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MÁS ALLÁ DE LA TECNOLOGÍA


Era una mañana lluviosa, algo más fría de lo normal, algo extraño en esa época porque si ya lo es durante todo el año, es especialmente difícil que llueva en septiembre como lo hacía aquel día. Definitivamente era un día gris, triste, sin alma, un día de esos que no te apetece levantarte. Sin embargo, […]

Autor: «Juan Ignacio Santana Domínguez, IES Isabel de España» descargar pdf Descargar pdf. Publicado el Abr 14, 2007 en Ámbito científico-tecnológico (Revista 10) | 0 comentarios

Era una mañana lluviosa, algo más fría de lo normal, algo extraño en esa época porque si ya lo es durante todo el año, es especialmente difícil que llueva en septiembre como lo hacía aquel día. Definitivamente era un día gris, triste, sin alma, un día de esos que no te apetece levantarte. Sin embargo, tenía una importante motivación para saltar de la cama cuando sonó el despertador. Después de muchos años de coqueteos en diferentes terrenos laborales, había encontrado un nuevo trabajo que iba a dar un giro de ciento ochenta grados a mi vida.El camino desde la sala de profesores hasta el aula parecía interminable. Atiborrado de adolescentes que me miraban de arriba abajo y cuchicheaban a mi paso, parecía no acabarse nunca. Algunos de esos comentarios resonaban en mis oídos como un lejano eco, pero mi mente no me permitía descifrarlos porque en ella no paraban de repetirse una y otra vez los consejos que mis nuevos compañeros me habían dado momentos antes de que sonara el timbre que marcaba el inicio de las clases. Ponte serio; Intenta no sonreírles; Es mejor ser borde al principio, todo lo que puedas…Necesitaba creerme todo lo que me habían dicho, interiorizar y procesar cada una de esas recomendaciones; de ahí la incesante reproducción de cada una de ellas en mi cerebro.

Cuando iba llegando al aula, todos corrieron con una risita de medio lado sin dejar de observarme para entrar antes que yo. El cierre de la puerta marcó un antes y un después. Ahora todos estaban sentaditos en sus mesas y me miraban fijamente mientras analizaban cada uno de mis movimientos. Empecé la clase hablando de lo importante que es la asignatura de Tecnología y de lo duro que tenían que trabajar para superar la materia. Apenas los miraba durante mi discurso. Había decidido fijar mi vista en una chica con gafas y con un aire angelical que se sentaba al fondo de la clase y que parecía tener aún más miedo que yo. Así que a ella dirigí mi ensayada presentación del primer día, sintiéndome cada vez más seguro de mí mismo, mientras pensaba: “esto va a ser muy fácil. Lo tengo controlado”.

No me percaté de que había un chico pelirrojo, con la cara cubierta de pecas en la primera fila, con la mano levantada haciendo aspavientos para que le permitiera hacer una pregunta. Cuando por fin acabé mi elaborada presentación de la asignatura, le cedí la palabra. ¿Cómo se llama, profe? Yo me llamo Saúl. Esa fue su intervención. Aquel chico llevaba diez minutos haciendo gestos para llamar mi atención porque quería saber mi nombre y decirme el suyo. ¡Increíble! Yo, que había ensayado mil veces mi primera clase, había olvidado presentarme.

Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo; esa es la definición de “docente” que nos propone el DRAE. Ahora bien, yo acababa de recibir mi primera lección en el aula por parte de una personita que aún no tenía credenciales para hacerlo.

A menudo como docentes nos olvidamos de que trabajamos con una materia prima que está viva y que demanda otro tipo de atenciones además de las meramente educativas. Sin lugar a dudas, nuestra labor última es la de transmitir conocimientos, pero esa tarea lleva también inherente la transmisión de valores, herencia perfectamente comprensible dentro del marco de enseñaza integral que nos propone la actual legislación.

Desde el área de Tecnología, los contenidos que se trabajan tienen una indiscutible utilidad para la vida diaria. Nuestros alumnos y alumnas  están inmersos en una sociedad dominada por el avance tecnológico y son espectadores privilegiados de la revolución a la que hemos asistido los últimos años en este campo. Partiendo de esta premisa, está en la mente de todo profesor y profesora del área intentar conseguir que  el alumnado saque el mayor provecho posible de la asignatura. Ahora bien, si algo saqué en claro de mi primer día de clase es que la labor del profesor no pasa por “soltar el rollo de turno” y olvidarse de todo lo demás. Como docentes, formamos parte de la vida de nuestros alumnos y alumnas, del mismo modo que ellos y ellas forman parte de la nuestra al convertirse en la materia prima de nuestro trabajo, en la razón por la que nos levantamos todos los días. Esa otra parte de la educación, la que no viene reflejada en las programaciones en forma de objetivos didácticos, es la que debemos potenciar.

Desde mi experiencia docente, creo firmemente que nuestro papel en el aula, tan maleado en la actualidad, es crucial en la sociedad. Tutelamos, educamos y creamos individuos que se ensamblan para formar una entidad superior que es la propia humanidad. De nada vale lamentarse y llevarnos las manos a la cabeza cuando analizamos el panorama educativo actual. En nuestras manos está la respuesta y si lo creemos el cambio es posible porque educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía sino hacer de él alguien que no existía.

Juan Ignacio Santana Domínguez
IES Isabel de España

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