Los alejados

Se afirma, desde hace años, que es esencial reflexionar eclesialmente sobre los que se han alejado. Yo me pregunto: ¿Quiénes son los alejados? Y ¿de qué se han alejado? Muchos de ellos formaban parte activa de la comunidad cristiana y, sin embargo, progresivamente, discretamente, han peregrinado hacia otros mundos espirituales. ¿A dónde han ido? ¿Alguien lo sabe?

Los alejados son un tipo de interlocutor que merece un trato singular. Son hombres y mujeres que se sintieron miembros de la comunidad religiosa, que fueron iniciados en los sacramentos, que conocen sus textos y rituales, pero que en un determinado momento de su vida, y por razones muy distintas, algunas conscientes, otras inconscientes, toman distancia de la comunidad de fe. Existe, pues, un pasado, que les identifica y que ha dejado un sedimento en el alma.

Los alejados no son los indiferentes, pero tampoco son, necesariamente, ateos o agnósticos. Existen alejados que, por varias razones, han abrazado el ateísmo o se mantienen en el terreno del agnosticismo, Otros, en cambio, se alejan de una tradición religiosa y se interesan por un nuevo mundo espiritual y abrazan otra fe, otra comunidad y otros textos y rituales.

Con frecuencia, los alejados se han distanciado por cansancio, por desidia; mientras que, otras veces, por decepción, porque la comunidad de fe se ha convertido en una barrera en la experiencia personal de Dios. Algunos, pues, se han alejado de la institución, porque entendían que la institución era un obstáculo en su vivencia personal de Dios. Otros mantienen una vida de comunidad, pero al margen de los rituales y de las pautas de la comunidad universal.

El diálogo con los alejados plantea algunas dificultades que son propias de este colectivo. No desconocen los textos sagrados, ni la tradición de la Iglesia, ni la comunidad cristiana. Formaron parte de ella, pero poco a poco han tomado distancia de todo lo que recibieron en la infancia. La razón del alejamiento es determinante para empezar, de nuevo, el diálogo.

Si la razón es una herida, una frustración o una decepción, entonces el diálogo comportará unas dificultades muy superiores si el alejamiento es fruto de la dejadez, de una indiferencia creciente. El factor emocional es determinante: puede catalizar el diálogo, pero también puede bloquearlo, ya que el diálogo no es una pura actividad intelectual e intelectiva, sino una actividad emocional, social, física y espiritual. Intervienen en ello una serie de elementos paralógicos que pueden interrumpirlo o hacerlo muy fluido.

El diálogo con un interlocutor resentido, herido por una experiencia pretérita, marcado por el rencor, es muy difícil y requiere comprender su estado emocional, sus raíces biográficas y las vicisitudes en que vivió. La identidad personal es indisociable de la biografía y solamente podemos comprender el alejamiento del otro si entendemos las fracturas, los sufrimientos de su biografía espiritual.

El interlocutor alejado ya sabe de qué va la cuestión, o como mínimo, eso cree. Este supuesto conocimiento previo puede ser una verdadera barrera para el encuentro de nuevo con Cristo. Sin embargo, es básico escuchar al interlocutor alejado porque expresa las razones de su alejamiento, puede dar claves de comprensión de la pérdida de vigencia social y del eco público que tiene la comunidad de fe en el mundo.

FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ

El más inquietante de los huéspedes

La tentación de huir, de escapar, de marchar lo más lejos posible, hasta los confines de la tierra, siempre está presente en la vida humana, especialmente cuando uno pierde muchas batallas, se encuentra en un callejón sin salida y se da cuenta de que envejece y el tiempo pasa en balde.

El más inquietante de todos los huéspedes, el nihilismo, como decía Friedrich Nietzsche, altera profundamente el pensar y el sentir.

El nihilismo es una enfermedad del alma, en palabras de Kierkegaard, quizás la peor que pueda sufrir un ser humano. Uno puede experimentar tristeza, pena, nostalgia, incluso resentimiento, ira u odio, pero cuando es invadido por el nihilismo, se convierte en la presa del peor depredador.

Cuanto menos, en la ira, en el odio o en el resentimiento hay pasión, anhelo, deseo, aunque solo sea de ajustar las cuentas en el futuro, de causar mal a alguien, pero cuando el nihilismo hiela todas las cavidades del alma, la pasión desaparece, el anhelo de vivir se esfuma, la voluntad de vivir, ese motor que está presente en toda forma de vida, desde el insecto hasta el ser humano, se seca de raíz.

Si es verdad que el filósofo, como decía Platón, es el médico del alma, debe poder hallar algún remedio, alguna fórmula magistral para sanar el alma y librarla de este mal.

El nihilismo está ahí, laminando vidas de miles de personas anónimas que se apean de vivir, que se arrastran por ahí, sin ánimo, esperando que algún bufón les alegre el día y la noche. Mientras tanto, la filosofía académica es incapaz de ofrecer respuestas, encerrada en su diminuto búnker, amurallada detrás de una jerga ininteligible para el vulgo, juega con las palabras y las categorías, pero ha dejado de ser bálsamo para el alma. Parece, en definitiva, ajena al drama de miles de personas que son presa del nihilismo.

La palabra se infravalora y se suple su ausencia con el fármaco. Vivimos en la era de la farmacocracia, de tal modo que el comprimido se ha convertido, prácticamente, en una ponzoña mágica, en un talismán. En él se depositan todas las esperanzas, todos los anhelos. Contra esta tendencia, tan común, algunos reivindican más Platón y olvidarse del Prozac, pero todo es en vano, pues la gran mayoría social solo reconoce en la química las posibilidades de salvación.

Dice el olvidado filósofo francés Maurice Blondel, en su obra culminante, La acción, que la pregunta filosófica por definición, esa que justifica este saber tan minoritario y extraño, es si la vida tiene o no tiene un sentido. Pues bien, si esta es la cuestión de la filosofía, si el filósofo es capaz de responder a tal pregunta, puede ofrecer un bálsamo a quien ha sido presa del nihilismo, a quien ha sucumbido a la tentación de la nada.

La fe cristiana es un proyecto de sentido en el mundo, una llamada interior que se traduce en un obrar, en una vida exterior. Si es verdad que el nihilismo está subyacente a nuestra cultura, que persiste en ella de un modo invisible, se impone la tarea de presentar un relato significativo de la fe, un horizonte legítimo por el que luchar, un proyecto vital que puede suscitar entusiasmo y novedad, anhelo de vivir con profundidad. La elección definitiva consiste en discernir entre la nada y el Tú infinito.

FRANCESC TORRALBA. Filósofo

Contra el conformismo

Conformarse a lo que hay es empezar a morir. Mientras uno es capaz de indignarse, de discrepar, de imaginar que otro mundo es posible y de luchar por él, la historia está viva. El conformismo es el principio del final, la consecuencia de la deconstrucción de todos los sueños utópicos.

La ideología conformista expresa, por un lado, falta de solidaridad y, por otro, una actitud de huida de la oposición. También revela una escasa fe en la condición humana y en su capacidad para alterar el curso de los acontecimientos históricos. Conformarse es adaptarse a lo que hay, entendiendo que lo que hay no puede ser de otro modo. Es una especie de fatalismo metafísico que consiste en la negación de la voluntad humana, en su disolución en el devenir de la historia.

De esta ideología deriva una actitud tóxica y perjudicial, unas prácticas malsanas, pues consiste, esencialmente, en una actitud de obediencia y de resignación, en una pasividad que hace que la persona niegue su ser, su talento, su creatividad potencial, para perderse a sí misma, en vez de ser el autor de su vida, el señor de sus actos y de su existencia.

Aun cuando la actitud del conformismo no se convierta en un manifiesto rechazo violento, siempre indica una debilidad de la autodeterminación de la persona, de su capacidad de singularizarse en la historia.

El problema del conformismo no radica solamente en la sumisión a las pautas de la moda, del mercado o de la política de turno. Está en un plano más profundo y consiste en renunciar a buscar la propia realización, a autodeterminarse y a poseerse a sí mismo, en definitiva, a participar activamente en la construcción de un modo mejor desde la propia singularidad.

El conformismo, en su modalidad más servil, se convierte en un rechazo a la participación. El conformista deja de participar política y socialmente en la construcción de un mundo mejor y se limita a quejarse. Critica a cuantos intentan edificar un escenario más justo y les califica de utópicos.

A la verdadera participación la sustituye una apariencia de participación, una obediencia superficial a los demás, en la que no se da convicción ni compromiso auténtico. El conformista teme, como la peste, cualquier forma y modalidad de compromiso, ya sea política, social o religiosa.

El conformismo se puede considerar una expresión del individualismo posmoderno; pues se convierte en una evasión de la comunidad y en una inmersión en la masa anónima. Este estado de cosas solo puede tener efectos negativos en la sociedad.

El conformista se oculta tras una máscara de apariencias externas. El conformismo genera un mundo uniforme, gris, totalitario, donde nadie expresa lo que realmente desea o piensa y, sin embargo, por debajo de toda comunidad auténticamente humana existe una diferencia latente que la comunidad intenta encauzar creativamente.

La prevalencia del conformismo en nuestras sociedades no es, en ningún caso, una buena noticia. Las personas se adaptan a las exigencias del mercado, aceptan lo que hay, pero a regañadientes. Solo se quejan en el receptáculo de la cocina casera y, cuando lo hacen públicamente, solo es para conseguir algunas ventajas inmediatas o para evitarse problemas.

Esta actitud obliga al ser humano a abandonar su aspiración a la realización en la acción junto a los demás. El conformismo priva a la persona de la característica de la participación activa en la sociedad y, por lo tanto, de realizarse auténticamente en la comunidad, de ser y actuar junto a los demás.

El conformismo es, en cualquier caso, fruto del cansancio y de la fatiga. Es lógico pensar que Sísifo, al final del relato recreado por Albert Camus, se fatigue; que cuando, por enésima vez, recoja la piedra y vuelva a trepar a la cima, experimente cansancio y se conforme a la situación.

Este cansancio, raíz del conformismo actual, es precisamente lo que el mundo no puede permitirse. Como sugiere inteligentemente Edmund Husserl, el mayor peligro que acecha a Europa en aquel entonces y ahora, es el cansancio, porque de él emana el conformismo, una verdadera ideología tóxica.

FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ

La noche, la Fuente y la sed

Un poema de Luis Rosales de inspiración sanjuanista dice así: «De noche, iremos, de noche / que para encontrar la Fuente / sólo la sed nos alumbra».

De noche

A Dios, por lo general, acudimos cuando en nuestra vida es de noche, es decir, cuando comprendemos que le necesitamos. Cuando es de día, en cambio, son tantas las luces que nos deslumbran que es fácil olvidarse de su Luz.

Al igual que al final de cualquier túnel, por largo y oscuro que sea, hay siempre una luz, en el más profundo centro de nuestras noches brilla siempre una llama. Esa llama es Dios, que nos espera en el corazón de nuestras tinieblas. La invitación, por tanto, no es a huir de la oscuridad, que es lo que normalmente hacemos, sino entrar en ella.

Nuestra noche oscura particular puede ser ahora un vicio no erradicado, una pasión desordenada, un pacto con la mediocridad, un problema económico o familiar grave, una crisis de pareja, un miedo de apariencia insuperable… Sea cual sea nuestra noche actual, Dios está ahí para nosotros. Esta es la convicción cristiana más radical.

La Fuente

La felicidad del hombre en este mundo depende de su conexión con su fuente interior, lo que los cristianos llamamos Espíritu Santo. Sólo esta Fuente puede saciar el corazón humano. El resto de las alegrías son pasajeras, fugaces, efímeras…

Seducidos por el espejismo de otras fuentes o, sencillamente, por pereza, con frecuencia, conscientes o no, nos alejamos de esa Fuente. A veces nos distanciamos tanto de Ella que ya ni la vemos y hasta dudamos de que exista. Y nos decimos: ¿no será una ilusión juvenil? ¿No me habré engañado cuando creí beber?

Cuanto más lejos estamos de la Fuente, más se van apagando las esperanzas y menos confianza tenemos en nosotros mismos y en los demás. El futuro se va estrechando. Sentimos la vida como un peso que nos fatiga. Crecen los miedos y las seguridades a las que pretendemos agarrarnos. Todo esto deja una huella física: se ensombrece el rostro y nuestra mirada se apaga. Hay quien piensa que eso es la madurez, pero se trata más bien de la decadencia espiritual o de la muerte en vida. Crecer bien es crecer en vulnerabilidad.

La sed

Es en esta situación límite, casi desesperada, cuando podemos reconocer que estamos profundamente insatisfechos. Antes, quizá, no habíamos tocado fondo y aún nos dejábamos engañar por los sucedáneos de la felicidad: el prestigio social, la compensación sensorial, la seguridad material… Pareja, familia, trabajo…: nadie niega que todo eso sea importante y bueno, pero no es, ciertamente, el Reino de los Cielos.

Lo primero que hace falta para atisbar algo de ese Reino es tener sed; sólo entonces acudiremos a la Fuente. Lo primero es desear la luz; sólo entonces salimos de la noche. ¿Y cómo? Gritando. Sólo un grito imperioso y desgarrado es escuchado por Dios. No hay oración sincera que Él no atienda. Ni una sola. Tampoco hay ritual vacío que Él escuche. Ni uno sólo.

Estar en Dios y estar en las cosas de Dios no es en absoluto lo mismo. Podemos ser muy religiosos y muy poco espirituales, y quizá sea éste nuestro cáncer. Podemos recitar plegarias durante media hora sin haber conectado con Él ni un segundo. Por desconfianza hacia Dios y hacia la vida -que es la misma desconfianza- nos aseguramos todo tanto que, al final, no necesitamos nada y, en consecuencia, nada hay que pedir de verdad. ¿Cuál es hoy mi grito?, ésta es la pregunta. ¿De qué necesito ser salvado en este momento de mi vida? ¿Estoy dispuesto a convertirme en un pobre que suplica?

PABLO d´ORS

Crítica de la novolatría

El espíritu reaccionario se impone a lo nuevo. El espíritu progresista se opone a lo antiguo. Para el primero, cualquier tiempo pasado fue mejor, por eso de lo que se trata es de restaurar, aunque sea artificiosamente, lo pretérito, puesto que se idealiza y se pierden de vista sus lagunas, sus incoherencias y atrocidades.

Para el segundo, lo nuevo es lo valioso y, por ello, se debe dar razón a las generaciones venideras y poner toda la esperanza en ellas, también en los avances de la ciencia, en los prodigios de la tecnología y en la innovación social, política y económica. Y, sin embargo, algo, por el mero hecho de ser nuevo, no tiene por qué ser, necesariamente, mejor que lo que existió en el pasado.

Uno de los males que acecha al mundo del espíritu es la novolatría, que consiste en el culto a lo nuevo por el mero hecho de ser nuevo. Esta bella expresión, acuñada por el filósofo francés Jacques Maritain, autor de El humanismo integral (1936), tiene mucho calado.

La novolatría es, en sentido estricto, el culto a la última novedad, a la novedad que acaba de emerger. Esto vale tanto para lo cultural, lo social, lo económico, lo espiritual. Lo nuevo, por definición, es lo bueno, lo que debe ser escuchado y seguido, simplemente, porque es nuevo.

Esta actitud, que ya fue criticada por Jacques Maritain, también es objeto de críticas por filósofos tan alejados ideológicamente de él, pero contemporáneos suyos, como Martin Heidegger y Ernst Bloch. Es una actitud que incluye un desprecio a lo permanente, a lo que procede del pasado, a las costumbres ancestrales y a los usos y manejos tradicionales. Lo nuevo fascina, lo diferente atrae, mientras que lo antiguo, carece de interés.

Esta actitud acarrea graves problemas porque, al venerar lo nuevo y despreciar lo antiguo, se margina un saber muy valioso que procede del pasado y que ha sido comunicado, de generación en generación, a través de los siglos.

Lo nuevo atrae, pero pronto deja de ser nuevo y envejece aceleradamente, porque irrrumpe otra novedad que lo desplaza y lo tiñe de antigüedad. La consecuencia final de esta atracción por lo nuevo es que no se acaba comprendiendo nada a fondo, porque la comprensión implica reiteración de lo mismo, atención y respeto a lo mismo.

El periódico es, por definición, el género de la novedad. Vive de las novedades y alimenta la curiosidad humana. Da temas para hablar, llena de contenido las tertulias, las cafeterías, las comidas de trabajo. De algo hay que hablar y el periódico sirve cotidianamente novedades. La sobrevaloración del hoy es una expresión de la novolatría. En ella se detecta una incapacidad para valorar al clásico, el autor que ha superado la prueba del tiempo, que persiste más allá de las modas y los altibajos estéticos.

Quizás en el presente, el verdadero aguijón de la sorpresa no es solamente el periódico, sino la red virtual, los sistemas de comunicación audiovisual que ofrecen constantemente novedades, motivos para llenar conversaciones y salvarse del silencio.

La novedad es lo diferente, lo que rompe con la continuidad, la rutina, lo mismo. Por lo general, se detesta la repetición y se desprecia la memoria del pasado, la sabiduría que transmiten las generaciones mayores. El gusto por lo nuevo, seduce, pero se trata de una seducción efímera y pasajera, porque pronto, muy pronto, lo que era nuevo se transforma en algo viejo y caduco y deja de ser objeto de atención, para formar parte del gran cementerio del olvido.

En Ser y tiempo, Martin Heidegger describe el afán de novedades como una característica propia de la existencia cotidiana del ser ahí (Dasein). El afán de novedades, tal como se describe en esta conocida obra, es un mecanismo de evasión y de distracción, un modo de esquivar la existencia auténtica y de llenar, falsamente, la vida de habladurías. Las novedades dan que hablar, se convierten en carnaza de tertulia, en pretexto para hablar y liberarse del temor que suscita el silencio.

FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ.

¿Creen en Dios los científicos?

El doctor Valentí Fuster infiere: «La ciencia me ha llevado a creer, porque la ciencia es muy limitada. Hay una parte de la persona que es intangible y a donde la ciencia no puede llegar, que es la parte fundamental de la vida. Y ahí está Dios». El testimonio del cardiólogo expone la tesis de Los científicos y Dios (Trotta), con el que Antonio Fernández-Rañada, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Real Sociedad Española de Física, prueba «la falsedad del estereotipo de que los científicos se oponen necesaria y radicalmente a la experiencia religiosa».

Eugenio Trías, José Antonio Marina o José Ramón Ayllón han sondeado también ese mismo escenario. «Conocemos científicos que han negado la existencia de Dios desde los primeros balbuceos de la ciencia, en tiempos de Pericles -narra Ayllón en Dios y los náufragos (La Esfera de los Libros)-. Sin embargo, son mayoría los que vislumbran a Dios a través de la grandiosidad del universo en su conjunto y de la complejidad de una célula viva o un átomo». Es decir, la existencia de algún tipo de Dios o de alguna realidad trascendente no puede ni probarse ni refutarse desde la razón humana.

«Para probar la tesis esencial del libro -explica-, basta con aducir que muchos de primera fila creen en un Dios lo suficiente como para elaborar un sistema personal de creencias, fuertemente implicado de la visión del mundo que deriva de su ciencia». Ahí están, por si acaso, Einstein, Maxwell, Planck o Schrödinger, «que meditaron mucho sobre la idea de Dios y eso les ayudó en su trabajo».

La evidencia es que «la proporción de científicos que cree en algún tipo de Dios es menor que en la población general, pero notablemente mayor que lo supuesto por el estereotipo social», aunque como sucede en la ciencia misma, nada es simple. Los científicos creyentes suelen tener visiones muy propias y personales, poco preocupados con la ortodoxia y se sienten poco atados al dogma particular de su Iglesia. «Las actitudes de los científicos sobre la religión y sobre la idea de Dios son muy variadas, a menudo fuera de la tutela de las iglesias, y van desde la creencia sincera al ateísmo radical», manifiesta Rañada.

Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Robert Boyle e Isaac Newton, por delante: «Su Dios no es solo el de los filósofos, sino el Dios bíblico, como lo prueban los enormes esfuerzos que dedicó a intentar descifrar el sentido oculto de los textos de la Biblia», escribe el físico español, quien defiende que «si la creencia en Dios fuera, como algunos pretenden, nada más que una una reliquia del pasado, el método de la ciencia habría probado que es así y nuestro examen probaría una unanimidad completa entre los científicos, igual que todos creen que la Tierra gira alrededor del sol».

El estereotipo del caso de Galileo ha contaminado el debate, que transciende también el determinismo, el azar en el mundo, el origen del universo, la evolución biológica de Darwin y Wallace. «La existencia de Dios es una cuestión inevitable para cualquier científico porque su trabajo consiste en desentrañar los mecanismos ocultos que gobiernan el comportamiento de las cosas», expone Fernández-Rañada. (…)

Descartes, Pascal y su «espíritu de sutileza» no dejan de seguir siendo una constante: «Es el corazón el que siente a Dios y no la razón». Fernández-Rañada defiende que la ciencia y muchas formas de la religión son plenamente compatibles: «Entiendo por ello que es posible aceptar las ideas de la ciencia de hoy y mantener, a la vez, una postura religiosa sin caer en incoherencia o en falta de honestidad intelectual». Wolfgang Pauli, Werner Heisengerg, Joseph Priestley, Leonhard Euler, Michael Faraday, el mejor físico experimental de la historia, dan fe.

Desde la convicción de que las posturas extremas conducen a callejones históricos sin salida -la razón por la razón y la religión que excluye a la razón-, Fernández Rañada señala cómo la mayoría de los científicos que creen en Dios optan, rehuyendo a los fundamentalismos, por un tercer camino, «basado en un equilibrio entre dos necesidades acuciantes: mantener a la razón como un elemento imprescindible para analizar el mundo».

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ en Revista Vida Nueva

Fe en la educación

La historia que quiero contarles no es nueva, de modo que es posible que muchos de ustedes la hayan leído. La han narrado distintos periodistas, en distintos momentos: como la gran Rosa Montero en El País, o Darío Menor en el Ideal de Granada, y algún otro, y ha circulado por las redes sociales. Pero me permito recordarla (…) porque nuestra memoria es frágil y nuestra indiferencia grande, y conviene que estas cosas no se olviden, como hemos olvidado el cuerpecillo desmadejado de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado que apareció sobre la arena de una playa turca.

La historia que quiero contarles se conoció hace cuatro años, gracias a una forense italiana, Cristina Cattaneo, empeñada en dar al menos un nombre a los cuerpos anónimos de los miles de naúfragos ahogados en el Mediterráneo. Ese empeño le ha hecho investigar cientos de cadáveres. Con ello, Cattaneo (…) ha conocido muchas historias conmovedoras, por las mínimas señales encontradas junto a los cuerpos: un número de teléfono con el nombre de un familiar o amigo, unos auriculares, un carnet de una biblioteca escolar, fotografías de madres, novias, hijos, esposas… Algunas personas habían colgado de su cuello un saquito -que los investigadores en un primer momento creyeron que era algo de droga para traficar- que resultó ser un poco de tierra (piensen en la infinita tristeza de dejar su casa, su país, su familia, todo lo que hasta entonces había sido su vida).

Entre esas trágicas historias está la de nuestro protagonista. Cattaneo y su equipo de antropología forense recogieron una bolsa de peso más liviano que otras y, al abrirla, encontraron el cadáver de un magro adolescente de unos 14 años, vestido -según relatan- con «chaqueta, chaleco, camisa y pantalones vaqueros». Un niño de Mali, que tenía cosido en el interior de la chaqueta algo duro: un boletín de notas, escrito en francés y en árabe, de su curso de secundaria, con notas excelentes en todas las materias. Sin duda, el objeto del que se sentía más orgulloso.

¿Qué llevó a este muchachito a llevarse como único bien el boletín de sus notas al emprender un largo y arriesgado viaje? Sin duda alguna, su fe en la educación. Probablemente pensó que esas notas demostraban más que ningún otro documento quién era él y lo que había hecho. Él era un muchacho serio y aplicado, responsable y estudioso, que, pese a todas las dificultades que tuviera -la lejanía de la escuela, el trabajo en el campo para ayudar a la familia, lo que fuera-, se había esforzado y había conseguido esas magníficas notas. Ese boletín con sus calificaciones era para él mucho más importante que cualquier documento, cualquier pasaporte o salvoconducto. Cuando los europeos vieran quién era, lo que había hecho, seguramente le permitirían seguir estudiando, quizá le darían una beca y, cuando terminara los estudios, encontraría un trabajo y podría mandar dinero a su madre, a su familia, el sueño de todos los inmigrantes. Y quizás un día, volvería a su país, siendo un doctor o un profesor, y así podría ayudar a los que se habían quedado.

No sé, claro está, cuáles serían los sueños de este chico delgado y estudioso, los sueños que quedaron en el fondo del mar. Pero si sé que nunca he conocido a nadie con una fe más grande en la educación y en lo que con ella podemos llegar a ser.

María de la Válgoma

Profesora de Derecho civil. Universidad Complutense de Madrid

Tomado de Vida Nueva

La generación precaria

Se ha definido de múltiples modos a la juventud actual. A lo largo de los últimos años, los expertos y científicos sociales la han bautizado con expresiones muy variables: generación X, generación Y, generación @, generación Einstein, pero el nombre que describe de un modo más exacto la situación de miles de jóvenes en nuestro país es la precariedad.

La génération précarie es el nombre que, sobre todo, aparece en los estudios franceses. Uno de cada dos jóvenes en nuestro país está en el paro, y el que tiene empleo cobra un sueldo tan precario que con muchas dificultades pued emanciparse del domicilio familiar. Algunos prueban suerte en el extranjero y encuentran trabajo, pero también es un trabajo precario que no les permite mejorar su situación social. Existe una minoría que se han preparado a conciencia y que, además de poseer un título universitario, tienen en su haber uno o dos másteres, además de dominar dos lenguas entranjeras, y se encuentran desarrollando tareas que están muy por debajo de sus expectativas profesionales, de su ambición económica. Todo ello tiene una consecuencia clara: frustración, vacío, sentido de estafa y, en el peor de los casos, deriva en estados semidepresivos o depresivos. Los psiquiatras han alertado del incremento de depresiones en este segmento de población.

La familia actúa como esfera de protección. Su estancia en el domicilio familiar se prolonga y los padres asumen costes que no deberían asumir, pero no les queda otro remedio dada la precariedad. También ellos se sienten estafados, porque, además de invertir mucho tiempo en la educación de sus hijos, han dedicado muchos recursos económicos y, sinb embargo, observan cómo no alzan el vuelo, cómo el ascensor social está atascado en el sótano y no sube.

Este drama humano está adquiriendo unas proporciones cada vez más profundas, no solo en nuestro país, también en otros de la Europa meridional, pero particularmente en el nuestro, porque las cifras de paro juvenil son muy altas. (…)

Cuando hablo de la generación precaria no me refiero a jóvenes de 20 años. Me refiero a personas que están en la década de los 30, algunos rozan ya los 40, que han terminado hace tiempo sus estudios, que están ubicados en empresas, pero que son inmisericordemente explotados. La mayoría tienen pareja, pero no se han casado, ni civil ni religiosamente. Muy pocos son los que se adentran en la aventura de la paternidad, pues la precariedad no estimula, lo más mínimo, a fundar una familia y a asumir las responsabilidades que conlleva.

Se utiliza como eufemismo la palabra empleo, pero, en el fondo, lo que realmente se produce es una forma de explotación humana que es consecuencia del gran mantra del capitalismo globalizado repetido hasta la saciedad: el beneficio es lo único que cuenta. La consecuencia de ello es una generación hastiada, desvinculada y asqueada del mundo de los adultos y, especialmente, desencantada de sus líderes sociales, políticos y económicos.

Sin embargo, este sufrimiento se vive de puertas adentro. La lucha por la supervivencia les divide y les enfrenta. Cada cual busca el modo de salir de la precariedad. No hay líderes, no hay movimientos, no hay resistencia crítica y, si la hay, es muy marginal en relación a las proporciones del fenómeno. Esta situación está haciendo mella en los jóvenes y, a pesar de las promesas políticas, la realidad persiste con toda su dureza. El discurso que ha alentado a miles de jóvenes a esforzarse, a entregarse al estudio, a sacrificar los mejores años de la vida por un buen empleo está en crisis, y ello solo alimenta movimientos de evasión y de huida de la realidad social.

Francesc Torralba Roselló

Tomado de Vida Nueva

La ejemplaridad: el ideal del maestro

Educamos más con lo que hacemos que con lo que decimos y, sin embargo, seguimos prestando más atención al discurso que a la acción, a los papeles que a las personas, a las palabras que a los hechos. Los maestros somos observados minuciosa y atentamente, tanto en el aula como fuera de ella. A veces, hasta somos fiscalizados por nuestros alumnos o por sus padres.

Solo el ejemplo educa. Cuando el discurso no va acompañado de acciones coherentes, cuando las palabras no se transforman en hechos afines, no se produce el acto educativo. La coherencia es el único modo de educar, el único camino para ser creíbles como maestros.

No podemos exigir que estudien si no ven en nosotros la pasión por el estudio. No podemos obligarles a escuchar si nosotros no les escuchamos nunca. No podemos exigir que lean si ellos no ven que la lectura es fundamental en nuestras vidas. No podemos predicar la tolerancia si somos intolerantes con un niño en el aula.

Un maestro no puede exigir el estudio a sus alumnos si él no estudia todos los días. No puede exigir puntualidad si él no lo es; no puede exigir justicia si él no es justo a la hora de examinar; no puede exigir tolerancia si él no es tolerante con opiniones y creencias contrarias a las suyas; no puede requerir sobriedad y austeridad a sus alumnos si él no vive austera y sobriamente. El lenguaje prescriptivo solo es valioso si el emisor es coherente.

Solo es creíble el ejemplo. Cuando el alumno percibe que existe una contradicción entre lo que el maestro exige o impera y lo que él hace con su vida, toma distancia de él y se siente engañado. Por ello es tan difícil ser verdaderamente maestro. No se trata solo de saber cosas; no se trata solo de poseer habilidades comunicativas, didácticas y pedagógicas o cultura general; se exige coherencia, congruencia, y ello es arduo y difícil no solo para los maestros, sino para todo ser humano.

El niño aprende por mímesis, por imitación del referente. Tanto en el pasado como en el presente, el alumno aprende por repetición, observando al maestro y reproduciendo, a pequeña escala, sus gestos, movimientos, palabras y actitudes.

El proceso educativo no es unilateral. Se trata de un proceso, de un continuum de movimientos, de una cadena de acciones, de palabras, de pequeñas intervenciones y de actos, aparentemente aislados y separados, pero que forman un conjunto, una unidad de significado. Es una obra de arte colectiva, pues el maestro actúa, acompaña al alumno, interviene sobre él; pero no está solo en esta labor. Incide una urdimbre de figuras, de educadores formales e informales que, de un modo u otro, esculpen el alma del alumno.

Educar es un proceso y no un acto, un proceso bilateral, pues solo puede tener lugar si se da el encuentro, si se produce el contacto entre el maestro y el alumno, entre un ser humano dispuesto a enseñar lo que ha aprendido y otro dispuesto a aprender, a conocer lo que todavía ignora, a adentrarse en un territorio que desconoce. Es una relación dual, de alteridad, que presupone, por definición, un encuentro entre dos personas. Sin encuentro no hay educación posible. La ejemplaridad y la cultura del encuenro son los dos fundamentos de la práctica educativa y son los aspectos esenciales que debemos tener en cuenta a la hora de mejorar ostensiblemente el sistema educativo de nuestro país.

Francesc Torralba Roselló. Filósofo

Tomado de Vida Nueva Nº 2878

¿Una enfermedad que mata a los mayores?

Personalmente aspiro a una mirada desprejuiciada, capaz de ver a la persona con independencia de sus circunstancias económicas, culturales, religiosas, raciales, sexuales… Solo una mirada así hace justicia al ser humano. Las personas no son más o menos personas por ser varones o mujeres, ricos o pobres, cultos o analfabetos, blancos o negros, creyentes o agnósticos. Tampoco por ser jóvenes o mayores. En este sentido, la negación de asistencia sanitaria a los ancianos por el simple hecho de ser ancianos, me parece inaceptable y, más que eso, aborrecible. Una decisión de ese tipo solo puede estar guiada por una visión pragmatista y errónea. Y conducirá a una gran deshumanización.

Cabe preguntarse por qué se opta por dejar a los ancianos sin la debida atención médica. Y la respuesta solo puede ser porque se valora más la vida por vivir que la vivida. Claro que el asunto no es tan sencillo. Porque no se trata de vida por vivir o ya vivida, sino de una sobrevaloración de la cantidad de vida, sobre su calidad. Nadie negará que la cantidad de años tiene, desde luego, su importancia; pero lo verdaderamente importante, como todos sabemos muy bien, no es la cantidad de años vivida, sino si realmente los vivimos. Si hay vida de verdad. Calidad, que no es simplemente bienestar. Conozco a muchos jóvenes completamente muertos y a muchos ancianos totalmente vivos. Acabar con los vivos, o al menos permitir que se extingan, no parece desde esta perspectiva muy sensato. Hacen falta muchos años para ser joven. Eso es lo que esas «medidas anti-viejos» no han comprendido. No se trata de mitificar la ancianidad, como si necesariamente fuera la edad de la sabiduría. Con frecuencia es más bien la edad en que la necesidad y el egoísmo llegan a su máxima expresión. Así que nada de idealismos.

En este dilema ético hay muchas cuestiones sobre la mesa. Por ejemplo, pensar que los jóvenes dan y que los ancianos solo (o fundamentalmente) reciben. Nada de eso. Todos dan y reciben, es solo que lo que los ancianos dan no es socialmnte valorado por no ser productivo. Así que el problema no está en dar o recibir, sino en la productividad, es decir, en la valoración de la persona en razón de su funcionalidad económica. Este es el punto. Las cosas son así, dicen algunos. No es verdad. Las hemos hecho así, que es muy distinto.

Una sociedad que se sacude a los que (cree que) no dan se impide a sí misma recibir. Y sin recibir, a la larga, no tendremos nada en absoluto que dar. Pero entonces, ¿qué hacer si no tenemos medios para todos? ¿Cómo resolver este dilema? Hemos olvidado que lo que nos hace fuertes es precisamente la atención a los débiles. No nos damos cuenta de que, si acabamos con los débiles, nunca podremos ser fuertes. Quien mata a un inocente, mata su propia inocencia; y eso será, precisamente, lo que termine matándole a él.

Hay medios, medios siempre hay. El problema no está en los medios, sino en la generosidad, en la entrega. La compasión es la respuesta. Solo piensan que la compasión es un mero ideal quienes no la han experimentado ni practicado nunca. No hablo del movimiento condescendiente de quien siente lástima por su prójimo, sino de la verdadera asunción del dolor ajeno e, igualmente importante, de la entrega del propio. Este tipo es un soñador, dirán algunos. Pero yo sé perfectamente lo que me digo. La compasión es lo que mueve el mundo.

Pablo d´Ors

Tomado de «Vida Nueva» Nº 3175