Todo educador de adultos debe recibir una formación especial que le permita comprender las motivaciones de la gente mayor, así como su capacidad asimiladora
La educación de adultos, y muy probablemente la educación permanente, descansa en gran medida sobre la categoría humana de los educadores que deben llevarla a cabo. De ahí que el tema central de la cuestión sea cómo formar a los educadores de adultos. Tanto la experiencia como la sola reflexión señalan que la educación de adultos no resulta equiparable a la enseñanza de niños y de adolescentes y, menos aún, si entendemos esta última en su modalidad tradicional.
Por muy bien pensados que estén unos programas para mayores, sólo lograrán sus objetivos en la hipótesis de que los responsables de explicarlos y de llevarlos a la práctica en su totalidad hayan recibido una formación especial que les haga comprender las motivaciones de la gente mayor, así como su capacidad de asimilación. Esto supone, por parte de tales educadores, adquirir unos conocimientos psicológicos, pedagógicos, técnicos y hasta sociológicos especiales, como también disfrutar de aptitudes y habilidades peculiares. Asimismo, les ayudará muchísimo el entusiasmo con que se dediquen a este tema.
Las actitudes de los adultos cuando deciden proseguir su formación son variadísimas y el educador debe tenerlas en cuenta. Sin embargo, lo primero que el formador debe tener presente, bajo nuestro criterio, es que éstos deberán hacerse cargo de su propia formación, apoyándose en cuantos medios la sociedad actual pone a disposición de la comunidad educativa. Con esto se indica que tal tipo de educadores, son antes que enseñantes,“animadores”, despertadores de inquietudes y orientadores que proporcionan, directa o indirectamente, un instrumental con el que los interesados podrán proseguir su formación. Saber motivar constantemente un público a todas luces heterogéneo constituye un objetivo primordial. Un grupo de adultos que se ha reunido para formarse necesita, antes que a un erudito, a un animador capaz de escucharles, haciéndoles vivir su preocupación, alguien que les despierte para que se coloquen en el camino de su realización como personas. El formador de adultos no es ni un conferenciante ni un profesor que desarrolla lecciones magistrales a un auditorio: es alguien capaz de crear una atmósfera en cuyo ámbito todos se hallen a gusto, donde haya animación; es alguien que suscita y encamina, que organiza y participa, alguien que está disponible. Es como un catalizador que debe dominar los diferentes aspectos del oficio de formador.
Otro hecho destacable, desde la última década aproximadamente, es el desarrollo que han sufrido las nuevas tecnologías de la comunicación. La enseñanza a distancia para el alumnado adulto ha recibido un gran impulso. El uso generalizado de Internet y la enseñanza “on line” es cada día mayor y más eficaz. Es evidente, por lo tanto, que
Sería conveniente tener la oportunidad de acceder a cursos que profundizaran en todos aquellos aspectos que nuestra formación académica no cubrió
el profesorado debería recibir formación especifica en estas
cuestiones, hecho que se produce, pero en el que hay que
profundizar más. Sin embargo no hay que tener la idea de que
este tipo de enseñanza es la panacea ya que adolece de algo
fundamental para gran parte del alumnado: la relación interper
sonal. Una combinación, adecuada, entre formación “on line”
y la presencial que se da actualmente en los CEPAS sería, a
nuestro juicio, la ideal.
Se comprende fácilmente que los formadores de adultos no
pueden improvisarse. Sin embargo, en nuestra Comunidad, esto
no se tiene muy claro, a pesar de algunas jornadas y seminarios.
El profesorado de esta etapa educativa no recibe una formación
específica que le facilite en trabajo y que le aclare conceptos
y estrategias básicas para llevar una correcta actuación en este
ámbito educativo ya que las dificultades con que debe enfrentarse
un educador de adultos son específicas.
Sería conveniente tener la oportunidad de acceder a cursos
que profundizaran en todos aquellos aspectos que nuestra formación académica no cubrió. La gran mayoría del profesorado que trabaja con personas adultas no recibió, durante su carrera como docente, formación relacionada con este ámbito y muchas veces la improvisación, la búsqueda de recursos a nivel personal, la experiencia propia y ajena tratan de cubrir estas lagunas formativas que muchos padecemos. Esperemos que la nueva “Ley de Adultos” cubra, de manera efectiva, todas estas carencias
y que el futuro sea más halagüeño.

