abrió, así que decidimos entrar. Cuando ya estábamos dentro, nos sorprendió ver a los profesores vestidos igual que aquella terrorífica persona que nos asustó tanto y comprendimos que solo era una broma pesada de los profesores.

-¡Oh! Nos han pillado –dijo Pipo frustrado-. Esto era una broma por los finaos y por Halloween.

Yo, enfadado y pensativo, le contesté:

-Nos dieron un susto de muerte. Pero no necesariamente se ha acabado la broma. Teniendo en cuenta que solo lo sabemos nosotros seis, no veo por qué no se puede asustar a los setenta y ocho alumnos restantes.

Pipo asintió con la cabeza dándome la razón.

Aquellos días fueron geniales.

FIN

Jesús Isaac Reyes Castellano. 1º ESO A.