España, el país que me quitó pero también me regaló

Hola, mi nombre es Mariem y, a continuación, voy a relatarles cómo mi vida cambió de la noche a la mañana, por un hombre que pasó de ser mi libertador a mi más cruel verdugo.

Nací en Mauritania hace 42 años, en el seno de una familia compuesta por ocho hermanos, de los cuales era yo la mayor. Pertenecíamos a una etnia denominada Haratines, considerada en mi país como una casta inferior y, por tanto, condenados históricamente a ocupar los trabajos más duros de cuantos son habituales en mi región.

Cuando era niña, mi padre se dedicaba al pastoreo de unas pequeñas cabezas de ganado que, pese a las secas y colgantes ubres con que contaban, ayudaban a la subsistencia de la familia. Recuerdo cómo mi pobre madre poco podía valerse por sí misma y, mucho menos, ayudar en la economía familiar. Estaba mutilada de una mano desde muy joven, fruto del intento fallido de escapar de las manos de su amo, y digo bien «amo», porque en mi país la esclavitud permaneció hasta 1981, siendo prácticamente el último país del mundo que se mantuvo inquebrantable a lo que hoy conocemos como «¿Derechos Humanos?».

Mi niñez y adolescencia las pasé prácticamente trabajando, pues desde los 9 años tuve que abandonar la escuela para ayudar en las tareas de casa. Aún recuerdo aquel fatídico día en que, al llegar de la escuela, mi padre me dijo que al siguiente día empezaría a ayudar en la familia. Me quedé paralizada, miré fijamente y con rabia a mi padre, mis ojos comenzaron a humedecerse mientras me imaginaba cómo sería mi vida a partir de ahora, sin poder disfrutar de la compañía de mis amigas en la escuela: saltar, jugar, reír y aprender… ¡Cómo me gustaba aprender los números mientras, al unísono, cantábamos todas las niñas!

Entonces mi vida se convirtió en una rutina. Ir a buscar la escasa agua que aún nos daba un viejo pozo, ayudar a mi madre con la crianza del resto de mis hermanos y preparar la única comida del día. Rápidamente me acostumbré. Total, antes o después, a nosotras las niñas nos preparaban para ello. ¿Qué podía hacer yo? Sin pensarlo y de forma inconsciente, sería esta la primera vez que me subyugaría a las decisiones de un hombre, aunque fuesen las de mi propio padre.

Recuerdo cuando cumplí los catorce años, probablemente uno de los días más aterradores de mi vida. Hacía unos escasos meses que ya me había convertido en mujer, lo que implica en mi país que, a las jóvenes, nos hagan la ablación, o lo que es lo mismo, la mutilación genital; según las leyes y cultura de mi país, todo ello para que las mujeres no sientan placer a la hora de mantener relaciones íntimas. Mi cuerpo se estremece cada vez que recuerdo a la anciana de la aldea, cómo, con una pequeña hojilla de afeitar, introducía sus manos por debajo de mis ropajes, lo hacía con premura y sin consideración alguna, tal vez, fruto de la ingente cantidad de veces que llevaba a cabo esta práctica, como si cada «niña» fuese un número más de la larga lista acumulada, fruto de los años con que ya contaba.

Pasaron algunos años, no demasiados, cuando mi familia consideró que debía «formalizarme» como mujer y esposa. Para ello, me escogieron a un señor, procedente de la aldea más cercana y, según mis padres, un hombre de familia honrada que me daría una buena vida. Desde niña, al caer rendida en mi camastro, soñaba con el día de mi boda. Sería el día en que me uniría a la persona de mi vida, ese hombre que solo con verlo, me haría sentir mariposas en mi barriga y mis ojos brillarían de una forma especial… Nada más lejos de la realidad.

El esposo «ejemplar» que me habían escogido prácticamente me doblaba la edad. A decir verdad, no gozaba de buena salud, pues tenía una movilidad notablemente reducida, fuertes dolores estomacales y una ceguera que iba en aumento, a medida que pasaban los meses. Debo reseñar que, además, yo era su segunda esposa, pues se encontraba casado con otra mujer que le había regalado cinco hijos, algunos de ellos incluso mayores que yo.

Sufrí malos tratos, indiferencia y ultrajes que me hicieron sembrar en mí la semilla del miedo, la vergüenza, la ira, la baja autoestima y, por qué no decirlo, las ganas infinitas de desaparecer y dejar este mundo de forma intencionada. Por segunda vez, mi vida volvería a estar subyugada a la voluntad de un hombre.

Pero como dicen aquí en España, «no hay mal que cien años dure», o algo parecido, así que mi desgraciado matrimonio no duró mucho tiempo. Un día, mientras me encontraba preparando el arroz para el yantar, me comunicó uno de los ancianos de la aldea que mi marido acababa de fallecer mientras regresaba de camino del mercado de abastos. Al escuchar las palabras del anciano mientras me comunicaba la noticia, en mi interior afloró velozmente una sensación de paz y sosiego, pues ya no iba a tener que preocuparme ni sentir el miedo voraz al oír sus pasos, cuando poco a poco iba acercándose a la casa; o cuando al caer la noche, en la intimidad, me obligaba a satisfacer sus deseos… Pero ¡qué ilusa yo! Ahora sí que tenía otro grave problema: ¿Cómo iba a sobrevivir siendo viuda, si mi esposo era el único que traía el sustento a casa? ¿Cómo podía yo salir adelante si siempre me habían enseñado a depender de un hombre para sobrevivir? ¿Volver a que mi padre me diese cobijo? Eso ni pensarlo.

Un buen día me presentaron al hermano de mi amiga Amina. Era mucho mayor que nosotras y, a juzgar por su apariencia, le habían ido las cosas bastante bien en los últimos años. Había conseguido un buen trabajo aquí en España, concretamente en unas islas que hasta ese momento desconocía. Me refiero a Canarias. Me comentó que eran unas islas donde prácticamente todo el mundo tenía posibilidades económicas, ya que era un lugar donde vivían del turismo europeo y, ya sabes, ahí sí que se mueve dinero. No solo le pagaban casi como diez veces el sueldo que podría cobrar un habitante de mi país, sino que, por hacer bien el trabajo, existían unos complementos llamados propinas que prácticamente doblaban el jornal. !Con razón disponía hasta de un teléfono móvil!

Le pregunté por la dificultad del idioma y me respondió que eso no había sido problema alguno, pues, entre un poquito de francés que ya hablamos aquí y que el español era una lengua que se aprendía en dos o tres meses, pues… eso me tranquilizó mucho, a decir verdad.

A medida que me iba contando su vida en esas islas paradisíacas, una pequeña bombilla se encendió en mi cabeza mientras que en mi corazón surgían nuevas esperanzas, nuevas ilusiones, ganas de salir de aquel horripilante país que me asfixiaba cada vez más; en definitiva, una sensación desgarradora de sobrevivir. Con mis ojos prácticamente fuera de las órbitas y con unas ansias tremendas por escuchar lo que más anhelaba, le pregunté al que iba a ser mi salvador:

–¿Qué tengo que hacer para poder llegar hasta allí? ¿También hay trabajo para las mujeres?

Me respondió con lo que yo en ese momento más esperaba: un sí rotundo. Me explicó que aquí en Canarias las mujeres eran muy respetadas, prácticamente como los hombres. Me quedé estupefacta. También me explicó que, como las personas de aquí tenían alto poder adquisitivo, necesitaban de muchas mujeres que cuidaran de sus hijos pequeños o a ancianos, mientras sus familias trabajaban fuera del hogar. Además, había mucha demanda en la limpieza de casas. Enseguida me di cuenta de que yo podía desempeñar esos trabajos a la perfección, pues toda mi vida la había dedicado prácticamente a esas labores.

Pero contaba con un problema: no disponía de dinero suficiente para poder permitirme un billete hasta tan lejos, yo, que jamás me había montado en un avión. Eso era un lujo solo para los blancos. Mi salvador me dijo que para nada me preocupase, que para eso estaban los paisanos y que a él, gracias a Allah, le habían ido bien las cosas y podía ayudarme. Ya se lo devolvería cuando pudiese. Esa misma mañana firmé mi sentencia de muerte.

A los dos días salía el vuelo directo desde Nuakchot hasta Canarias. Preferí no despedirme de mis padres. Total, no lo iban a aceptar o ni siquiera a permitírmelo; y eso me produciría un mal añadido. Les dejé una carta en donde les explicaba mis razones y les pedía perdón por no ser quizás el modelo de hija que habían soñado.

Al llegar a Canarias recuerdo cómo todo me parecía como si estuviese viviendo en el más puro de los lujos. Tenía una mezcla de ansias por descubrir, miedo por la incertidumbre y nervios por mi nuevo trabajo. Todo era nuevo para mí. La sensación de subir a un avión, ver tanta gente de piel blanca, el agua que salía en cantidades abismales con solo pulsar un botón, toda la luz eléctrica que quisieses, la vestimenta, los edificios y hasta unos nuevos olores que, a decir verdad, me producían una mezcla de fatigas con bienestar, eran los perfumes.

La casa donde iba a vivir y trabajar conjuntamente estaba en un lugar llamado Arinaga. La casa tenía apariencia de palacio, pero en su interior iba a albergar las cloacas más asquerosas de cuantas el ser humano pudiese imaginar. Antes de entrar, mi salvador me dijo que necesitaba mi pasaporte para tramitar los papeles necesarios en el consulado de Las Palmas y que, tan pronto lo tuviese arreglado, me lo devolvería.

Nada más cruzar el dintel, me sorprendió que en el interior hubiese muchísimas mujeres, especialmente de piel negra como yo. Sus rostros, al cruzar nuestras miradas, me estaban intentando decir que huyese, que aquello iba a ser el auténtico infierno. ¡Y vaya si lo era! Una vez dentro, mi paisano cambió su actitud repentinamente. Su mirada se volvió fría, diría que aterradora, hasta tal punto que me cogió del brazo de una forma agresiva y me tiró sobre un viejo sillón maloliente.

Le pregunté por qué estaba allí y le dije que no era el sitio del que me había hablado. Su risa burlesca despertó odio sobre mí, y me dijo:

–¡Eres una ilusa! ¿De verdad creías que una mujer como tú iba a trabajar de algo que no fuese prostituta?

Un frío aterrador me recorrió todo el cuerpo. Mis piernas y mis manos comenzaron a temblar mientras notaba cómo se me humedecía parte del muslo, fruto de no poder controlar mi propia orina. ¿Has sentido alguna vez lo que es verdaderamente el miedo? Yo sí, y desgraciadamente esa vez a un nivel estratosférico.

Mis días se convirtieron en un auténtico infierno. Los primeros, recibía paliza tras paliza, tanto por parte de la madame de la casa, como de mi falso, a partir de ahora sí, falso salvador. Me obligaban a mantener relaciones sexuales con hombres, era como una máquina de hacer dinero, pues cuantos más hombres me escogían, más dinero ganaba el susodicho. No recibía nada de él, pues según decía, el billete me lo había pagado muy caro y aún tenía que recuperar la inversión. Teníamos que aguantar de todo: borracheras, drogas, abusos e, incluso, malos tratos por parte de los clientes.

Cada noche, al caer extenuada en el viejo colchón que compartía junto a otras dos chicas más, mis lágrimas se derramaban amargamente al sentir esa sensación de engaño. Pensaba y pensaba en cómo siempre los hombres han jugado con mi vida, han hecho de mí lo que han querido y, lo peor de todo era que no veía un poco de luz al final de ese oscuro túnel. Lo que iba a ser mi paraíso se convirtió en mi infierno, y lo que se iba a convertir en el mayor sueño de mi vida se convirtió en la pesadilla más horrible.

Cuando llevaba aproximadamente dos años metida en esa prisión deleznable, ya mis fuerzas y esperanzas se habían disipado. Pero una bendita noche de la que jamás me podré olvidar, de repente, se oyó un estruendo muy grande en la parte baja de la casa; lo acompañaban unos gritos de hombres que decían:

–¡No se mueva nadie! ¡Todo el mundo contra la pared!

Resultó ser una decena de policías perfectamente ataviados con uniformes antibalas y armas. Yo en ese momento no entendía nada. Me quedé desorientada y mi cuerpo hierático no podía levantarse de la cama. ¡Habían venido a rescatarnos de nuestros verdugos!

Yaiza. Así se llamaba la policía que estuvo conmigo en todo momento mientras acometían las diligencias oportunas por toda la casa. No podré olvidar jamás su mirada en ese momento. Era una mirada de compasión y sufrimiento compartido, de mujer a mujer, sin juzgar y, todo ello, reforzado con el calor de su mano sobre la mía, como si me estuviese brindando el bastón que necesitara para el serpenteante camino que me esperaría.

Mi vida a partir de ese momento cambió radicalmente. ¡Si les contase todo lo que vino posteriormente, no tendría hojas suficientes para ello! Solo les digo que ahora mi vida ya no es de color negro. De ese color solo tengo la piel. Soy una mujer libre que ha encontrado el amor de verdad, ese que te complementa y nunca resta, y fruto de ello tengo una niña maravillosa.

Trabajo en un hotel del sur de la isla, tengo independencia económica y me encuentro perfectamente integrada en la sociedad canaria, una sociedad solidaria que me ha devuelto las ganas de vivir. Por eso, y como una manera de devolver el favor que he recibido, soy voluntaria en una ONG de ayuda a las chicas que trabajan en la calle, víctimas de otros hombres como el que desgraciadamente me topé aquel maldito día.

Me causa asombro y hasta risa que una parte de la sociedad piense que en pleno siglo XXI no existe la esclavitud. ¡Claro que existe o, si no, miren mi vida! La trata de blancas, es así como la denominan actualmente, es un problema cada vez mayor y que, según dicen, mueve cantidades ingentes de dinero negro. Con esta práctica se están vulnerando los artículos 4 y 5 de los Derechos Humanos, en donde perfectamente se nos dice que «Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas» o «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes».

Cada cual es dueña de su cuerpo, y por tanto, no hago mención a las chicas que de forma voluntaria utilizan su cuerpo para salir adelante en la vida, eso es diferente.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Yo me refiero a tantas otras que, como yo en el pasado, están controladas por un hombre que las anula como personas, abusan de ellas, convirtiéndolas en animales sometidos que, por miedo y pudor, no pueden gritar su situación a los cuatro vientos. Es un compromiso de toda la sociedad acabar con esta maldita lacra que denigra a la mujer.

Y para finalizar, me gustaría enviarles un mensaje de ánimo y esperanza a todas esas personas que se encuentran sometidas a cualquier tipo de abuso y no encuentran la salida.

La verdad siempre prevalece, la injusticia se paga, el dolor se supera, el coraje te fortalece, los errores te enseñan y el amor verdadero llega. ¡La vida te brindará siempre otras oportunidades, y si no, miren mi ejemplo!

Echedey Bassó Falcón

RELATO GANADOR DEL PRIMER CONCURSO DE RELATOS POR LOS DERECHOS HUMANOS

Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la mujer 25 de noviembre

En el hueco más hondo de su corazón, ella sabía que algo no iba bien. Las marcas de su cuerpo no eran lunares. Esas marcas eran de puro miedo y no de satisfacción. En sus ojos se reflejaba el resplandor que le hacía gritar de llanto, estaba fuera de control. Sus dientes no paraban de hacer fuerza para no soltar más mentiras de amores infelices. Entonces él, avistó su último momento de vida y soltó con imprudencia la mano a la que estaba sujeto. Ella sabía que algo había hecho mal, pero no era el hecho de haberlo matado, sino de amarlo hasta sangrar por sus heridas.

Entonces, en ese momento, soltó su última lágrima. Y empezó a ser feliz, o eso creyó. Intentó dejar de verle en sueños pero se convirtió en sus pesadillas posteriores que su interior nunca llegó a demostrar.

En una de las noches más oscuras de noviembre, sin esperarlo, resurgió la maldición entre las raíces. Y sí, en este caso, se vengó.

Paso a paso la decapitó, la volvió a maltratar y la mató, poco a poco el resplandor de sus ojos desapareció y esa última lágrima supo a infelicidad.

Toda una vida de muerte en sus pensamientos.

Evelyn Rodríguez Ramos 4ºA

El estruendo del recuerdo

Pasaban los segundos y el armario se encogía. Amarrado a mis piernas luchaba por reprimir la angustia que me desgarraba el cuerpo. El pánico me asfixiaba, anulaba mi capacidad de eludir el flamante recuerdo de mi padre enloquecido, el fragor de los navajazos, su feroz aliento a alcohol y sus sucias manos ahogadas en sangre. Supe entonces que era preferible sucumbir ante el enemigo. No podía condenarme a rememorar
perpetuamente la escena de mi hermano desplomado sobre el quebrado abrazo de mi madre. Nunca podría resurgir de las ruinas de mi pasado. Abrí la puerta y sentí el peso de su mirada. Solo quería volver a casa.

Lucía Rubio Marcos. 2º de Bachillerato D.

GANADORA DE BACHILLERATO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR.

Los cuadros

Me había pasado todo el día en el bosque, recogiendo esas flores que tanto me gustaban. Sin darme cuenta, ya había oscurecido y las primeras gotas de lluvia empezaban a caer. Estaba muy lejos de casa, así que empecé a andar buscando algún lugar en el que pasar la noche. No pasó mucho hasta que divisé una pequeña cabaña. Me adentré en ella pensando que ya le explicaría a sus dueños por qué entré.

Me sorprendió ver que todas las habitaciones estaban vacías, excepto por unos horribles cuadros colgados en las paredes, criaturas deformes con una perturbadora mirada que parecían salidas de una pesadilla. Mirarlas me hacía sentir incómodo, así que me acomodé en un rincón y me quedé dormido.

A la mañana siguiente la luz del sol me despertó. Miré a mi alrededor extrañado para darme cuenta de que aquella extraña cabaña no tenía ningún cuadro, todo…. eran ventanas.

Bruno Menotti Sorrento. 4º de ESO B.

GANADOR DE LA ESO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR

Todo por el arte

La noche en la que el escritor tomó papel y pluma, la tenebrosa oscuridad había dejado las calles en soledad. La noche en la que el escritor terminaba su obra, aun sin quererlo, el sueño caprichoso se apoderó de él.

Despierta en la madrugada. Ha encontrado su final. El joven, para poder encontrar la respuesta, mata a su amada. El escritor suelta al fin la pluma, se tumba en el lecho y, antes de retomar el sueño, susurró: “siempre me ayudas cuando lo necesito”.

La noche en la que el escritor terminó su obra, feliz con el resultado, se tumbó junto al cuerpo sin vida de su esposa.

Azahara Sosa Lorenzo. 2º bachillerato D.

FINALISTA DE BACHILLERATO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR