LAS NANAS QUE SE LLEVÓ EL VIENTO.
LA LECTURA CUANDO AÚN NO SABEMOS LEER.
Ernesto J. Rodríguez Abad. Profesor de Literatura Española, de Teatro y Dramatización en la ULL. Escritor. Fundador y Director del Festival Internacional del Cuento de Los Silos.
La palabra. El secreto está en ella. Cada vez que intento reflexionar sobre animación lectora o sobre formación de lectores, como prefiero denominar mi labor con los libros últimamente, acabo volviendo al comienzo. Cuando la palabra reinaba en la comunicación, cuando la voz era un instrumento hermoso para transmitir historias los niños y niñas escuchaban atraídos por un sortilegio extraño. Era la música que viajaba en los cuentos, en los versos.
El inicio de todo está en la simple y a la vez mágica palabra.
Cuando aún no sabemos leer, dependemos de la voz de alguien para acceder a los libros. Blanca Calvo, desde su labor en la biblioteca, reflexionaba en un hermoso artículo que se aprende a leer por las orejas: “Sí, supongo que hay muchos caminos para llegar a ser lector, pero por lo que a mí se refiere aprendí a leer por las orejas: llegué a los libros a través de los cuentos contados en voz alta por personas que, aún después de muertas, siento vivas»[1]. Ella defiende la oralidad como único recurso para llevar a los más pequeños al terreno de la lectura.
Versos, canciones, narraciones de vida y cuentos nos llegan por la voz. Los textos no están exclusivamente en las páginas de papel y tinta o en la edición virtual del más reciente y moderno ordenador.
Hemos cifrado los esfuerzos en la formación de lectores pensando solamente en el trabajo con la literatura impresa, con lo que hemos concebido como única forma cultural. Pero si hacemos memoria, si viajamos a los inicios de la humanidad tenemos que aceptar que fue la voz la guardiana de la sabiduría, de la cultura y de los textos literarios.
Si hacemos un parangón entre la historia de la humanidad y nuestra vida, tenemos que aceptar que en los primeros años de existencia las letras también nos llegan por la voz. Si hacemos memoria los primeros textos literarios, tanto narrativos como líricos, los recordamos en la voz de alguien cercano a nuestras vidas. Y esos textos están unidos a emociones, a la ternura o la añoranza de seres queridos. De los que ya no están «solo nos queda la voz», nos dice Xabier Puente Docampo en su hermoso libro titulado Cuatro cartas[2] cuando habla de cómo recuerda la voz de su madre cantando tangos o recitando versos para él, cuando apenas tenía tres o cuatro años. Se quedaba enredado en su voz. Muchos enseñantes deberían pensar que enredar en la voz a los alumnos es la mejor manera de engancharlos para siempre al mundo de la literatura, de la cultura y de la sabiduría.
Si un niño o niña recibe ese tesoro de palabras que solo se da en la casa, en la umbría y cálida cuna, será más fácil para él o para ella caminar luego por la ruta de los libros y del arte.
Es la voz que narra, recita o lee la responsable de ese primer acercamiento crucial al mundo de la lectura. En la voz están encerrados los sentimientos, las emociones, las caricias que necesita el alma. Si queremos que nuestros alumnos o que los niños y niñas en sus casas se aficionen al mundo del libro, tenemos que cambiar algunos hábitos y maneras de acercarnos al mágico mundo de la literatura. Si educamos a nuestros escolares o a los hijos en el uso adecuado de la voz, tendremos más posibilidades de crear una sociedad de personas que comprendan mejor los mensajes escritos.
Es penoso comprobar que profesionales que han terminado estudios superiores tienen dificultades al leer en voz alta. Nuestro sistema de aprendizaje basa todo en la escritura. Hemos olvidado la oralidad. Escasamente se practica la lectura en voz alta, el recitado de versos, la narración de historias, el debate o el teatro leído en nuestras aulas. En las casas es extraño ver a unos padres leyendo en voz alta un libro a sus hijos. Las nanas han huido, las arrastró el viento.
Todos vivimos con prisas. Ya la noche no es un remanso de paz para el diálogo, para que el silencio nos traiga las historias del pasado que sabrán explicarnos el futuro.
Pienso que en la escuela y en la casa hemos abandonado la magnífica costumbre de hablar, de escucharnos unos a otros, de encantarnos con las historias vivas.
Pensamos muchas veces que sólo en los primeros años de enseñanza es imprescindible la narración oral, el recitado de poemas o el juego teatral y en esas etapas se hace jugar a los niños y niñas con las palabras. Luego se les va alejando paulatinamente y se les hace ver que la literatura y la lectura solo radican en lo escrito, en los textos que seleccionamos para ellos sin dejarles la opción de elegir qué leer. Lo ideal es ir formando lectores, hacer que escolares y jóvenes tengan soltura narrando historias de todo tipo. Sería ideal que los alumnos dominen las técnicas y la práctica orales, lo mismo que lo escrito. Damos reglas y formamos en la normativa de la lengua escrita, pero jamás damos pautas para dominar el mensaje oral.
Si nos fijamos en los escritores más leídos por niños y adolescentes comprobamos que todos dominaban las técnicas del lenguaje oral. Sabían de los ritmos y vaivenes de las palabras. Se cuenta que Andersen gustaba de narrar sus cuentos. Solía rodearse de niños y los cautivaba con su hermosa voz. Los biógrafos de Charles Dickens afirman que ponía tanta emoción en sus relatos y que su voz era tan poderosa y que su interpretación llegaba a ser tan histriónica que algunos asistentes a sus veladas literarias se desmayaban ante el énfasis de los relatos de terror o lloraban con las desgracias de sus personajes. La emoción no estaba solamente contenida en el texto literario, la voz era un arma llena de poder. El oyente recibía el mensaje como un caudal de intenciones, que solo proporcionan los tonos, volúmenes y timbres, impregnados de los sentimientos que embargan las palabras.
El gran novelista Flaubert, padre de la novela moderna, no daba por acabada una novela hasta que no leía en voz alta cada frase. Él buscaba un ritmo determinado que produjera una reacción concreta en el lector y que diera un efecto armonioso.
Como dice el escritor colombiano William Ospina «Toda lengua es inicialmente un ejercicio de sonidos y su origen se confunde con la música. La escritura es una invención tardía, ya que toda escritura consiste en dibujar sonidos. Por eso sentimos que todo texto, y principalmente todo poema, quiere ser dicho en voz alta, como si nos estuviera recordando que sólo cuando se escucha un sonido se está captando plenamente su significación. No pretendo negar que se pueda leer mentalmente, afirmo que esa lectura mental sólo es posible después de que hemos aprendido a leer y a deleitarnos con el sonido de las palabras: es imposible aprender a leer sólo mentalmente.»[3]
Aceptando, entonces, que somos seres de la oralidad, tenemos que practicar con la voz. Antes que descifrar la escritura debemos ejercitarnos en los sonidos de la palabra.
Federico García Lorca era consciente del efecto de la voz. “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”, solía decir. Cuando apenas era un niño reunía a las criadas de su casa y les representaba las obras teatrales. Además eran famosas sus conferencias acompañado de piano y canto. El gran poeta granadino era consciente de que la palabra era música. No se puede enredar al oyente en ellas empleando un tono monocorde, un ritmo cansino, un tempo de desafines.
La palabra no se entiende sin los silencios. No llega al oyente sin los tonos y las pausas. Sin las curvas tonales adecuadas no produce reacciones en el receptor. La palabra es además intención en la boca del emisor.
Mi propuesta es que trabajemos, tanto con el mundo infantil como con adultos, usando la voz para llegar a lo literario a un tiempo, no podemos leer y amar los textos sin imprimirles viveza, sin la emoción y sin el ritmo efectuado.
Tenemos que leer con el sentido de quien interpreta un texto que es sonido, que es una especie de sinfonía verbal.
Los niños que no han sido acariciados por los versos, el cancionero, los juegos de cuerpo y voz pautados por el ritmo de la cantinela, los que no han recibido la herencia que dejan las voces que acarician los oídos en la infancia, es difícil que disfruten de una hermosa lectura literaria.
Rescatemos, pues, la voz para la escuela y para el hogar, dejemos que el sonido nos arrulle y que prepare el oído a los futuros lectores.
No permitamos que el viento del olvido arrastre las nanas lejos, a un lugar sin voces que las canten.

