20. Travesía por tierra hasta Madrid

Don Benito debió captar la semejanza entre Cádiz y Las Palmas al bajar del Almogávar en el puerto gaditano. Los vómitos y mareos de los tres días que duró el viaje marítimo, afortunadamente, quedaron atrás. Ahora le esperaba un tortuoso viaje por tierra hasta su destino. Veamos cómo lo cuenta su mejor biógrafo (hasta el momento), Pedro Ortiz Armengol en su obra Vida de Galdós (1995):

«En Cádiz tendría que reconocer el parentesco urbano con Las Palmas. Ciudad de mar, luminosos, gran puerto. Ambas con catedrales, caseríos de colores vivos, con azoteas en todas las casas… aquí estaría el día 13 y 14 de septiembre […] en línea férrea recién estrenada viajó el canario hasta la gran Sevilla. No sabemos cuántos días estuvo en Sevilla que estaba engalanada esperando la visita de la reina Isabel II y su corte, y no sabemos si decidió quedarse para ver el desfile previsto para el día 19…

Nueva subida en tren hasta la gran Córdoba y pies a tierra, pues la línea férrea de Madrid a Andalucía se hallaba en construcción y el paso de Sierra Morena no estaba concluido [“Los reyes, viniendo de Madrid en tren hasta Almuradiel, habían tenido que tomar carroza de camino para llegar a Jaén y Andújar hasta Córdoba, donde volverían a tomar el camino de hierro hacia la gran Sevilla”]. En Córdoba, los canarios que iban a Madrid tenían que tomar la diligencia que, Guadalquivir arriba, les haría cruzar Montoro, Bailén, La Carolina, hasta pasar el desfiladero de Despeñaperros y, al entrar en La Mancha, volver en la llanura a otros grandes nombres: Santa Cruz de Mudela, Valdepeñas, Manzanares y llegar a Álcázar de San Juan […]

Una vez en] Alcázar de San Juan, transbordo al tren Madrid-Mediterráneo, que ya tenía tres años de antigüedad y uso. Horas de espera, chocolate; madrugada. Y rodando hacia Madrid, la estación de Tembleque […] la maravilla de la velocidad cuando tres o cuatro años antes se tardaban ocho días en diligencia de Madrid a Sevilla, o un poco menos si se iba en galera “acelerada”.

Y Madrid, un día de finales de septiembre, llegando al “embarcadero” de forma de U de la Estación del Mediterráneo que acogía entre sus dos brazos a quienes desembarcaban en sus muelles. La historia de amor entre Galdós y Madrid comenzaba, pero no fue un flechazo inmediato sino un proceso de días y semanas. Ciudad desmesurada; con demasiada gente y demasiados gritos; sucia y descuidada, por la poca intención de sus habitantes en hacerla más habitable…».