¿Una buena noticia?

Más allá de la cantidad de comentarios elogiosos que ha suscitado Fratelli tutti y, por supuesto, más allá de las frívolas críticas hacia su nombre, supuestamente machista, podemos observar algunos fenómenos inusuales que rodean a este mensaje papal.

¿Es realmente una buena noticia anunciar a los cuatro vientos que todos somos hermanos? A juzgar por las repercusiones periodísticas, parece que no. La reacción de la prensa en general ha sido mucho menos importante que con ocasión de la aparición de la encíclica Laudato si´y menos importante aún si se la compara con el tratamiento mediático de algunos escándalos clericales. En términos periodísticos, se podría decir que recordar al mundo que «todos somos hermanos», en medio de una pandemia y de una crisis económica global, ofrece una temática poco atrayente, es decir, que interesa poco al úblico en general. No tiene rating y, por lo tanto, «no existe».

Pero no es suficiente detenerse en el análisis de las lógicas periodísticas, tantas veces manipuladas o atrapadas en cuestiones intrascendentes. Además, hay otras razones para que esta encíclica -por tantos elogiada con todo tipo de calificativos- sea simultáneamente para muchos una noticia sin importancia o -por qué no decirlo- una afirmación incómoda. Para muchos, quizá demasiados, recordar que somos «todos hermanos», lejos de ser una conmovedora verdad que genera tiernos sentimientos, es una evocación bastante molesta. Es más, se trata de recordar algo que con esfuerzos dignos de mejores causas ciertamente se procura olvidar.

Hablar de «todos hermanos» -en un mundo y en una Iglesia astillada en múltiples «nosotros» y «ellos»- es utilizar un lenguaje que solo con cierto cinismo puede ser elogiado desde todas las latitudes. La lógica de la convivencia -también en el seno de la Iglesia- funciona hoy con otros criterios. No puede disimularse el hecho de que la encíclica Fratelli tutti es desafiante y claramente contracultural. Aceptar que se trata de un llamamiento papal que no es en absoluto «políticamente correcto», y que es aún más desafiante que el contenido de Laudato si´, es quizás el primer paso para comprender su mensaje y la inmensa tarea que tenemos por delante.

Hasta la expresión «hermanos» esconde un desafío en el cual difícilmente nos detenemos. Quienes tenemos hermanos de sangre lo sabemos muy bien: se trata de un vínculo muy complejo. Las inevitables «peleas entre hermanos» son el áspero territorio en el que los humanos aprendemos a convivir. Allí aparecen las primeras y más primarias emociones: las envidias, los celos, la competencia… Los padres y las madres lo saben bien: la tarea de mantener la pacífica convivencia en el hogar es una de las más arduas que deben enfrentar día a día. Y, sin embargo, en medio de todas esas tensiones, se experimenta una de las vivencias más profundas y sanadoras: para bien y para mal, el vínculo de los hermanos es indestructible. Incluso, cuando ya pasó el tiempo de la infancia, las peleas entre hermanos adquieren su dolorosa dimensión de esa verdad inalterable: somos hermanos.

Recordar «la fraternidad universal» no es un llamamiento sensible y conmovedor dirigido a los corazones mejor dispuestos. Se parece más bien a la actitud de «poner el dedo en la llaga», de tocar allí donde más duele. No se pueden esperar aplausos a menos que estos estén inundados de hipocresía. En Fratelli tutti, Francisco ha planteado -con su habitual valentía y con su ternura de padre- un inmenso desafío a todos, tanto a nivel personal como mundial y, también -hay que repetirlo- eclesial.

Como en aquellas peleas de la infancia, no son suficientes las buenas intenciones, es preciso aprender a dialogar, a perdonar, a reparar los vínculos, a volver a confiar. Es necesario aprender a crecer.

JORGE OESTERHELD

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