Por todos los Alan, Ekai y Thalías… stop lgtbifobias en los centros educativos

El alumnado tiene derecho a (…) La no discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, capacidad económica, nivel social, orientación e identidad sexual, convicciones políticas, morales o religiosas, así como por discapacidades físicas y psíquicas, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Decreto 114/2011, de 11 de mayo, por el que se regula la convivencia en el ámbito educativo de la Comunidad Autónoma de Canarias.

No me gustaría dejar pasar la ocasión sin mostrar mi opinión sobre uno de los temas más importantes que se desprenden de la necesidad de celebrar en los centros educativos el 17 de mayo: el bullying lgtbifóbico.

Llevo más de veinte años dedicada a la docencia, los últimos catorce he trabajado activamente la diversidad sexogenérica en mi práctica profesional y por este motivo, y con total conocimiento de ello, puedo afirmar lo que sigue.

Los centros educativos son la clave para generar una sociedad igualitaria, respetuosa y, por supuesto, inclusiva. Son, sin dudarlo, el eje transformador más potente del Sistema educativo. Se hace preciso, en cualquier etapa educativa conocer la realidad que nos rodea pues nos ayuda a generar propuestas, sobre todo, de cambio al visibilizar y acompañar la diversidad existente. Entiéndase siempre diversidad como valor.

La actitud que debe tener la comunidad educativa (profesorado, familias y alumnado) es también determinante para generar centros seguros, libres de conductas lgtbifóbicas o de violencias. Por este motivo, considero, que toda la comunidad educativa debe sentir la responsabilidad que tiene y mirar la diversidad con el respeto que merece y siempre posicionándose ante cualquier forma de acoso lgtbfóbico. Este, ya lo sabemos, es un tipo de violencia que no es exclusivo del entorno escolar, sino que se da en cualquier momento y espacio de la vida de una persona.

El pasado verano acudí a un curso en la Universidad de verano de Maspalomas y allí, el profesor Pichardo Galán, comentó algo que considero esencial también y que siempre he defendido a capa y espada, las escuelas son espacios para vivirse y no de sufrimiento. Cuánta razón.

Cuando el alumnado, nuestro alumnado, (chicas, chicos o chiques) reconoce su orientación del deseo en el insulto, asumirá como propio y negativo el contexto en el que se da. Si no hacemos nada estaremos fomentando generaciones con miedos, problemas de autoestima e incluso de salud mental. Esto mismo se recuerda con frecuencia a través de titulares de prensa, noticias de suicidios de menores pertenecientes al colectivo LGTBIQ+. Estos son cada vez más frecuentes y se producen a edades más tempranas, recuérdese el caso de Alan, joven transgénero barcelonés que se quitó la vida tras sufrir un acoso descomunal durante varios años y justo poco después de haber conseguido modificar su nombre en su documentación (de modo que estuviera acorde con su identidad de género) se suicida.

En mi opinión, algo estamos haciendo mal o no estamos haciendo las cosas del todo bien, se podría decir de varias maneras. Para mí, hay muchas formas de atacar directamente la identidad de una persona, pero dejarla tocada para siempre es la más vil. No resultará nada novedoso por mi parte si recuerdo en este punto todas las agresiones que a diario se producen en nuestro país, algunas acaban en muerte, como la del joven Samuel Luiz (ocurrida el pasado año 2021), que fue muy mediática, pero otras se suceden en la intimidad de los centros educativos cada día. El profesorado en estos casos tiene una misión especial y no puede mirar para otro lado.

Según la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (en adelante FELGTB), la primera causa de acoso escolar en España es la LGTBfobia. Asimismo, el Observatorio contra la LGTBfobia también apunta que muchos estudios internacionales revelan que los intentos de suicidio son de 3 a 5 veces más numerosos entre les jóvenes LGTBI que entre las personas jóvenes en general y, dentro de las personas jóvenes LGTBI, las personas jóvenes trans* las que lo intentan más de un 40 por ciento y lo consiguen cerca de un 7 por ciento, por ser quienes más acoso y discriminación sufren diariamente y, por tanto, ser las más vulnerables. Esto sucede cada día ante nuestros ojos y en prácticamente la totalidad de las aulas de España.

Debo reconocer que trabajo (afortunadamente) en un centro en el que no se producen agresiones físicas y que en todos los años que llevo ejerciendo mi profesión en él, nunca he presenciado o he sido conocedora de un caso de acoso escolar por motivo de lgtbifobia. Es un centro friendly y referente en el que se ha hecho un trabajo ingente durante más de una década y, además cuenta con profesorado visible, se trabaja constantemente estos temas en las aulas como medida de prevención y concienciación, que cuenta con un comité de diversidad formado por profesorado y alumnado aliados e incluso se celebra una Semana del Orgullo cada año coincidiendo con el 17 de mayo, Día internacional contra la transfobia, bifobia y homofobia. No obstante, soy consciente de lo que sucede en otros centros cercanos y en ocasiones me aterra pensar que dentro de unos años esos y esas jóvenes que hoy vejan, humillan o agreden a otras personas solo por no cumplir con la dichosa heteronormatividad heredada del patriarcado puedan estar desempeñando en el futuro un puesto de responsabilidad en cualquier lugar. Como se puede sobreentender hay que buscar herramientas para paliar esta situación con la que se puede dañar mucho a una persona, aunque realmente lo que se consigue es deshumanizar sus vidas y quitarles su dignidad.

A lo largo de los años he visto cómo han cambiado los insultos hacia este alumnado. El término “maricón” sigue estando en el top 1 y siendo uno de los términos más frecuentes en nuestro día a día en las aulas, pero los insultos como los tiempos cambian y evolucionan. En la actualidad resulta muy cotidiano escuchar el término “travelo” o “transformer” referidos a las personas jóvenes trans*. Estas, como apunta la FELGTB, son las víctimas potenciales en estos momentos. De ahí el gran índice de absentismo y abandono escolar en esta población. Una lástima que la tiranía del modelo heteronormativo dañe tantas vidas jóvenes.

También he observado en los últimos años algo que me preocupa mucho y es que advierto grandes diferencias entre el bullying que se realiza a las diferentes realidades LGTIBQ+, sin dudarlo, todas son reprochables, pero considero que actualmente las personas trans* se llevan la peor parte, así, como las lesbianas, muchas aún invisibilizadas en los centros educativos, son peor tratadas que los chicos gais cuando salen del armario. Resulta muy curioso, pero lo he visto en los últimos dos años en muchos centros educativos. Además, y esto más recientemente, me he percatado incluso de cómo las personas no binarias (curiosamente) son apenas denostadas y eso que su visibilización es cada vez más frecuente. Estas evidentemente dejan sin muchas opciones al lenguaje. Al ser una realidad aún muy cuestionada es complicado otorgarle connotaciones negativas propias (de momento).

Lo que sí es evidente es que aún hay muchos centros educativos reticentes (o que se niegan en rotundo) a tratar la igualdad efectiva entre todas las personas y aceptar la diversidad humana en entre todos los seres humanos y aceptar la diversidad en todas sus formas. Está muy claro que mirar hacia otro lado, invisibilizar y optar por el silencio ante las lgtbifobias en el entorno educativo es connivir con la discriminación y el acoso pues los centros educativos, no olvidemos, son lugares de convivencia en todas las etapas de crecimiento de una persona.

Según estudios de los últimos años la situación no ha mejorado sustancialmente en los últimos tiempos. Así, según se dice, el 80% del alumnado LGBTIQ+ escucha su orientación como insulto, el 70% muestra reticencias para aceptar a personas trans*, el 60% del alumnado no actúa ante situaciones de acoso lGTBfóbico, casi el 80% ha presenciado insultos, burlas o que se hable mal; más del 50% ha presenciado aislamiento, exclusiones o amenazas; palizas un 6,4% (porcentaje mejor que en investigaciones anteriores al 2010, que situaban haber presenciado palizas casi un 40%) y agresiones físicas un 40% y, lo peor de todo, la gran mayoría (que va desde un 60 a un 85% en función de la investigación) piensan que el profesorado no actúa. Esto se produce en pasillos, patios, baños, entre clases e, incluso dentro de la clase, frente a un profesorado que no actúa porque no lo ve o porque no sabe cómo hacerlo. Por todo ello se hace necesario que el profesorado se forme y cumpla así con un deber ético que no es inherente a su profesión. Este debe contribuir en la creación de centros en el que todo el alumnado se siente libre y seguro y pueda vivir su etapa formativa siendo respetado. El alumnado se tiene que reconocer en su centro, tener referentes cerca, entre su profesorado o en los libros de texto.

Finalmente destacaría que el gran compromiso de la coeducación y de la escuela coeducativa es la valoración, respeto y trabajo con las distintas identidades.