¿Víctima o heroína?

CINE: PAULINA

Entretener, divertir, instruir, provocar, moralizar… El cine tiene la capacidad de conseguir todo eso y mucho más. Sin embargo, solo algunas películas nacen con la vocación de generar debate, incluso una vez concluida su proyección. Es el caso de Paulina, la extraordinaria «relectura» que ha hecho Santiago Mitre de La patota (1960), cinta que dirigiera su compatriota Daniel Tinayre sobre una mujer de clase acomodada agredida sexualmente por varios alumnos a los que impartía clase en una escuela nocturna.

La protagonista que ahora da título al último trabajo del realizador argentino renuncia también a su privilegiada posición y a una brillante carrera como abogada para comprometerse en la formación política de jóvenes desfavorecidos del medio rural. Decisión que -como a su «predecesora»- no solo le cambiará la vida, sino que encontrará la desaprobación de su progenitor, un influyente juez. La acalorada discusión que entablan ambos (inolvidables Dolores Fonzi y Óscar Martínez, adueñándose del magistral plano secuencia con que arranca el filme) nos pone en situación: un padre «cínico, conservador y clasista» frente a las «fantasías de mochilera» de su hija, el pragmatismo frente al idealismo, la retórica frente al compromiso, las leyes frente a las convicciones…

Tanto el punto de vista de ella misma como el de sus agresores, rematados por la posterior charla con una psicóloga, contribuyen a la poliédrica reconstrucción de unos hechos que el director maneja con exquisito tacto y pudor. Consciente del poderoso vehículo narrativo que tiene entre manos. Mitre nos sumerge en las disyuntivas ideológicas (religiosas si nos remontamos a La patota y vitales de Paulina sin necesidad de recurrir a juicios apresurados ni discursos altisonantes. La mirada perdida de Fonzi lo dice casi todo

¿Víctima o heroína?, se pregunta el espectador a cada paso, mientras nuestra profesora no ceja en su afán de cambiarle la vida a alguien. Aunque para ello tenga que seguir enseñando a quienes profanaron su dignidad. Se siente «consecuencia» de un mundo que solo genera violencia y admite que, «cuando hay pobres de por medio, la justicia no busca la verdad, busca culpables». ¿Cuestiona por eso la utilidad de las leyes? Tal vez, pero, sobre todo, nos deja una bella lección: hay que intentar entender antes de juzgar. También las lágrimas desconsoladas de ese padre cuando su hija retoma el insondable camino de la aventura humana. El mismo que emprendemos al abandonar la sala con la única certeza de que hemos visto una magnífica película.

J. L. CELADA

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