1. Introducción

Árbol genealógico de la Casa-Museo Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós vivió los primeros años de su vida en el domicilio familiar de la calle Cano, en Las Palmas. En aquella casa vivía el matrimonio y los diez hijos, además de la abuela y una tía materna. Durante la etapa del Bachillerato alternó la casa paterna con el Colegio San Agustín, donde estudió como alumno interno.

Con 19 años cumplidos, se marchó a Madrid, viviendo en pensiones los primeros años con otros tres estudiantes: «Después estuve un tiempo como atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste, no siendo exclusivamente literarias las causas de esta situación de espíritu».

Hacia 1870 su cuñada Magdalena Hurtado de Mendoza y sus hermanas Concha y Carmen, con sus cuatro hijos, se trasladaron allí, instalándose con ellas en el que llamaremos «el hogar canario» de Madrid.

Durante los veraneos en Santander también le acompañaban a la ciudad montañesa sus hermanas y su sobrino José Hurtado de Mendoza, en cuya casa de Madrid vivió Don Benito, en su compañía, hasta el día de su muerte.

2. Los abuelos

Los abuelos maternos

Antonio Pérez e Isabel Macías, sus abuelos paternos, eran labradores de Valsequillo que llegaron en 1769 a las Palmas, tras su boda, y se instalaron fuera de la portada, en una casa de la zona de la actual Plaza de la Feria. De los 17 partos que tuvo doña Isabel, uno de ellos dio a luz a Sebastián, que sería el padre de Benito Pérez.

Más interés despertó en sus biógrafos el abuelo vasco, natural de Azcoitia, don Domingo Galdós y Alcorta, venido en 1776 a Las Palmas, donde llegó a ostentar el cargo de receptor del Santo Oficio. Aquí se casó con doña Concha Medina, procedente de la zona de Santa Brígida, y ambos tuvieron once hijos, una de las cuales, María de los Dolores, sería la madre de Benito Pérez Galdós.

Años más tarde, Galdós se acordaría de su abuelo “inquisidor” y dejó escrito en las Memorias de un desmemoriado:  «Yo fui el menor de los diez hijos que tuvieron. ¡Ah! Diga usted que mi abuelo materno era secretario del Tribunal de la Santa Inquisición, existente entonces. Eso es muy interesante: ¡llevo sangre de inquisidores!»

3. Los padres

Padre y madre

Don Sebastián Pérez Macías (1784-1871) comenzó su carrera militar a los veintitrés años cuando, siendo estudiante, el Cabildo le concedió la graduación de subteniente para formar parte del batallón de los Granaderos de Gran Canaria que, el 5 de abril de 1809, zarpó rumbo a Cádiz en una flotilla de cinco barcos para luchar en la Guerra de la Independencia contra los franceses. Le acompañaba en esta expedición su hermano Domingo, como capellán del batallón, que dejó escrito un Diario que seguramente leería Pérez Galdós y que posiblemente fue, junto con las aventuras muchas veces contadas por su padre, lo que le motivó a escribir los Episodios Nacionales, que tantos éxitos editoriales le dieron a Benito Pérez Galdós.

Cuando don Sebastián se casó con María de los Dolores Galdós y Medina (1800-1887), ya tenía en propiedad la finca de Los Lirios en el Monte Lentiscal, que el Ayuntamiento le concedió como recompensa por su participación en la «guerra contra el francés» y una casa en la calle del Cano, en el barrio de Triana de Las Palmas, donde el matrimonio se instaló y empezó a formar su numerosa familia.

Años más tarde, Galdós se acordaría de su abuelo “inquisidor” y dejó escrito en las Memorias de un desmemoriado:  «Yo fui el menor de los diez hijos que tuvieron. ¡Ah! Diga usted que mi abuelo materno era secretario del Tribunal de la Santa Inquisición, existente entonces. Eso es muy interesante: ¡llevo sangre de inquisidores!»

4. La familia Pérez Galdós

Almuerzo familiar. Ilustración de «talamaletina».

El matrimonio Pérez Galdós se instaló en la casa de la calle Cano junto con la abuela materna y una hermana de la madre, “mamá Concha” y la tía Carmen. Pronto empezaron a llegar hijos, hasta un total de cuatro varones y seis mujeres, en el siguiente orden: Domingo, Sebastián, Soledad, Tomasa, Dolores, Carmen, Concha, Manuela, Ignacio y Benito. También vivía en la casa Teresa Robaina, que ayudaba en las faenas domésticas y el cuidado de los hijos.

Como era tradición en la época, los hermanos varones de Benito emprendieron la aventura cubana y pronto emigraron a esta isla del Caribe en busca de mejor vida, al igual que antes lo habían hecho los hermanos de mamá Dolores. En cuanto a las hermanas, salvo Carmen, las otras cinco nunca se casaron, igual que Benito, que se mantuvo soltero hasta su muerte.

Después de marcharse de Las Palmas, Benito tuvo una intensa relación con Domingo, Ignacio, Carmen y Concha. Sebastián había emigrado a Cuba, donde murió en 1888, y Soledad, Tomasa, Dolores y Manuela se mantuvieron siempre solteras en el hogar familiar de Las Palmas bajo el estricto control de la madre.

Veamos a continuación la relación que tuvo Don Benito con sus hermanos más cercanos.

5. Domingo Pérez Galdós (1824-1870)

Domingo y Magdalena.

Domingo, el primogénito de la familia, le llevaba diecinueve años a Benito y fue el designado para apadrinar al benjamín. El bautizo se celebró dos días después de su nacimiento en la cercana iglesia de San Francisco, aquella que, muchos años más tarde, recordaría Don Benito con las siguientes palabras:

[Yo fui bautizado] «en la Iglesia de San Francisco, que fue de un convento… Aguarde usted, voy a decirle una cosa curiosa: cuando he oído el tañido de sus campanas, siempre he sentido una emoción entre triste y dulce. Su son no lo confundiría con ninguno. Lo distinguiría entre cien que sonaran a un tiempo»

Domingo fue el único de los hermanos varones que no terminó estudios secundarios, aunque desarrolló grandes habilidades en el campo musical y en el dibujo y la pintura. Sebastián e Ignacio habían estudiado en el Seminario Conciliar de Las Palmas, y Benito terminó el Bachillerato en el Colegio San Agustín y obtuvo el grado en el Instituto Provincial de La Laguna.

Siguiendo a sus tíos maternos, Domingo se marchó a Cuba en 1847 tras haber obtenido destino militar en Trinidad y allí conoció a Magdalena Hurtado de Mendoza (1830-1894), con la que se casó en 1848.

No debía de ser grande la vocación militar de Domingo, pues en marzo de 1850 ya estaba de vuelta en Las Palmas, a donde llegó acompañado de su esposa, su suegra, Adriana Tate, que venía acompañada de Sisita, la hija de esta y José María Galdós, el hermano de mamá Dolores. Poco después llegaría a Las Palmas José María Hurtado de Mendoza, el otro hijo de Adriana, hermano de Magdalena.

La vuelta de Domingo, el indiano rico tras la venta de las posesiones de Magdalena en Cuba, supuso un alivio importante para la economía de la familia Pérez Galdós no solo por la compra que hizo a su padre de la finca de los Lirios, sino porque Domingo y Magdalena se convirtieron en el principal apoyo económico de los estudios de Benito en Madrid y también le ayudaron para que pudiera editar sus primeras novelas.

Este matrimonio tuvo un hijo, Sebastián, que murió muy joven, con tan solo doce años. Unos meses más tarde, Domingo y Magdalena emprendieron un largo viaje por Francia acompañados por Benito, que les hizo de cicerone y traductor en un viaje en el que se fraguó una intensa relación entre Benito y Magdalena que duraría hasta la muerte de esta en 1894.

6. Ignacio Pérez Galdós (1835-1905)

Ignacio Pérez Galdós.

Ignacio tenía ocho años cuando nació Benito y fue el hermano más cercano, pues coincidió con él en los años de Las Palmas, más tarde como estudiante en Madrid y, finalmente, en Santander cuando fue nombrado capitán general de aquella ciudad y Benito empezaba a pasar allí los veranos.

El 1 de septiembre de 1858 Ignacio ingresó como alumno en la Escuela de Estado Mayor, y de ella salió como teniente en 1862 y marchó a Ultramar. En Cuba alcanzó por méritos de guerra el grado de teniente coronel y contrajo matrimonio con doña María de la Caridad de Ciria. En 1874 volvió a la Península y su nombramiento como gobernador militar de Santander coincidió con los veraneos de Don Benito en esta ciudad norteña.

La importancia del cargo capitán general de Canarias que ostentó hasta su muerte, ocurrida el 29 de noviembre 1905, unida a la leyenda negra atribuida a Galdós, ha contribuido a que mucha gente siga pensando que la calle Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria lleva este nombre desde 1883 en honor a Ignacio. Por ello, ya en el siglo XXI, el Ayuntamiento ha tenido que modificar el rótulo de la calle añadiendo la palabra ‘escritor’ ante los apellidos Pérez Galdós.

En sus confesiones al Bachiller Corchuelo, cuando este le pregunta que cuando llegó a Madrid, Don Benito le contesta lo siguiente: «En el 65. [Le falló la memoria al desmemoriado, ya que él llegó a Madrid en el 1862] Entonces mi hermano mayor, Ignacio, que había acabado la carrera de militar, se fue a Cuba y mi familia me mandó aquí con León y Castillo. Repito que fui un mal estudiante de Derecho. Es una profesión que me inspira una antipatía grandísima. En vez de ir a clase me iba a callejear por ahí… Una de mis diversiones favoritas era ver el relevo de la guardia de Palacio… Y la parada militar […]De todos mis profesores, el que me encantaba era Camús, el catedrático de Literatura Latina: a sus lecciones no faltaba nunca».

7. María del Carmen y Concha Pérez Galdós (1830-1915)

Carmen y José Ambrosio.

Carmen fue la única de las seis hermanas de Galdós que contrajo matrimonio. Ejerció como la «segunda madre» de Galdós cuando hacia 1870 se trasladó a vivir a Madrid con sus cuatro hijos, dejando a su marido, José Hermenegildo Hurtado de Mendoza, viviendo en Las Palmas.

De carácter reflexivo y sereno, con amplias dotes para el gobierno de la casa y de sus hijos, se decía que en el «hogar canario de Madrid» Don Benito era una especie de súbdito de ella, que fue definida por el doctor Marañón como un «maravilloso ejemplar de rectitud, de femenina inteligencia y de bondad».

Si Carmen fue su segunda madre, Concha, de carácter vehemente y exaltado, llegó a convertirse en la hermana más cercana a Don Benito durante los años de convivencia en Madrid. Ortiz de Armengol piensa que su condición de soltera, y sin hijos que cuidar, le dejaría más tiempo libre para dedicarlo al cuidado de Don Benito, la «gloria» de la familia, y nos cuenta que a veces leía por detrás de los hombros de su hermano lo que este escribía y comentaba con él su parecer sobre las cuartillas escritas.

Ambas hermanas eran católicas practicantes estrictas y junto a su cuñada Magdalena Hurtado de Mendoza, viuda de su hermano Domingo, y los cuatro hijos de Carmen formaron hacia 1870 el «hogar canario en Madrid», al que también se agregó Don Benito.

8. Los sobrinos (hijos de Carmen Pérez Galdós y Ambrosio Hurtado de Mendoza)

Don Benito y «Don Pepino» en el huerto de San Quintín.

Ambrosio, nacido en diciembre de 1852, estudió Derecho y fue el más vinculado a su Gran Canaria natal, donde fue decano del Ilustre Colegio de Las Palmas y un gran alcalde entre 1904 y 1907, por lo que la ciudad le ha dedicado una plaza y un monumento. Puso mucho empeño en el embellecimiento de lo viejos barrios y luchó activamente en pro de la división provincial. En el desempeño de este cargo tuvo el honor de recibir al rey Alfonso XIII en su visita de 1906, la primera de un monarca español a la isla.

José María, «Don Pepino» como lo llamaba cariñosamente Don Benito, estudió ingeniería agrícola, de cuya escuela fue profesor en Madrid. José fue estrechando cada vez más la relación con su tío, convirtiéndose en su secretario y su más estrecho colaborador en sus asuntos y hasta en sus secretos. Tras la muerte de su madre, le tomó el relevo a esta en el cuidado de su tío hasta el mismo momento de su muerte, que tuvo lugar en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid.

Magdalena, la única hija de Carmen, no llegó a realizar estudios ni destacó por ningún motivo salvo por su temprana muerte. Su esposo, Juan Antúnez Monzón, era hermano del fundador de las escuelas que llevan este nombre en Las Palmas y de la iglesia de Nuestra Señora del Pino, en la ciudad, donde tiene sepultura esta familia.

José Hermenegildo, el pequeño de la familia, comenzó también los estudios de agronomía, pero como era un poco calamidad y no los llegó a terminar, su tío le dio empleo en la editorial cuando se decidió a editar sus propios libros.

 

9. La hija, María Pérez Galdós Cobián

Foto de María, dedicada a su padre.

Galdós fue consecuente con su decisión de no casarse nunca. Pero ello no fue obstáculo para tener una hija, fruto de su relación con Lorenza Cobián. María Pérez Galdós, nacida el 12 de enero de 1891, no vivió nunca bajo el mismo techo que su padre, aunque este se ocupó siempre de ella pagándole, además, su estancia en la Asociación para la enseñanza de la Mujer, un colegio laico donde acudían las hijas de algunos políticos republicanos. Cuando su madre no estuvo en condiciones mentales de atenderla y tras su trágica muerte, suicidándose en Madrid en 1906, María pasó a vivir con su tía Dolores y fue reconocida por Don Benito como su única heredera universal.

En 1910 se casó muy joven, tenía solo 19 años, con Juan Verde. El matrimonio dio cuatro nietos a Don Benito: Lorenzo, que murió a los 11 años de edad por una pulmonía; y una niña que falleció recién nacida. Sobrevivieron a la mortandad infantil Rafael, nacido el 24 de octubre de 1913 y, el pequeño Benito. A partir de 1910 María empezó a estar más presente en la vida de Don Benito, hasta el punto de que tanto ella como su marido, Juan Verde, lo acompañaban en el momento de su muerte, ocurrida en Madrid el 4 de enero de 1920.

10. Rafaelita

Rafaelita trabajando en el escritorio de Don Benito en Santander.

Si su hija de sangre fue María, su hija del alma y del día a día, tanto en Madrid como en Santander, fue Rafaelita, la angelical criatura ahijada de don José Hurtado de Mendoza e hija de Machaquito, el famoso torero cordobés. Decenas de fotos y anécdotas están recogidas en el álbum familiar como testimonio de lo importante que fue esta niña para «el Abuelo». Cuenta Rafael de Mesa que Don Benito no se acostumbraba a quedarse sin la niña cada vez que su sobrino se la llevaba a Madrid al llegar el mes de septiembre. Entonces le escribía cartas como esta:

«Rafaelita, alegría de esa casa y de esta: desde que te fuiste a Madrid, aquí no hay más que tristeza y un vacío muy grande. Solo en mi despacho horas y horas, no oigo más que el gemido lastimero de las moscas presas de patas en el papel pegajoso. El buen Tito se pasea de una parte a otra como buscando a  la niña y con el tronquito de rabo que le queda parece preguntarnos dónde te has ido… Rinconete y Cortadillo andan solitos por la huerta desde el amanecer de Dios hasta la noche, y han crecido tanto que parecen bueyes que merecen ser uncidos a un carro…»

Valga esta carta como testimonio del amor de Don Benito por los niños y los animales, personificados en Rafaelita y en Tito (uno de los muchos perros que tuvo) y los dos gansos que pululaban por el huerto, convertido en parque zoológico para deleite de Rafaelita y los propios animales. Pero de eso hablaremos en otro lugar de esta página.

11. Amores y amoríos

Doña Emilia Pardo Bazán y Don Benito.

No fue Don Benito partidario de casamientos. Así lo manifestó cuando un periodista le preguntó en 1910 por sus amores de juventud, y este le respondió tajante:

«Ese es un aspecto de mi vida que no tiene nada de interesante. Nunca sentí la necesidad de casarme, ni yo puse empeño en ello».

Capítulo especial merecería la relación de mujeres con las que tuvo una prolongada relación sentimental, empezando por Sisita, su prima cubana, llegada a Las Palmas en 1850 y que, según sus biógrafos, fue el gran amor de juventud de Galdós (El gran amor de Galdós, la novela de Santiago Gil, habla de ello), y el motivo por el que su madre decidió enviarlo a Madrid para acabar con una relación que a ella no le gustaba.

Ya en Madrid, Galdós tuvo una intensa vida amorosa. Los primeros son años turbulentos de mucha acción e intensa vida nocturna, por lo que nos vamos a centrar en los años posteriores a 1873 cuando Galdós decide dar un cambio radical en su vida para dedicarse intensamente a la literatura con la publicación de los primeros Episodios Nacionales.

Encabeza la lista de sus amores de madurez una joven de 18 años llamada Juanita Lund Ugarte, a la que conoce en Santander en 1876. Galdós tenía 33 años y la toma como referencia para hacer el retrato de la protagonista de su novela Gloria.

Hacia 1880 conoce e inicia una relación con Lorenza Cobián, una joven de 29 años exmodelo de pintores, atractiva e inculta, tanto que Galdós se preocupó de que aprendiera a leer. Lorenza Cobián era asturiana y residente en Santander. Algunos estudiosos de la obra de Galdós la han identificado con la dinámica Leré, de su novela Ángel Guerra.

Hacia 1886 comienza una relación nueva, pero de signo contrario, ya que Emilia Pardo Bazán es una mujer de 35 años, aristócrata y escritora importante. Don Benito se sintió atraído por su personalidad, su cultura, su obra literaria y su actitud progresista en defensa de la liberación de la mujer y su papel social, y la Literatura. Esta intensa relación generó muchísima correspondencia entre ambos, conociéndose las cartas de Doña Emilia por estar publicadas, pero no las de Don Benito, que desaparecieron en el Pazo de Meirás. Esta mujer está presente en dos obras de Galdós: La incógnita y Realidad.

En 1891, estando de paseo por Madrid, conoce a Concha Ruth Morell, una atractiva joven de 26 años (Galdós tenía 48) elegante, simpática y de espíritu inquieto, a la que recomienda como actriz. Con ella mantiene una tortuosa relación durante más de diez años. Ella quedaría representada en Tristana y, años más tarde, en Misericordia.

En 1892 ve actuar en el Teatro de la Comedia de Madrid a una joven actriz de 24 años llamada María Guerrero, y se siente fascinado por sus cualidades personales y su gran talento para el arte de la interpretación. La relación amorosa se transforma en amigable cuatro años más tarde, cuando María Guerrero se casa con un empresario teatral.

En 1906 tenemos noticias, por la correspondencia, de una nueva relación de Don Benito con Concha Catalá, una joven actriz de 25 años. Tenía Don Benito 63 y había sido diagnosticado de cataratas, una enfermedad que terminó por acarrearle la ceguera unos años más tarde.

A finales de 1906 aparece en su vida Teodosia Gandarias, una maestra de 44 años viuda y sin hijos. Esta mujer inteligente, madura, culta y con vocación docente va a proporcionar a Galdós una de sus etapas amorosas más equilibradas, sobre todo después de los años agitados vividos con Concha Morel, la enfermedad y el suicidio de Lorenza Cobián y la complicada ruptura con Emilia Pardo Bazán. Teodosia Gandarias quedó representada por Cintia Pascuala en El caballero encantado, Ateneida en La razón de la sinrazón y Floriana en La Primera República.

12. Personas del servicio y colaboradores

Rubín, el jardinero de San Quintín, y una chica de servicio con la hija y los nietos de Don Benito en San Quintín.

Además de su familia, Galdós siempre estuvo rodeado de otras personas que fueron muy importantes para él por la colaboración que le prestaron en determinados momentos de su vida:

 Teresa Robaina, la criada de la casa de Cano y niñera del pequeño Benito, era la encargada de llevarlo a las «amigas» y luego a la escuela al otro lado del Guiniguada. Cuentan que seguía adorando a su Benitín bastante tiempo después de su marcha y que seguía atenta a sus éxitos como escritor hasta el punto de costarle el puesto de trabajo, pues fue «implacablemente despedida» por Doña Dolores, madre de Galdós, cuando trajo alborozada a su casa la noticia del gran homenaje que le hicieron en Madrid en 1883.

Rubín era un antiguo carabinero destinado en el cuartelillo de La Magdalena al que Galdós había confiado las llaves de la finca para que la cuidara cuando él estaba en Madrid, y luego le propuso contratarlo como jardinero mayor de sus plantaciones en las que tanto amor ponía. Pero, además de jardinero, Rubín hacía las veces de guarda, mayordomo y de amigo y acompañante de Galdós en San Quintín y en muchos de su viajes por España en diligencias, caballerías o trenes con billetes de tercera clase.

Rubín murió años después de Don Benito en su puesto de trabajo: el 18 de diciembre de 1929 se hallaba en el banco que había junto a la puerta de entrada de la finca esperando a que llegase el pan y la leche, como había hecho durante los treinta años anteriores; y cuando llegó la repartidora del pan vio a través de la cancela que Rubín estaba quieto y parecía dormir. Pero no dormía, esperaba pacientemente el momento de su muerte tras la soledad que le dejó Don Benito.

Victoriano Moreno era en Madrid lo que Rubín en Santander; claro que, al no tener huerto no podía ejercer de jardinero, pero sí le servía de ayudante, mayordomo, acompañante en busca de aventuras amorosas cuando era necesario y, por lo tanto, su gran confidente… algo así como su escudero en la calle y su ayuda de cámara en la casa.

Pablo Nougués: cuando en 1910 empezó a tener problemas con la ceguera y estaba escribiendo el Episodio Nacional Amadeo I, a mitad de la narración tuvo que empezar a dictarle la obra a Don Pablífero, su fiel secretario. Pablo Nougués, que era su verdadero nombre, había entrado a su servicio como secretario y taquígrafo a finales de 1908 para llevarle la correspondencia, ayudarle a corregir pruebas de imprenta, buscarle libros y datos en bibliotecas y periódicos, etc. Y cuando la ceguera le impidió a Don Benito seguir escribiendo, se convirtió en un hombre imprescindible para poder seguir publicando sus obras al convertirse en la mano y en los ojos del escritor Pérez Galdós y en los pies de apoyo del caminante Don Benito por las calles de Madrid.

Paco Martín: hacía también de amanuense y acompañante de Don Benito en ausencia de Pablo Nougués. Cuenta Ramón Pérez de Ayala la anécdota que escuchó en más de una ocasión en la que no era raro que después de haber estado dictándole largas horas, le dijese: «Ahora, Paquito, vamos a descansar un poquito. Vamos a corregir pruebas». Además de escribir al dictado del Maestro, Paco Martín era también su cochero, su acompañante y el mudo confidente de muchas de sus intimidades.

Paco Menéndez: otro de los asistentes que atendió y acompañó a Don Benito hasta el momento de su muerte desde que a comienzos de 1912 se trasladó definitivamente al hotelito [casa-chalé] de Hilarión Eslava con su sobrino José Hurtado de Mendoza. Paco lo acompañó a Barcelona en 1917 para el estreno de la escenificación de su novela Marianela, realizada por Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, con Margarita Xirgu como protagonista y un éxito impresionante; y en 1918 para el estreno de Santa Juana de Castilla, finalizada con banquete oficial en honor a Galdós y que en la despedida, poniéndose la mano en el pecho, solo pudo decir: «Adiós, adiós, señores».

13. Entre amigos

José María Pereda, Benito Pérez Galdós, Armando Palacio Valdés y Marcelino Menéndez Pelayo.

Hasta aquí hemos visto la relación de personas que compartieron hogar con Don Benito. Ahora queremos añadir a esta relación otras muchas personas de diferentes ámbitos que compartieron vida con él, haciendo que nunca se sintiera solo. Fueron tantos, que necesariamente tenemos que seleccionar ya que esta relación nos ocuparía un espacio del que no disponemos.

El grupo principal lo forman los escritores amigos, entre los que destacamos a Mesonero Romanos,  José María Pereda, Leopoldo Alas «Clarín», Armando Palacio Valdés, Blasco Ibáñez, Menéndez Pelayo, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Ramón Pérez de Ayala, José Estrañi y Emilia Pardo Bazán, con la que, además, tuvo una intensa relación sentimental.

Entre los amigos políticos más importantes de  la época podemos destacar a dos presidentes del Gobierno: Maura y Cánovas; el fundador del Partido Socialista Obrero Español: Pablo Iglesias; los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza: Gumersindo Azcárate y Giner de los Ríos; el fundador del Partido Reformista: Melquiades Álvarez, etc.

También tuvo muy intensa relación con artistas del primer orden, como el escultor Victorio Macho (autor de sus dos monumentos más importantes: el del Retiro, en Madrid, y el del Muelle Viejo, en Las Palmas); con el pintor Joaquín Sorolla (autor también de dos retratos, el más conocido ocupó durante décadas el anverso de los billetes de mil pesetas); con los doctores Marañón y Tolosa Latour; con las actrices María Guerrero y Margarita Xirgu…

14. Entre canarios

Don Fernando León y Castillo.

Después de su partida, Galdós vivió lejos de su tierra, pero no por ello alejado de Canarias. Desde el momento de su llegada fue acogido por Fernando León y Castillo, su compañero del Colegio San Agustín, que se convirtió en su introductor en la Villa y Corte, así como Luis Francisco Benítez de Lugo, el marqués de la Florida, su fiador en la Universidad madrileña.

Tras su llegada a la capital, gran parte de la actividad del recién llegado se desarrollaba en la tertulia canaria del Café Universal, en la Puerta del Sol, a la que asistían la mayoría de los estudiantes canarios que estaban en Madrid.

Posteriormente, desde comienzos de los setenta (1870), se instalan en Madrid, como hemos visto, sus hermanas Concha y Carmen (esta con sus cuatro hijos) y su cuñada Magdalena, formando con Don Benito el «hogar canario en Madrid».

Es conocido, además, que su casa de Madrid se convierte en el lugar en el que todos los canarios que llegaban a la Villa y Corte eran recibidos por don Benito, que los atendía solícito en sus deseos y peticiones.