5. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (2). Galdós visto por sí mismo

Caricatura de Galdós por J. Moya, en 1898, para Madrid Cómico.

Caricatura de Galdós por J. Moya, en 1898, para «Madrid Cómico».

Galdós comenzó a dictarme, al mismo tiempo que ojeaba un libro o echaba un vistazo a un periódico o se levantaba y con las manos cruzadas a la espalda andaba por el despacho de un extremo a otro, a grandes zancadas…

―¿Qué higiene ha guardado usted para conservar esa salud y esa fortaleza?

―Pues… no lo sé. Como no sea el haber viajado con frecuencia, el haber sido metódico, el no haber trasnochado y no haber hecho vida de depravación… ¡Qué sé yo!

Don Benito es muy austero con la comida. En el desayuno come poco, muy poco. No bebe vino casi nunca y si bebe es muy poco. Apenas si prueba el pan y, aunque toma el café sin azúcar, es bastante goloso.

―Me han dicho que toca usted muy bien el piano, que es un virtuoso.

Virtuoso lo he sido siempre ―dijo sonriendo intencionadamente―. Pero toco el piano regularmente, nada más. La música es uno de mis placeres predilectos.

―¿Es verdad que hace pocos años se puso a aprender armonio y se compró uno?

¡Psé! Fue un capricho. [el armonio, que estuvo en su despacho de San Quintín, está ahora en la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas].

―¿Cómo se llamaban sus padres?

Él, Sebastián Pérez Macías. Fue militar. Era subteniente cuando vino a la Península a luchar contra los franceses en 1809. Hizo la campaña de Extremadura al mando del general Alburquerque… Y presenció la batalla de… ¡Diablo! ¡Cómo se llama! La retirada de… Bueno…

―¿En donde nació usted?

En Las Palmas. ¡Ah!, Diga usted que soy partidario de la división de las Canarias. Cuando yo era chico ya hubo allí jaleo por lo de la división. Es un pleito antiguo que los gobiernos habrán de resolver pronto y en el sentido que quiere el pueblo. Si no, es muy posible que tengan que sentirlo.

―¿Qué ideas religiosas tenían sus padres?

Católicos, pero sin fanatismos, que allí en mi tierra no se conocen, ni son posibles. Allí  la influencia inglesa hace que haya una gran tolerancia.

―¿Qué edad tenían sus padres cuando usted nació?

No sé. Yo fuI el menor de los diez hijos que tuvieron. ¡Ah! Diga usted que mi abuelo materno era secretario del Tribunal de la Santa Inquisición, existente entonces. Era de Azpeitia. Eso es muy interesante: ¡Llevo sangre de inquisidores! [Don Benito se equivocó y confundió Azcoitia con Azpeitia].

―¿Dónde fue usted bautizado?

 ―En la Iglesia de San Francisco, que fue de un convento… Aguarde usted. Voy a decirle una cosa curiosa. Cuando he oído el tañido de sus campanas, siempre he sentido una emoción entre triste y dulce. Su son no lo confundiría con ninguno. Lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo.

―¿Dónde pasó su infancia?

En Las Palmas. Allí hice mis primeros estudios. La primera escuela en la que estudié era de un inglés. Allí aprendí la lengua de Shakespeare. Yo me he criado en un medio inglés…

―¿Le mimaron mucho sus padres?

Muchísimo: ¡Como era el menor!

―¿Su carácter entonces?

Como ahora, poco más o menos. Pacífico, serio…

―¿Era usted reservado?

Sí, mucho.

―Y sigue siendo… ¿distraído o atento?

Según: unas veces atento, otras, distraído.

―¿Naturaleza?

Enfermiza. Me crie malucho siempre… Padecía unos catarros que me ponían a la muerte… Fui de desarrollo tardío… Aquí en Madrid fue donde me curé y donde me desarrollé muy deprisa

―¿Aprendió usted pronto a leer y a escribir?

Sí, ponga usted que era precoz. Mi temperamento fue siempre muy nervioso.

―¿Qué enseñanza prefería usted, las ciencias o las letras?

Las letras. Ponga usted que he tenido dos odios bastante grandes: a las Matemáticas y al Derecho… También estuve en un colegio, de San Agustín se llamaba. Subsiste todavía en el mismo local. Era de un señor que fue diputado. En este colegio estudié la segunda enseñanza. . ¡Ah! Diga usted que el latín lo aprendí muy bien.

―¿Qué entretenimientos o qué recreos eran sus predilectos?

La música y el dibujo.

­―¿Y el teatro?

―¡Uy, también me gustaba mucho! Allí había un teatro muy malo y pequeño, que hoy se ha transformado y lleva mi nombre [también le falla la memoria aquí, confundiendo el teatro Cairasco con el Tirso de Molina].

―¿Y era usted muy curioso de niño?

Me parece que sí.

―¿Qué amistades prefería usted, las de personas mayores o las de sus coetáneos?

Unas veces, por parecer más hombre, las de los mayores; pero otras, las de los chicos de mi edad.

―¿Le gustaban a usted las amistades de muchachas, las buscaba usted?

Allí había poca comunicación entre los muchachos de distinto sexo.

―¿Qué amistades conserva usted de la infancia?

De gente que luego se ha hecho conocida: León y Castillo, el embajador de España en París. Somos muy amigos y nos queremos mucho… Yo siempre que voy a París, como en la embajada. Con él estudié la carrera de Derecho en la Universidad de aquí… ¡Ah! Ponga usted que fui un malísimo estudiante de Derecho.

―¿Cuándo vino usted a Madrid?

En el 65 [nuevo fallo de memoria, pues llegó en 1862]. Entonces mi hermano mayor, Ignacio, que había acabado la carrera de militar, se fue a Cuba y mi familia me mandó aquí con León y Castillo. Repito que fui un mal estudiante de Derecho. Es una profesión que me inspira una antipatía grandísima. En vez de ir a clase me iba a callejear por ahí… Una de mis diversiones favoritas era ver el relevo de la guardia de Palacio… Y la parada militar… Tuve de catedrático a Fernando de Castro, a Bardón, pero de todos, el que me encantaba era Camús, el catedrático de Literatura latina: a sus lecciones no faltaba nunca.

―Diga usted, don Benito, una pregunta: los cuentos de brujas y de apariciones y demonios, ¿qué impresión le hacían, buena o mala?

Me divertían… ¡Oh, me gustaban mucho!

―¿Y no le daba miedo el demonio?

Yo no he sido miedoso nunca. Yo siempre he sido valiente.

―¿Era usted flojo o fuerte de voluntad?

Fuerte… Es decir, más que fuerte de voluntad, terco, muy terco.

­―¿Mentía usted de niño?

No… Es decir, mentirijillas de esas que la savia de imaginación hace contar a los niños, sí contaba alguna vez. Solo cuando oía mentir a un embustero soltaba la imaginación, pero era para burlarme.

―¿Qué deportes le hicieron practicar?

Ninguno, iba a un gimnasio.

―¿Era usted glotón o sobrio?

Sobrio, igual que ahora.

―De muchacho, ¿era usted desprendido o no?

.

―¿Amigo de emperejilarse?

No, a mí me ha gustado siempre vestir con modestia, mejor dicho, con despreocupación.

―¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

De niño, El Quijote y las novelas de Fernández y González, y de Dumas.

―¿Influyeron en su vocación?

Sí.

―¿Era usted aficionado a colecciones?

Solo de una clase. De estampas. Tuve una colección muy grande y variada.

―En la escuela, ¿era usted aficionado a cambios de objetos con sus compañeros, ese pequeño comercio que hay entre escolares?

Sí, señor. Mi principal comercio era de estampas y cromos.

―¿Salía a usted ganancioso en los cambios o le engañaban a usted?

Como tenía mejor gusto que ellos, me llevaba siempre lo mejor.  Mi colección de estampas era la mejor del colegio… Yo entonces me figuraba que tenía un tesoro.