6. El doctor Centeno. Alejandro Miquis

Ya hemos dicho que los primeros años de “estudiante” los pasó en casas de huéspedes y llevando una vida bastante desordenada. Lean estos fragmentos sacados de su novela El doctor Centeno, en la que traza algunos rasgos de su biografía, al meterse él dentro del personaje de Alejandro Miquis:

«…metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían y que, vistas una vez, no servían para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero, porque no había autor clásico o romántico, español o extranjero, que él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba, necesitaría la vida entera».

Los huéspedes de la pensión hacen sus valoraciones sobre la vida que lleva Alejandro Miquis (Benito Pérez): «Es un perdido. ¡Qué lástima de talento!… Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones, pobre Alejando, se consume en su propio fuego», decía uno; y otro pensaba que «es un tontaina… cualquiera lo engaña…». Y su amigo Cienfuegos se expresaba así «Le voy a coger de una oreja y sujetarle… ¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo… Verán, verán ustedes…»

Y dejamos un punto y aparte para Doña Virginia, el ama de la casa que, asumiendo el papel de madre, intenta hacerlo entrar en razones.

«Pero don Alejandro… está usted muy echadito a perder. Su papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero y lo que es peor, sin estudiar… Porque dicen que no coge un libro de los de clase y es lástima. Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias… desengáñese usted, niño: eso no da de comer… Y sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay mucha perdición […] A ver, sea usted franco conmigo: ¿qué gusto encuentra en ser malo?, ¿no se cansa, no se aburre? Porque a otros engañará usted haciéndose pasar por un santito; pero a mí no… ¿en dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene a casa a las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, a bofetones de cuello vuelto le enderezaba»

Pero Alejando no responde. Él (Benito) nunca interviene, jamás discute. Se limita a escuchar y pensar. Así continúa el relato en la novela:

«[Alejandro] atendía sonriendo el estudiante a estas razones, y parecía conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósito de enmienda… Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba temprano, iba a clase; pero lentamente a las andadas volvía y a su vida miserable».