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LA EDUCACIÓN EMOCIONAL EN EL MARCO EDUCATIVO


Sin duda todos estamos de acuerdo en que, en los últimos años, se ha producido en nuestra sociedad un vertiginoso cambio. Son muchos los elementos que han contribuido a ello pero, sin embargo, yo prefiero señalar, de entre todos, sólo dos: la evolución del régimen de vida de la mujer y los avances tecnológicos. Con […]

Autor: «Pepa Sánchez Doreste» descargar pdf Descargar pdf. Publicado el Abr 25, 2001 en Opinión (Revista 4) | 0 comentarios

Sin duda todos estamos de acuerdo en que, en los últimos años, se ha producido en nuestra sociedad un vertiginoso cambio. Son muchos los elementos que han contribuido a ello pero, sin embargo, yo prefiero señalar, de entre todos, sólo dos: la evolución del régimen de vida de la mujer y los avances tecnológicos. Con la incorporación de la mujer, de forma masiva, al mundo del trabajo, se crea un vacío en los hogares que alguien tiene, de alguna manera, que paliar. Como resultado de ello, los niños acuden cada vez en edad más temprana a la escuela y son los profesores, de Preescolar y Primaria, quienes tienen que asumir y completar el papel desempeñado hasta ahora por las madres.

El desarrollo de la tecnología, que supone una mejora de las condiciones de vida de la sociedad en general, lleva a muchas trabajadores a la pérdida del hasta entonces su seguro puesto de trabajo. Las nuevas máquinas, que sustituyen al grueso de los obreros, necesitan personal capacitado para su manejo. Se hacen necesarios nuevos estudios, urge un cambio en el sistema educativo, ampliar el abanico de especialidades. El cambio social y educacional tiene que marchar a la par.

A partir de la implantación de la L.O.G.S.E. acceden a los institutos la totalidad de los jóvenes para proseguir sus estudios de Educación Secundaria Obligatoria, y son ahora los profesores licenciados quienes deben afrontar el cambio. La educación intelectual de etapas anteriores ha quedado desfasada, los conocimientos teóricos, considerados hasta entonces fundamentales, ya no son un fin en sí mismo sino que son valorados en cuanto ayudan al desarrollo completo de la personalidad. El sistema de exámenes, que antes ocupaba el lugar primordial, es rechazado y en su lugar se implanta un proceso  de evaluación continua.  Se habla de una educación integral. En el nuevo currículo conviven, bajo la nomenclatura de contenidos, conceptos, procedimientos y actitudes. La adquisición y mejora de estas últimas presenta serios problemas, porque ¿qué tareas emprender para conseguir que un alumno desarrolle determinados valores? ¿Qué metodología y estrategias se están llevando a cabo para atender esta parte del currículo? ¿Cómo eva­luar algo que no forma parte, de ma­nera específica, de la programación?

El desarrollo de estas actitudes pre­sentes en el currículo son los objeti­vos de la llamada educación emocio­nal. El reto de todos los docentes de­berá consistir en realizar una progra­mación coherente que les lleve a desa­rrollar en los educandos una serie de capacidades que les permitan acome­ter su propia educación. No basta con «saber», hay que «ser». Es preciso «conocerse a sí mismo», sólo a partir de entonces nace el respeto y la acepta­ción de los demás, de todos esos se­res tan necesarios en nuestro mundo y que nos hacen ser lo que realmente somos, porque todos somos un punto de referencia en el mundo de los de­más. Resumiendo, la educación inte­lectual y la educación emocional deben marchar parejas, de ambas depende el pleno desarrollo de la personalidad, la educación integral

    Debo confesar que, cuando alguno de los docentes que estamos poniendo en práctica la educación emocional en el aula hablamos de ello, hemos sufrido desde actitudes de rechazo a sonrisas irónicas por parte de algunos compañeros. Se imaginan  que la educación emocional es así como entrar en el aula pasándole la mano por el cabello a los alumnos y diciéndoles: ¿estás triste? Decididamente, no saben de lo que hablamos. Pero sigamos adelante. Enlacemos el antes, el ahora y el mañana.

    Otro de los cambios a señalar en el nuevo sistema educativo es el papel del alumno, el lugar que ocupa dentro de todo este proceso: ahora él es la piedra angular de este gran edificio. El es el sujeto activo de su propia educación, él es quien aprende y no el profesor quien le enseña. El docente pasa a ser sólo un orientador, un guía, en este proceso de aprendizaje. Pero ocurre, un gran número de veces, que el alumno no quiere aprender. ¿Cómo hacerle caer en la cuenta de la importancia de su educación? ¿Por qué tiene que abandonar unas costumbres que son suyas y con las que vive muy bien? ¿Por qué acudir todos los días a un centro educativo, cuando puede pasarlo mejor fuera de él?. ¿Por qué estudiar cosas que no le interesan? ¿Por qué no estudia ruso mi padre. Mi madre, o incluso mi profesos de lenguaje? ¿Por qué tengo que estudiar yo lo que deciden ellos?. Me imagino que éstas son varias de las preguntas que se formulan, en silencio, la mayor parte de nuestros jóvenes. O a lo mejor, ni lo piensan, aunque sus actitudes estén en esta línea. Conozco, todos conocemos, a muchos de ellos que acuden a su centro de estudios a relacionarse, a pasar el mayor número de horas posibles con sus amigos, eludiendo el asistir a determinadas clases. ¿No  podríamos hacer que en las aulas se desarrollasen actividades de su interés de forma que no tuviesen que elegir como marco de operaciones el patio?

El docente, altamente preocupado porque sus alumnos aprendan y visto que ellos no quieren llevarlo a cabo por sí solos, decide asumir nuevamente la tarea de educarlo. Y ya el conflicto está servido. Surgen los problemas de disci­plina, el pasotismo, el forcejeo entre uno y los otros. «A mí nadie me ha prepara­do para esto» repiten muchos docentes. Tampoco nadie nos preparó para el ma­trimonio, para ser padres, y todos he­mos picado. Hemos aprendido hacién­dolo y poniendo en ello la mejor volun­tad. Seamos realistas, nadie nos va a enseñar porque aquí no hay nada que enseñar.

«Se hace camino al andar» decía Antonio Machado, y esa es nuestra rea­lidad. La formación debe partir del pro­pio docente. A menudo, en una con­ferencia, en la realización de un curso de formación, en unas jorna­das de reflexión, etc., nos decimos: eso ya lo sabía yo, eso ya lo hago yo, o bien, eso lo dice porque lleva años sin entrar en un aula que si no… ¿No es cierto? ¿Entonces?

Otro de los objetivos de la L.O.G.S.E. es el desarrollar en los alumnos habilidades que le posibi­liten la autoformación. En una so­ciedad caracterizada por los verti­ginosos cambios, nadie pretende que los conocimientos adquiridos en la escuela sean suficientes para cubrir todas las etapas de su vida. Pero cuando hablo de que la edu­cación es un proceso a lo largo de toda la vida no me refiero sólo a los educandos. La educación a lo largo de toda la vida nos brinda, a los enseñantes, la posibilidad de la autoformación, del enriquecimiento personal. El docente debe tomar con­ciencia de sí mismo, de su entorno y de la función que desempeña en el de­sarrollo de la sociedad, en la vida pú­blica. La investigación a nivel indivi­dual y de grupo es el camino a seguir. Lo que cada uno logre a nivel particu­lar, sus experiencias, debe compartir­las con los compañeros más inmedia­tos. Ese es el camino, no hay otro. El conocimiento teórico nos llega a través de los libros y por medio de ponentes, pero la práctica, la experiencia, la te­nemos nosotros. La hemos adquirido dejándonos la piel en el aula.

En el sistema educativo anterior, aquellos alumnos que aprobaban la EGB podían acceder a un instituto a continuar estudios de Bachillerato para, posteriormente, acceder a la Uni­versidad. Los que no la superaban te­nían como salida la llamada FP (For­mación Profesional). En la actualidad, la Educación Secundaria Obligatoria establece que todos alumnos deben acceder a los institutos, por lo que esa cierta homogeneidad entre los estu­diantes que asistían a dicho centro educativo ha dejado de existir. Hoy el profesor licenciado cuenta con unos alumnos que antes no le llegaban, en­tre los que se cuentan jóvenes con ne­cesidades educativas específicas. Aho­ra, para atender a los alumnos de la ESO, un profesor de Secundaria debe elaborar adaptaciones curriculares, garantizar la atención personalizada a todos sus alumnos, además de aten­der al grupo más o menos homogéneo que, con un poco de suerte, puede en­contrarse. Y todo eso en el tiempo re­cord de una hora de clase. Y pese a que las dificultades de su trabajo han aumentado, el número de horas de atención directa al alumnado sigue siendo el mismo de antes.

Pese a que todos los docentes con­tamos con una hora de visita semanal en nuestros respectivos horarios, es raro el padre o madre que acude a vi­sitamos. Generalmente nos visitan, cosa paradójica, los progenitores de aquellos jóvenes que no tienen proble­mas, ni en su nivel de estudios ni en sus actitudes personales. Cuando por requerimiento, a veces insistencia, de un profesor acude un determinado padre es frecuente oírle hablar de su hijo en estos términos: «¿Y usted que quiere que haga, si mi hijo no me hace caso?» Y comienza, a continuación, ese buen padre o madre a desahogarse. ¡Por fin ha encontrado en el profesor de su hijo un báculo en el que apoyar­se! Más de una vez todos hemos oído los problemas de muchos hogares, la lucha por la subsistencia, el paro, y, a veces, hasta nos pesa haber tomado la decisión de hacerle acudir al centro. A fin de cuentas, terminamos dicien­do, la actitud del niño no era tan grave y es así como nace un lazo entrañable, una especie de complicidad, entre enseñantes y padres.

Un número de padres, más numeroso de lo que quisiéramos y no tanto como se quiere hacer creer, acceden al centro de estudios de sus hijos con una actitud muy peculiar. En numerosas ocasiones, siendo Jefe de Estudios en una zona altamente conflictiva tuve que oír frases como «dónde está el profesor de mi hijo que lo mato», hasta tal punto que más de un docente me debe la vida. Estos padres existen, yo los  conocí. En más de una ocasión, un progenitor encrespado se ha desahogado sobre la persona de un profesor, unas veces de forma «concreta» y otras en «abstracto», entendiéndose  esta última en forma de improperios.  No defiendo a estos padres, pero  sí debo  decir de ellos que no son tan desalmados como a primera vista parecen. De los que entraron en mi despacho con instintos criminales todos salieron desahogados, incluso sonrientes, y alabando el trabajo del profesor. Es más, en ocasiones tuve que abogar para que el «asesinado» no fuese el niño, cuando llegase su padre a su casa.

Tampoco podemos olvidar en términos de puestos de trabajo ha supuesto el nuevo cambio educacional. No sólo la disminución de la ratio sino las nuevas áreas añadidas al currículo en forma de optativas tiñen de inseguridad el panorama de los docentes. Muchos de ellos han tenido que afrontar el salir, desplazados de su centro de trabajo al que  accedieron con destino definitivo. Así es que el término «definitivo se ha convertido en «relativo». Algunos docentes han decidido seguir estudiando y han optado por adquirir nuevas habilitaciones. Un cuerpo de docentes lo tiene más fácil que el otro, aunque es una posibilidad abierta a todos. Esto de las habilitaciones ha supuesto una nueva inestabilidad para muchos, pero no quiero extenderme sino, simplemente, recordarlo.

Hace unos cinco años, aproximadamente, se llevaron a cabo las llamadas adscripciones en el Cuerpo de Maestros. Esto supuso una psicosis general. La poca información sobre el tema y el temor a perder el destino de trabajo anidó en el ánimo de todos recordar que la fecha señalada para el evento, anunciada a inicios del curso coincidió con la finalización del mismo, lo que supuso una preocupación e inestabilidad de varios meses de duración. La suma de méritos, puntos y cursos se convirtió en la obsesión general.

En el año 1996 abandoné el Cuerpo de Maestros de forma voluntaria para acceder al Cuerpo de Profesores de Secundaria. Tras aprobar las oposiciones, renuncié a un destino relativamente definitivo a menos de 15 kilómetros de mi casa para ir en busca de otro, también relativamente definitivo y a unos 70 kilómetros de distancia. Los alumnos me siguieron, metafóri­camente hablando. Al nuevo cuerpo de docentes iban llegando los mismos con­flictos, aunque yo tenía una ventaja, y es que sabía lo que me esperaba.

En este curso recién comenzado, 2000-01, conviven en un mismo cen­tro Maestros y Licenciados. Este he­cho, en términos de docencia, ha su­puesto muchos cambios. La inseguri­dad y descontento de muchos profeso­res de Secundaria que temen perder su destino, hasta ahora definitivo, por el nombramiento de un docente del Cuerpo de Maestros. Y es que los edi­ficios no crecen, si entran niños más pequeños equivale a decir que habrá que reducir cursos de niveles altos. El conflicto es similar al acaecido hace unos años con las adscripciones, aun­que ahora se ha visto agravado: ya no se trata de una pugna entre docen­tes de igual titulación y rango ante un destino en un centro de trabajo, sino de docentes de distinta titula­ción, lo que añade una connotación al problema. «Los licenciados nos rechazan», oímos decir a los maes­tros. Aunque no es ese exactamente caso.

Sobre todos los docentes, da igual el Cuerpo al que pertenezcan, brilla con luz propia el astro de la Administración. Unos días soleados, otros brumosos, suaves lloviznas y otras veces lluvias torrenciales, con aparato eléctrico incluido, planean sobre los docentes en forma de re­soluciones y decretos.

Y ha llegado el momento de ha­blar de los niveles de convivencia den­tro de un centro. Un claustro ideal es el que suma en tomo a los treinta pro­fesores, aunque los hay numéricamen­te muy superiores, repartidos en tres turnos diferentes. Todos los Equipos educativos giran en tomo a los doce enseñantes, es decir, una docena de personas que trabajan con un mismo grupo de alumnos, por lo que tienen que unificar criterios y adoptar líneas de actuación similares. Pero un docen­te generalmente da clase al menos a tres grupos de alumnos diferentes, lo que equivale a decir que deberá asu­mir las decisiones adoptadas en cada equipo docente diferente. Dicho de otra manera, deberá cambiarse el chip cada hora de clase a lo largo de toda su jor­nada laboral.

Siempre que entro en el aula re­cuerdo ese sistema de atención al cliente que se ha impuesto en nuestra sociedad. Me refiero a esa brillante idea de «coger número» y aguardar turno. Esto evita muchos conflictos. En las puertas de nuestras aulas no exis­ten esas maquinitas, nosotros atendemos a todos nuestros clientes a la vez, teniendo en cuenta que, además, van a serlo durante todo el año. Así es que debemos memorizar sus nombres y apellidos y algunos otros datos más. Sirva como dato curioso que en cada curso académico debemos conocer y relacionamos con más de un centenar de jóvenes educandos.

Ésta es nuestra realidad laboral, pero da la casualidad de que, además, somos humanos. Y tenemos nuestras familias, nuestras parejas, hijos, pa­dres, suegros y sólo Dios sabe cuántas cosas más.

Si nos paramos a analizar, cada uno en privado, nuestra situación personal, observamos que en nuestra vida no todo es color de rosa. Conflictos fami­liares, a nivel de pareja, de hijos, en­fermedades, problemas económicos, etc. Todos, en mayor o menor medida, tenemos problemas en casa.

Después de todos los elementos presentados, vuelvo al inicio de mi reflexión, por llamarlo de alguna manera, y me digo: la educación emocional, sí, pero ¿de quién? No cabe la menor duda de que el docente pertenece a una raza especial. Con las piedras que le llueven por todos lados no se le ocurre nada mejor que preocuparse de la edu­cación emocional de sus alumnos. Y de la suya, ¿quién se ocupa?

Por encima de todos es el docente quien necesita, de forma urgente, una educación emocional. Su situación, después de todos los elementos presentados, es de alto riesgo. Es la pro­fesión con mayor número de bajas médicas por depresión y por problemas de garganta, entre otros. Las situacio­nes de estrés son, también, abundan­tes. Los conflictos entre compañeros tampoco faltan, son incluso la forma de vida de algunos claustros. Y con esta carga de tensiones entra el docente en el aula. Y surge un nuevo conflicto, siempre hay un alumno que actúa de detonante.

Esta es la realidad. Urge una educación emocional, pero a todos los ni­veles. La educación emocional de los docentes y la de los alumnos deben ir a la par. Para poder programar juntos en los distintos equipos educativos, para poder aceptar las vicisitudes de los nuevos cambios en el puesto de tra­bajo, para hacer que nos duelan me­nos las agresiones verbales de algunos padres, para evitar que esas agresio­nes verbales se conviertan en agresio­nes físicas, tenemos que educamos emocionalmente, desarrollar esa acti­tud denominada «empatía» y que con­siste en saber relacionarse con los de­más.

Tendremos que empezar por desa­rrollar ese «conócete a ti mismo» a ni­vel individual. Tendremos que empe­zar por identificar y reconocer nuestras propias emociones, analizar nuestra si­tuación de humanos, nuestros niveles de insatisfacción, nuestro grado de frustración personal. Situémonos, aprendamos a vivir con nosotros mismos, a partir de entonces adentrémonos en el mundo de los demás. No antes. Veamos cada uno de nosotros, en el otro, un «yo» que tiene problemas mayores, similares o menores que los míos. Los demás son otro «yo» que, seguramente, está intentando encontrar una sali­da a su mundo interno, un «yo» que, en el mejor de los casos, está inten­tando su educación emocional, o que, simplemente, está dando pa­los de ciego y viviendo la vida de la mejor manera que sabe, agredien­do muchas veces porque esa es una forma de defensa, sin haberse per­catado de que su mal reside en no estar educado emocionalmente. Com­prendiendo la existencia de ese otro «yo», del «otro», estamos desarrollan­do esa capacidad que es «la empatía». Una persona empática no sólo tiene la capacidad de relacionarse, de buscar vías de acceso a los demás para mejo­rar la convivencia sino que, además, es una persona que ha sabido desarrollar esa habilidad de hacer que las reac­ciones de los demás le duelan menos. A un docente empático no le causa frus­tración, por ejemplo, que un padre ven­ga en actitud ofensiva, porque su acti­tud no la percibe como un ataque per­sonal, sólo ve en ese padre un ser con un bajo coeficiente emocional que le arremete porque no tiene otra forma de dar salida a sus emociones.

Un profesor empático tiene más vías de acceso a sus alumnos. Es en­tonces cuando ha llegado el momento de iniciar de forma real y positiva, y con seguridad de éxito, la educación emocional de los más jóvenes. Ésta es la línea en la que estamos trabajando, desde hace varios años, un grupo de docentes de Las Palmas.

Pepa Sánchez Doreste pepasanchez@retemail.es

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