1. Introducción

La tierra de Galdós

La tierra de Galdós.

Muchas personas achacan que sabemos muy poco de Galdós durante sus años de infancia y adolescencia en Las Palmas. Pero eso no debe extrañar a nadie, porque nada sabemos de la infancia y adolescencia de Cervantes, de Lope de Vega o de Antonio Machado, ya que tampoco ellos hablaron nunca de esa etapa de su vida.

En el caso que nos ocupa, Galdós nunca quiso hablar de su infancia, porque decía que a nadie le interesaba. Por eso sus Memorias de un desmemoriado las comenzó diciendo: Omito lo referente a mi infancia, que carece de interés o se diferencia poco de otras de chiquillos o de bachilleres aplicaditos.

Aun así, Galdós sí que habló de él mismo, como podremos ver en estas dos entrevistas, cuyo resumen reproducimos hoy en este capítulo de su biografía. La primera entrevista la hizo Manuel Carretero, que firmaba con el seudónimo de El Caballero Audaz, y que, en 1905, visitó a Don Benito en su casa de Madrid. La segunda entrevista es de Enrique González Fiol, el Bachiller Corchuelo, y se la hizo cinco años más tarde, en 1910. Ambas fueron publicadas en la revista madrileña Por esos mundos, y nosotros las resumimos a continuación:

2. Entrevista con el Caballero Audaz (1). La estancia

Galdos en su habitacion de Hilarión Eslava, en Madrid, hacia 1914

Galdós en su habitación de Hilarión Eslava, en Madrid, hacia 1914.

He aquí un cuarto humilde, muy sencillo, casi de estudiante, donde el gran maestro discurre y escribe sus obras. En la habitación hay un sofá, dos butacas, algunas sillas; véanse también dos papeleras con pequeños volúmenes de amigos escritores; un armario de dos o tres tablas llenas de obras de Shakespeare, de Horacio, de Sófocles, de Platón, de Cervantes. Al lado del armario está la gran mesa de pino, más parecida a escritorio de casa de comercio que mesa de escritorio.

Viste Galdós un traje de americana, modesto, camisa de cuello bajo y corbata grande de seda. Es alto, huesudo, fuerte; la color de su piel es obscura, morena; el pelo de su cabeza y bigote –que su barba está pulcramente afeitada– es gris, casi negro aún; sus ojos son de mediano grandor, verdes obscuros, hundidos y escrutadores, y en ellos, quizás mirándolos atentamente, observarás dos sueños: el del poeta y el del hombre de corazón…

En el despacho hay una maquinilla de acero para sacar punta a los lápices que usa Don Benito… un piano… un atril… Su modesto despacho por las noches transfórmase en salón de conciertos y la música de Beethoven, Chopin, Mozar y Wagner hácese por manos de buenos artistas que son sus sobrinos o famosos maestros, admiradores y amigos suyos. Y como Galdós no sale de noche, estas veladas se prolongan hasta las doce cuando se despiden sus amigos y Galdós se acuesta.

3. Entrevista con el Caballero Audaz (2). El autor

Don Benito retrato con gorra.

¿Queréis saber, lectores, algo más de la vida del genio? Pues imagináosla tranquila, nítida, ordenada, sin disgustos ni quebraderos de cabeza, sin el no vivir con los hijos ni el sufrir y aguantar a las mujeres: Galdós es soltero.

Galdós se levanta a las 7 y escribe hasta las 12, hora en que almuerza. Después asiste a los ensayos en El Español y La Comedia… a las 6 va a la Sociedad de Autores de la que, hasta hace poco, fue presidente, o entra un poco en la Librería de Fe, hasta las ocho en que, indefectiblemente, sube al tranvía de Pozas y se retira a su casa.

En comer es sobrio y lo hace en unos minutos, volando. Sus gustos son el producir y que se sepa apreciar su trabajo.

Es amigo del orden en todo, y lo atestigua, entre otras cosas, la notable casa editorial que con sus obras creó y en la que administraba el autor toda su producción.

Fuma mucho, no bebe de ningún licor y solo escribe por las mañanas. Protege a los jóvenes como un padre; los aconseja, lee sus obras y, si son de su agrado, las recomienda a las empresas para que las editen o representen. Por eso, admirándole en su gran talento, todos los jóvenes lo quieren.

4. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (1). Mesonero Romanos, su maestro

Cartel en la calle Mesonero Romanos

Cartel en la calle Mesonero Romanos.

Uno de los que más me alentaron para seguir escribiendo fue Mesonero Romanos, ¡Qué gran hombre y qué bueno!… era yo un jovenzuelo… Un día se presentó en mi casa. Él vivía frente a la mía. En la calle que hoy lleva su nombre y entonces se llamaba del Olivo… Mesonero se me entró un día por las puertas de mi casa. ¡Figúrese usted qué alegría para mí!… ¡Un principiante que ve que un maestro, y un maestro de la talla de Mesonero Romanos, va espontáneamente a visitarle, a decirle que tenía deseos de conocerle después de haberse entusiasmado con sus obras! Desde entonces fuimos muy amigos…

5. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (2). Galdós visto por sí mismo

Caricatura de Galdós por J. Moya, en 1898, para Madrid Cómico.

Caricatura de Galdós por J. Moya, en 1898, para «Madrid Cómico».

Galdós comenzó a dictarme, al mismo tiempo que ojeaba un libro o echaba un vistazo a un periódico o se levantaba y con las manos cruzadas a la espalda andaba por el despacho de un extremo a otro, a grandes zancadas…

―¿Qué higiene ha guardado usted para conservar esa salud y esa fortaleza?

―Pues… no lo sé. Como no sea el haber viajado con frecuencia, el haber sido metódico, el no haber trasnochado y no haber hecho vida de depravación… ¡Qué sé yo!

Don Benito es muy austero con la comida. En el desayuno come poco, muy poco. No bebe vino casi nunca y si bebe es muy poco. Apenas si prueba el pan y, aunque toma el café sin azúcar, es bastante goloso.

―Me han dicho que toca usted muy bien el piano, que es un virtuoso.

Virtuoso lo he sido siempre ―dijo sonriendo intencionadamente―. Pero toco el piano regularmente, nada más. La música es uno de mis placeres predilectos.

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6. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (3). Estudiante en Madrid

Plaza de Oriente y Teatro Real de Madrid hacia 1853.

Plaza de Oriente y Teatro Real de Madrid hacia 1853.

―¿Y qué vida de estudiante hacía usted en Madrid?

La del estudiante vago. Me gustaba mucho el Teatro Real, que era el que más frecuentaba. Trasnochaba y hacía vida de café: al universal, donde entonces se reunían los canarios solía ir mucho… Por entonces no pensaba en escribir. Me gustaba mucho leer, eso sí. El 67  me llevó un pariente a París. Vi la Exposición Universal. En poco tiempo me aprendí de memoria París. Compré en los puestos de libros la colección de obras de Balzac, una edición muy bonita. Entonces empecé a sentir con verdadera fuerza la vocación de novelista. Balzac y Dickens fueron los que más influyeron en mí. Yo fui el primero que dio a conocer a Dickens en España.

―Entonces hacía usted vida de café y de bureo…

Sí, señor

―¿Y tuvo usted aventuras galantes?

―¡Hombre, no pregunte usted eso…

7. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (4). Inicios literarios en Madrid

Galeradas de Zumalacárregui.

Galeradas de «Zumalacárregui».

Don Benito trabaja así, tachando corrigiendo y hay cuartillas que se copian varias veces.

Conforme voy entrando en años —me dice Don Benito—, soy de gusto más descontentadizo en esto del estilo. Nunca me acaban de gustar las cuartillas [que escribo].

―¿Siempre ha sido usted tan escrupuloso?

―¡Cá, hombre! Cuando era joven gozaba más escribiendo, porque no hacía más que dar suelta a la imaginación. Pero conforme voy conociendo mejor el idioma, padezco más. Antes no conocía tantas dificultades.

―¿En pruebas también hace usted enmiendas?

 ―También.

—¿Cuáles fueron sus comienzos literarios en la capital de España?

En el 67 empecé a escribir La Fontana de Oro, mi primera novela. Después de haber traducido el Picwick para La Nación, me propuse hacer una novela histórica. En el 69 imprimí La Fontana de Oro en los talleres tipográficos de Don José Noguera, el dueño de la célebre quinta de los desafíos, que tenía una imprenta en la calle Bordadores. Aunque La Fontana lleva fecha del 70, se imprimió en el 69. Se puso la otra fecha porque se creyó que tardaría más en salir a la calle y salió a fines del mismo año.

—¿Quién fue el primero que le elogió con más entusiasmo y le alentó y vaticinó lo que usted había de deslumbrar en la novela?

—Núñez de Arce. Cuando publiqué La Fontana yo le trataba apenas. Me pidió un artículo para El Debate y me presentó a sus compañeros de redacción. Y además, publicó un artículo dándome un bombo muy grande, que luego me sirvió de mucho.

En el año 73 publiqué La sombra, que no vale nada. Hacía entonces ya dos años que empezaba a dejar de trasnochar. Mi vocación se me declaraba con más fuerza cada vez. Ya era una manía, un vicio, yo no vivía ni paraba más que en novelista…

―¿Imprimió usted La Fontana?

Sí, como todas mis novelas. Yo he tenido dinero. En realidad, yo no he luchado.  No me han faltado nunca el dinero para realizar mis sueños literarios ni los elogios para alentarme.

―En el año 73, ¿qué vida hizo usted?

En ese año abandoné definitivamente el periodismo y desaparecí del mundo social sin saber cómo ni por qué…

8. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (5). Galdós y los niños

Galdós con Margarita Xirgú y niño.

Galdós con Margarita Xirgú y niño.

Un don especial que posee Galdós es el de hacerse amar por los niños. Los niños todos lo adoran. Tiene Don Benito tanta atención, tantas delicadezas con ellos, que ellos tienen que amarle. Recuerdo que una vez me tuvo plantado un cuarto de hora, mientras él se entretenía haciendo las más incongruentes y curiosas preguntas a un niño, al cual terminó por darle unas monedas para bombones.

Otra vez vio a un niño descalzo parado ante una tienda de comestibles. Se acercó a él y lo estuvo observando. La pobre criatura no quitaba ojo a un bote de cristal lleno de anises. Don Benito le preguntó que qué quería de aquel escaparate:

—Una perrilla pa un panecillo —gimoteó el infeliz.

—No, primero elige lo que quieras.

—No, señorito, pa un panecillo.

Insistió el Maestro, y por fin el chiquillo dijo:

—Esa boteyita de anises… pero calle usted… vamos, deprisa que no nos vea mi madre…

Como quiera que tardaron en atenderle, apareció la madre, y creyendo que había gastado el producto de una limosna en la golosina, Don Benito se confesó culpable y dio una peseta a la madre para que le comprara unas alpargatas al muchacho

Todos los muchachos lo conocen y lo quieren como a un abuelo, porque no se le acerca ninguno a quien no le dé una moneda para que compre lo que se le antoje. ¿Pan?, ¿golosinas?… para Don Benito es lo mismo.

Hay un chiquillo que le vende a Galdós todos los pájaros que caza y el Maestro los compra. ¿Para enjaularlos…? No, para darles la libertad. Las flores, los pájaros, los niños y las palomas son su encanto…

De su amiga predilecta, Rafaelita, la hija del torero Machaquito y la ahijada de su sobrino José, ya hemos hablado en el capítulo II, pero añadiremos algo que nos cuenta el Bachiller Corchuelo en esta entrevista: (ver el punto siguiente).

9. Entrevista con el Bachiller Corchuelo (6). Galdós y los niños. Faelita

Faelita con su padre, el torero Machaquito y su padrino, José Hurtado de Mendoza.

Faelita con su padre, el torero Machaquito y su padrino, José Hurtado de Mendoza.

El Bachiller Corchuelo declaró que Don Benito la idolatra y la oye tocar entusiasmado el piano, que tocaba muy bien; ha referido, además, varias anécdotas que ilustran la indulgencia cariñosa con que la trataba.

En cierta ocasión se empeñó la niña en que le dibujase unas letras para bordar. Y don Benito, que andaba aquellos días con prisas para terminar una obra, la interrumpió y se pasó dos mañanas dibujando. Trabajo inútil y tiempo gastado en balde: Faelita perdió los dibujos. «Ya verás cómo se va a poner don Benito —le dijo la familia.» La niña se escondió y la familia estaba verdaderamente aterrada… nadie sabía cómo darle la noticia. Cuando no apareció Rafaelita, le explicaron a Galdós lo que había pasado, y él exclamó, respirando tranquilo:

—¡Vamos! ¿Todo eso era? Pues que venga sin miedo. ¿Se han perdido los dibujos? Pues le haré otros, y en paz. ¡Faela!, ¡Faelita!… Y ésta recibió por todo castigo a su descuido una tanda de besos cariñosos.

10. Galdós visto por W. H. Shoemaker (1973)

Galdós en el huerto de su casa de Santander con Canario.

Galdós en el huerto de su casa de Santander con Canario.

Se ha discutido mucho la actitud de Galdós con su tierra natal. A la pregunta de por qué no escribió de Canarias y Las Palmas, contestó una vez que «todo eso es muy chico», dando así a entender que «por mucho que significara para él, no podría interesar a los españoles que no fuesen de la Isla, que eran la inmensa mayoría de sus compatriotas».

En Madrid, Galdós frecuentaba mucho a los canarios, sobre todo en tertulias, y ansiaba oír noticias detalladas de su tierra. Claudio de la Torre, cuñado del sobrino Ignacio Pérez-Galdós, quien ha conocido bien lo que había de su tierra natal en la intimidad de don Benito, ha asegurado que «conservó hasta el fin de su vida sus recuerdos y afectos familiares» y que siempre proyectó «esta visión humana…, amante de los suyos, fiel a sus tradiciones, animado siempre, hasta el deleite, por la anécdota isleña».

En un reportaje del ABC titulado «Galdós en su tierra» se contaba que «la administración de las Obras de Pérez Galdós en la calle de Hortaleza «se convirtió… en una ‘canariora’, por la que desfilaban cuantos paisanos del insigne escritor venían a Madrid» Y Miguel Sarmiento contó que Galdós había dicho: «¿A qué he de volver a Canarias? Mi familia más próxima, mis amigos más íntimos, todos han muerto».

Casi toda la vida de Galdós transcurrió en un ambiente familiar. En Las Palmas, en la casa de sus padres, bajo el dominio benévolo pero severo, de su madre doña Dolores. Al ir a la península en 1862, cuando tenía diez y nueve años, se escapó de ese dominio, y bien podría servir esto de explicación, a lo menos parcial, de sus escasas visitas a Canarias, en los años siguientes. Poco después de estar en Madrid, estableció allí (y más tarde también en Santander) otra casa familiar. Este hogar, que cambió de calle y de número varias veces durante su medio siglo, era de una gran «dulzura y tolerancia», como dijo el doctor Marañón, y estuvo presidido por dos hermanas -hermanas mayores, desde luego- de Benito, quien vivía cuidado, bastante mimado y en cierto sentido protegido por éstas, doña Concha soltera y doña Carmen viuda, y por su cuñada madrina también viuda. Formaban también parte de esta familia estrecha e íntima su sobrino José (Pepe, don Pepino) Hurtado de Mendoza, hijo de doña Carmen, que quedó soltero toda la vida como su tío y compañero devoto de él, varios criados y Rafaelita.

De todos los elementos que hemos querido destacar de la esencia de Galdós, de cómo era el hombre, surge la integridad de su carácter. De su sencillez, modestia y timidez, de la finura de sus sentidos [sensitivo] y de su voz débil, de su voluntad [voluntarioso] para el trabajo y de una curiosidad multiforme e insaciable [curioso], así como de su capacidad para amar desmedidamente a España y la patria chica, a sus familiares, a sus amigos, a los niños, y al prójimo, a los animales, las flores y las plantas, y a las mujeres salía siempre un Galdós sincero, directo, entero. Vivía en la sociedad, pero vivía desde dentro, sin falsedades, ni artificios, ni farsanterías, con una gracia natural, a veces, en apariencia, desgarbada.

                                      Universidad de Missouri-Columbia