La diáspora interior

CINE:IDA

El cine ha explicado de mil modos esa costumbre tan humana de volver la vista atrás para rastrear en el pasado las huellas de una palabra, una persona, una imagen o un recuerdo que ayuden a entender mejor el momento presente. Y aunque se trata de una búsqueda que no siempre obtiene los frutos esperados, sí brinda a cuantos están implicados en ella la oportunidad de compartir el dolor que a menudo producen ciertos hallazgos que van dejando tras de sí. El ejemplo más reciente lo tenemos en Ida, la joven novicia que da título al ùltimo trabajo de Pawel Pawlikowski.

La prometedora debutante Agata Trzebuchowska encarna a Anna -nombre por el que se la conoce en el convento donde permanece recluida desde que quedó huérfana-, protagonista de un viaje a los orígenes de su familia en compañía del único pariente vivo conocido: una tía entregada al alcohol, la política (en otro tiempo, fervorosa estalinista y temida fiscal entre los «enemigos del socialismo») y las bajas pasiones. Todo sucede en vísperas de su profesión religiosa, cuando es invitada a dejar por unos días el silencio del claustro para conocer por sí misma la respuesta a tantas preguntas.

A lo largo de varias jornadas, ambas recorren aquella Polonia gris de los años 60 en pos de un nombre, un lugar, una fecha, una explicación al trágico final de sus padres (y a su caprichosa supervivencia) durante la ocupación nazi. Este periplo le permitirá también descubrir una experiencia amorosa inédita para ella, poniendo a prueba el compromiso de los votos que se dispone a tomar. Sin embargo, las previsibles dudas vocacionales que este hecho pudiera despertar quedan relegadas a un segundo plano frente a esa otra crisis de indentidad, entre sus raíces judías y su religión cristiana.

Es entonces cuando el director, con una elegancia solo comparable a la de la bella fotografía en blanco y negro y la música que arropan esta delicada y melancólica historia, nos invita a sumergirnos en el corazón de sus personajes. Sin juzgarlos, asumiendo sus temores y ambigüedades, pero haciéndonos partícipes de los sentimientos encontrados de dos mujeres en exilio permanente, sometidas a una diáspora interior que nos habla de su afán por tomar las riendas de un destino esquivo, aun cuando ello suponga desenterrar el pasado para volver a enterrarlo.

Ida ha pasado recogiendo premios por un buen número de festivales «menores» (Toronto, Londres, Varsovia, Gijón…), lo cual no solo avala su universalidad, sino que ensalza el valor de lo sencillo. Desde la desnudez de su puesta en escena hasta el orquestado concierto de sonidos ambientales (la cuchara contra el plato, la nieve cayendo, la pala excavando la tierra…), como si de un documental se tratara, todo en esta película suena a verdad. Un bien tan preciado como escaso en esto del cine, pero que pequeñas joyas como esta se encargan de preservarlo.

J. L. CELADA

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