Leer no es algo imprescindible desde un punto de vista biológico. Su práctica es irrelevante para la supervivencia, como otras tantas cosas. No hay más que pensar en la cantidad de miles de años que antepasados de nuestra especie vivieron sin la lectura. Y no es menos cierto que durante otros varios miles de años (como mínimo dos) muchos individuos de nuestra especie –habría que decir la mayoría- sobrevivieron –y aún sobreviven- sin saber leer y escribir. La manera en que lo hicieron –o lo hacen- es otra cuestión.
No voy a ser yo aquí quien de manera simplista, inercial, convencional y hasta timorata, vaya a defender la importancia de la lectura con tópicos -o no tan tópicos- como ‘la lectura es algo de provecho’ o ‘el saber no ocupa lugar’. Sin entrar a valorar la veracidad de estas proposiciones, nuestra consideración de aquella está sujeta a una serie de condiciones.
La primera de ella es saber para qué sirve o para qué es necesario leer. Desde luego queda claro que no para la supervivencia.
La lectura será importante si con ella conseguimos en el ser humano algo diferente de lo que se conseguiría de no ser por ella. Podría decirse que ‘leer por leer’ ya es suficiente –el arte por el arte- y, verdaderamente, lo es para la diversión y para el combate del aburrimiento. Pero este no puede ser el objetivo pues, ¿qué de malo tendría la diversión o combate del aburrimiento tirando piedras, practicando sexo, jugando al fútbol o viendo telenovelas? Si de lo que se trata es de combatir el posible aburrimiento no dejaría de ser una presunción egocéntrica considerar que ese es el modelo –la lectura- a seguir y los demás ‘métodos’ son inferiores, vulgares, primitivos… ¿Qué criterios usamos para aseverar que una práctica es más loable que otras?

Podría decirse que es importante para poder leer las leyes del gobierno de turno (pues el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento). Podría decirse que es importante para leer los prospectos (nada recomendable, pues inmediatamente te vuelves hipocóndrico –¿o lo lees precisamente porque ya lo eres? Podría decirse que para rellenar los formularios, para leer las cartas del banco o de hacienda… Sí, podría decirse que sirve para ello. Pero si este es el objetivo, entonces no tenemos que arengar a nuestros alumnos a que lean más allá de lo estrictamente necesario y no engañarles con que Cervantes, Shakespeare, Balzac, Nietzsche o Platón son importantes para su formación, pues su formación estaba destinada a rellenar formularios. (Por cierto que cuando se habla de la importancia de la lectura se termina diciendo: «pero si hasta para solicitar el agua o la luz tienes que saber lo que pone en el papel»).
Pero digo yo que para ese viaje, -los viajes anteriores- no hace falta estas alforjas (Cervantes y compañía). Si ese fuera el viaje, ningún individuo Bueno me habría solicitado un pequeño artículo o reflexión acerca de la lectura. La mera solicitud de hablar sobre la lectura denota que hay algo sobre lo que reflexionar. Y, generalmente, si hay algo sobre lo que reflexionar es un indicador de que algo preocupa. Y yo me pregunto: el hecho de que preocupe algo acerca de la lectura en el ámbito educativo, ¿es algo paradójico, esperpéntico, o totalmente normal?
Tal y como se dijo anteriormente, se puede sobrevivir sin lectura porque, básicamente, el individuo humano aprende por imitación (viendo, oyendo, oliendo, palpando, degustando) Amén, claro está, de todo aquello con lo que viene ya incorporado: la información del arsenal genético.
Cuando requerimos alumnos que lean, no demandamos alumnos lectores, porque ‘lector’ es sólo una propiedad de alumno. Queremos conseguir unos alumnos -que de manera rimbombante y pomposa llamamos con una educación integral- cuya formación quede enriquecida en algo tras el hábito lector. Sea lo que sea lo que llamemos educación integral (por cierto, no deja de ser curioso el juego de palabras: con una educación integral se pretendería un alumno ‘íntegro’, que ya es un objetivo moral, que ya supone una axiología moral y no un mero acto cognoscitivo) es obvio que se necesita un alumno lector, leído, instruido. Aunque, por cierto, no es desdeñable, en absoluto, la aportación auditiva recibida del docente. ¿O, acaso, no podría ser más provechoso y productivo un discurso «a la antigua usanza», un discurso magistral, más que la lectura insípida de unas páginas elegidas sin criterio?
Pero el beneficio impagable de la lectura es que no necesitas tener presente a un orador permanentemente. Tampoco necesitas una televisión o radio permanente en la que poner vista y oído con atención y fruición. Pero, con todo, el beneficio de la lectura es más de corte ‘idealista’, más ‘progresista’, más políticamente correcto, más sensiblero… pero irrenunciable a menos que queramos –y eso sería motivo de amplia discusión- individuos robotizados. A menos que deseemos ‘buenos ciudadanos’, cuasi lobotomizados, perfectamente instruidos como ya nos describieran en sus utopías (o distopías) autores como A. Huxley en Un mundo feliz; Skinner en Walden Dos o George Orwell en 1984. Todas ellas propuestas de sociedades perfectas, pero no sabemos si humanas (termino de escribir esta palabra y ya me produce cierto sarpullido pensar a que podemos estar refiriéndonos con ella. Porque ‘humano’ es el amor, la libertad, la solidaridad…, pero también lo son el holocausto, las violaciones a menores, los parricidios, el odio, la guerra… Todas estas acciones las hacen seres humanos y, por tanto, son humanas de mismo derecho).
Hablemos pues de modelos de conducta humana y no de conducta humana sin más. Los que se nos describen son de muy dudoso romanticismo pero de indudable eficacia. Aunque tampoco serían desdeñables por este motivo, sino porque son modelos a-críticos, a-reflexivos, de nula libertad y, por tanto, de nula creatividad: el individuo fagocitado por el estado. El individualismo cercenado hasta límites ¿in-humanos?
Por ende, si albergamos la posibilidad de fundamentar la vida humana, no en presupuestos meramente deterministas (sean biológicos, sean sociales), no en meros reforzadores positivos básicos –sexo, supresión de dolor y comida-, sino en una vida cuyos patrones no han de ser seguidos gregariamente, entonces no nos queda otra cosa que comenzar por la lectura.
Sí, la lectura. Y no sólo un tipo de lectura: leer por leer. Leer por leer es igual de válido que coleccionar sobres de azúcar por coleccionar sobres de azúcar, o contar caracoles por contar caracoles. Leer el marca o el mundo deportivo es igual de malo o de bueno, igual de elogiable o no elogiable que las demás actividades. Incluso, vamos más allá. No es más elogiable, per se, la actividad de leer a Kant o a Vargas Llosa que las anteriormente reseñadas. Únicamente que se podría abrir un abanico de posibilidades mayor que con las otras lecturas o las otras conductas). Si se trata de leer por leer también puede valer leer los anuncios por palabras o el listín telefónico. Pero esas lecturas conducen a la nada desdeñable actividad de pasar el tiempo haciendo algo sin hacer el mal a nadie. Tampoco se hace –reiteramos- contando ovejitas o caracoles.

Pero nosotros proponemos otro tipo de lectura:
Leer para conocer, leer para entender, leer para analizar, leer para reflexionar, leer para ‘simpatizar’ con lo leído, leer para escribir…, leer para crear.
Una vez llegado a este punto lo tenemos todo; leer para crear. Por supuesto que nos podemos quedar en cualquiera de los pasos intermedios anteriores. Por supuesto que cualquiera de ellos, de por sí, ya es un logro, pero la lectura amplía la realidad, la lectura extiende el mundo, la lectura es el soporte para crear más universos simbólicos. Porque el mundo humano es lingüístico, el mundo del sapiens es un mundo simbólico –lingüístico- por antonomasia. Lo que tenga de sapiens lo tiene en parte, o en mucho, por su lenguaje. Sí, nuestro pensamiento es un pensamiento de símbolos, de símbolos lingüísticos. No vamos a discutir si el concepto precede al arte. No vamos a discutir si el arte rupestre precede al concepto. No vamos a hacerlo porque es obvio que la propia manifestación artística inicial es concepto puro. No vamos a adentrarnos en la sempiterna e infructuosa polémica de si una imagen vale más que mil palabras o, ¿por qué no?, de si una palabra vale más que mil imágenes.
Para que una imagen valga más que mil palabras, se han debido leer (o escuchar), al menos, mil palabras. Para que una palabra valga más que mil imágenes, se han debido contemplar, al menos, mil imágenes. La imagen te puede sugerir mil palabras cuando has tenido ya el arsenal cognoscitivo de aprehender un buen puñado de ellas. Sólo valdrá la imagen esas mil palabras si el desarrollo cognoscitivo-lingüístico es tal que te las pueda sugerir: a menos palabras, menos emociones. A menos conceptos, menos mundo externo e interno. Ya intuyo que esta afirmación puede ser polémica. Ya intuyo ceños fruncidos. Ya me parece estar oyendo voces contrarias: «la palabra surge de la necesidad de expresar una emoción o un afecto» –se podrá decir. Y tampoco voy a ser yo el que lleve la contraria a esas voces, pero es tanto como preguntarse por la importancia en nuestra conduca de la herencia biológica o del medio ambiente; es tanto como preguntarse por la preeminencia del proceso de hominización o el de humanización. Probablemente todos se retroalimentan. Probablemente no hay gallina o huevo, sino gallina y huevo. Desconozco, y probablemente los neurofisiólogos y psicólogos también, qué fue antes en el asunto que nos ocupa. Pero sí estoy convencido de la ayuda sin igual que facilita el término lingüístico en la elucubración y en la generación de emociones.
Grandiosa es una imagen cuando te puede transportar a mil palabras, a mil conceptos, a mil situaciones. Pero sin la previa adquisición de conceptos, la imagen pierde su enorme y magnífico potencial. Cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras, se está elogiando al logos, a la palabra. Y viceversa: grandiosa es una palabra cuando te puede transportar a mil imágenes. Una palabra vale más que mil imágenes siempre y cuando el acopio de éstas (situaciones vividas y experimentadas, sentimientos) sea tal que pueda transportarnos a aquélla. A quien se elogia aquí no es a la palabra, es a la imagen por haber dado el soporte a que dicho concepto pueda transportarnos a mil imágenes.
¡Cuidado pues, también, con los próceres de la lectura! Cuidémonos de defender una lectura (que, por cierto, puede ser ramplona, insípida y sin objetivo) de manera fundamentalista, como si hubiera una declaración de guerra entre lectores y visualizadores de imágenes. Cuidémonos también de pregonar la lectura sin tener claro qué queremos conseguir con algo que, como ya dijimos, no es relevante biológicamente hablando.
La palabra no sustituye a mil imágenes, como la imagen no sustituye a la palabra. Ambas son capaces de sugerir mil, ya sean de unas o de otras.
El poder de la imagen es menor que el de la palabra si entendemos que ésta encorseta más, nos dirige más, nos manipula y transporta más a dónde quiere el inventor de la imagen. El poder de la palabra es mayor si entendemos por ello menos corsé, menos dirección.
Leer para pensar: cierto es que se piensa lingüísticamente. Pero, a más lenguaje, más pensamiento. Y a más pensamiento, más reflexión.
Leer para reflexionar. A más reflexión, más capacidad para ejercer la crítica, para apoyar lo conocido o para disentir de lo conocido. Por tanto:
leer para criticar. A más crítica, más posibilidad de disenso. A más posibilidad de disenso, más posibilidad de crear algo diferente a lo establecido, al status quo. Por tanto: leer para crear. Y la creación es la novedad. Y la creación es la libertad. Y la creación es la a-robotización. Y la creación es la voluntad de poder nietzscheana. Y la creación… es nuestro modelo. Pero, henos aquí, que no hay novedad sin algo arraigado con anterioridad. Para que haya algo nuevo debe haber algo viejo. Y, más aún, se necesita lo viejo para comenzar a crear a partir de algo. No se crea de la nada. Como no se configura la personalidad si no se parte de la no creatividad, es decir, de la sumisión a lo establecido. BNo hay personalidad que configurar sin previa internalización de conductas, sin previa socialización. La socialización es, a la par, inundación e impregnación de lo establecido y posibilidad de refutación lo establecido. Esta idea, ya clásica, de Berger y Luckmann en el ámbito sociológico general es absolutamente transportable a nuestro tema.
A más bagaje, más potencialidades. Crear desde la sustancia, desde la quididad, y no desde la espontaneidad pueril, bisoña y barbilampiña. No hay aquí tampoco el mito del «buen salvaje» ilustrado. No se puede crear desde la simpleza. Se crea realidad modificando, moldeando, rechazando, contraviniendo, mezclando, trasponiendo, aumentando e incluso disminuyendo –parafraseando a Hume en sus Investigaciones- la ya existente. Aun rechazándola tiene ese valor y justificación; se rechaza, pero ya con un criterio, ya con conocimiento, ya con posibilidad de argumentación. Lo demás es levantar la mano en clase para aparentar que interesa algo, para dar una opinión a bote pronto y, además, creer que se está creando algo sumamente valioso. Lo demás, en fin, es ocurrencia, capricho… bagatelas.
Leer para crear. Si, leer para crear otras proposiciones diferentes (¿estará de moda otra vez N. Chomsky y su gramática generativo-transformacional). O leer para manifestarse de maneras no escritas: de manera pictórica, de manera escultórica. O leer para manifestarse mediante el cine, mediante la danza, mediante el teatro…
Leer para crear algo, y si lo que se crea es música ya se alcanzó el cenit. La música como manifestación inconmensurable, como objetivo final de la existencia humana. La música como última posibilidad de intuir el noúmeno. Nietzsche dixit (pensando en Wagner).
Nuestro modelo humano es imaginativo. Nuestro modelo humano es creativo. Nuestro modelo humano es todo aquel que permita combatir el aburrimiento al que fuimos condenados al nacer. Nuestro modelo humano es aquel que posibilite rebelarse heroicamente contra ese ‘cuasi fatum’. Y nuestro modelo tiene más posibilidades de éxito si insuflamos el poderoso instrumental que constituye el verbo. Pero nuestro modelo sólo cobra vida si manipulamos a nuestros infantes, si ponemos en derechura eso que no es más que un espíritu errante. El rumbo debe ser la lectura y lo debemos hacer con la más sublime de las manipulaciones: con la persuasión. Si llegado un momento ese, ya adolescente y no infante, prefiere otro rumbo, dejémosle. Ahí acaba nuestra cruzada redentora de la lectura. Ahí acaba el intento manipulador de potenciar el sufrimiento placentero que puede ser la lectura y el conocimiento. ¿Acaso todo humano debe ser un buen lector? ¿Acaso todo humano debe ser culto? ¿Acaso todo humano debe alcanzar la vida contemplativa aristotélica?

