Dos mujeres en Auschwitz

Su último escrito es una postal dirigida a su joven profesora y amiga, Christine Van Nooten, estudiosa de literatura clásica fallecida en 1998: Etty Hillesum, el 7 de septiembre de 1943, la echó desde el vagón del tren de mercancías que la llevaba a ella y a su familia a Auschwitz, donde tres semanas después entraría en la cámara de gas. Escribía: «Abro al azar la Biblia y encuentro esto: «El Señor es mi refugio más alto». Estoy sentada sobre mi mochila en medio de este vagón atestado. Papá, mamá y Mischa (su hermano) están en otros vagones… Hemos dejado cantando el campo (de Westerbork, donde estuvo antes detenida). Hasta luego de parte de los cuatro».

Ese «hasta luego» desgarrador, obviamente no se hará realidad y la vida de esta hermosa judía holandesa, extraordinariamente inteligente y dotada de un alma mística, delicada y fuerte, será apagada brutalmente por los nazis con solo 29 años. Invitamos a nuestros lectores a no perderse sus Cartas, escritas en gran parte en Westerbork, donde Etty había sido recluida por propia voluntad para dejar una semilla de amor y una chispa de luz en el «infierno de los otros». La fe, la Biblia, la poesía (Rilke, en particular) y el cielo serán el corazón espiritual de aquellos días, humanamente tenebrosos, que harán rencorosos e infelices a los internos.

Es una imagen gastada, pero Etty es como un angel que irradia luz, sin perder el realismo de una existencia humillada en un campo de concentración. Un realismo que conoce los pequeños egoísmos de las víctimas y la brutalidad de los carceleros, pero también la alegría de un paquete de comida, de la llegada y el envío de un mensaje o de una amistad que brota. Sobran los comentarios a las cartas de Hillesum; basta su lectura. Por eso hago solo una cita, elegida entre tantas: «La miseria que hay aquí es verdaderamente terrible. Sin embargo, por la noche, cuando el día se sumerge detrás de nosotros, camino a menudo a lo largo del alambre de espino y de mi corazón se levanta siempre una voz -no puedo hacer nada, es de una fuerza elemental-, que me dice: la vida es una cosa espléndida y grande, más tarde construiremos un mundo completamente nuevo».

Un año antes en Auschwitz moría en las mismas cámaras otra mujer de extraordinaria inteligencia, una judía alemana convertida al catolicismo, Edith Stein, discípula predilecta del filósofo Edmund Husserl. Bautizada en 1922 con 31 años, entró en el Carmelo de Colonia en 1933 con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y fue canonizada por Juan Pablo II en 1997. A la vasta bibliografía de ella y sobre ella hay que añadir el particular retrato que le hace una hermana actual, la carmelita Cristiana Dobner. Su perfil tiene tres líneas principales. Hay, primero, un recorrido por su itinerario personal, marcado por los «índices de contrastes» y colocado al final al calor de la luz de Cristo y de la tiniebla de Shoah. Está, después, el hilo, tanto de la reflexión filosófica fenomenológica, su primera patria ideal, como de la experiencia espiritual, elaborada a través de escritos de apasionada certificación mística. Finalmente, en las páginas de Dobner aparecen las palabras de quienes se cruzaron en la vida de Edith. Es sugerente el testimonio de su sobrina, Susanne Batzdorff-Biberstein: Quién fue de verdad, cómo vivió y murió será siempre su secreto». Todo converge en el misterio de la muerte.

¿Qué une a estas dos mujeres? Al confrontar sus circunstancias se percibe un respiro de sufrimiento, de miseria, de necesidad del prójimo, poniendo en juego el éxito personal, la carrera y la propia vida. Sobre ellas se escuchan las palabras pronunciadas por Jesús la última noche de su vida terrena: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15, 13).

Cardenal Gianfranco Ravasi. Presidente del Pontificio Consejo de la cultura.

Creativos, no inquietantes

Santo Tomás de Aquino decía que para conocer a Dios hay que conocer el mundo. El laico que ha madurado su fe y actúa en consecuencia, sabe que la búsqueda -en todo- va más allá de los límites que tenemos a simple vista, porque los tradicionales esquemas de pensamiento están ya muy agotados.

A lo largo de la historia, muchos tenidos por herejes se convirtieron en profetas, porque sus aportaciones hicieron que otros se movieran y avanzaran en investigaciones y reflexiones aunque fuera para rebatirlas (y algunas fueron imposibles de rebatir): las intuiciones médicas de Hildegarda de Bingen; las observaciones de Galileo; la teología de Lutero; la filosofía de Nietzsche; la poesía de Luis Rosales… La sociedad posmoderna -con todas sus contradicciones y problemas- nos ofrece la oportunidad de crecer en muchos sentidos y, para ello, están los sociólogos que analizan esa actualidad que es real y virtual a un tiempo -algo que nunca antes había existido-.

Hay personas que están empeñadas en la labor de frontera, mayoritariamente laicos -desde ya incluyo a las laicas- y se mueven en ese límite que, lejos de ser un encierro para ellos, se convierte en posibilidad de espacio para avanzar. Se mueven en las fronteras de la creatividad y la superación y son, a menudo, vistos como peligrosos e inquietantes. Estos laicos, muy necesarios por su valentía y convicción, necesitan también sentir que la comunidad eclesial está con ellos porque se mueven en terrenos movedizos en los que lo nuevo causa, siempre, una cierta prevención.

El mundo, la teología, la literatura, la filosofía, las ciencias, las artes… ¡hasta la publicidad! -que se está adueñando del lenguaje y simbología religiosa sin miramientos- es diferente. No es como lo aprendimos hasta hace relativamente poco tiempo y, para cambiar el envoltorio y la forma de presentar el contenido, hay que se revolucionario y superar fronteras limitantes.

Puede parecer poco arriesgado decir que, planteamientos tradicionales como cuerpo/alma, naturaleza/gracia, cielo/tierra que requieren un lenguaje nuevo y un diseño diferente, es correr un cierto riesgo en una Iglesia que todavía se mueve con la cuestionable certeza de «porque siempre se ha hecho así». «A vino nuevo, odres nuevos», es una frase que conviene tener presente, porque como consejo evangélico es insuperable. Y el evangelio es frontera.

De todos es sabido que las ciencias adelantan que es una barbaridad, y ese avance, nos sitúa ante formas complejas que son difíciles de predecir pero ante las cuales, los laicos comprometidos, prestan atención antes de que nos sorprendan sin estar preparados: inteligencia artificial, el estudio en el avance del genoma humano o la energía sostenible -donde la teología moral y la tan necesaria filosofía del lenguaje tendrán mucho que decir acorde con la realidad- son algunas de ellas. La literatura de Erri de Luca, por ejemplo, nos sirve para ver a un laico -autoproclamado no creyente- en la frontera de la palabra/Palabra y admirado por sus estudios bíblicos.

La «Iglesia en salida» o la «Iglesia de puertas abiertas» de Francisco es mucho más que una actitud pastoral. Rumi, filósofo místico sufí nacido en Afganistán, decía que cuando se golpea una alfombra, los golpes no van contra la alfombra, sino contra el polvo que contiene. Los laicos -necesarios- que se mueven en la frontera del pensamiento van a yudar a mantener limpia la Iglesia y se merecen todo el reconocimiento.

CRISTINA INOGÉS SANZ

Libertad y responsabilidad pública

Las crisis son útiles para realzar algunas de nuestras libertades civiles. El hecho de estar privados de estas nos permite valorar todavía más el abanico de libertades que caracteriza a nuestras sociedades democráticas. A veces, la carencia es el único medio de percatarse del valor de algo.

Las libertades que vivimos no nos han sido regaladas. Son el fruto de una conquista histórica. Tampoco se mantienen por azar. Es fundamental la lucha para adquirirlas, pero luego hay que batallar, día a día, para mantenerlas en el tiempo.

Durante el confinamiento, hemos visto cómo las autoridades prohibían la libertad de circulación. Esto de desplazarse libremente de un lugar a otro, de ir y venir, de entrar y salir sin tener que pedir permiso, es algo que teníamos muy integrado en nuestra forma de vida y que no pensábamos que pudiera ser prohibido. Es probable que, en las próximas décadas, asistamos a la prohibición de otras libertades que ahora nos parecen evidentes.

La privación de esta libertad, en cambio, no es extraña para muchos seres humanos que, por razones políticas, militares, económicas o de otro tipo, no pueden salir de su país, no pueden desplazarse con libertad por él y, menos aún, entrar en los países del denominado primer mundo. Lo observamos a diario en el telediario. Para estos seres humanos, la privación de esta libertad no constituye ninguna novedad, porque esta es, lamentablemente, su forma de vida habitual.

En el mundo poscoronavirus no solo está amenazada la privacidad, también lo están las libertades. El miedo blinda los movimientos, pero también encorseta el régimen de libertades. El ciudadano medio está dispuesto a restringir sus libertades a cambio de seguridad, a cambio de salud.

En contextos de escasez de recursos para la sanidad pública, es fácil sucumbir a la tentación de vigilar a los ciudadanos y de comprobar qué estilo de vida tienen y cómo cumplen las prescripciones facultativas. La tecnología digital permite rastrear las vidas de los ciudadanos y comprobar sus hábitos de consumo, el ejercicio que hacen o no a diario y también si toman o no los fármacos que les han prescrito. Algunos filósofos ultraliberales norteamericanos defensores del Estado mínimo sostienen que, en situaciones de escasez de recursos públicos, solo los pacientes que hayan demostrado hábitos de vida saludables y hayan cumplido con las prescripciones facultativas tendrán derecho a disfrutar de los recursos que todos financiamos.

Esta jerarquización choca de frente con el respeto a la libertad, pero cuando todo escasea es fácil que ese criterio se llegue a imponer, cuanto menos en países donde el estado del bienestar es muy precario y las coberturas que ofrece son muy pocas. Muchos ciudadanos consideran que es injusto que el ciudadano que ha obrado deliberadamente contra su salud merezca gozar de los mismos recursos públicos que otro que ha obedecido fielmente al doctor y ha tomado los fárcamos prescritos.

El debate está servido y va a adquirir más peso en el futuro. Frente a esto, es esencial recordar que la libertad constituye un derecho básico, que es el pilar de las sociedades abiertas, como decía Karl Popper (1902-1994), pero esta jamás debe ser utilizada como excusa para sucumbir a un libertinaje arbitrario, a una praxis irresponsable, pues eso tiene consecuencias negativas, para uno mismo y para los demás, porque, como se ha dicho, vivimos en un marco de interdependencia.

FRANCESC TORRALBA

¿Nadie está contento con la Iglesia?

Podemos tomar como referencia algunas frases de Francisco o declaraciones episcopales, comentarios de sacerdotes o laicos, religiosos o religiosas; se puede recurrir también a los medios de comunicación eclesiales en donde abundan las quejas, las acusaciones y las advertencias; y luego de hacer ese recorrido, descubrir que en nuestra querida Iglesia nadie está satisfecho. ¿Qué está ocurriendo en nuestros días si desde el Papa hasta el último de los cristianos está disconforme con la Iglesia tal como está?

¿Se trata de una generalizada crisis de fe que alcanza hasta a los pastores? ¿Los mismos cristianos han perdido la confianza en esta institución dos veces milenaria? ¿No es acaso la Iglesia la «esposa inmaculada de Cristo», «el sacramento de la salvación», el «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1)? Sí, la Iglesia es así como la presenta la doctrina católica y, quienes tantas veces la sufren y critican creen todo eso, y no solo están verdaderamente convencidos acerca de esas verdades, sino que, además sufren al ver día a día el rostro concreto de la Iglesia en nuestro tiempo.

Quizás una imagen nos pueda servir para expresar lo que ocurre. Podemos imaginar a un esposo que ama profundamente a su esposa y que está junto a ella, que yace en el lecho de un hospital. No hay dudas acerca de ese amor, al contrario, verla postrada aumenta la fuerza de sus sentimientos, pero mientras sostiene su mano, junto a su cama, se acumulan en su interior muchas sensaciones. Lamenta verla así, pero eso no significa que no la ame y que haya disminuido en él la felicidad de estar a su lado. Cree en su esposa, confía en ella, la ayuda de la manera que puede y, sobre todo, está junto a ella acompañándola y atento a sus necesidades.

Las muchas preocupaciones que, por momentos, nos entristecen y angustian cuando miramos el rostro de la Iglesia, no indican necesariamente falta de fe ni debilitamiento en los compromisos y los esfuerzos. Desde el Papa hacia abajo (o hacia arriba, si utilizamos la imagen de la pirámide invertida que propone Francisco), en toda la Iglesia se escuchan voces de preocupación y algunos desconciertos. No se duda de la Esposa, pero no se comprenden muchos fenómenos que están a a vista. Como ese esposo de la comparación que utilizamos hace un momento, todos en la Iglesia queremos verla de pie y habiendo superado los momentos que está atravesando. La fe y el amor no impulsan a disimular lo que ocurre sino, por el contrario, impulsan a reforzar la atención y los cuidados.

Vivimos en el mundo y en la Iglesia tiempos turbulentos. Las preocupaciones e inquietudes son legítimas y no se solucionan con frases piadosas aunque sean verdaderas. «Hay que rezar mucho», «hay que tener confianza», «Dios nunca nos abandona». Sí, eso es así, pero también es legítima la preocupación del momento. Nuestra fe es una fe encarnada en la historia y en la vida concreta y no se solucionan los problemas huyendo de ellos, también hay que saber vivirlos para superarlos.

Podemos observar más de cerca a ese esposo enamorado junto al lecho de su amada. Si miramos atentamente, veremos que sus manos se sujetan con fuerza y adivinaremos las sensaciones que se amontonan en sus rostros. Y si miramos mejor a esa esposa que se estremece de dolor, descubriremos que no está enferma, está pariendo, está dando a luz una nueva vida.

JORGE OESTERHELD, Sacerdote

Qué mujeres

La Iglesia del futuro es la Iglesia de la sinodalidad, de vocaciones que se encuentran para construir rincones vivibles en el mundo. Hoy la mayoría de la Iglesia son mujeres, se calcula que entre un 70 y un 80% dependiendo de los lugares, si contamos religiosas y laicas. No contar con las mujeres es un grave problema para la Iglesia, no solo por una cuestión numérica, sino porque se debilita la creatividad y la mirada que ahora mismo necesita la Iglesia para afrontar una reforma en profundidad. Una mirada que, sin las mujeres, solo por su condición de ser mujeres (y no hablo ahora de sus capacidades y habilidades), pues el mundo nos hace mirar diferente, quedaría reducida a una visión pequeña de la realidad, muy alejada de la cotidianeidad y la vida concreta. Una creatividad que quedaría drásticamente mermada, pues las mujeres están muy acostumbradas a estar constantemente readaptándose y creando nuevas vías de consecución de las cosas, en un mundo que las dificulta frecuentemente crecer como personas y como profesionales. Como consecuencia (y ahora sí hablo de sus capacidades y habilidades) dejaría a la Iglesia en un estado de debilitamiento desde el que no podría afrontar una reforma real. Pues la reforma es estructural como ya nos anunciaba el Concilio Vaticano II, y hemos heredado una estructura que ha ignorado a las mujeres durante siglos. Entre otras muchas cosas que debe reformar la Iglesia, sin duda, una de ellas, con cierta consciencia y premura, es la presencia de las mujeres.

Sin mujeres no hay reforma posible en la Iglesia, no por una cuestión numérica, no por una cuestión de llenar las iglesias o conservar la misión y evangelización que sostienen las mujeres (desde Cáritas hasta la catequesis…). No hay reforma porque ello depende de que caminemos de verdad a la sinodalidad, una sinodalidad que no puede ser desigual. Ese modelo es de otros tiempos. El signo de los tiempos de hoy es la unidad en la diferencia, la diversidad en igualdad de condiciones. Eso supone repensar la sinodalidad en términos de hombre y mujer también, para pensarla de forma cualitativa y no cuantitativa. Quiero decir con esto que no necesitamos masas de mujeres que llenen las eucaristías y las parroquias entre semana. Eso no va a hacer reforma de la Iglesia. Necesitamos mujeres a las que se dé espacio a sus capacidades y habilidades. En este punto quiero hacer dos consideraciones, las que tienen que ver con el «qué» y el «para qué».

Adultas en la fe

Debemos preguntarnos «qué» mujeres queremos. Mujeres que digan sí a todo, que no tengan ideas, que no sean adultas en la fe y esperen a que les digamos qué hacer, mujeres que no se sientan capaces de intervenir en la vida de la comunidad cristiana como líderes de la misma… o queremos mujeres que se sientan capaces de hacer nuevas propuestas a su comunidad y liderar esos procesos, mujeres que tienen una vida espiritual propia que comparten con otros y otras, mujeres que se atreven con ideas nuevas y las llevan a cabo en la comunidad cristiana… Para un reforma real de la Iglesia, no vale mantener a las mujeres en un estado de letargo de su autonomía.

Y esto me lleva al segundo grupo de cuestiones, las del «para qué». Parece que las mujeres solo servimos en la Iglesia para hablar de las mujeres. El ejemplo más claro es este artículo. La mujeres no solo hablamos de mujeres. Como cualquier persona, nos interesan unos temas de Iglesia (y de Dios) más que otros. Si deseamos caminar en sinodalidad debemos hacer el esfuerzo (y el ejercicio de humildad) de dejar espacio para que aquellas mujeres expertas participen en distintos ámbitos de la Iglesia desde la teología, la pastoral, la evangelización o la organización de la Iglesia. Participar y liderar, no por el hecho de ser mujeres, sino por el hecho de ser seres humanos que tienen distintas inteligencias y distintas habilidades personales. Despreciar estas habilidades es despreciar a gran parte del Pueblo de Dios. Os invito a pensar esto con vuestra comunidad de hombres y mujeres.

SILVIA MARTÍNEZ CANO. Presidenta de la Asociación de teólogas de España

Las tres leyes

Tres leyes rigen la cultura occidental contemporánea. La primera: consume, compra, consume y compra siempre, de todo y cualquier cosa, útil o inútil, que necesites o que no necesites, ahora y mañana, cuando estés en tu ciudad o viajes de vacaciones.

Es la clave del sistema y el primer deber del ciudadano, pues si no consume, la maquinaria económica se bloquea y se extienden la pobreza y la desgracia universales. Nos han diseñado para consumir, para producir y consumir; pero el fin de la naturaleza humana no radica en esta finalidad y, cuando la persigue obstinadamente, choca frontalmente con el vacío existencial.

Nos repiten desde múltiples altavoces que hay que consumir, porque la felicidad reside, supuestamente, en la posesión del objeto que seduce. Hasta tal punto tiene influjo esta ley que la felicidad es ir de compras, pasar horas en un gran centro comercial, dar rienda suelta al instinto posesivo. De ahí se deriva que el ahorro es una antigualla y la sobriedad es casi antisocial, de tal modo que ser moderado y discreto es aburrido.

La segunda ley que rige el escenario cultural posmoderno es la exigencia de divertirse. No hay nada más importante que el espectáculo, cualquiera que sea, masivo, en la calle, en casa, frente al ordenador o la televisión.

La cuestión es llenar el tiempo libre, los puentes, las vacaciones, los fines de semana, las horas domésticas. La necesidad de diversión colma todo el espacio disponible, rehace la imagen y el contenido de las ciudades históricas, indefectiblemente turísticas. La diversión en el sentido más extenso, hace construir hoteles y más hoteles, ocupa las playas y los paisajes, llena los centros comerciales, se extiende por todas las horas de la vida. Incluso las noticias más serias o más trágicas se convierten en entretenimiento: guerra, mensajes, catástrofes.

La tercera ley es la del culto del cuerpo joven, de la vitalidad indefinida. Se anhela la piel inalterable, se reniega de la vejez e, incluso, de la condición de adulto. El rejuvenecimiento se convierte en la gran industria universal y el consumo expansivo de cosméticos para parecer esbeltos.

La cultura materialista, que fue criticada por los más lúcidos pensadores marxistas, cristianos, personalistas y por los psicólogos humanistas de la primera mitad del siglo XX, promueve el olvido del yo profundo, idealiza el ego y es incapaz de satisfacer los deseos más profundos del ser humano. Genera frustración, divide a las comunidades en virtud de su poder adquisitivo, genera formas de rivalidad y oculta la verdadera cultura del ser, que es la que tiene que ser desarrollada a través de la práctica educativa.

La obsesión del lucro es una intoxicación en la cual el dinero, que es el medio, se convierte en fin. La obsesión por lo cuantitativo, por lo calculable, por lo traducible en cifras es una intoxicación cognitiva que está muy generalizada en la sociedad que vivimos.

La persecución de los bienes materiales como objetivo vital conduce a la persona a la desazón y al vacío. En primer lugar, porque los objetos materiales nunca llegan a colmar el deseo que subsiste en el ser humano. Nada de lo que puede ofrecer la tecnología puede satisfacer este anhelo vital que late en la entraña del ser humano. Además, la identificación entre felicidad y confort material genera una segunda forma de vacío, pues uno se percata de que el estado de felicidad no depende del número de objetos que se poseen, sino que tiene su raíz en otros niveles.

FRANCESC TORRALBA. Filósofo

La fragilidad, una buena noticia

Vivimos tiempos en los que todos experimentamos más intensamente nuestra fragilidad.Momentos desconcertantes en los que recordar que esta experiencia puede ser una noticia muy buena para un discípulo de Jesús. En la experiencia cotidiana de nuestra fragilidad, podemos redescubrir la riqueza del Evangelio, la belleza de la liturgia y el consuelo de la oración. Allí es posible renovar el encuentro con nuestro Padre Dios y reencontrarnos con nuestros hermanos de una manera nueva.

Los hombres y las mujeres de la Iglesia tenemos en estos días la oportunidad de proclamar con nuestras vidas lo positivo y la riqueza de la experiencia de la fragilidad humana. Muchos hermanos se encuentran perplejos y atemorizados. Necesitan palabras y gestos para descubrir que este tiempo doloroso esconde una fecundidad sorprendente.

La pandemia ha puesto de manifiesto que las seguridades en las que se apoyaban las vidas de millones de personas eran ficticias, sorprendentemente inseguras. Este descubrimiento nos permite hacernos preguntas incómodas que veníamos postergando. En algún rincón de nuestro corazón intuíamos hace tiempo que el mundo no podía seguir avanzando en la dirección en la que iba, de algún modo sabíamos que nuestras vidas y las de nuestras familias se estaban construyendo sin cimientos sólidos, sin raíces profundas. Si somos sinceros, debemos aceptar que no prestamos mucha atención a muchas señales que advertían el peligro.

Otra riqueza que se puede descubrir en medio de esta tragedia puede resultar algo molesta para muchos que se sorprenden ante su fragilidad. Si bien son hoy muchísimas las personas perplejas ante una fragilidad insospechada hasta hace poco, es necesario reconocer que son muchísimos más los hombres y mujeres de nuestro tiempo para quienes la fragilidad no es una sorpresa, sino su pan de cada día. Quienes acaban de descubrir su fragilidad tienen la oportunidad de experimentar en carne propia lo que padecen infinidad de hermanos que -utilizando la imagen de Francisco- se hallan «en nuestra misma barca» desde hace mucho tiempo. ¿Acaso no lo sabíamos?

Cuando Jesús llama bienaventurados a los pobres, los que lloran, los perseguidos, los pacientes, los que tienen hambre y sed de justicia, no habla como un trabajador social o un reformador político. Su «opción preferencial por los pobres» es un aspecto de algo más profundo y característico de él: su opción preferencial por los más frágiles. El Señor hace de la pobreza una metáfora de quienes ponen su confianza en Dios. Nunca lo veremos junto a los saciados, los satisfechos y encerrados en sus inseguras seguridades.

¡Sí!, esta pandemia puede ampliar el número de los bienaventurados. Pero no basta con ser más pobres y frágiles, falta preguntarnos sobre qué cimientos vamos a construir, si vamos a dejarnos deslumbrar de nuevo por promesas vanas o nos atreveremos a vivir como aquel que «no tenía donde reclinar su cabeza». El Maestro, más que cambiar la fragilidad en fortaleza, enseña a vivir en la fragilidad.

JORGE OESTERHELD

Creer en Londres

El 84% de los seres humanos creen en Dios y el Pew Research Center calcula que la tendencia es creciente: en 2050, serán el 90%. Se podría pensar que el mundo de las grandes ciudades globales es una excepción, pero un estudio sobre religiosidad en Londres muestra lo contrario. Según ese ejemplo, las ciudades globales del futuro no serán focos de secularización, sino lugares de mayor religiosidad. El estudio Religious London: Faith in a Global City, una encuesta de 3.028 casos realizada en enero de 2020 (theosthinktank.co.uk), desvela que el 62% de los londinenses se define como personas religiosas (el 53% del resto de habitantes del Reino Unido). Ese 62% está formado por un 40% de cristianos y un 22% de otras religiones. Entre los cristianos londinenses, el 33% son anglicanos y el 35% católicos. Entre el resto de cristianos, hay un 15% de católicos y un 55% de anglicanos. Los no religiosos son un 33% en Londres y un 45% en el resto del país.

El 57% de londinenses asiste alguna vez a celebraciones religiosas ordinarias (sin tener en cuenta bodas, bautizos y funerales). Fuera de Londres, ese porcentaje es mayor. El 38% de cristianos londinenses son practicantes y el 56% de cristianos londinenses rezan con frecuencia (un 32% en el resto del país).

El Londres religioso no es mayor: las personas religiosas en Londres son más jóvenes y diversas, es una ciudad que desborda futuro. El clima sobre la religión en Londres es más receptivo: incluso las personas no religiosas son más acogedoras y atentas respecto a lo religioso. Solo un sector de las élites se muestra abiertamente antirreligioso.

Londres sigue siendo una de las metrópolis que marcan las tendencias globales de modernidad, especialmente en los sectores más dinámicos de nuestras sociedades, y la dirección es clara: la religión es clave en el modelo actual y futuro de ciudad global.

FERNANDO VIDAL. Sociólogo

¿A dónde van los que se van?

Las iglesias se vacían. Los pastores aparecen preocupados. ¿Cómo lograr que vuelvan los que ya no están? ¿Qué hacer para recuperar a quienes se han alejado? Muchos se hacen esas preguntas- Pocos preguntan dónde están los que se fueron.

No se trata de hijos como el de la parábola que reclamó su parte de la herencia y se marchó a un país lejano. Por lo tanto, no es suficiente la actitud del padre que espera el retorno del hijo arrepentido. Se trata más bien de emigrantes forzados. De quienes abandonaron el hogar a su pesar. ¿Ya no había lugar para ellos en esa casa? ¿Era imposible el diálogo y la comprensión mutua? ¿O se fueron simplemente aburridos, o cansados de esperar una palabra o un gesto que nunca llegaron? ¿Descubrieron otro hogar y viven felices en su nueva casa o siguen sin encontrar su sitio como si fueran «personas sin hogar» espiritual?

Esas preguntas son las que deberían inquietar a los pastores. No es lo mismo preguntarse por qué las iglesias se vacían, que preguntarse dónde están los que no están. Tampoco sirve quedarse buscando culpas mientras se contemplan las iglesias semivacías. Si de verdad me duele la situación, la urgencia es otra: ¿dónde están? Si ahora modificamos lo que haya que modificar en nuestras comunidades, ellos no se van a enterar, ya no vienen. ¿Los vamos a dar por «perdidos»? ¿Dónde buscarlos?

Si un hijo abandona la casa y nadie lo busca, es probable que tuviera buenas razones para alejarse. Si su ausencia no importa lo suficiente como para salir en su búsqueda, es evidente que nadie valoraba su presencia y que, por lo tanto, ya no tenía sitio en esa casa. Son cuestiones que deberían inquietar.

Sin embargo, más inquietante aún para pastores y pastoralistas podría ser otra pregunta: la cuestión sobre el abandono de «las prácticas religiosas» puede plantearse de otra manera, a saber, que a determinada edad cada uno tiene derecho a elegir su camino y decidir en qué lugar quiere vivir; ¿por qué entonces ir a buscarlos? ¿por qué afligirse si la casa está vacía? ¿qué nos debería hacer suponer que, sin nosotros, ellos no pueden crecer y ser felices? ¿No se esconde cierta soberbia o frustración debajo de la preocupación por aquellos que se han alejado del hogar?

Quizás más inquietante que «el síndrome de las iglesias vacías» sea que quienes «no están» estén muy bien, hayan encontrado válidas motivaciones para vivir y nuevas riquezas espirituales o religiosas. ¿Por qué buscar a quienes no están? No es un buen punto de partida suponer que quienes se alejaron lo hicieron arrastrados por los errores que cometieron en sus vidas o por la culpa del mal testimonio de los cristianos; hay otras posibilidades. De hecho, hace tiempo que muchos se acostumbran a buscar respuestas a las preguntas esenciales en otra parte y no en los sombríos rincones de las iglesias. ¿No habrán encontrado lejos de casa respuestas válidas?

Quizás ese sea unos de los motivos más válidos para ir a su encuentro. Quizás no se trata de ir a buscarlos para «traerlos al rebaño», sino para dialogar y enterarnos qué encontraron en otros sitios. Quizás allí encontremos las respuestas que no descubrimos recorriendo cabizbajos nuestros templos vacíos. Quizás allí nos reencontremos con el Buen Pastor que ya encontró a sus ovejas antes que nosotros; que nunca se apartó de ellas, que hace tiempo que las tiene sobre sus hombros y con ellas nos está esperando para caminar con él por caminos completamente nuevos.

JORGE OESTERHELD

¿Una buena noticia?

Más allá de la cantidad de comentarios elogiosos que ha suscitado Fratelli tutti y, por supuesto, más allá de las frívolas críticas hacia su nombre, supuestamente machista, podemos observar algunos fenómenos inusuales que rodean a este mensaje papal.

¿Es realmente una buena noticia anunciar a los cuatro vientos que todos somos hermanos? A juzgar por las repercusiones periodísticas, parece que no. La reacción de la prensa en general ha sido mucho menos importante que con ocasión de la aparición de la encíclica Laudato si´y menos importante aún si se la compara con el tratamiento mediático de algunos escándalos clericales. En términos periodísticos, se podría decir que recordar al mundo que «todos somos hermanos», en medio de una pandemia y de una crisis económica global, ofrece una temática poco atrayente, es decir, que interesa poco al úblico en general. No tiene rating y, por lo tanto, «no existe».

Pero no es suficiente detenerse en el análisis de las lógicas periodísticas, tantas veces manipuladas o atrapadas en cuestiones intrascendentes. Además, hay otras razones para que esta encíclica -por tantos elogiada con todo tipo de calificativos- sea simultáneamente para muchos una noticia sin importancia o -por qué no decirlo- una afirmación incómoda. Para muchos, quizá demasiados, recordar que somos «todos hermanos», lejos de ser una conmovedora verdad que genera tiernos sentimientos, es una evocación bastante molesta. Es más, se trata de recordar algo que con esfuerzos dignos de mejores causas ciertamente se procura olvidar.

Hablar de «todos hermanos» -en un mundo y en una Iglesia astillada en múltiples «nosotros» y «ellos»- es utilizar un lenguaje que solo con cierto cinismo puede ser elogiado desde todas las latitudes. La lógica de la convivencia -también en el seno de la Iglesia- funciona hoy con otros criterios. No puede disimularse el hecho de que la encíclica Fratelli tutti es desafiante y claramente contracultural. Aceptar que se trata de un llamamiento papal que no es en absoluto «políticamente correcto», y que es aún más desafiante que el contenido de Laudato si´, es quizás el primer paso para comprender su mensaje y la inmensa tarea que tenemos por delante.

Hasta la expresión «hermanos» esconde un desafío en el cual difícilmente nos detenemos. Quienes tenemos hermanos de sangre lo sabemos muy bien: se trata de un vínculo muy complejo. Las inevitables «peleas entre hermanos» son el áspero territorio en el que los humanos aprendemos a convivir. Allí aparecen las primeras y más primarias emociones: las envidias, los celos, la competencia… Los padres y las madres lo saben bien: la tarea de mantener la pacífica convivencia en el hogar es una de las más arduas que deben enfrentar día a día. Y, sin embargo, en medio de todas esas tensiones, se experimenta una de las vivencias más profundas y sanadoras: para bien y para mal, el vínculo de los hermanos es indestructible. Incluso, cuando ya pasó el tiempo de la infancia, las peleas entre hermanos adquieren su dolorosa dimensión de esa verdad inalterable: somos hermanos.

Recordar «la fraternidad universal» no es un llamamiento sensible y conmovedor dirigido a los corazones mejor dispuestos. Se parece más bien a la actitud de «poner el dedo en la llaga», de tocar allí donde más duele. No se pueden esperar aplausos a menos que estos estén inundados de hipocresía. En Fratelli tutti, Francisco ha planteado -con su habitual valentía y con su ternura de padre- un inmenso desafío a todos, tanto a nivel personal como mundial y, también -hay que repetirlo- eclesial.

Como en aquellas peleas de la infancia, no son suficientes las buenas intenciones, es preciso aprender a dialogar, a perdonar, a reparar los vínculos, a volver a confiar. Es necesario aprender a crecer.

JORGE OESTERHELD