De víctima a heroína

CINE: VOLVER A EMPEZAR (HERSELF)

Una joven madre explica por enésima vez a sus dos pequeñas cómo, estando «en el bolsillo de Dios», el Creador decidió hacerle una marca debajo del ojo izquierdo para así poder encontrarla, porque «¡hay un montón de Sandras en Dublín!». Pero no solo allí, habría que añadir. En toda Irlanda y en cualquier país del mundo, son muchas las mujeres que -como la protagonista de Volver a empezar (Herself)– trabajan de sol a sol para sacar adelante a los suyos y construir un hogar donde crecer felices.

De entrada, parece un detalle de lo más inocente. El antojo divino para identificar a una de sus criaturas despierta la curiosidad infantil, hasta convertirse en un secreto familiar. Sin embargo, Phyllida Lloyd lo transforma en una inequívoca declaración de universalidad: el personaje que soporta todo el peso narrativo y dramático de su tercer largometraje (Claire Dunne, también coautora del guión, en su salto de las tablas a la gran pantalla con una interpretación absolutamente conmovedora) es una de las tantas heroínas anónimas dispuestas a tomar las riendas de su propio destino.

Ella misma -así reza el título original, bastante más preciso que su versión española- quiere ser la única dueña de su vida, aunque no lo tendrá fácil. La realizadora británica nos hace partícipes, entonces, del viaje incierto en busca de nuevos horizontes de esta cuidadora, limpiadora y, sobre todo, madre. No en vano, sus dos hijas son su principal razón de ser, el motor de sus decisiones, y las que mejor explican su fortaleza y valentía frente a la adversidad, cuando acumula sobrados argumentos para sentirse una víctima. Del maltrato de su expareja y padre de las niñas, cuyas secuelas todavía arrastra; y de la burocracia administrativa (de los servicios sociales, del sistema judicial…), que menosprecia o desatiende sus requerimientos para revertir la situación.

En este combate desigual, objeto de lúcidas críticas en no pocas producciones del veterano Ken Loach, su compatriota Lloyd introduce un rayo de luz muy de agradecer. Lo describe con el término irlandés meitheal, algo así como el trabajo en equipo, cooperativo, de una cuadrilla de amigos y desconocidos que contribuirán generosamente a levantar una casa para las tres donde Volver a empezar y ser ella misma. Huyendo de la violencia machista y del abandono institucional, nuestra Sandra encuentra un cálido refugio de fraternidad que la (nos) reconcilia con el ser humano.

La directora que en Mamma mia! (2008) puso a cantar y bailar a la mismísima Meryl Streep, a quien luego metió en la piel de La dama de hierro (2011), cambia ahora de escenario y de registro para reivindicar tres valores que, por los motivos más diversos, siempre amenazan ruina: la dignidad, la solidaridad y la esperanza. Caprichos (o no) del lenguaje, tres sustantivos femeninos que estamos llamados a defender entre todos. Y esta película nos enseña que, dado el complejo e incierto momento que atravesamos, se hace más necesario que nunca edificar nuestras sociedades sobre pilares sólidos. Sobre un trípode como ese, que exige sacrificios, voluntad y fe, mucha fe. Claro que si algo tiene el buen cine son recursos suficientes para hacernos creer y soñar que aún es posible la utopía.

J. L. CELADA

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