Escuela y competencia en un mundo cambiante.

Se trata de un artículo de opinión, que fomenta el debate educativo. En primer lugar, se comenta sobre la socialización del conocimiento basado en la Red y lo rápido que evolucionan tanto el propio conocimiento como la tecnología. Lo que pone en primer plano educativo la competencia, máxime cuando el mercado laboral es tan dinámico. Finalmente se pregunta cómo enseñar  para hacer frente a esta nueva realidad tan cambiante.

Autor: Eduardo Núñez González
Profesor de Secundaria-Matemáticas
Centro de trabajo: CEP Lanzarote

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Escuela y competencia en un mundo cambiante.

Hasta hace pocos años el conocimiento era accesible solo a  unas pocas personas, que tenían la suerte de contar con buenos recursos o poder consultar grandes bibliotecas u otros centros del saber. De poco tiempo a esta parte, gracias a Internet, la información está al alcance de todos. Entre muchos ejemplos de webs y blogs de acceso gratuito, cabe citar como paradigma de conocimiento y trabajo colaborativo, wikipedia, web abierta, mantenida por todo aquel que quiera colaborar, cuyos contenidos son de gran amplitud y calidad didáctica.  Por lo tanto, ante esta facilidad de acceso – en un solo clic- a aquello que queremos conocer,  se confirma  que, en gran medida, se ha producido la socialización del conocimiento. Este fenómeno singularmente importante,  enmarca el comienzo del siglo XXI y abre la puerta hacia una nueva  sociedad,  la de la información. Como la escuela es un reflejo de la sociedad, este hecho  también marca un antes y después en las aulas.

 

Abundando en este sentido de acceso al conocimiento, el dominio o  al menos una cierta habilidad en el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, que llevan aparejada la competencia  digital, parece imprescindible. Quién no las explote, no estará. O estamos en los nuevos canales de interacción social, o no estaremos. ([i])

 

Por lo tanto, la adquisición de  conocimiento en si mismo ya no debe ser el principal objetivo de la escuela, más bien la competencia o capacidad para utilizarlo aplicándolo a situaciones reales, es lo que ahora debería aparecer en primer plano. No obstante, antes de seguir adelante resulta necesario matizar sobre el conocimiento: algunos conocimientos básicos resultan imprescindibles para poder abordar cualquier otra tarea, pues  no se concibe ningún tipo de aprendizaje o desarrollo intelectual sin conocimientos  como la lecto-escritura o capacidad mínima de razonamiento, entre otros. Sentada esta base, conviene definir el nivel competencial: se entiende por competencias  el conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que debe alcanzar el alumnado al finalizar la etapa educativa para la que han sido diseñados, para lograr su inserción profesional, realización y desarrollo personal, ejercer debidamente la ciudadanía, incorporarse a la vida de forma plena y ser capaz de continuar aprendiendo a lo largo de la vida. La definición de los objetivos  finales de cualquier etapa educativa, ya no se realiza en base a conocimientos, se hace en base a capacidades o competencias. Así, en Formación profesional se habla de competencias/capacidades/objetivos terminales y en la universidad, redefinida en base al Espacio Europeo de Enseñanza Superior, las competencias que debe alcanzar el alumno incluso se  dividen y matizan como  competencias generales, específicas y nucleares.

 

La evolución del conocimiento es muy rápida, la tecnología basada en la investigación progresa muy velozmente; por ejemplo, reflexione el lector sobre los enormes adelantos registrados en telefonía móvil ¿Habríamos  imaginado hace pocos años una aplicación como WhatsApp? Este dinamismo deja el conocimiento sin efecto en muy poco tiempo y la tecnología se vuelve obsoleta aún más rápido, si cabe,  que el propio conocimiento. Evidentemente el mercado laboral corre paralelo a este orden de cosas. Las cinco profesiones con mayor demanda laboral en EEUU para dentro de diez años aún no se conocen. Se estima que las organizaciones empresariales futuras (las actuales en la situación de profunda transformación por la crisis) se organizarán en torno a un 20% de empleados que serán el staff directivo y gestor de la empresa, contratados de manera indefinida, un 40% de profesionales que trabajarán a tiempo parcial, junto con otro 40% que serán profesionales que aportarán sus conocimientos, capacidades y talentos de manera puntual en colaboraciones vinculadas al desarrollo de proyectos. Es decir, estos últimos serán  microempresarios.

 

En este  nuevo marco social y  laboral, se estima que el sistema tendrá capacidad para absorber solamente un 10% de mano de obra no cualificada. Si consideramos que las cifras de abandono escolar, que han disminuido mucho debido a la crisis, ascienden  a nivel nacional a un  24,9%  y en Canarias sube hasta el  28,3%, nos encontramos con un aproximadamente un 15%  de alumnado en serio riesgo de  futura exclusión social. Este es uno de los puntos negros  de nuestro sistema educativo, señalado reiteradamente por Europa, donde el abandono raramente sobrepasa el 10%.

 

Frente  a estas expectativas socioeconómicas y  laborales, cabe preguntarse  ¿Qué planteamiento  se requiere, qué debe enseñar la escuela, sobre todo cómo debe hacerlo?  El debate está servido, pero la respuesta no es fácil, pero sí creo que pasa por potenciar el nivel competencial, que  hará más fácil la adaptación a las nuevas exigencias. Esto  conlleva aumentar el nivel de trabajo colaborativo entre profesores y grupos de alumnos. La implicación  a fondo de las diversas instituciones y de toda la  sociedad se hace imprescindible.

 

Bibliografía


[i] BORGES, ALEJANDRO Y CASAL MANUEL (2012), Charla sobre emprendeduría. Madrid.

Alejandro Borges es profesor de dirección estratégica y política de la empresa de la Universidad San Pablo CEU. Manuel Casal es profesor de la Universidad Camilo José Cela.

 

 

 

 

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