8. En la «escuela» de Las Niñas de Mesa

Niñas calando en el patio en una escuela en Tenerife a principios del siglo pasado.

Al cumplir los ocho años, Benitillo fue enviado a la escuela de las Niñas de Mesa «que tenían un colegio de señoritas y parvulillos de ambos sexos en la calle de la Carnicería [hoy Mendizábal], frente al callejón de Montesdeoca del antiguo barrio de Vegueta. La criada de la casa, Teresa Robaina lo llevaba y traía con matemática precisión, atravesando el puente de tablas [el Puente de Palo no existió hasta 1862], pues Mamá Dolores, en esto de la disciplina escolar, era intransigente como en otras tantas cosas».

Para que se hagan una buena idea de cómo ha cambiado la enseñanza, lean lo que dejaron escrito en 1919 los hermanos Luis y Agustín Millares Cubas en su artículo «Don Benito Pérez Galdós. Recuerdo de su infancia en Canarias», recogido por José Pérez Vidal, uno de los más importantes biógrafos de Galdós, en su libro Galdós en Canarias:

«La escuela consta de dos grupos de alumnos: el del cuarto chico y el del cuarto grande. El primero está integrado por párvulos, pero dentro de él hay separación de sexos: los niños se sientan a la izquierda y las niñas a la derecha, cada uno en silla o banqueta propia, que ha llevado el primer día de clase. Entre unos y otros, junto a la puerta, está la silla de la maestra; doña Bernarda está armada de caña y palmeta.

En el cuarto grande, que se halla a continuación del chico, se educan las alumnas mayores. En este grupo ya no se admiten a mayores. Al frente de él está Doña Belén, la directora, su hermana Doña Rafaelita y su hermano Don José. Don José está empleado en la contaduría de la Catedral y es un gran pendolista [calígrafo]. Él es quien prepara a las chicas por los métodos rivales de Torio e Iturzaeta para escribir cartas sentimentales a los futuros novios.

Benito, por su sexo y edad, entra a formar parte de este grupo del cuarto chico. Allí permanece sentado diariamente de nueve a doce y de tres a cinco. Esto de permanecer quieto durante tanto tiempo es un suplicio terrible para la mayor parte delos niños;; para Benito, en cambio, no lo es tanto, a causa de su temperamento tranquilo. Gracias a esta docilidad se libra de los castigos que otros compañeros tienen que soportar con frecuencia

Es completísimo el código disciplinario de la escuela. Una verdadera escala de penas sirve para sancionar las más diversas faltas, según la gravedad. Si la infracción o desacato ha sido leve, entonces se ata al banquillo un pie del culpable. Los colores de la cinta empleada en esta operación expresan diversos grados de culpabilidad. Si, por el contrario, la falta ha sido grave, las sanciones son mucho más vejatorias y mortificantes. La que más se aplica es la de exposición: el reo es conducido al cuarto grande, el de las chicas mayores, donde estas, a hurtadillas, someten su orgullo a las más refinadas pruebas.

Por lo demás, la escuela no es desagradable. Sus suelos están muy limpios; sus paredes, encaladas, son blanquísimas, y, tanto en el cuarto grande como en el cuarto chico, el sol entra todos los días a dar su lección».