Participar en un programa Erasmus siempre supone salir de la rutina y abrir la mente a nuevas experiencias, pero mi viaje a Turquía, concretamente a Ankara, fue mucho más que eso: fue una auténtica vivencia cultural, educativa y personal que recordaré siempre.
Durante una semana tuvimos la oportunidad de convivir con estudiantes y profesores de diferentes culturas en el centro de estudios Etlik Halk Egitimi Merkezi, donde realizamos numerosas actividades artísticas y formativas. Desde el primer día nos sentimos acogidos por la hospitalidad turca y por el ambiente cercano que se respiraba en el centro.
Una de las partes más enriquecedoras del viaje fueron los talleres prácticos en los que participamos. Pudimos aprender técnicas de pintura, trabajar el macramé y descubrir el proceso artesanal de la cerámica, actividades que no solo fomentaban la creatividad, sino también el trabajo en equipo y la comunicación entre personas de distintos países. Aunque en muchas ocasiones el idioma podía parecer una barrera, la convivencia diaria demostraba que el arte, las sonrisas y la buena disposición son capaces de unir culturas muy diferentes.
Otro de los momentos más especiales del viaje fue asistir a una actuación en un centro de niños con necesidades educativas especiales. Fue una experiencia muy emotiva y humana que nos permitió conocer otra realidad educativa y social de Turquía. La cercanía y el cariño con el que trabajan los profesionales del centro nos dejó una gran impresión y nos hizo reflexionar sobre la importancia de la inclusión y la educación para todos.
Además de las actividades académicas, también tuvimos tiempo para descubrir Ankara y parte de la cultura turca. Visitamos monumentos históricos, museos y mezquitas que nos acercaron a la historia y las tradiciones del país. Entrar en las mezquitas y observar el respeto y la espiritualidad que se vive en ellas fue algo muy interesante, especialmente por las diferencias culturales respecto a España.
La gastronomía turca fue otro de los grandes descubrimientos del viaje. Pudimos probar platos típicos llenos de sabor, especias y tradición. El famoso kebab, los dulces turcos y el té que ofrecen constantemente forman parte del día a día del país y reflejan perfectamente la hospitalidad de su gente. Comer en pequeños restaurantes y cafeterías locales nos permitió conocer la auténtica Turquía a pie de calle, lejos de la visión turística habitual.
También resultó muy curioso observar cómo es la vida cotidiana en Ankara: el movimiento constante de personas, los mercados, las llamadas a la oración desde las mezquitas y la mezcla entre modernidad y tradición crean un ambiente único. Aunque muchas costumbres eran diferentes a las nuestras, rápidamente aprendimos a adaptarnos y a disfrutar de esa diversidad cultural.
las anécdotas más comentadas del viaje estuvo, sin duda, la forma de conducir en Turquía. Para nosotros, acostumbrados a las normas y al estilo de conducción en España, el tráfico turco parecía mucho más caótico y temerario. Los adelantamientos rápidos, los constantes pitidos y la intensidad del tráfico hacían que cada trayecto fuese toda una aventura. Aun así, terminó convirtiéndose en una de esas experiencias divertidas que ahora recordamos entre risas.
En definitiva, esta experiencia Erasmus en Ankara fue mucho más que un viaje académico. Fue una oportunidad para crecer personalmente, aprender de otras culturas, compartir experiencias con personas de diferentes países y descubrir una forma distinta de entender la vida. Turquía nos dejó recuerdos inolvidables, nuevas amistades y una visión más abierta del mundo. Sin duda, una gran experiencia y una vivencia que siempre llevaré conmigo.